Tengo la suerte de vivir cerca del campus universitario de mi ciudad. Mi calle es paso obligado para llegar a las facultades, por lo que todos los días veo desfilar universitarias jovencitas delante de la ventana de mi salón. Cuando llega la primavera y el buen tiempo, os juro que me pongo ardoroso día sí y día también debido a lo que se pasea ante mis ojos. Es como si tiernas muchachitas guapísimas y losanas floreciesen de la nada de repente. Emergen de debajo de las piedras o yo que sé,
pero el caso es que proliferan como insectos. Y hay que ver cómo van vestidas a clase algunas de ellas, medio despendoladas como si les quemase la ropa sobre la piel. Madre del amor hermoso. No me cabe duda de que ser profesor de facultad tiene que una profesión de alto riesgo. La chica en cuestión de la que os quiero hablar hoy debía de ser la universitaria más cachonda de todo campus. Al menos a mí me era imposible imaginar que hubiese una fulana más buenorra que ella en tres kilómetros a
la redonda. Era rubia, alta y delgada, guapa como la hija de una top model y de figura tonificada. Además, tenía cierto desparpajo muy provocativo en su forma de andar, su actitud y sus gestos. Y poseía mirada de chica mala y desinhibida, dominada por unos ojazos que eran dos destellos azules. Me pareció la candidata perfecta a la típica actriz que está empezando en el mundillo del cine de acción,
fuerte y maciza. Ideal para interpretar el papel de tía gamberra y sexy a partes iguales a men de muy echada pealante. Cuando vi pasar a la rubita me quedé prendado de ella al instante, está claro. Iba vestida con una camiseta negra de asas que dejaba relucir un sugerente escote y con unos vaqueros flojos y medio rotos. Los jeans le hacían lucir un estupendo trasero, curvilíneo y que se contoneaba casi ingrávido, y unas piernas largas, elegantes y esbeltas.
La combinación de camiseta negra de cizas y tejanos rotos le daba aspecto también de rockera puncarra que canta en una banda de pibones o algo por el estilo. En definitiva, la universitaria estaba cañón y tenía pinta de que le iba la marcha, así que bien merecía el esfuerzo de lanzarse de cabeza a por ella. A esas alturas del curso académico yo ya tenía muy aprendido el comportamiento típico de los y las estudiantes a la vuelta de las clases.
La mayoría se detenían en un supermercado que hay enfrente de mi casa a picar algo de la comida rápida que sirven en la sección alimentaria del súper. Motivado por la excitante visión desde mi ventana, me apresuré a salir de casa e interceptar a la muchacha en caso de que hubiese suerte y se detuviese ella también a comer un tentempié. Al igual que otros tantos otros estudiantes más. Spoiler, así fue. Me dirigí hacia la rubia universitaria y confirmé,
casi salivando, que era un auténtico bombón. La abordé de forma sutil pero directa, recurriendo a una artimaña que había empezado a utilizar recientemente. Dejé caer a su alcance una tarjeta del nuevo club de swingues que acababa de abrir así a poco en mi calle. La chica cogió mi tarjeta para devolvérmela amablemente y, en el proceso, no pudo
evitar ojearla con curiosidad. Al momento noté el clic de la activación del morbo sexual que le provocó pensar en lo que sucede dentro de las paredes de un club de esos. Luego levantó la vista, me miró y, bingo, percibí al instante cómo conectó que mi figura era el medio perfecto para dar satisfacción a su cachondez recién despertada. Tuve la suerte de encajar en sus requisitos de pareja sexual, fuesen esos los que fueran. Bien por mí, el resto
de nuestro encuentro en el supermercado fue mero trámite. Intercambiamos un puñado de frases que nos confirmó que los dos estábamos en la misma onda, o sea presos de la pulsión genital. Y al poco rato ya estábamos en mi salón besándonos y magreándonos a todo trapo. A mitad del petting de rigor ella se interrumpió para anudar su larga melena dorada en lo alto de la cabeza, dejándome claro
que no había venido a mi casa para charlar. Esa maniobra con el cabello embelleció todavía más su rostro armonioso y sensual. En cuanto empecé a desnudarla me di cuenta ipso facto de que la rubita se tomaba muy en serio lo de tonificar su cuerpo. Destacaban en especial sus glúteos, que eran firmes y duros como los de una atleta, aunque no por eso dejaban de tener la redondez propia
de la femineidad más voluptuosa. Su piel era suave y ligeramente tostada, llevaba las axilas depiladas y los brazos eran delgados pero fuertes. Su boca grande, de labios curvados, se me mostró más propensa a la sonrisa de lo que había esperado a primera vista y no puedo decir que eso me disgustase en absoluto. La muchachita debía de ser bailarina de ballet o algo similar. Solo eso explicaba la
increíble flexibilidad de su anatomía. Primero se sentó en el sofá, posando el culo al borde del asiento acolchado y la espalda y la nuca hacia atrás contra el respaldo, y a continuación estiró las piernas y las abrió en un ángulo de 180 grados, dejando su entrepierna entangada a mi entera disposición. Unos pechos elípticos asomaban bajo la camiseta de Cisas, que no se había quitado sino que sólo se había subido
hasta el cuello. Decidí dejar la prenda tal y como estaba, de momento, y retiré a un lado la tira del tanguita negro que llevaba puesto. Lo que quedó a la vista fue una abertura depilada, rosada y golosa. Era un coño fortalecido en el arte de follar, no me cupo duda. Y el agujero de su culo, un poco más oscurecido, estaba tan bien lampiño, como a mí me gusta. La monada se llevó las manos a su rendija rasurada y abrió los labios vaginales para recibir mi lengua dentro sin impedimentos.
