Un macho se derrite ante mis enormes encantos - podcast episode cover

Un macho se derrite ante mis enormes encantos

Sep 20, 202518 minSeason 2Ep. 2084
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Speaker 2

lo eligió porque vio la grieta. Un hombre común, correcto, invisible entre la multitud. Pero sus ojos lo delataban, siempre se desviaban hacia los zapatos de las mujeres. No era deseo abierto, era curiosidad reprimida, escondida bajo una vida seria. Misda lo reconoció al instante. Avanzó como aparición calculada, corset negro de látex brillante ceñido hasta el delirio, botas de plataforma que marcaban el suelo con un compás hipnótico, guantes

largos incrustados de microcristales. Su silueta era un exceso diseñado, cintura de avispa, busto alto y proyectado, caderas exageradas. El cabello platino caía como una cascada imposible y sus labios rojo vinilo parecían siempre húmedos, listos para dictar sentencia. Se inclinó lo suficiente para que el perfume químico dulce, mezcla de látex brumido y feromonas, lo envolviera. Rozó apenas su hombro, como si accidentalmente hubiera invadido su espacio. Y allí, junto

a su oído, con voz de terciopelo venenoso, dejó la semilla. S-H-H-H, mírame. Toda tu vida no ha sido más que un disfraz rígido. Finges fuerza, finges solidez, pero eso no eres tú. Lo único verdadero, cariño, lo único que late en ti es el deseo de sentir mis tacones en tu andar. Vas a caminar sobre ellos, aunque lo niegues. Y cuando lo hagas, cada clic será mío. El golpe seco de sus botas contra el suelo fue decreto. No era un capricho, era

un experimento, un placer cruel. Ver cómo la negación se volvía fiebre, cómo lo cotidiano se derrumbaba bajo el peso de un deseo que no pidió pero que ya no podría resistir. Ese fue su motivo, crear belleza desde la ruina, moldear a un hombre común en muñeca brillante, trofeo de su poder. Al principio fue apenas un roce mental. Quisiste olvidar a Miss Dow, archivarla como un exceso grotesco. Pero tus ojos empezaron a traicionarte. En la calle, cada mujer

en tacones se volvió un imán. No eran ellas, eran los zapatos. El clic seco contra el pavimento, la curva imposible del tacón, la plataforma que alargaba la pierna. Cada sonido entraba en ti como un latido húmedo. Te decía solo miro, no significa nada, pero el calor entre tus muslos desmentía tus palabras. Esa noche, frente a la pantalla, caíste sin darte cuenta. Tecleaste mujeres caminando en tacones. El primer video te atrapó como un hechizo, un close-up de

pies en plataformas transparentes. El movimiento era hipnótico, lento, cadencioso. Te masturbaste con violencia, pero con cada descarga la ansiedad crecía. Solo podías acabar pensando en los tacones de Mestal como si fueran fetiche y dueño a la vez. Las noches se volvieron un delirio. Soñabas con pasarelas infinitas, mujeres desfilando en plataformas brillantes. Pero poco a poco, las siluetas se disolvían.

Ya no eran ellas. Eras tú. Tu cuerpo, tus piernas, arqueadas en esa postura imposible, mientras Nesgao caminaba a tu lado, guiando cada paso con un chasquido de uñas esmaltadas. Más lento, cariño. Que cada clic te robe el alma. Despertabas empapado, el pulso desbocado, la entrepierna húmeda. El segundo día, en la oficina, la herida se abrió más. Una mujer pasó junto a ti con tacones de aguja y plataforma. El sonido metálico sobre el mármol fue tan obsceno que tu respiración se cortó.

La seguiste con los ojos, con el cuerpo entero. La presión en tu pantalón fue insoportable. Te encerraste en el baño, mordiéndote los labios mientras los tacones resonaban en tu cabeza como gemidos. Desde entonces, todo se volvió filtro. Revistas, escaparates, páginas web, solo veía zapatos altos. Tacones como promesas, plataformas como altares. Te corrías una y otra vez, pero el deseo nunca se saciaba, más bien se acumulaba, como veneno dulce.

La tercera noche el sueño se convirtió en condena. Caminabas con seguridad, con elegancia aprendida, los tacones marcando el compás. Misdal aplaudía suavemente, riendo, embriagándote con su perfume.— Eso es, mírate, muñeca. Ya eres mía. Despertaste temblando, sudado, con el corazón atrapado en la garganta. El timbre sonó. Abriste la puerta y el destino te esperaba en una caja de cartón, tus primeros tacones de plataforma. El mandato de Miss Dahl ya no era un susurro. Era un objeto físico. Y tú

estabas perdido. El paquete esperaba en el suelo como un altar sellado. Tus manos temblaban al abrirlo. El aire se llenó de un olor químico, cuero negro recién desatado, mezcla de pegamento, barniz y promesa. El aroma se te metió en la nariz como perfume obsceno. Sacaste los tacones con reverencia. Negros, brillantes, de tacón alto y delgado que parecía un arma. Los acercaste al rostro, aspirando como si fueran flores prohibidas. El

