La lluvia golpeaba los cristales del ático como si quisiera entrar a la fuerza. Era una de esas tormentas de verano que duran horas, que convierten las calles en ríos y los edificios en islas. Dentro, el aire estaba caliente, pegajoso, saturado del olor a piel mojada, incienso de sándalo y sexo acumulado durante toda la tarde. Lucía tenía 27 años. y un cuerpo que parecía diseñado para ser adorado en penumbra. Pechos llenos que se movían con cada respiración profunda. Cintura
marcada que se abría en caderas anchas. Culo alto y redondo que temblaba ligeramente cuando caminaba descalza sobre el parquet. Su piel era del color de la miel salpicada de pecas diminutas en los hombros y en la parte superior de los pechos. El pelo castaño oscuro, casi negro, le caía en ondas desordenadas hasta la mitad de la espalda
y se pegaba a su nuca por el sudor. Entre las piernas llevaba un triángulo recortado de vello oscuro que enmarcaba unos labios mayores carnosos, ya hinchados y brillantes mucho antes de que nadie la tocara. Frente a ella, sentado en el sillón de cuero negro con las piernas abiertas, estaba Daniel treinta y uno. Alto, hombros anchos, brazos fuertes cubiertos de vello negro que bajaba en una línea perfecta
hasta su entrepierna. Su polla descansaba pesada sobre el muslo izquierdo, semidura todavía, gruesa incluso en reposo, con venas marcadas que se adivinaban bajo la piel ligeramente más oscura del tronco. La cabeza era ancha, rosada, y ya brillaba con una gota transparente en la punta. Tenía los ojos fijos en Lucía, oscuros, casi negros, y una media sonrisa que decía, sé exactamente lo que vas a suplicarme dentro de diez minutos. Estaban
desnudos los dos desde hacía casi dos horas. Habían empezado con besos lentos en la cocina mientras preparaban café. Habían seguido con caricias bajo la ducha, Él lavándole el pelo con champú de coco mientras sus dedos resbalaban entre sus nalgas. Y habían terminado en el salón, donde la tormenta los había encontrado. Lucía estaba de pie frente a él, a un metro escaso. Las manos a la espalda, los pechos adelantados,
los pezones duros como piedrecitas oscuras. Entre los muslos le corría un hilo fino y transparente que llegaba casi hasta la rodilla.¿ Cuántas veces te has corrido hoy? Preguntó Daniel con voz baja, casi perezosa. Lucía se mordió el labio inferior.
Tres, creo. La última fue cuando me follaste la boca contra la pared del baño.
Él asintió despacio, como si estuviera evaluando una respuesta en un examen. y todavía estás chorreando», señaló con la barbilla el hilo brillante que bajaba por su muslo.« Ven aquí», Lucía dio un paso, luego otro. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, Daniel extendió una mano y le pasó dos dedos por el interior del muslo, recogiendo el fluido viscoso. Se los llevó a la boca, lo chupó despacio. saboreándola sin apartar la mirada. Sabe a ti cuando estás desesperada. Ahora abre
las piernas. Ella se paró los pies, quedando en una postura casi obscena. Daniel se inclinó hacia adelante y pasó la lengua plana por toda la longitud de su raja, desde el perineo hasta el clítoris. Un lametón largo, lento, deliberado. Lucía soltó un gemido ronco y se tambaleó. Él la sujetó por las caderas con ambas manos y volvió a lamer, esta vez deteniéndose en el clítoris. Lo rodeó con la punta de la lengua. Lo succionó suavemente. Lo atrapó entre
los labios y tiró un poco. Lucía le agarró el pelo con las dos manos, tirando hacia ella.
No, no pares, por favor.
Daniel sonrió contra su carne y metió la lengua dentro de su coño follándola con ella mientras la nariz rozaba el clítoris. Los sonidos eran húmedos, obscenos, casi indecentes. Lucía empezó a mover las caderas follándose la cara de él. Sus gemidos se volvieron más agudos, más desesperados. Cuando estaba a punto de correrse Daniel se apartó de golpe. Lucía soltó un grito de frustración.
Joder, Daniel!
Él se levantó del sillón, la polla ahora completamente dura, apuntando hacia arriba como una lanza. La agarró por la nuca y la besó con violencia, metiéndole la lengua hasta la garganta para que probara su propio sabor. Lucía gimió dentro de su boca. las manos bajando a agarrarle la polla. La apretó con fuerza, masturbándolo con movimientos cortos y rápidos mientras él le mordía el cuello, dejando marcas rojas que mañana serían moradas. Al suelo, ordenó. Lucía se arrodilló sin dudar.