Mientras me empapaba la boca con sus jugos ella comenzó a gemir suavemente. Su pulpa femenina sabía a frescura primaveral y segregaba una lubricación que respondía totalmente con lo que uno espera de una mujer en la flor de la hidratación y la excitación juvenil. Al mismo tiempo que degustaba su coñito exuberante, me dediqué a acariciar sus nalgas torneadas y enérgicas. Daban ganas de lanzarle sendos mordiscos con todos
los dientes. Todo el rato que me dediqué a lamer sus partes íntimas ella mantuvo su mano en mi nuca, empujándome la cabeza contra su entrepierna. Era una tía que gozaba de una comida de raja lo mismo que un tío disfruta de una mamada. Eso me hizo venirme arriba y terminé la jugada merendándome su clítoris con la sutileza
de un tiburón y hablando de mamar. Para la siguiente fase de nuestro encuentro carnal fui yo el que se sentó en el sofá, me desprendí de los pantalones y todo lo demás, y entonces ella, acostada boca abajo, se lanzó a mi entrepierna con auténtico apetito. De primeras me agarró el pito tímidamente por la base, apenas usando tres dedos,
y se metió delicadamente mi glande entre los labios. Siguió con unas cuantas chupadas más decididas, abarcando medio miembro en su boca glotona, al tiempo que me pajeaba con habilidad. A continuación se dejó de medias tintas y su succión insegura dio un salto de nivel, se la introdujo casi entera en la boca a excepción de la base, por donde me la sujetaba solo con el dedo índice y
el pulgar. Por último, liberó mi nabo de su agarre delicado y sus morritos descendieron por el tronco hasta que entraron en contacto con la base de mi polla y su nariz con mi pubis. Los carrillos se le hincharon a reventar pero eso, lejos de incomodarla, pareció satisfacerla más que todas las cosas. Mi universitaria sexy favorita repitió la maniobra bucal profunda un montón de veces más al mismo
tiempo que balanceaba su precioso culito puesto en pompa. También realizó movimientos oscilantes de la cabeza con el rabo dentro de la boca, algo que fue un verdadero puntazo mamatorio. Reconozco que le puse fácil lo de tragársela entera porque mi miembro aún no había llegado al culmen de su engrandecimiento, pero la concatenación de gargantas profundas me llevaron al top
en cuestión de segundos. Cuando sucedió ella desprendió su boca, me agarró la picha firmemente con su mano derecha y paseó su adorable lengua de mis testículos a la punta del capullo, recorriendo en su camino todo el tronco fálico. Luego volvió a centrarse en estimular oralmente mi glande al
tiempo que me realizaba voluntariosos movimientos masturbatorios. En su siguiente cometida, aunque mi pene ya había alcanzado la plenitud de su vigor, la chica no tuvo mayores problemas para volver a hacerlo desaparecer por completo en lo más hondo de su garganta. Incluso se regodeó en ello y, antes de volver a sacársela del paladar, me dedicó una mirada que era pura
lascivia azul. Repitió unas cuantas veces más la cadena de chuperreteos, miradas lujuriosas, la mida de huevos y garganta profunda, al tiempo que mantenía los pies en alto, cruzados y danzantes. Y meneaba el culito y los preciosos pechos puntiagudos y semiaplastados contra los cojines sofá. Sus gemidos de deleite, suaves y susurrantes, contrastaban con los míos, cada vez más extasiados
y sonoros. Llegó un momento en que sus ataques a mi pene, cada vez más potentes e implacables, me obligaron a exigirle una tregua, no fuese hacer que me corriese demasiado pronto. Reaccionó a mi petición de alto el fuego con un gruñido. Quería seguir mamando mela. Apenas me dejó repartir unas ráfagas de lametazos y mordiscos a sus pezones, cuando me impuso su voluntad y volvió a dedicarse de
nuevo a hacerme una mamada de campeonato. Cuando volvimos a intercambiar papeles y fue ella la se llevó mi sexo a la boca otra vez, adoptó una postura que yo nunca había practicado antes, sobre el sofá, ya sin el tanga pero todavía con la camiseta de asa subida. Se colocó en posición de pino puente, apoyada sobre las puntas de los pies, arqueó la espalda hacia atrás y se sostuvo sobre las manos, de manera que su vientre plano y su coño jugosito y sin pelos quedaron orientados hacia