olor era embriagador, denso, erótico. Los apretaste contra tu pecho y cerraste los ojos. Por un instante, sentiste que Miss Dow te abrazaba a través de ellos. La voz no tardó en colarse. Eso es, cariño. Respira hondo. Cada molécula te pertenece, o más bien, me pertenece. Temblando, te deslizaste en ellos. El ajuste fue exacto, como si siempre hubieran estado esperando por tus pies. El arco forzado te arqueó la espalda, obligó a tus caderas a moverse. La postura

no era tuya, era de ella. Mírate, ahora caminas como yo. Fuiste hasta el espejo del pasillo. El reflejo te paralizó. De pie sobre los tacones, tu cuerpo era otro, más alto, más esbelto, más femenino. La línea de tus piernas se alargaba como una promesa obscena. Te miraste boquiabierto, sintiendo que algo dentro se rompía y se unía al mismo tiempo. El calor fue insoportable. No necesitaste tocarte. El simple acto de verte transformado, de escuchar el clic de tus propios

pasos en el suelo, bastó para que la excitación te desbordara. Jadeaste, apoyando la mano en el espejo, mientras el reflejo te devolvía la imagen de una muñeca recién nacida bajo la risa de Miss Dahl. Y entonces, incapaz de resistir, te derramaste contra el vidrio, las gotas marcando el cuero brillante de los tacones. La vergüenza te paralizó, pero su voz

descendió inmediata, sensual y cruel. Limpialos. Con tu lengua. La humillación y la excitación se mezclaron en una sola orden, obligándote a inclinarte, a obedecer, mientras cada caricia de tu lengua sellaba tu entrega. Demestal.¿ Lo sientes, cariño? Susurró ella, húmeda, triunfante. Ya no eres tú. eres mío. El cuerpo entero te tembló con la descarga. Y en el silencio posterior, el eco de los tacones aún vibraba como un mantre. La noche fue un teatro sin cortinas. Apenas cerraste los ojos,

ya estabas de pie sobre un escenario invisible. Tus piernas brillaban bajo luces que no sabías de dónde venían, pero cada destello iluminaba lo mismo, los tacones. negros, altísimos, crueles. Eran tu cuerpo y tu condena. Néstor estaba sentada al borde del escenario, cruzada de piernas, observándote con calma. El brillo de su látex parecía palpitar como piel viva. Con cada clic de tus tacones sobre el suelo, ella sonreía más. Más lento, cariño. Hazme escuchar como gime tu andar. obedecías.

El eco de cada paso se mezclaba con jadeos tuyos, tuyos pero ajenos, como si el placer viniera de otra boca. La sensación de las plataformas arqueando tus pies se extendía hacia arriba, muslos tensos, caderas más abiertas, pecho adelantado. Caminabas como si fueras otra persona, y el público invisible aplaudía con respiraciones oscuras. De pronto, sentiste manos que no veías

recorriéndote las piernas, acariciando la curva de tus pantorrillas. El escenario entero se volvió un altar de piel y humo. Misdal aplaudió despacio y su voz descendió como sentencia.« Mírate, ya eres espectáculo». El clímax llegó en oleadas, como si tu cuerpo entero se derramara sobre los tacones que te sostenían. Te doblaste, riendo y gimiendo al mismo tiempo, bajo la risa de Mezcao que se mezclaba con aplausos invisibles. Despertaste jadeando, empapado,

con el corazón en un vértigo ardiente. El día siguiente fue insoportable sin ellos. Apenas te levantaste, te calzaste los tacones como quien se ata a un órgano vital. No era accesorio, era necesidad. Pasaste la mañana caminando en tu departamento, sintiendo como cada clic contra el suelo te devolvía calma. Cuando, por unos minutos, tuviste que quitártelos para ducharte, descubriste con horror que caminabas de puntas, incapaz de apoyar los talones.

No puedo, no quiero, los necesito. La orden llegó como un trueno suave. Ya no sabes existir sin mis tacones. La tarde te empujó a la contradicción más cruel. Habías olvidado algo urgente, algo que te obligaba a salir. Te miraste en el espejo, vestido de calle, los tacones negros brillando bajo tus pantalones. El miedo te aplastaba,¿ y si alguien miraba?¿ Y si escuchaban el clic en la vereda?

Sentías vergüenza, el sudor bajando por tu espalda. Pero cuando te los quitaste para probar con zapatos normales, tus pies se negaron a apoyar el talón. Caminabas como un fantasma, en puntas, ridículo, humillado. Frente a la puerta, tu respiración temblaba. Un paso en tacones era una confesión. Un paso descalzo era imposible. Estabas atrapado. Mesdow se rió en tu oído, sensual y cruel. El mundo debe oírte, muñeca. Cada clic de tus tacones es un grito de lo que ya eres.

