Un dia de campo muy caliente y picante p3 - podcast episode cover

Un dia de campo muy caliente y picante p3

Sep 25, 202517 minSeason 2Ep. 2072
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Speaker 2

poco a poco lograron llegar hasta el más grande de los sofás dispuestos en el salón de aquella mansión. Isabela se dejó caer sobre él, abriendo sus piernas, a la vez que Mauro la recogía el vestido subiéndoselo hasta la cintura. Unas bragas de Bechoy Secret, que al chico le parecieron increíblemente sexys, de color blanco con encajes y transparencias, incrustadas en la incipiente apertura que se dibujaba en los labios de su sexo, que ya comenzaba a dar muestras de

una humedad creciente. Mauro, algo escaso en experiencia previa, trató de aplicar todo lo que, a lo largo de varios años, había visto en multitud de videos pornográficos, por lo que de inmediato encajó su cabeza entre las piernas de Isabela, lamiendo intensamente su coño, aún por encima de las bragas, a la vez que con sus manos se agarró con fuerza a sus pechos, los cuales, al no llevar sujetador, pronto le regalaron la dureza de sus pezones en la

palma de sus manos. un gemido profundo y cargado de deseo, inundó la estancia cuando Isabela sintió el roce de los dientes de Mauro sobre su hinchado clítoris una vez que el chico logró retirarle las bragas, haciendo así aparecer el suave y excitado sexo de la mujer. Esta se aferró con fuerza a la cabeza del muchacho con una de

sus manos, para incrustarlo aún más entre sus piernas. mientras que con la otra no dudó en palpar y sobar su endurecida tranca, cuyo tamaño le pareció bastante considerable, aunque todavía estuviera contenida por el pantalón y la ropa interior. Mauro se afanó en la mera conciencia el coño de la mujer. Le introdujo la lengua dentro de su húmeda cavidad, rebanando por dentro de sus cálidas paredes para, a continuación, mordisquearle el clítoris, rozándole unas veces con los dientes y

otras veces tirando de él con los labios. Todo ello acompañado de sus enloquecidas manos que tanto sobaban y apretaban las generosas tetas de Isabela, como se aplicaban en acariciar y estimularle el clítoris cuando la lengua se introducía en

su coño, o éste era succionado por los labios. Por su parte Isabela, que llevaba años inmersa de forma voluntaria en una sequía de sexo, estaba disfrutando del momento completamente entregada, dejándose vencer sin pudor por un deseo enfurecido que la llevó a desabrochar el pantalón del chico, a bajarle como pudo el pantalón y el boxer, y no ya a acariciarle la polla, sino a meneársela como si le fuera la vida en ello, logrando con su paja que la

verga del muchacho se endureciera y creciera aún un poco más, convirtiendo aquella experiencia. en la más excitante vivida por ambos. Te deseo, Mauro. Deseo sentirte entre mis piernas, y dijo una acalorada Isabela, entre gemido y gemido. Nunca he estado con una mujer como tú, acertó a replicar Mauro, a la vez que cogía aire para poder continuar comiendo del manjar que el coño de su madura amante le ofrecía.

Durante un rato más continuaron así, con Isabela frotando la polla, masturbándola y acariciando los inflamados huevos de Mauro, mientras que éste se dedicó en cuerpo y alma a saborear la enloquecida almeja de su amante, sin dejar de estimularle el clítoris, punto de convergencia de todos sus placeres. y lo que tenía que ocurrir, ocurrió. El cuerpo de la mujer se tensó como si se tratase de los cables de acero

que sostienen el Golden Gate. Sus ojos se volvieron hacia atrás, su boca se abrió, en un gemido interminable y profundo, sus piernas se cerraron, aprisionando con fuerza la cabeza del muchacho quien, viendo lo que se le venía, se afanó en lamer y chupar el delicioso manjar femenino, envolviendo el coño de la mujer con sus labios. presionándolos, succionándolos e introduciendo su lengua dentro de la húmeda y cálida entrada de su adictivo chumino, sin dejar de emplearse a fondo

con los dedos sobre el endurecido y excitado. Clítoris, completamente fuera de su capuchón protector. La siguiente reacción del cuerpo de Isabela fue regar la boca y el rostro de Mauro con una explosión de fluidos, cálidos y sabrosos, como resultado de uno de los orgasmos más placenteros e intensos