el techo. La universitaria estaba decidida a demostrarme sus habilidades gimnásticas. Pues adelante con ello, me dije, y me puse de rodillas frente a su cara invertida, eché la mano derecha a su costado combado y llevé la polla a su boca avariciosa. Aquello no fue solo una mamada, fue una acrobacia felatoria. Pero era una postura demasiado exigente para ella y enseguida yo tomé las riendas y más que dejarme felar,
lo que hice fue follarme su hambrienta boquita. Lo hice lenta y delicadamente porque la muchacha estaba en un equilibrio precario y no quería que se cayese. No perdí la oportunidad de poner mis huevos al alcance de su boca y fueron bien recibidos. Comprobé que era una chica mucho más traviesa de lo que había imaginado cuando, en una de esas embestidas bucotesticulares, me pasé de largo y su lengua se sumergió en mí, o sea, en mi esfínter anal.
Eso fue pura maravilla erógena. Sin embargo, no quise abusar de ese placer porque, si se prolongaba demasiado, estaba seguro de que eyacularía sin control en cualquier momento. La visión privilegiada que me daba aquella postura era digna de recrearse en ella. Su cuerpo llegaba al cenit en la parte del ombligo y del pubis y se curvaba hacia atrás todo a lo largo de las hermosas piernas. Se le
marcaban un poco las costillas. pero no porque estuviese delgada en exceso sino porque no había grasa sobrante acumulada en su estilizado cuerpo. Enmarcada entre sus brazos, estaba su linda cabecita del revés y con mi polla dentro. La anchura del tronco de mi nabo coincidía con la anchura de su boca y su barbilla, y por alguna razón eso me resultó tremendamente excitante. Para terminar de componer la panorámica erótica, sus pechitos pendulaban sobre la cabeza dando la sensación de
ser aún más imponentes. Tenía los pezones sonrosados y empitonadísimos. Se los pellizqué con agrado mutuo y luego comprobé cómo sus senos se amoldaban perfectamente a mis manos. Al cabo de un rato volvimos a cambiar de postura. Yo me senté en el sofá y ella se puso sobre mí con las piernas abiertas de par en par, de nuevo en un ángulo de 180 grados, y se insertó mi pene en la raja. Entró tan bien como podía esperarse. Su cavidad íntima tenía el grado justo de humedad y estrechez.
Empezamos una danza sincronizada de movimientos de cadera, arriba y abajo, arriba y abajo. Cuando yo empujaba el pito hacia arriba, ella deslizaba hacia abajo su coño clavándose del todo el miembro. Estábamos tan concentrados en la fricción de nuestros genitales que apenas nos dábamos besos aunque nuestras cabezas se hallaban pegadas. Cada tanto yo llevaba las manos a su trasero de 10 y ella se apretaba contra mi pecho con sus pezones
como puntas de lanza. Terminé por quitarle la camiseta negra de asas y disfruté del sabor, la suavidad de la piel y la textura tensada de esos pechos mientras ella, presa del placer, oprimía con fuerza sus manos alrededor de mi cuello. A mitad de faena hicimos una nueva reorientación de nuestros cuerpos para explorar todas las posibilidades y gozar de la diversidad. Volvió a ponerse abierta de piernas por completo sobre el sofá, pero esta vez mirando hacia el
respaldo y dándome la espalda. sus nalgas esféricas abombadas y tensas formaban una imagen devastadora eran el más espectacular logro de la anatomía femenina me puse de pie me incliné sobre ella y le di otra ración de polla dura y palpitante en su coño balsámico pero sólo brevemente el orificio de su culo se me presentaba tan apetitoso que era como si me hablase pidiéndome a gritos que lo liberara de su cerramiento Le pedí permiso antes de entrar,
por supuesto, y su respuesta fue, sí, joder, hazlo ya. No esperes más. Por favor, estaba tan deseosa de que le envergara el ano que me pregunté si no sería eso lo que estaba deseando desde el principio, desde el mismo momento en que habíamos empezado a flirtear en el supermercado. La había seducido yo a ella o ella a mí, me pregunté. Llegué a la conclusión de que no importaba un pimiento y procedí a encularla. Me puse antes rápidamente un condón, por si las moscas, y de seguida introduje
