cuerpo, menudo y liviano, contrastaba con el mío, pesado y fuerte. No es sólo que normalmente no me gusten los cuerpos como el tuyo, es que además hubiese podido partirte el cuello como quien parte un mondadientes con dos dedos. y sin embargo algo en tu voz, en tus ojos, en tu forma de moverte, me hacía sentir pequeño, indefenso, insignificante. Ni siquiera fui capaz de sostener tu mirada un segundo, agaché la cabeza, me ruboricé, contuve el temblor de mis
manos a duras penas. Tus ojos me intimidaban, y tu voz, más imperiosa cuanto más suave, más acariciadora cuanto más amenazante, parecía ejercer sobre mí un influjo que escapaba a mi entendimiento. Me acorralaste contra la pared. Pusiste tu cara a escasos centímetros de la mía. Me levantaste el mentón con dos dedos. Sin esfuerzo, clavaste tu mirada en la mía. Me echaste tu aliento cálido y dulce y todo mi cuerpo tembló presa de una excitación anhelante y amenazadora. Ya en ese
momento supe que estaba perdido. Me tumbaste en la cama y te sentaste en mi cara, obligándome a lamerte el culo, restregando tu ano por mi nariz y mis labios, ordenándome que te metiese la lengua en el ojete. Yo obedecía,
asqueado y excitado, asustado y feliz. Cuando te cansaste de que te comiera el ojete, empezaste a follarme la boca sin piedad, causándome violentas arcadas, tapándome la nariz con dos dedos cuando se te antojaba, sacando luego tu rabo duro y pringado de mis babas para golpearme la cara con él duramente, untándome de paso las mejillas de una mezcla
de mi saliva y tu líquido preseminal. Me pasabas el glande por la frente mientras me metías los cojonazos en la boca y me decías que ibas a hacer conmigo lo que quisieras. Cuando casi estabas por correrte, me apartaste el paquete del carrino y te me subiste encima a horcajadas. Me agarraste de las muñecas, me miraste con ojos fieros, sonreíste de forma obscena.
Qué mirás, hijo de puta? Yo nada.¿ Qué querés? Haz conmigo lo que quieras. Lo que quiera, entonces, te beso o te escupo. Lo que quieras.