que la mujer había experimentado jamás, o al menos, que recordase. Mauro, tal y como había visto en tantos videos, continuó lamiendo y recogiendo con su lengua los restos de la corrida de la mujer, aún durante algún tiempo después a que aquella terminase de correrse, haciéndola retorcer de placer, dejándola sin fuerzas ni aliento, pero con el deseo y la pasión

en todo lo alto. Dios, cariño, eres maravilloso, dijo por fin la mujer cuando pudo recuperar el aliento, mientras Mauro se sentaba en un extremo del sofá, con las piernas de la mujer sobre sus propias piernas, a la que acariciaba con ternura, desde los tobillos hasta el triángulo de placer que constituía su sexo hambriento. Jamás pensé que algo

así pudiera ocurrir. Te juro que he soñado contigo desde el primer momento en el que te vi y respondió el chico, sin dejar de acariciar a la mujer y mirándole a los ojos con total sinceridad.« Ven, vamos arriba», indicó Isabela, mientras comenzó a levantarse del sofá, aún con el vestido puesto, aunque completamente arrugado, y el coño caliente

y brillante por los fluidos. Isabel acogió de la mano a Mauro, quien antes de comenzar a andar terminó de desprenderse del pantalón y del bóxer, encaminándose a ambos escaleras arriba, hasta el dormitorio que ocupaba la mujer. Era un dormitorio enorme, con un ventanal por el que entraba la luz de la tarde, orientado hacia el jardín trasero y la piscina. En la pared de la derecha se encontraba una cama enorme, perfectamente hecha, vestida con una colcha que tenía toda la

pinta de ser tremendamente cara. A sus pies, y a cierta distancia, en la pared de enfrente, se encontraba un aparador, coronado por un espejo cuyas medidas eran proporcionales a la superficie de la estancia y de la cama que se reflejaba en él. Nada más poner un pie dentro de la habitación, Isabela se giró para poder mirar a los ojos a Mauro. Eres el primer hombre en muchos años y le dijo. Eres la primera mujer de verdad, contestó el chico, mirando y admirando la atractiva madurez de la mujer.

Isabela se colgó del cuello de Mauro. le introdujo la lengua en la boca, lamiéndola por dentro, buscando la lengua del chico con la suya para enredarse a ella, para chuparla y acariciarla, mientras hacía lo mismo con sus manos sobre el cuerpo del chico, quien parecía haber ganado en

presencia física y madurez desde hacía apenas 20 minutos. Las manos de la mujer acariciaron la espalda y el pecho del chico, descendieron despacio por su piel, bajando por su vientre, hasta encontrar en su camino con la dura y fuerte erección

de su verga. Isabela se agarró a ella, primero de forma suave, casi imperceptible, logrando un primer y leve estremecimiento del chico y, a continuación, comenzó de nuevo a frotarla con vigor, con fuerza, subiendo y bajando su mano por el duro tronco, desde un extremo al otro, convirtiendo aquella polla en una especie de cetro celestial. Poco a poco, la pareja logró encaminarse hasta el borde de la cama.

Mauro trató de echar atrás la colcha, pero Isabela estaba demasiado impaciente e hizo que el chico se echara de una vez sobre la cama para, de inmediato, llenar su boca con la erección del joven. Así fue como Chela comenzó a mamar de aquella verdadera joya. Nunca había sentido especial predilección por el sexo oral, pero esa tarde descubrió que, lo que realmente le había faltado, era el aliciente necesario

para desear recibir y dar placer de aquel modo. La boca de la mujer comenzó a descender y ascender por el rabo de Mauro como un minuto antes lo hacía su mano, la cual ahora se dedicaba a acariciar y masajear sus huevos, gordos y duros, sin dudas cargados de leche. Ahora era la boca del joven la que gemía casi sin descanso, la que se abría de forma estrambótica, intentando

llenar sus pulmones de aire. Ahora era Mauro quien sujetaba con fuerza la cabeza de Isabela, enredando sus dedos entre sus cabellos, disfrutando como nunca de una verdadera mamada, para él hecha por una boca experta y sabia. Pasados unos breves minutos, el cuerpo de Mauro se tensó de un extremo a otro, su cintura se arqueó, haciendo así que su polla entrara aún más profundamente en la boca de Chella la cual, instantes después, estuvo inundada por una descarga