El parquet estaba frío contra sus rodillas. Daniel se quedó de pie frente a ella, la polla a la altura de su cara y Le golpeó suavemente las mejillas con ella, primero una, luego la otra, dejando rastros húmedos de presemen.« Abre». Ella abrió la boca. Daniel empujó despacio al principio, dejando que sintiera el grosor estirándole los labios. Cuando la cabeza llegó al fondo de la garganta, se detuvo. Lucía cerró
los ojos, luchando contra el reflejo nauseoso. Él le agarró el pelo con ambas manos y empezó a follarle la boca con embestidas controladas. Salía casi por completo, dejando solo la punta entre sus labios, y volvía a entrar hasta que la nariz de ella rozaba su pubis. Cada vez que se hundía hasta el fondo, se quedaba quieto unos segundos, disfrutando cómo su garganta se contraía alrededor del glande en
espasmos desesperados. Saliva espesa se derramaba por la barbilla de Lucía y goteaba sobre sus pechos, resbalando entre ellos hasta llegar al ombligo. Lágrimas negras de rímel corrían por sus mejillas. Daniel aceleró, follándole la cara con violencia los huevos golpeando su mentón con cada embestida. Trágatela entera hasta que te ahogues con ella». Gruñó. Lucía gemía alrededor de la polla, las manos en los muslos de él, intentando estabilizarse. Cuando sintió que él estaba cerca, Daniel se
apartó de golpe. La polla salió con un sonido húmedo y obsceno, brillante de saliva y presemen. La agarró por el pelo y la levantó.« Al sofá, a cuatro patas». Lucía obedeció. Se subió al sofá, las rodillas hundidas en los cojines, el culo en alto, las manos apoyadas en el respaldo. Daniel se colocó detrás, le separó las nalgas con las dos manos y escupió directamente sobre su ano. La saliva resbaló hacia abajo, mezclándose con la humedad que ya chorreaba de su coño. Primero metió dos dedos en
su coño. follándola con ellos mientras su lengua lamía el ano en círculos lentos y posesivos. Lucía gemía, empujando hacia atrás. Él añadió un tercer dedo, abriéndola, preparándola. Cuando sintió que estaba lista, colocó la cabeza de su polla en la entrada de su coño. y empujó de una sola embestida brutal hasta los huevos. Lucía gritó, el cuerpo arqueándose. El grosor la llenaba por completo, estirando sus paredes internas hasta el límite. Daniel se quedó quieto un segundo, sintiendo cómo
ella se contraía alrededor antes de empezar a moverse. En vestidas largas y violentas, saliendo casi por completo, para volver a hundirse hasta la raíz. El sonido de piel contra piel era rítmico, húmedo, mezclado con los gemidos de ambos. Daniel le agarraba las caderas con fuerza, dejando moretones rosados, mientras una mano bajaba a frotar su clítoris en círculos rápidos. Lucía se corrió casi inmediatamente, los músculos internos ordeñando su polla.
chorros calientes saliendo y empapando sus muslos y los cojines del sofá. Él no paró. Siguió follándola con la misma brutalidad, prolongando su orgasmo hasta que ella sollozaba. Cambió de postura, la puso de lado en el sofá, una pierna sobre su hombro, entrando más profundo. Así podía ver su cara, labios hinchados, ojos vidriosos de placer, lágrimas de intensidad rodando por las mejillas. La follaba con embestidas cortas y brutales, el colchón crujiendo bajo ellos. Metió dos dedos en su boca,
follándosela mientras su polla la penetraba abajo. Lucía succionaba los dedos con hambre, la lengua girando alrededor como si fueran su polla. Chúpamelos bien, gruñó él, Ella obedeció, con sus ojos fijos en los suyos. Daniel sacó la polla de su coño, brillante de jugos, y se la metió en la boca de golpe. Lucía ahogó un gemido, pero chupó, lengua plana presionando la vena gruesa, succionando el glande con fuerza, saboreando su propia humedad mezclada con el présemen de él.
La saliva se derramaba por su barbilla, goteando sobre sus pechos. Daniel le folló la cara con embestidas profundas. El prepucio golpeando su garganta, haciendo que lágrimas rodaran por sus mejillas. Trágatela entera, hasta los huevos, ordenó. Lucía relajó la garganta, dejando que entrara profundo. El sabor salado la excitaba más. Una mano bajando a frotarse el clítoris mientras él la usaba. Daniel aceleró, gruñendo, antes de apartarse y volver a su
coño.
