Era un joven de complexión imponente. Sus hombros anchos y brazos tallados a base de años de entrenamiento lo hacían destacar en cualquier lugar, y su porte seguro proyectaba una madurez que iba más allá de sus 22 años. El cabello oscuro y corto, junto con la barba bien definida, acentuaban sus facciones fuertes. Pese a su apariencia dura, sus ojos transmitían una calidez que sólo quienes lo conocían de verdad sabían apreciar. A su lado, Ethel, de apenas 18 años, irradiaba
frescura y vitalidad. Su cabello rubio caía liso sobre sus hombros, y sus rasgos delicados se iluminaban con una sonrisa que transmitía ternura y confianza. Sus grandes ojos oscuros, delineados con un toque juvenil, parecían siempre buscar en Iván ese refugio seguro que había encontrado en él desde la infancia. Ambos eran primos, pero la complicidad que compartían desde pequeños iba más allá de la sangre, una amistad sincera, casi inquebrantable.
Iván había tenido que madurar pronto, tras la muerte de su padre un año atrás, heredando la empresa familiar y con ello una enorme responsabilidad. Etel, en cambio, había crecido en un hogar marcado por la ausencia de un padre al que nunca conoció y la fortaleza de una madre
que hizo lo posible por sacarla adelante. Quizás por eso, la presencia de Iván en su vida había sido tan crucial, protector, atento y generoso, él no sólo cuidaba de ella como primo, sino también como un hermano mayor, consciente de las dificultades económicas que atravesaban ella y su madre. Nunca dudaba en apoyarla, cubriendo sus estudios y dándole un estilo de vida más cómodo, siempre con la naturalidad de quien protege lo que más quiere.
La oficina de Iván, con su amplio ventanal que dejaba entrar la luz de la tarde, parecía menos imponente cuando Etel estaba allí. Sentaba frente a él, con las piernas cruzadas y una sonrisa traviesa. Jugaba con sus manos como si todavía fueran aquellos niños que pasaban las tardes inventando juegos.« Tienes las manos demasiado grandes, primo», dijo riendo, mientras intentaba entrelazar sus dedos con los de él.« Es imposible ganarte
en nada. Tus manos son de un monstruo». Iván arqueó una ceja divertido y, con un movimiento rápido, atrapó su mano entre las suyas.—¿ De verdad quieres probar tu suerte?— preguntó con esa sonrisa que tanto la desarmaba. Antes de que Ethel pudiera responder, él inclinó su cuerpo hacia adelante y le hizo cosquillas en la muñeca y el brazo, provocando una risa escandalosa que resonó en toda la oficina. Ella trataba de zafarse, pero sus movimientos solo lograban que
él redoblara el ataque.« Basta, Iván. Ya no somos niños. Además eres demasiado fuerte». Protestaba entre carcajadas, aunque sus mejillas se habían teñido de un rubor que no era solo por la risa. Él la soltó al fin, dejándola recuperar el aliento, y la miró con esa ternura que le salía natural. no importa la edad, prima, contigo siempre vuelvo a serlo. Y si soy un ogro como Shrek, te robaré y te llevaré a mi pantano. Y si soy un gigante, entonces te robaré y te llevaré a mi castillo.
Etel lo observó en silencio unos segundos, con el corazón acelerado. Ese tipo de gestos, tan simples y espontáneos, eran los que la hacían sentir que ninguna otra mujer podría ocupar el lugar que ella tenía junto a él. En ese instante, un pensamiento fugaz pero poderoso atravesó su mente. La mujer que contrajera matrimonio con Iván lo tendría absolutamente todo. No solo heredaría un apellido con prestigio, poder y fortuna, sino también a un hombre guapísimo, de presencia imponente y de
mirada que lo decía todo. Lo contempló con detalle, casi como si quisiera grabar cada rasgo en su memoria, los hombros anchos que parecían sostener el mundo sin esfuerzo, los brazos firmes que combinaban fuerza y calidez. la barba recortada que le daba un aire varonil, y esa sonrisa, esa sonrisa que era capaz de desarmarla entera. A sus ojos, Iván no era sólo atractivo, era la imagen misma del hombre ideal, protector, seguro de sí mismo, fuerte y, al
mismo tiempo, dulce con ella. Dios, qué mujer tan afortunada será la que logre estar a su lado, pensó, sintiendo un leve nudo en la garganta, como si la sola idea de que alguien más lo tuviera la lastimara. En ese momento, la puerta se abrió bruscamente. El asistente entró con paso apurado y un gesto de urgencia. Ingeniero Iván, disculpe la interrupción, pero es importante. Ya se ha anunciado la ceremonia de premiación a los mejores empresarios de la ciudad.
