A sus 38 años, no sólo era dueño de una de las fortunas discretas más sólidas de Madrid, acciones, hoteles, bodegas, clínicas privadas, sino que su presencia física era bastante irresistible para las mujeres. 1,80 de estatura, guapo, anchos hombros, ojos verdes intensos, labios definidos y sensuales y un cuerpo cuidado para ser objeto del deseo femenino. Pero había algo más. Algo que sus amantes, después de probarlo, comentaban con un temblor en la voz y un calor en los muslos.
Su miembro era descomunal, no solo en longitud, sino en su grosor monstruoso y en una potencia sexual fuera de lo normal, con un aguante increíble y además sabía utilizarlo con precaución para dar placer y gusto a la mujer, no forzando la vagina de la mujer sino ir adaptando el tamaño colosal de su polla al coño o culo de la que se tratase. Lois había tenido todas las mujeres que quiso. Rubias nórdicas que le suplicaban en yates privados.
Neoyorquinas frías que se derretían al tercer empujón. Marquesas divorciadas, actrices en decadencia, viudas con hambre atrasada. Pero ninguna lo había colmado, porque él arrastraba un deseo que jamás confesaba, encontrar a esa mujer especial que él buscaba, no una mujer cualquiera. Luis no buscaba que lo traicionaran por despecho, sino que lo excitaran con su lujuria incontrolable, con su necesidad de otros hombres, de otras mujeres, de sexo rabioso
a todas horas. Hasta que una tarde de diciembre coincidió con ella. Fue en uno de los salones del RIS de Madrid. Ella tenía 41 años y allí estaba sentada sola. La vio desde otra mesa de al lado y aunque no era guapa, ni joven, era otra cosa que a Luis le pareció como una promesa de perversión sin arrepentimientos. Estaba encajada en una de las butacas del salón del RIS, como si el mobiliario no hubiera sido diseñado para cuerpos
como el suyo. Rellenaba cada centímetro de espacio, y aún así parecía rebosar pues estaba como sentada a presión dado el tamaño de su cuerpo respecto a cadera hacia trasero. Sus caderas desbordaban por los lados del asiento. Apretabas dentro de una falda negra que se ceñía como estallando y marcando las costuras y contornos de la gran faja que debía llevar pues el trasero era monumental. inmenso y aún sentada. Se notaba que ese culo con esas nalgas debía moverse
con un vaivén lento, morbosamente celulítico. Tenía las piernas abiertas levemente en postura de mando. Eran gordas, pesadas y apretadas en unas medias negras de nylon. La falda que se le había subido dejaba mostrar unas rodillas carnosas y los pies calzaban unos zapatos de salón de charol negro, con tacón alto y desafiante. Pero el verdadero tesoro empezaba en su torso. Llevaba una blusa blanca de botones, a punto
literal de estallar. y encima una chaqueta negra. El tejido crujía sobre un pecho descomunal, desproporcionado, lleno, maduro y pesado, contenido apenas por un sujetador negro de contorno ancho y copas gigantescas, que no solo se marcaba claramente, sino que sobresalía más de medio metro hacia adelante. Las gigantescas tetas reposaban groseramente sobre la mesa en la que ella saboreaba un café. Luis no podía apartar la mirada. Ella se dio cuenta de su presencia y lo miró y notó
como él descaradamente miraba su pecho. Luis pensó en aquellas moles mamarias sin sujetador cayendo sobre su polla gruesa descomunal. Imaginó en cómo aquel sujetador negro podría contener aquellos senos. Luis no podía dejar de mirar. ni quería. Como la blusa estaba abotonada hasta el cuello no dejaba escote y no mostraba piel, pero eso lo hacía peor, hasta tal punto de que Luis tuvo tal clase de erección que
en aquel momento no se podía ni levantar de su butaca. Además, el volumen descomunal mamario se proyectaba hacia adelante ocupando mucho espacio y Luis calculó, menos mal, que con sus largos brazos todavía podría abrazarla y estrecharla apasionadamente, aunque con alguna dificultad. Cada vez que ella se inclinaba mínimamente hacia él para que se diera cuenta de que también se había fijado, y bien fijado, el contorno del sujetador de cintura que
llevaba puesto se marcaba brutalmente. Las costuras, el encaje gordo, la banda ancha, las copas gigantescas. Luis se imaginó ese sujetador extendido sobre una cama, negro, enorme, saturado del perfume de ella y con la huella profunda de sus senos grabada en la tela. imaginó desabrochándolo con las dos manos, por la espalda y, aún así, sufriendo, sudando, tratando de
aflojar los enganches, los corchetes traseros. Las mesas en el salón de lujoso hotel no estaban muy separadas lo que facilitó la relación, por ahora, mudo de los dos que no se quitaban los ojos de encima. Luis, con la mandíbula ligeramente desencajada, había perdido ya toda intención de parecer educado. La miraba con descaro, con hambre, con la urgencia de un hombre que lleva media vida soñando con encontrar exactamente eso,
una mujer demasiado, demasiado pecho, demasiada boca, demasiada carne, demasiado descaro. Ella, mientras tanto, parecía disfrutar como una viuda indecente en un velorio lleno de jóvenes. Lamía sus labios enormes, grotescos, inyectados y brillantes, una y otra vez, lentamente, como si los lubricara a propósito, como si preparara su boca para algo sucio. Y entonces cruzó los brazos bajo el busto. Lo hizo despacio.