el chisme lenta, suave e ininterrumpidamente en su agujero. Sus gemidos empezaron a volverse más sonoros y desquiciados a medida que yo deslizaba con velocidad creciente el rabo adelante y atrás en su culo esférico. Era sensacional golpear con mi pubis sus nalgas musculosas, y para ella era un tremendo placer verse embestida por detrás. Se llevó un dedo a la boca y lo chupó entre muchos, ah, y muchos, oh,
compaginados con mimete saca. Le besé la cabeza desde atrás y noté que su cabello olía muy bien, como a miel y melocotón. Tras unas primeras penetraciones más delicadas, ahora mi polla entraba hasta los huevos en su recto y yo me encontraba en la gloria. El conducto era más apretado que el del coño, como cabía esperarse, y por tanto más reconfortante si cabe para mi polla hinchida y
llena de terminaciones nerviosas. En última instancia, se agarró a un cojín que tenía bajo el vientre y yo me sujeté a sus hombros y encadené la serie de embestidas decisivas, más impetuosas y aceleradas. Fue un escrutinio rectal total. El sudor resbalaba por su espinazo combado haciéndolo brillar. También había gotas de sudor en mi frente. Sentí que aquello ya había durado demasiado y decidí que allí quería quedarme hasta
el final. En un postrero arrebato, seguía balanzándome una y otra vez contra su culo hasta vaciarme dentro del condón en una concatenación de espasmos orgiásticos celestiales. A juzgar por su alaridos obscenos, ella debió de experimentar una emoción equivalente. Salí de ella exhausto y todavía sintiendo los ecos de uno de los clímax sexuales más celebrados de mi vida.
Al poco me quité el condón usado y me disponía a tirarlo a la basura, cuando la chica se levantó del sofá donde la había dejado recobrando el aliento y se interpuso en mi camino. Me dijo,¿ a dónde vas con eso? Trae pe acá. Agarró el condón por un extremo para quitarmelo de las manos y añadió, ya que no me has dejado saciarme directamente de la polla, tendré que exprimir la goma. Pero no me voy a ir de aquí sin mi ración de lechita en la boca, ¿qué?
Exclamé sin soltar el preservativo. Lo que has oído.¿ Es que sabes qué? Se me hace raro terminar un polvo sin saborear la milk. Ala, ya lo he dicho, joder. Venga, ya está, no me rayes más. Dámelo y déjame darme el gusto.¿ Se lo di? Por supuesto que se lo di. Ella lo tomó, regresó al sofá, se sentó de frente a mí y se me quedó mirando. Yo estaba expectante
como un búho. nunca había visto a una tía relamer la leche de un preservativo y era algo que pensaba que no vería jamás y entonces ocurrió la magia primero la rubia universitaria me sonrió luego echó la nuca para atrás abrió la boca y comenzó a vaciar mi corrida del condón al interior de sus labios Y cuando el preservativo dejó de destilar esperma, exprimió la goma para aprovechar hasta la última gota y hasta lo relamió con la lengua. Como colofón, me miró con sus ojazos azules, me lanzó
una sonrisa como de súcubo y a continuación tragó. Verla absorber el contenido del condón me puso atolondrado de excitación. Tanto fue así que volví a empalmarme en el acto. Y lo que sucedió de seguida me la endureció todavía más. La rubita universitaria, tras beberse todita la lefa del condón, se arrimó a mi polla. Lamió los restos de semen que se habían quedado sobre mi glande y los envió
también garganta abajo. Al ver que mi rabo volvía de nuevo a la vida, se le iluminó la cara y me dijo, vaya, al final puede que esté de suerte y me des doble ración de dieta líquida. Pero esta segunda dosis quiero extraerla directa del grifo. Vale, conforme, se puso a chupármela de nuevo. Fue una felación resucitante, algo así como la de la diosa Isis a su hermano y esposo Osiris. En esta ocasión, su asalto oral a
mi polla fue realmente brutal. No me dio tregua hasta que terminé descargando mi sustancia blanca a quemarropa en su lengua, y ella, entregada como una yonki, realizó por segunda vez una tragada de semen espectacular.