de semen que llegó en varias oleadas. Nunca Mauro se

había corrido de ese modo. En mitad del orgasmo, más largo e intenso que ninguno de los vividos hasta entonces, su cuerpo seguía tan ansioso como al comienzo, sin poder parar de mover su pelvis, de golpear el paladar de la mujer con su porra, absolutamente inflamada, mientras el néctar de su cuerpo desbordaba la boca de Isabela.— Eres una diosa— dijo al fin Mauro, después de disfrutar con la escena que le ofreció Isabela, tragando con deleite el fruto

de su placer ante sus ojos.— No, cariño. no soy ninguna diosa. Simplemente has hecho que vuelva a ser una mujer, respondió ella, antes de posar sus labios en el ardiente capullo del chico y después volver a besar sus labios. Mauro seguía contemplando el cuerpo de Isabela. Dijera lo que dijera ella, para él seguía siendo una diosa. Una mujer madura, atractiva,

inteligente y sabia. una mujer a la que deseó desde el primer momento en que la vio, aquella tarde en la que se alejó a toda prisa de las inmediaciones de la propiedad de Isabela, cuando ésta se acercó hasta la puerta para ver quién era el fisgón que merodeaba por allí. La mujer seguía medio vestida, sentaba sobre el borde de la cama, junto al chico, acariciándole el pecho.

sin bragas, pero con el vestido aún puesto, con uno de los tirantes caídos, ofreciendo la deliciosa imagen de uno de sus pechos, en el que sobre su piel blanca destacaba un oscuro y endurecido pezón, desafiando la hombría del joven. Mauro tomó entonces la iniciativa. se sentó junto a la

mujer y acto seguido comenzó a lamerle el pezón. Lo introdujo en su boca para succionarlo y para morderlo con sus labios, rozándolo igualmente con el borde de sus dientes, provocando nuevos estremecimientos en la mujer, que pronto se dejó caer sobre la cama, facilitando así la labor del chico.

Fue la propia Isabela quien bajó el otro tirante del vestido, ofreciendo sus dos pechos al chico, que no dudó un solo instante en dividir las atenciones de su boca y de sus manos sobre las dos suaves y cálidas colinas femeninas. Mientras Mauro se deleitó besando y lamiendo ambos pechos, sobándolos con sus manos, pellizcando los pezones con dedos y labios, la mujer, que no había perdido un solo ápice de su calentura, volvió a echar mano del cipote del chico,

el cual pronto recuperó su estado anterior. De nuevo Mauro volvía a sentirse en el cielo, en manos de una diosa que era capaz de hacerle sentir de un modo que, hasta ese momento, había sido desconocido para él. Y de nuevo Isabela volvió a sentirse mujer, a sentirse sinceramente deseada

por un hombre que le inspiraba confianza y seguridad. Los pezones de la mujer se convirtieron pronto en dos oscuras cerezas, para mayor delite de Mauro quien, ansioso por contemplar el cuerpo desnudo de su amante, se las apañó para quitarle el vestido, que depositó con ternura y cuidado junto a la cama. Una vez que Isabela estuvo completamente desnuda hizo

que su joven amante se echara sobre la cama. Ella se puso de pie sobre la misma, guardando un difícil equilibrio, con cada uno de sus pies por un lado del cuerpo del chico, facilitando la observación de su cuerpo por parte de él.—¿ Te gusta lo que ves?— preguntó la mujer.— Nunca había visto nada tan bonito— respondió el chico, alargando una de sus manos hasta lograr acariciar el húmedo coño

de la dama. Después de estremecerse de placer al sentir el contacto de los dedos de Mauro en su sexo, Isabela se sentó, literalmente, sobre la boca del muchacho, haciendo coincidir su concha mojada con la boca hambrienta del joven, que de inmediato se dispuso a lamer tan codiciado trofeo. Los lametazos del chico fueron aún más intensos y profundos

