Lentamente coloqué mis dedos detrás del cuello de mi hijo y pasé mi otra mano sobre su espalda sin romper la conexión con sus ojos. Su mirada bajó ligeramente a mis labios carnosos. Esa fue la pauta que interpreté como invitación y lentamente aproximé mi maduro rostro. Tras un roce de nariz, posé mis labios suavemente sobre los suyos con una delicadeza que me hace hervir por dentro, quedándome sobre su boca más tiempo de lo común en cada beso,
haciéndome sentir una leve humedad en mi canaleta. El control remoto se desprendió de las manos de mi hijo y el sonido golpeó la habitación. Él aprovechó mi vulnerabilidad para deslizar su mano sobre mi cintura, haciéndome temblar al sentir el contacto de sus dedos sobre la piel de mi abdomen. Mientras que, con gran determinación acortó aún más nuestra distancia, nuestra respiración errática chocó y con la mirada tensa de amor, mordí el fruto de la semilla que mi cuerpo germinó,
seduciendo mi paladar, con el sabor de lo prohibido. Mi boca se fundió en la suya, un beso lleno de pasión que nos hizo entrelazar la lengua con mucho anhelo y desenfreno. En ese instante, el mundo se redujo a su circundante lengua, la fricción de nuestros cuerpos, el efluvio de su masculinidad y a la certeza de que estábamos
a punto de santificar un pecado. Inmediatamente sentí sus manos escabullirse dentro de mi suéter y subir por mis tetas, presionándolas con sus frías manos y pasando sus dedos con suavidad sobre mis pezones, erguidos y sensibles. recordando en la memoria de la piel el contacto de su boca durante su lactancia. Posteriormente un escalofrío me recorrió la columna cuando su pelvis buscó la mía con un empuje instintivo, permitiéndome notar, a través del pantalón de su chándal, la urgencia de
su erección reclamando su lugar. El deseo me golpeó como una ola de humedad repentina que me hizo jadear contra su oído. Mi situación era clara, era una mujer con instinto de madre, pero con el deseo lascivo de una depravada sexual. Pero es que,¿ qué es un instinto de lujuria, sin una pulsión de perversidad? Mi pensamiento era un recordatorio constante de la vida que yo misma había forjado y en vez de sentir culpa, mi cuerpo se inundaba de
morbosidad por lo prohibido. Cerré los ojos con fuerza, dejando que mi cabeza cayera hacia atrás mientras su boca descendía por la línea de mi cuello. En la oscuridad de mis párpados, la realidad se fragmentaba. Por un lado, el instinto primario que me gritaba que él era mío, una extensión de mi propia carne que ahora reclamaba su soberanía. Por otro, el eco lejano de la moralidad que se
desintegraba con cada una de sus caricias. Mis manos, antes protectoras, se volvieron garras que tiraron de su chándal con una urgencia descontrolada, mientras él tiraba de mi suéter hacia arriba, exponiendo mis grandes tetas al aire frío de la habitación y desatando su antojo a través de su mirada voraz. Inmediatamente sentí el contraste del calor de su aliento al enterrar su rostro en la voluptuosidad de mi pecho, haciéndome suspirar.
Posteriormente experimento la humedad de su lengua al pasar sobre mis aureolas, hasta que sus labios se posan aferradamente en mis pezones, provocándome escalofríos que desembocan muy dentro de mi entrepierna. Esa sensación sacude mi cuerpo, cierro mis ojos, lanzo mi cabeza hacia atrás en busca de piedad y dejo caer mi cuerpo sobre el plácido colchón. Es en ese momento en que siento la necesidad desesperada por sacarme el pantalón
de la pijama. Levanto mi cadera y tiro hacia abajo, llevándolo hasta la mitad de mis rodillas, dejando expuesto y a la vista de mi hijo, mi húmedo encaje negro, el último frágil velo que aún guardaba mi pudor. Sin pensarlo elevé mis piernas en ángulo recto para terminar de desvestirme e inmediatamente lo veo a él de pie con su torso desnudo, viéndome a los ojos desde arriba, dejándome ver sus trabajados pectorales mientras acaricia mis muslos y mis
piernas con la suavidad de sus dedos. Casi por inercia me dejo de mover, y mi pijama atorada en mis rodillas es arrebatada de mis piernas y lanzada en algún lugar del salón. No tardé en notar su rostro tensado por la erección que aprieta su pantalón deportivo, y es cuando veo que tira de su pantalón hacia abajo y lo saca por completo, quedándose en un bóxer que no
hace más que agrandar la situación ya excedida. mientras yo masajeaba mis tetas y pellizcaba mis pezones en busca de disfrute, dejo caer mis piernas, y en el descenso paso rozando con mis pies la estaca dura de mi hijo, movimiento que opera como detonador para que sin vacilar, tiré de su bóxer con fuerza y lo deje caer sobre sus tobillos, exhibiendo con total libertad su gran y monumental polla empalmada que me hacía morder mi labio inferior, mientras dejaba escapar