Y hay un detalle, usted debe asistir acompañado. Etel, aún con las mejillas encendidas, se puso seria de golpe. Su corazón volvió a latir fuerte, pero ahora por otra razón. Las palabras del asistente le cayeron como un jarro de agua fría.« Tiene que ir con una mujer, ingeniero», continuó el asistente, ignorando la presencia de ella.« Eso le dará prestigio. No puede presentarse solo. Debe mostrarse serio, imponente, acompañado de alguien que represente su posición». Etel apretó los labios, y
en su mente una palabra amarga se repetía,« Zorras». Todas esas mujeres que se acercaban a Iván no lo hacían por quién era él, sino por lo que tenía. Y ahora, el protocolo parecía querer darle la razón. Iván, sin embargo, no perdió la calma. Se recostó en su silla, cruzó los brazos y, tras un instante de silencio, lanzó una sonrisa que hizo que Etel volviera a mirarlo con esa mezcla de orgullo y alivio. Anote a Etel como mi acompañante,
ordenó con firmeza. El asistente parpadeó sorprendido. Su prima, señor. Con todo respeto, el protocolo exige. No discuta mis decisiones, lo interrumpió Iván, con la mirada firme heredada de su padre. Etel me acompañará. Es final. El asistente tragó saliva, inseguro, y con voz temblorosa se atrevió a preguntar.¿ La anoto como su prima, su familiar, su amiga? Iván lo miró fijo, con una seriedad que heló la sala. Se inclinó apenas hacia adelante, apoyando las manos sobre el escritorio, y con
un tono cargado de molestia soltó sin pensarlo. Anótelo como mi esposa, chingada madre, como la mujer del ingeniero Iván. el silencio se volvió denso. El asistente parpadeó varias veces, aturdido por lo que acababa de escuchar, y solo atinó a sentir con torpeza antes de retirarse apresurado de la oficina. Etel, en cambio, sintió que el suelo se le movía bajo los pies.¿ Su esposa?¿ La mujer de Iván? El eco de esas palabras retumbaba en su mente, desordenando sus pensamientos
y acelerando su corazón como nunca antes. Apenas la puerta se cerró tras el asistente, Iván exhaló con fastidio y se reclinó en la silla. Este asistente es más torpe que nada, ya no los hacen como antes, bufó con ironía. Metiche y necio. Etel, aún con el corazón acelerado, intentó suavizar la situación. Entiéndelo, Iván, es grande y necesita del trabajo,
dijo con dulzura, encogiéndose de hombros. Él la miró entonces con ternura, y una sonrisa suave se dibujó en su rostro.« Tú siempre tan tierna», susurró mientras se ponía de pie y, acercándose a ella, le acarició la mejilla con la yema de los dedos. Etel se estremeció ante ese gesto, incapaz de apartar la vista de los ojos de su primo.« Dime,¿ te molesta acompañarme como mi esposa?», preguntó Iván, con un
tono que oscilaba entre lo serio y lo íntimo. Ella tragó saliva, nerviosa, pero respondió con firmeza.« No, para nada». Él esbozó una media sonrisa y añadió con naturalidad.« Quizás tengamos que tomarnos de la mano y uno que otro gesto de esposos. Tú sabes. Si te incomoda, no hay problema, cancelo y busco acompañante». El sonido del claxon en la calle interrumpió el ambiente cargado de tensión. La madre de
Etel había llegado a recogerla. El sobresalto la hizo reaccionar, y sin pensarlo demasiado, respondió con un dejo de picardía.— Para nada, Iván, o mejor dicho, mi amor. Sonrió coquetamente, y en ese instante sus miradas se cruzaron. Hubo fuego, hubo química, un magnetismo que parecía arrastrarlo sin remedio. Etel se inclinó hacia él, dispuesta a dejarle un beso en la mejilla, pero un leve movimiento involuntario de Iván cambió todo.
Sus labios se encontraron en un roce breve, un pequeño beso que sonó a pecado y que los dejó a ambos inmóviles por un instante. Etel, con el rostro encendido, retrocedió de inmediato y, esforzándose por guardar compostura, murmuró con voz temblorosa.— Nos vemos, mi nuevo esposo. y salió a toda prisa, cerrando la puerta tras de sí. Iván quedó solo en la oficina, con la mirada fija en el vacío y la mente ardiendo de pensamientos que no quería,
pero que tampoco podía evitar. Cuando la puerta se cerró detrás de Tel, Iván permaneció sentado, inmóvil, con los dedos rozándose los labios como si aún conservaran el rastro de ese beso breve, accidental, pero imposible de ignorar. que acabo de hacer, pensó, aunque lo cierto era que lo había deseado desde hacía años. Por mucho tiempo había enterrado aquel sentimiento, convenciéndose de que era cariño fraternal, de que debía protegerla
como primo mayor. Pero la verdad era otra, amaba a Etel. Literalmente. No solo lo conmovía su dulzura y la complicidad de toda una vida juntos, sino también su belleza deslumbrante, su risa que iluminaba cualquier habitación y esa frescura juvenil que lo cautivaba más de lo que debía.¿ Qué más puede pedir un hombre? se preguntaba mientras se dejaba llevar por la imagen de ella. Era guapa, sexy, divertida, amable, amistosa, y con esa cara angelical y ese cuerpo de diosa,
resultaba imposible no endiosarla. Etel era todo lo que siempre había querido, aunque jamás se lo había permitido aceptar hasta ese instante. A la mañana siguiente, Etel aún recordaba aquel roce de labios y trataba de convencerse de que había sido un accidente, un malentendido que debía borrar de su mente. Pero su corazón latía distinto. Un timbre en la puerta
interrumpió sus pensamientos. Al abrir, se encontró con una mujer elegante, vestida impecablemente con un traje de dos piezas y una carpeta en las manos.« Buenos días, señorita Etel», se presentó con una sonrisa profesional.« Soy la asesora de imagen contratada por la empresa del ingeniero Iván. Desde hoy estaré a cargo de preparar su presencia pública, la suya y la de él. Necesitamos proyectar la pareja perfecta». Etel quedó atónita.
Jamás había pensado que un evento de ese tipo requiriera tanto detalle.—¿ La pareja perfecta?— repitió, nerviosa.— Así es— respondió la mujer con naturalidad.— Hoy mismo comenzamos. Debemos trabajar en su estilo, su postura, su forma de caminar, incluso su sonrisa. Y, por supuesto, su atuendo. Antes de que pudiera asimilarlo, la llevaron a un exclusivo salón de belleza. Allí, un equipo
completo se encargó de ella. Su cabello rubio fue tratado con delicadeza, dándole un brillo sedoso que caía en ondas suaves sobre sus hombros. Sus ojos, ya grandes y expresivos, fueron resaltados con un maquillaje que acentuaba su profundidad, y un toque de color en los labios los volvió irresistibles.