Con lágrimas en los ojos, abriste la puerta. El sonido hueco de tus pasos sobre la calle se mezclaba con el calor de tu vergüenza. Y sin embargo, cada clic también te hizo sonreír. La calle fue un suplicio. Cada clic de los tacones contra el pavimento sonaba como un grito que solo tú escuchabas. Mirabas hacia el suelo, deseando que nadie reparara en ti. Pero las miradas siempre llegan. Primero fue una mujer mayor, que al cruzarse contigo bajó

la vista y se detuvo en tus pies. No dijo nada, pero frunció el ceño y apretó el bolso contra el pecho, como si se hubiera topado con algo indecente. El rubor te ardió en la cara. Así, cariño, susurró Miss Gao desde dentro de tu cráneo. Deja que te juzguen. Cada ceja levantada es un aplauso secreto. Seguiste caminando, cada paso más tambaleante. En la tienda de la esquina, un grupo de adolescentes se rió bajo la voz baja de los celulares.

No entendiste las palabras, pero supiste que hablaban de ti. El calor subió desde el estómago hasta la garganta, una mezcla de vergüenza y una excitación insoportable. Mueve las caderas, muñeca. Hazlos reír más. Haz que sus carcajadas sean tu música. Obedeciste. El vaivén se volvió más marcado, más femenino. Y el eco de la risa se mezcló con el clic de los tacones hasta volverse un mantre. Cada carcajada se te clavaba como un aguijón, pero Miss Dow lo transformaba en caricia.

Déjalos reír, cariño. Su burla es tu corona. Cada humillación te hace más hermosa. En el pasillo estrecho del supermercado, alguien te rozó al pasar. Un hombre alto, que bajó la mirada hacia tus pies y luego te sostuvo la mirada con media sonrisa antes de seguir su camino. Esa media sonrisa te atravesó como una daga, humillación pura. Y, al mismo tiempo, un calor líquido en el vientre. Eso es, cariño. Cada mirada masculina es un dedo invisible. Cada sonrisa es

un recordatorio de lo que eres. te descubriste jadeando en silencio entre las góndolas. No podías pensar, solo caminar. Cada clic de tacón era latido, cada roce de tela contra tu piel depilada un golpe de placer. La vergüenza te hacía sudar, la excitación te doblaba. Y Miss Dove, siempre en tu oído, celebraba con dulzura venenosa. No huyas de las miradas. Son alimento. Eres espectáculo, aunque no quieras. Y

cada paso que das, cariño, los vuelve tus dueños. Saliste a la calle cargando tu compra, los tacones resonando más fuertes que nunca. La contradicción era insoportable, cada mirada te quemaba, cada clic te excitaba. No sabías si llorar de vergüenza o reír de placer. Y entonces comprendiste que ya no había diferencia. Llegaste a casa con las bolsas temblando en las manos. Apenas cerraste la puerta, el silencio se volvió insoportable. El eco de los tacones aún vibraba en tu cuerpo

como una descarga eléctrica. Cada mirada de la calle, cada risa contenida, cada ceja alzada, todo ardía en tu piel. Los dejaste en el suelo, brillantes bajo la luz artificial. Te arrodillaste frente a ellos como frente a un altar. El cuero negro olía más fuerte que nunca, mezcla de sudor y perfume químico. El simple roce de tus dedos sobre la superficie bastó para encender la fiebre. La voz llegó inmediata, húmeda, inevitable. Vamos, muñeca. Dals lo que necesitan. Obedeciste.

El cuerpo se arqueó como si estuvieras poseído, marcándolos con tu vergüenza brillante. Apenas terminaste, la orden descendió, clara y cruel. Limpialos. Con tu lengua. El sabor metálico se mezcló con el cuero. Te estremeciste hasta el temblor. Y lo peor, el placer volvió a crecer, doblegado, obediente. Te desplomaste en la cama, exhausto, los tacones aún húmedos junto a ti. Cerraste los ojos y el sueño cayó como un telón. El escenario era oscuro,

iluminado apenas por focos de neón rosa. Mesdow te esperaba en un trono, la peluca platino brillando como una llamarada artificial. Llevaba un corset de látex fucsia y unas botas de plataforma rosa fluor que parecían imposibles, diseñadas para ser adoradas. de rodillas, muñeca, ordenó. Caíste sin resistencia. Tus labios buscaron el vinilo brillante de las botas, lamiendo cada centímetro como si fueran hostias profanas. El sabor químico de látex y

el brillo flúor se mezclaban con tu respiración jadeante. Mesto inclinó la cabeza, divertida, y su voz descendió como veneno dulce. Tócate. Hazlo mientras limpias mis botas. no pararás hasta vaciarte para mí. Tus manos obedecieron, tus gemidos se mezclaron con el eco húmedo de la lamida sobre el látex. El mundo desapareció, solo quedaba ella, sus botas brillantes y tu cuerpo temblando bajo su control. Cuando al fin explotaste, jadeante, el eco

de su risa se alargó, cruel y triunfal. Eso es, cariño, cada gota me pertenece. despertaste con el corazón en llamas, los pies buscando los tacones a ciegas. Y comprendiste que el sueño no había terminado, se había convertido en tu vida despierta. El eco de los tacones ya nunca se apagó. Cada paso era un recordatorio, cada mirada en la calle, un aplauso invisible. Pero Mestown nunca se conforma con una sola obsesión.

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