que los anteriores. Sus manos se agarraron con fuerza al culo de la mujer al cual, además de manosearlo a conciencia, lo utilizó para atraer a su amante contra sí mismo con toda su alma, para lograr llegar más profundamente con

su lengua dentro del coño. Los gemidos de Isabela no se hicieron esperar, al igual que sus movimientos, casi espasmódicos, con los que arremetía una y otra vez con su chocho en la boca del chico, lo que hizo las delicias de Mauro, que sentía como su nariz, sus labios, su boca y casi toda su cara, pronto estuvieron impregnados por los constantes fluidos que emanaban de aquel cálido y

deseado orificio. Isabela acabó teniendo un nuevo orgasmo, tan intenso y placentero como el anterior, cabalgando la boca de su joven Adonis, restregando su coño mojado por su cara, empapándole a conciencia, sin apenas dejarle espacio para respirar, mientras sentía como las manos del chaval se agarraban con fuerza a culo, llegando incluso a sentir como uno de sus dedos horadaban

su ano. sin solución de continuidad. Cuando pasados unos segundos la respiración de la mujer se acompasó y recuperó el resuello perdido, ésta descendió arrastrando su pubis por el pecho y el vientre del chico, dejando un húmedo rastro a su camino, hasta que su vulva, abierta y ardiente, se

encontró con el grueso capullo del joven. Mauro, que creía que moriría de deseo y de ansiedad si no clavaba su polla en el coño de Isabela, condujo con una mano su tranca, de forma certera, hasta colocarla en la

misma entrada de la almeja de la mujer. En ese momento, con una coordinación absoluta, como si los dos amantes se conocieran desde mucho tiempo atrás, Isabela deslizó de nuevo su cuerpo hacia abajo, en busca del rabo de Mauro quien, a la misma vez, arqueó su cintura, haciendo que su cipote se introdujera, con absoluta suavidad y facilidad, en el encharcado y receptivo coño de la mujer. De inmediato, Isabela comenzó a cabalgar al hombre que tenía entre sus piernas.

Lo hizo con total determinación, haciendo que la verga, gruesa y dura como el cemento, de Mauro penetrara hasta lo más hondo de su vagina. Mauro acertó a acercar su boca a los pechos de la mujer, para volver a lamerlos y a morder sus pezones, a la vez que sus manos se agarraron a ella a través de su culo, que no dejaba de moverse, cada vez a mayor ritmo. Ahora los gemidos eran compartidos. tanto ella como él gemían y suspiraban, cogían aire a bocanadas y sentían el ardor

del cuerpo del otro en su propio fuego. Las manos de Isabela apoyadas en el joven y fuerte pecho de Mauro. Las manos de éste sujetas al culo de la mujer, sobándolo y acariciándolo, palmeándolo de forma instintiva y jugando con uno de sus dedos en cálido y suave orificio de su ano, mientras sentía como su coño devoraba su verga, una y otra vez, como la envolvía, presionándola y succionándola

con cada nuevo movimiento, segundo a segundo. Las pelotas del chico volvieron a hincharse, a llenarse de semen, a punto de explotar. Isabela subía y bajaba sin parar. hacía casi salir por completo la tranca del chico, para volverla a ensartar en su coño de un certero movimiento, con el que lograba clavarla hasta lo más profundo de sus entrañas, devoradas por la fiebre del placer. Unos minutos después, entre gemidos convertidos en berridos, Mauro derramó el contenido de sus

huevos dentro del coño de Isabela. vació sus pelotas, inundando el chocho de la mujer, mezclando su propio néctar con el néctar de su amante que, sintiendo como su coño ardió al sentir la tremenda descarga del joven dentro de sus entrañas, volvió a correrse, volvió a sucumbir al placer, entre gritos y movimientos cada vez más intensos y profundos, desplomando su boca sobre la boca del joven, uniéndose a la vez en un beso cargado de ansiedad y de necesidad.

Durante casi un largo minuto ambos cuerpos continuaron moviéndose, cada vez más despacio. A ninguno de los dos le apetecía que aquello terminara, que ese sueño tuviera final. Finalmente, Isabela acabó por rendirse. Extrajo la verga amorcillada de Mauro de su coño, aún palpitante, y se dejó caer sobre la cama, a su lado, sin importarle las manchas de fluidos corporales sobre la colcha.

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