Metió los antebrazos por debajo del pecho colosal y los empujó levemente hacia arriba, haciendo que las tetas se alzaran como si fueran a reventar la blusa de un momento a otro. La tela crujió. Literalmente crujió. El botón central estuvo a punto de saltar. El sujetador negro, que ya se marcaba antes, ahora se señalaba mucho más. Luis respiró profundamente.
Se frotó el muslo con la palma abierta, como quien se obliga a volver al mundo real, pero no podía porque la erección le tiraba como una soga desde el bajo vientre, y el bulto bajo su pantalón ya era tan evidente que tuvo el impulso inconsciente y profundamente masculino de abrir un poco las piernas para exhibírselo. Ella lo notó. Por supuesto que lo notó. Bajó lentamente la mirada hacia su entrepierna, como si lo estuviera inspeccionando. Una sonrisa aladina
se dibujó entre sus labios gruesos. Y luego subió de nuevo los ojos a los de él, con una calma cruel, felina.¿ Es eso para mí? Susurró, como si compartieran secreto.¿ O vas a prestarlo mientras yo me entretengo con otros? Pensó Paloma en decirle con atrevimiento. Loíse, intencionadamente, solo se inclinó hacia adelante, lo justo para que su bulto quedara a
la altura exacta de sus ojos. Y entonces colocó una mano sobre su muslo, con naturalidad, como si se acomodara, pero apretó, marcando aún más la forma monumental de su erección bajo la tela clara. No me importa que te entretengas con otros, pensó él. Siempre y cuando vengas a contarme todo. Detalle por detalle. mientras me lo restriegas en la cara o yo me hago el distraído y te
dejo hacer, pero te controlo morbosamente a mi manera». Luis no pudo aguantarse por lo que, decididamente, se fue hacia ella, se presentó cortésmente y cuando le extendió la mano, quedaron como apretados. En ese momento, Luis no sabía qué le citaba más, el pecho monstruoso, el culo embutido en esa falda negra marcada por la faja, o la forma en que ella lo miraba como si ya lo hubiera poseído, usado.
Sus manos eran enormes, desproporcionadas femeninas sí pero muy grandes de palmas anchas de dedos largos y gruesos cubiertos de anillos dorados voluminosos y pesados que llamaban la atención las uñas eran largas afiladas perfectas pintadas de un rojo oscuro casi negro Luis cogió aquella mano enorme, de dedos gruesos, uñas brillantes y palma dominante, y ella no retiraba la mano.
Al contrario, curvó un poco los dedos, dejándolos abiertos, dejándose tocar, dejando que Luis sintiera el grosor de sus anillos, la piel terza y el leve perfume que usaba entre los nudillos. Supongo que no vas a preguntarme el nombre, dijo ella, sin mover un solo músculo del rostro. Y supongo que tú no vas a fingir que no te gusta que te la coja así, replicó él, con una media sonrisa peligrosa.¿ La mano? Preguntó ella, afilada como un cuchillo.¿ O te
refieres a otra cosa? Luis apretó suavemente. Su pulgar rozó la base del dedo corazón de ella, ahí donde empezaban las líneas de la palma, como si leyera su pasado.« Quizá otra cosa tan grande», dijo él, bajando la voz.« Me la imagino entre tus manos, apretando, viendo a ver si te cabe». Ella rió sin dulzura, sin timidez. Soltó una carcajada ronca, indecente, arrastrada, como quien no ha venido a Madrid a perder el tiempo. y tiró de su mano,
sin soltarla, acercándolo un paso más. Ahora estaban a veinte centímetros de distancia. Luis miraba hacia abajo, embriagado por el perfume floral y ligeramente ácido de ella, y viendo desde arriba el imponente pecho alzado por el sostén.«¿ Sabes qué creo?», dijo ella, con un susurro sucio que parecía acariciarle los oídos. que tú eres de esos hombres con cara de dominante, pero que en el fondo lo que quieren es que una mujer les diga cuándo, cómo y con quién van
a ser traicionados. Luis no pestañeó. Bajó la mirada a su propio pantalón. Me estás leyendo como un libro. Luis pensaba en el sujetador que levantaba aquellas sandías femeninas. Se lo imaginó húmedo por dentro. Caliente. Con olor a carne madura y a vicio lento. y debajo de esa tela, el tesoro, dos globos inverosímiles, pesados, con pezones grandes y antiguos, que no se endurecían por coquetería, sino por puro mandato de la memoria sexual.—¿ Estás mirando mis tetas?— preguntó ella
con descaro, sin dejar de sonreír. Él tragó saliva. No se molestó en negarlo.— Estoy intentando no rogarte que me dejes tocarlas. Ella se rió. Se inclinó hacia él, hundiendo aún más las tetas contra la blusa y la erección masculina se hizo ya insufrible.¿ Sabes qué talla uso? Susurró ella,« Me los tienen que hacer a la medida». Ella se mordió el labio hinchado, exagerado, y lo dejó allí, mirándola como un esclavo sin cadenas. Su cara estaba exageradamente pintada.