La folló sin piedad ahora, en vestidas que hacían que sus pechos rebotaran, que el sudor volara de sus cuerpos. Lucía se corrió una tercera vez, el cuerpo temblando entero, pero Daniel siguió. prolongando su placer hasta que ella sollozaba. Finalmente se corrió dentro. Chorros calientes y espesos golpeando su cérvix, llenándola hasta rebosar. El semen goteaba de su coño cuando salió, resbalando por sus muslos. Se derrumbaron jadeando, pero la lluvia
seguía cayendo y la noche estaba lejos de terminar. Después de unos minutos, Lucía se incorporó, con los ojos brillantes de lujuria renovada. Se arrodilló entre sus piernas, agarrando su polla semidura, todavía brillante de sus fluidos compartidos. La lamió despacio, desde los huevos pesados hasta la punta. recolectando el semen y jugos con la lengua plana. Succionó los huevos uno por uno, masajeándolos con la mano mientras la otra apretaba la base.
Quiero que vuelvas a estar duro, para abrirme el culo»,
susurró ella con voz ronca. Daniel gruñó, la polla endureciéndose en su mano. Lucía se la metió en la boca, chupando con dedicación. Succiones profundas, la garganta contrayéndose alrededor del glande, saliva chorreando en hilos gruesos. Lo miró desde abajo, con los ojos llorosos por el esfuerzo, pero hambrientos. Daniel le agarró el pelo, guiándola, follándole la boca con embestidas controladas.
Cuando estuvo completamente dura, Lucía se puso a cuatro patas en el sofá, el culo en alto, separando las nalgas con las manos. Daniel escupió sobre su ano, lubricándolo con saliva y semen residual. Metió un dedo, luego dos, abriéndola con movimientos circulares. Lucía gemía, empujando hacia atrás.
Métemela, quiero sentirte hasta el fondo»
suplicó. Daniel colocó la cabeza en la entrada y empujó despacio. El anillo apretado cedió centímetro a centímetro, el dolor inicial convirtiéndose en placer abrasador. Cuando estuvo dentro por completo, se quedó quieto, sintiendo cómo ella se contraía alrededor. Empezó a moverse, salidas lentas y entradas profundas, el sonido húmedo del lubricante natural. Lucía frotaba su clítoris frenéticamente, los gemidos convirtiéndose en gritos.
Daniel aceleró, follándole el culo con fuerza, en vestidas profundas que hacían que sus huevos golpearan su coño y que su cuerpo temblara.
Más fuerte, rómpeme el culo»,
gritaba ella. Daniel obedeció, los movimientos brutales, el sudor cayendo de su frente. Lucía se corrió de nuevo. el ano contrayéndose alrededor de su polla en espasmos violentos, el coño chorreando sin ser tocado. Daniel se hundió profundo y se corrió dentro de su culo, chorros calientes llenándola, goteando cuando salió. Exhaustos, se tumbaron abrazados, respirando con dificultad. Pero después de un rato, Lucía sonrió con picardía.
Vamos a la bañera, quiero más.
Llenaron la bañera antigua con agua caliente, vapor elevándose como niebla. Se metieron juntos, Lucía sentada en su regazo, la polla endureciéndose contra su culo. Ella se levantó un poco y se sentó sobre él, metiéndosela en el coño despacio. El agua chapoteando. Cabalgó con movimientos lentos al principio, subiendo y bajando,
los pechos rebotando y salpicando agua. Daniel le agarraba los pechos pellizcando los pezones mientras ella aceleraba en vestidas profundas que hacían olas en la bañera Lucía frotaba su clítoris bajo el agua corriéndose otra vez el coño apretando su polla Daniel la levantó y la puso contra el borde de la bañera follándola desde atrás el agua salpicando con cada embestida su polla entrando y saliendo de su coño con fuerza cambiarían posiciones. Ella contra la pared de la bañera,
piernas alrededor de su cintura, follada de pie. Luego él sentado, ella cabalgándolo de espaldas, el culo rebotando contra su abdomen. El agua se enfriaba, pero sus cuerpos ardían. Daniel se corrió en su boca al final, ella arrodillada en la bañera, chupando con hambre, tragando cada chorro salado.
salieron
temblando secándose con toallas suaves y volvieron al salón Lucía se acurrucó contra él pero su mano bajó a su polla masajeándola hasta endurecerla de nuevo
una más en la boca hasta que me duela la garganta
susurró Daniel la puso de rodillas en el suelo follándole la boca con violencia. En vestidas que la hacían ahogarse, saliva chorreando por sus pechos, lágrimas rodando. Lucía succionaba con todo, la lengua trabajando furiosamente. Él se corrió profundo en su garganta, ella tragando todo, lamiendo los restos con una sonrisa satisfecha. Se durmieron enredados, cuerpos exhaustos y saciados. Al amanecer la
lluvia seguía cayendo, pero dentro ya no importaba. La tormenta exterior podía durar días, la suya acababa de empezar.
