Una deliciosa follada entre primos p2 - podcast episode cover

Una deliciosa follada entre primos p2

Sep 21, 202513 minSeason 2Ep. 2068
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Speaker 2

Finalmente, llegó el momento del vestido. Tras probar varias opciones, eligieron uno que parecía hecho a medida, un diseño elegante, ceñido a la cintura, con un escote sutil pero sugerente, que remarcaba su figura juvenil y todos sus encantos. El color, profundo y vibrante, realzaba su piel y hacía que se viera radiante, sensual y sofisticada al mismo tiempo. Cuando se

miró al espejo, Ethel apenas pudo reconocerse. La chica dulce y sencilla que se había sentado a jugar con las manos de su primo en la oficina el día anterior había dado paso a una mujer que podía detener el mundo con una sola mirada. La puerta de la suite del hotel donde se llevaría a cabo la ceremonia se abrió suavemente. Iván, impecable en su smoking de corte perfecto que acentuaba sus hombros anchos y su figura imponente, conversaba

con su asistente. Llevaba media hora esperándola, repasando detalles del evento con una calma que era pura fachada. Por dentro, su mente aún revoloteaba alrededor de un único punto, el recuerdo de unos labios que ya no sentía como los de su prima. Ingeniero, todo está listo. Solo falta que, la voz del asistente se quebró de repente, sus ojos se abrieron desmesuradamente, fijos en algo detrás de Iván. Iván giró sobre sus talones, una pregunta ácida en la mirada

dispuesta para su empleado. Pero las palabras se evaporaron en sus labios. El aire escapó de sus pulmones en un suspiro casi inaudible. Allí, en el marco de la puerta, iluminada por la suave luz del vestíbulo, estaba Ethel. Pero no su Ethel. No la chica de jeans y sonrisa sencilla. era una visión. El vestido, de un azul profundo que rivalizaba con el cielo nocturno, se ceñía a su cuerpo con una elegancia que era a la vez discreta y

devastadoramente sensual. Su cabello, siempre liso y juvenil, ahora caía en ondas sedosas que brillaban con cada tenue movimiento. El maquillaje, maestro en su sutileza, había realzado la profundidad de sus ojos oscuros y el arco perfecto de sus labios, que ahora tenían un color tentador. Iván se quedó paralizado. Su mundo, normalmente tan ordenado y controlado, se redujo a ese único punto. El bullicio del hotel, la voz del asistente, todo se

desvaneció en un murmullo lejano. Su mirada, intensa y voraz, recorrió cada detalle, la curva de su cuello, el suave escote que sugería más que mostraba, la cintura de avispa que el vestido delineaba a la perfección. No era sólo que estuviera hermosa, era que se había transformado en la encarnación misma de todo lo que él, en lo más profundo y prohibido de su ser, había anhelado. La mujer que había imaginado a su lado, no como prima, sino

como su pareja. Ethel logró articular, pero su voz sonó ronca, extraña para sus propios oídos. Era la única palabra que su cerebro, en SOC, pudo formular. Todos sus protocolos, su famosa sangre fría, se habían esfumado. Se sintió como un adolescente, torpe y embriagado. Ethel, por su parte, sentía que las piernas le flaqueaban. El viaje en el coche había sido un torbellino de nervios y últimas recomendaciones de la asesora de imagen. Pero nada la había preparado para la mirada

de Iván. No era la sonrisa divertida y familiar de siempre. Era algo más, primitivo. Algo intenso, cargado de una admiración tan palpable que casi podía tocarse. Bajó la vista por un instante, sintiendo un rubor que el maquillaje seguramente ocultaba, pero que ella sentía arder bajo su piel.¿ Había ido demasiado lejos?¿ Parecería una niña jugando a vestirse? La duda