un suspiro cargado de hambre. En ese momento, el frío y la moral eran dos cosas que habían dejado de existir para nosotros. Por lo que, me siento acercándome a su butifarra, y en ese momento, el aire pareció espesarse, cuando aquella bestia quedó a centímetros de mi cara. No pude ignorar su majestuosidad con la que tanto tiempo fantasé, me incliné hacia adelante, dejando que el calor que emanaba
de su miembro me golpeara el rostro. Mis manos abandonaron mis pechos para rodear su base, comprobando que la realidad superaba cualquier fantasía. Mi piel palidecía ante el bronceado de su carne, tensa como el acero y surcada por venas que latían con fuerza bajo mi tacto. Sin pensarlo demasiado, abrí mi boca y llevé su miembro a lo más profundo de mi garganta, al mismo tiempo que su ronco
gemido caía sobre mí. Mi lengua circundaba su blande y bajaba por su frenillo mientras sentía sus manos detrás de mi cabeza. Era delicioso sentir el sabor salino de su piel, mientras mis labios se cerraban herméticamente en torno a su tronco, provocándome un mareo de placer prohibido. Él empezó a empujar con la cadera, dictando un compás violento haciéndome perder la fuerza y caer recostada sobre el colchón. Por la inercia en el peso y empuje de su cuerpo, William cayó
ahorcajadas casi sobre mi rostro. pero yo sentía una necesidad retorcida por seguir comiendo su miembro y cuando él se levantó para girarse, yo le cogí de los tobillos, haciéndolo caer a la inversa de mi cuerpo lujurioso. Sus rodillas se anclaron a los costados de mi cabeza mientras yo, con el cuerpo arqueado, quedé con mi rostro frente a su sexo y mi propia intimidad expuesta bajo su boca.
Sin preámbulos, metió su nariz en la humedad de mi encaje negro antes de hacerlo a un lado con los dientes, dejando mi clítoris a merced de sus embestidas bucales. El grito que solté quedó ahogado, porque en ese mismo instante yo hundí mi cara entre sus muslos para devorarlo de nuevo, sintiendo como sus venas latían contra mis mejillas en cada una de sus embestidas. El sabor de mi propia excitación, que él me devolvía en cada beso húmedo allá abajo,
se mezclaba con el almiscle denso de su piel. Sus dedos se clavaron en mis nalgas, separándolas para que su lengua llegara hasta el rincón más profundo de mi ser, mientras mis manos rodeaban sus testículos y apretándolos al ritmo
de mis tragos. El mundo se redujo a ese vaivén de caderas, al sonido de nuestras salivas mezclándose y al sonido de mis gemidos cuando su lengua me hizo derramar mis jugos vaginales sobre su boca al estallar en un delicioso orgasmo que solo sirvió para alborotar aún más mis hormonas.
Inmediatamente al separarnos, mi hijo llega gateando a mí. Su rostro sucio por mis fluidos emanados, era la certeza del poder de su lengua, y sin parpadear, le clavé un beso rebosante de concupiscencia, obligándome a probar el sabor de mi propio cuerpo, mientras mi sexo era frotado por la palma de su mano. Poco a poco, fui dejando caer mi torso hacia atrás mientras disfrutaba de la palma de
su mano y sus dos dedos invadiendo mi cavidad. Recostaba en el colchón y con los ojos cerrados, disfrutaba su masaje vaginal. Pero mi deseo era perverso y anhelaba sentir mi propio ser adentrarse en mí. así que, extendiendo mis piernas y una mirada seductora, permití que William gateara y se colocará sobre mí. Profundizando su mirada sobre mis ojos se fue acomodando sobre mí mientras se masturbaba para no perder su fortaleza. El salón se volvió tenso y esa
densidad en el ambiente me hacía lubricar rebosantemente. Mi dentadura se clavaba en mis labios ante la inminencia de la situación. Mi hijo se fue acercando a mí y lentamente fue bajando su pelvis hasta encontrar la suavidad de nuestra piel. En ese momento tomó su pene con su mano y acercó su glande a mi clítoris, provocándome un escalofrío eléctrico. Lentamente comenzó a frotarlo por toda mi vulva, llenando mis
labios vaginales de su líquido preseminal. Acompañaba de suspiros y una desesperación tortuosa mientras me derramaba en mis propios jugos, suplicando piedad. Sin perder detalle de mi reacción, mi propia carne se hundió dentro de mí con mucha avidez, provocando que mi suspiro me hiciera desviar los ojos hasta cerrarlos. Un grito mudo quedó atrapado en mi garganta cuando sentí como mi cuerpo se dilataba para recibir la verga de mi hijo, reconociendo la magnitud de lo que estábamos consumando.