El maquillaje parecía una declaración de guerra. Labios postizos, inflados, rojo sangre, deformes y deseables a la vez, con ese brillo obsceno que parece mojar el aire. Las mejillas son rosadas con violencia. Los párpados pesados, cubiertos de sombra metálica. Y unas ojeras profundas, sin disimulo, como si llevara años sin dormir de verdad. O como si los orgasmos la hubieran dejado vacía y feliz. Los ojos eran verdes. Verdes
y crueles. No pedían. Ordenaban. Y la voz, ronca, lenta, cálida como un cenicero con perfume caro, pero Luis no podía dejar de mirarla. y ya estaba perdido. Ella le soltó la mano y le puso una hume afilada sobre el pecho. La deslizó despacio. Un solo dedo, pero se sintió como una promesa.« Ahora tengo que subir a la habitación,
me esperan. Tú sabrás lo que haces», insinuó ella de forma lujuriosa sin dejar de mirar con descaro la enorme hinchazón viril bajo el pantalón.« Puedo esperar, sé esperar si merece la pena. Tú mismo, rico, haz lo que quieras, pero serías imbécil si te lo perdieras», le contestó ella atrevidamente y de forma muy directa. Y sin decir más, se levantó, el cuerpo entero temblando dentro de la faja, el trasero desbordando al ponerse en pie, el pecho rebotando
bajo el sujetador. Luis la siguió con la mirada y vio cómo ella se iba acercando a la zona de los ascensores. Como una bala, fue tras la jaquetona mujer como un hombre hechizado. Ella caminaba adelante, con paso lento y exagerado, balanceando las caderas gigantescas dentro de aquella falda tensa, dejando que el cuerpo entero se moviera como una provocación.
Cuando ambos entraron en el ascensor había mucha gente, pero eso no obstó para que sus cuerpos se rozaran y ella sintiera sobre su gran culo la dureza de la erección masculina. El ascensor los había dejado en la planta superior. El silencio allí era casi sagrado. Solo alfombras, puertas elegantes y la sensación de que algo sucio, algo prohibido, iba a pasar. Paloma se detuvo frente a la habitación 706. Sacó una tarjeta dorada de su bolso y la deslizó con lentitud.
Lo hice estaba a menos de un metro, la respiración agitada, la polla dura como un poste. Esperaba que ella lo mirara, que lo invitara a entrar. Que abriera la puerta y lo reclamara. Pero no. Ella se giró solo un segundo. Le lanzó una mirada entrecínica y cruel y con una sonrisa sucia, entró sola. La puerta se quedó ligeramente entreabierta durante dos segundos y luego se cerró con un clic seco. Luis se quedó allí, de pie, con la sangre latiéndole en la entrepierna, el corazón en la garganta y el
ego golpeado.¿ Lo había usado solo para calentar? Era parte de un juego, pero entonces, tras un tiempo, empezó a escucharse algo. Un leve quejido. Un ruido apagado. Algo húmedo. Y después, un jadeo femenino. Luis se acercó más. Con cuidado, viendo que no venía nadie, pegó el oído a la puerta. Y entonces lo oyó con claridad, pues ella lo decía bien fuerte. Parecía que intencionadamente para que él lo escuchara. A-A-M-M-M-H-H-O-C-C. Más fuerte, así, así. A-C-I-I. No había duda. Era ella.
Gemía como una pocesa, como una mujer entregada. Luis se quedó petrificado. El corazón se le desbocó. Su polla palpitaba dentro del pantalón, goteando por la punta, sin control.« Mira cómo me dejas. Dios, sí, métemela hasta el fondo. Joder, la puta, como follas, cabrón». Luis cerró los ojos. El cuerpo entero le temblaba, pero no se movió. No se fue. Pegó aún más el oído.