la asaltó, fría y repentina. Pero luego, alzando la mirada de nuevo y captando la expresión aún atónita de su primo, una oleada de orgullo, puro y efusivo, barrió la inseguridad. Quería gustarle. No como a su primo, sino como una mujer le gusta a un hombre. Y por la reacción de él, lo estaba logrando.¿ Cumplo con el protocolo, ingeniero? Preguntó, forzando un tono juguetón que contrastaba con el temblor que sentía por dentro. Su voz sonó más segura de lo

que esperaba. Las palabras parecieron devolver a Iván a la realidad. Parpadeó, despejando el hechizo, y una sonrisa lenta, cargada de una nueva calidez que hizo que el corazón de Tel diera un vuelco, se dibujó en su rostro. Cerró la distancia entre ellos con unos pasos firmes y, en lugar de responder con palabras, extendió su mano. Ella deslizó la suya en la de él. La diferencia era ahora aún más evidente. Su mano, más pequeña y delicada, casi desaparecía en la suya,

grande y fuerte. Pero el contacto ya no era el de dos primos jugando. Era eléctrico, intencional.« El protocolo puede irse al diablo», murmuró él, en un tono tan bajo que solo ella pudo oírlo, mientras su pulgar acariciaba suavemente el dorso de su mano,« Eres, estás, increíble». Al decir eso, Iván no estaba mirando el vestido ni el peinado. Miraba directamente a sus ojos, y en esa mirada, Etel leyó todo. La admiración, el orgullo, la atracción y una promesa tácita

de que nada volvería a ser igual. Se sintió poderosa, deseada y nerviosa como nunca. Ya no eran solo primos preparándose para una fiesta. Eran un hombre y una mujer a punto de entrar a un mundo donde, por esa noche, serían el uno para el otro. Iván, recuperando algo de su aplomo habitual pero con una chispa nueva en la mirada, deslizó su brazo con naturalidad alrededor de la cintura de Etel. Su mano se posó en su cadera, un contacto firme y posesivo que hizo que un nuevo escalofrío de excitación

recorriera su espalda. No la tomó de la mano, esta vez la guiaba como a su pareja, como a su mujer. Al entrar en el salón principal, todas las miradas se volvieron hacia ellos. El contraste era poderoso, él, la imagen de la fuerza y el poder juvenil en su smoking, y ella, una visión de elegancia y belleza radiante a su lado. El murmullo de admiración era casi tangible. Un directivo mayor, con una copa de champaña en la mano, fue el primero en acercarse.— Iván, muchacho, qué honor tenerte

aquí— exclamó, dándole una palmada en el hombro. Y permítame decirle, señora, que es usted la acompañante más deslumbrante de la noche. Lucen perfectos. Otro se unió, sonriendo. Vaya pareja que forman. Tan jóvenes y tan bien compenetrados. Felicidades, ingeniero. No solo por los negocios. Cada cumplido, cada que guapa tu esposa, Iván, cada que pareja tan hermosa, era una inyección de adrenalina

mezclada con nerviosismo. Sonreían, agradecían, asentían. Etel sentía la mano de Iván en su cadera, apretándola suavemente en señal de complicidad cada vez que alguien los felicitaba, y ese simple gesto la encendía por dentro. Finalmente, los llevaron a su mesa, una ubicación privilegiada cerca del escenario. Mientras se sentaban, Ethel, con el corazón martilleándole en el pecho, se inclinó hacia Iván. Su aliento, cálido y perfumado, le rozó la oreja al susurrar. Iván,

hay algo que debo comentarte. Su voz era un hilo de seda cargado de nerviosismo. La asistente de imagen me ha pedido que, si ganas el premio al emprendedor más joven del año, debo besarte. en los labios. Dice que la fotografía recorrerá todas las portadas y será la imagen perfecta. Iván se quedó quieto. Sus ojos, fijos en los de ella, se oscurecieron. Esa imagen, esa imagen específica, se grabó a fuego en su mente, etel, radiante, acercándose a besarlo frente