Sentir a mi misma sangre penetrar mi cuerpo me hacía retorcerme de placer mientras era azotada por las delicias del incesto. Mi pelvis se elevaba buscando más de ese castigo delicioso. restregando mi cavidad contra su verga en cada clavada desenfrenada. Mi cuerpo gozaba, pero era mi alma la que reclamaba con furia la consumación de ese pecado. La humedad que me desbordaba encontró finalmente el acero de su virilidad. Con
cada embestida, mi mente se fragmentaba. No era sólo el roce de la carne contra la carne, era la conciencia abrazadora de quién era el hombre que me partía en dos. Mi cuerpo no mentía. Mis paredes vaginales se aferraban a su verga con una fuerza casi posesiva, reclamando lo que por ley natural nunca debió pertenecerme. Con mi respiración entrecortada me senté para clavarle un nuevo beso descarado y hambriento. Entre mis muslos, su miembro cárnico aún sumergido en mi calor,
palpitaba al compás de su aliento. Un arrebato de deseo me hizo morder los labios de mi hijo antes de separarme y girar sobre el colchón. Me puse a cuatro patas, gateando con un balanceo de caderas lento y deliberado, hasta que el contacto del borde de su mano introduciéndose dentro de mi raja me provocó una sacudida en mi espina dorsal,
que me hizo detenerme para disfrutar. Con su mano mojada por mi néctar recolectado, se arrodilló a mis espaldas, olfateó sus dedos cubiertos del almíbar de mi cuerpo y los lamió con la parsimonia de quien degusta un exquisito caviar. Mientras tanto, Apoyé mis antebrazos en el colchón, aplasté mis tetas contra las sabanas, levanté un poco mi cabeza, separé las piernas para brindar libre acceso a mi cuerpo, y levanté mi culo en pompa a merced de sus degeneradas
necesidades carnales. Irónicamente, mi hijo nunca supo lo que era una nalgada, pero en ese mismo instante, mis nalgas fueron víctimas de sus palmadas que me hicieron alborotarme y estrujar mis tetas con desesperación mientras suplicaba ser penetrada. continuamente siento como las manos de mi pecado separan mis glúteos una vez más, y un hilo de viscosidad cálido cae por mi ano y se derrama por encima de mi suelo
pélvico en gran cantidad. Rápidamente veo sobre mis hombros y lo noto dejando caer su baba en mi cavidad anal para lubricar mi entrada trasera. Siento la punta de su glande rozar mi entrada vaginal, y mientras sus pulgares masajeaban mi recto, esparciendo mi baba por todo el contorno de mi ano, la verga dura de mi fruto engendrado se clavó dentro de mí, con una embestida que me hizo apretar los párpados, mientras sentía esa estaca cavernosa haciéndose un
hueco dentro de mí. Con el aliento perdido en cada una de esas deliciosas arremetidas, comencé a sentir que las paredes de mi interior se rendían ante su invasión. La barrera entre la culpa y el placer se iban desintegrando ante la fuerza brutal de su juventud. Su grosor se mezclaba con una lubricación sucia y caliente que brotaba de mi sexo, mientras él me cogía de las caderas para hundirse con gran ímpetu, buscando el lugar que alguna vez
había habitado. Mi propio vientre. En ese momento me sentía profanada por la carne de mi carne, una perra sumisa bajo el peso del hombre que yo misma había parido. Estaba gozando de su masculinidad. cuando de pronto siento como uno de sus pulgares se clava en mi recto, sacándome un pugido que me hizo sentirme como una verdadera hembra. La sucesión de sus embestidas y su pulgar rascando mi
ano me hicieron retorcerme de placer. Mis manos apretaban las sábanas y se hundían en aquel colchón que guardaba nuestro aberrante comunión. Su mano en libertad comenzó a tirar con fuerza de mi cabello, provocando que sus testículos rozaran mi clítoris en cada penetración. mi respiración comenzó a agitarse. Nuestro sudor a derramarse. Si esto era el infierno, yo estaba dispuesta a quemarme con tal de no perder ese calor. Mi cuerpo estaba rebosante de placer. Mis suspiros se fueron
convirtiendo en sollozos. Mis músculos se tensaron. Mi ritmo cardíaco se disparó. Mi vagina se fue llenando de fluidos. Mis resoplos se convirtieron en gemidos. mis pupilas se dilataron. Y en ese momento, pude sentir una descarga de placer que recorría toda mi espalda hasta mi cabeza, liberando toda la tensión acumulada en mi vulva hinchada, provocando que mi vista se nublara y mis sentidos se apagaran por unos segundos, hasta dejarme temblando y agonizando por esa sensación tan placentera.
Mi interior aún palpitante hizo el último esfuerzo y apretando mis paredes vaginales, recibí su descarga viscosa, llenando mi útero maternal de su esperma palpitante que se expandió por todo el pliegue de mi intimidad, hasta colapsar mis entrañas, provocando el derrame de su leche por toda mi entrepierna, mientras permanecíamos empotrados.