a todos. Un torrente de deseo puro y posesivo lo atravesó. Él quería ese beso. Lo necesitaba. No como un acto protocolario, sino como la confirmación de todo lo que había estallado entre ellos. Y entonces lo recordó. Hacía unas semanas, un comité poco ético se había acercado a él. El premio al emprendedor joven puede ser tuyo, Iván. Una contribución de 100 mil dólares a nuestra fundación y lo aseguras. Él lo

había rechazado con desdén, repudiando la corrupción. Pero ahora, ahora la perspectiva de tener esa excusa, ese momento legitimado ante las cámaras, de sentir sus labios sobre los suyos, era una tentación irresistible. Sin apartar la mirada de los ojos ligeramente confundidos de Tel, sacó su teléfono con disimulo bajo la mesa. Con dedos que casi temblaban de urgencia y desesperación interna, localizó un número y tecleó un mensaje apresurado

y directo. Transferiré los dólares 100K. Asegúrenme el premio. Ahora. Apagó la pantalla y dejó el móvil sobre el mantel, como si nada. En ese preciso instante, Ethel, completamente ajena a su acción, añadió con un rubor que le subía por el cuello. Hay algo más, murmuró. Me dijo que durante toda la noche debemos estar actuando como esposos, ya sabes, una caricia aquí, otro beso allá, y así, su voz era un susurro tímido, cargado de una emoción que no

podía ocultar. Iván ya no pudo resistirlo. La explicación protocolaria era la excusa perfecta que su conciencia necesitaba. Sin mediar palabra, se inclinó hacia ella. Su mano se acercó a su mejilla con una ternura que contrastaba con la intensidad de su mirada. Ignoró por completo el bullicio a su alrededor, el tintineo de las copas, las conversaciones. Su mundo era solo su prima, su esposa, sentada frente a él, ofreciéndole el permiso que siempre había deseado. y la besó. No

fue un roce accidental como el de la oficina. Fue un beso deliberado, suave pero firme, un contacto íntimo y prolongado que selló sus labios con una promesa silenciosa. Fue su primer beso de verdad. Ethel se quedó inmóvil por una milésima de segundo antes de rendirse por completo, dejando que sus párpados se cerraran y que una ola de calor la inundara, saboreando el momento por el que, sin admitirlo, había suspirado toda la vida. Cuando se separaron, el mundo

regresó a toda velocidad. Los labios de Etel ardían. Iván se reclinó en su silla, una sonrisa de satisfacción profunda y un poco de incredulidad en su rostro. Se acercó de nuevo a su oído, y su voz, ahora grave y cargada de una intimidad que le erizó la piel, susurró.« Sin problemas, mi amor». El aliento caliente en su lóbulo fue casi tan electrizante como el beso, actuaremos como los

esposos más enamorados que hayas visto. La mano que aún tenía en su cadera la atrajó un poco más hacia sí, y Etel supo que esa noche ya nada sería una actuación. La cena transcurrió en una burbuja de tensión ardiente y delirante. Iván, liberado por la confesión de Etel y embriagado por su transformación y aquel primer beso, no perdió oportunidad de reafirmar su nuevo rol ante los ojos de todos. Cada gesto

era una declaración silenciosa de posesión. Cuando un socio mayor se acercó a felicitarlos, la mano de Iván no se limitó a estar en su cadera, se deslizó con naturalidad hasta su espalda desnuda, dibujando círculos lentos y hipnóticos que

hacían que Etel contuviera la respiración. En un momento, mientras reían de una anécdota, él se inclinó y depositó un beso suave y prolongado en su hombro, justo donde la piel se encontraba con el raso del vestido, un acto de intimidad tan audaz que hizo que varios comensales sonrieran con complicidad. No eran caricias de primo, eran las atenciones de un hombre profundamente enamorado y orgulloso de la mujer que tenía a su lado. Ethel, por su parte, flotaba

en un mar de sensaciones. Cada roce, cada beso, cada mirada intensa de Iván la enardecía y la sumía en un estado de nerviosismo excitado. Se sentía deseada, admirada y, sobre todo, suya.

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