Mi hermana en la ducha y yo cabalgando a su novio - podcast episode cover

Mi hermana en la ducha y yo cabalgando a su novio

Nov 25, 202520 minSeason 3Ep. 27
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Transcript

Speaker 2

Sentirlo adentro de mí no es como lo describen en las novelas rosas que lee mi mamá, ni como nada que haya sentido antes en mi vida sexual, que ha sido más bien, tibia. No son mariposas en el estómago. Es un yunque. Es una presión caliente, sólida y absoluta que me abre y me llena hasta lugares que no sabía que tenía, borrando de un golpe el aburrimiento crónico de vivir en esta casa. No soy una niña, ni soy una virgen asustada. aunque mi familia crea que no

sé nada de la vida. Ya había estado con dos chicos en la prepa. El primero fue un desastre de nervios, un niño bien que tardó una eternidad en entender cómo acomodarse entre mis piernas, sudando frío, incapaz de encontrar la entrada, como si mi cuerpo fuera un mapa que no sabía leer. Con el segundo fue distinto. Tuvimos varios encuentros, sí. En su coche, en fiestas. Pero era trámite. una fricción aburrida, pegajosa y mecánica. Él cumplía, se venía y listo. No

había hambre, no había peso. Era como rascarse una picadura, alivia, pero no te llena. Pero esto, esto es otra liga. Leo tiene un tamaño que asusta, una experiencia que se nota en cómo respira, una oscuridad en la forma de moverse que esos niños de la prepa ni soñaban con tener. Se nota que ha vivido, que ha tocado, que sabe

exactamente qué hacer con un cuerpo como el mío. Estoy sentada sobre él, completamente desnuda, con las rodillas clavadas en el colchón beige del cuarto de huéspedes, ese cuarto que siempre huele a lavanda y a no toques nada. Cada vez que bajo las caderas, siento como su verga me estira, como ocupa todo el espacio, rozando esas paredes internas que laten al ritmo de mi propia culpa. Es un dolor rico, un ardor que se convierte en un alivio viscoso justo

cuando llego al tope. Cuando siento que ya no cabe ni un milímetro más de ese grosor que me parte en dos y, sin embargo, mi cuerpo cede, lo abraza y lo traga. MMM. Se me escapa un gemido, no porque quiera hacerlo, sino porque el aire se me sale a la fuerza cuando él toca ese punto exacto, allá en el fondo. Bajo la mirada y lo veo a él. A Leo. Tengo que admitirlo, el maldito está muy bien hecho.

Tiene ese cuerpo atlético y fibroso de los veintitantos años, de quien jugó fútbol pero también de quien sabe usar su fuerza para otras cosas. Su abdomen es duro, plano, marcado sin exagerar, y su piel morena contrasta violentamente con la palidez de mis muslos que lo aprisionan. Se ve fuerte, tenso, con esa vitalidad masculina que Laura presume en las cenas como si fuera un trofeo que se ganó en una rifa. Laura cree que lo conoce, cree que sabe lo que

es tenerlo en la cama. pero dudo que con ella sea así de animal. Dudo que con ella se deje ir de esta manera, permitiendo que yo lo use, que lo monte. Y luego me veo a mí. No tengo el cuerpo de Laura. No soy esa línea recta, elegante y aerodinámica que cabe en la ropa talla cero y se ve bien en todas las fotos. Soy curva. Soy peso. Soy gravedad. Al estar sentada así, encorvada hacia adelante y sin ropa que me esconda, mi estómago hace un pequeño

pliegue suave sobre mi ombligo. Un rollito blanco y tibio, natural al doblarse. Mi mamá lo llamaría descuido, me diría que debería cuidarme más para ser como mi hermana. Pero Leo. Leo tiene las manos clavadas justo ahí. Sus dedos grandes y calientes se hunden en mis nalgas. Amasando esa carne suave y abundante que a mí me avergüenza frente al espejo del baño pero que a él parece volverlo loco. No me pellizca con asco, no busca huesos donde hay curvas.

Me agarra con fuerza, hundiendo las yemas en mi piel, apropiándose de mí. Como si tuviera miedo de caerse de la cama si me suelta. Como si yo fuera lo único real y tangible en esta casa de mentiras. Mis pechos, grandes y pesados, Cuelgan libres frente a su cara, moviéndose con cada embestida. Veo como mis pezones, anchos y de un rosado intenso, se endurecen al aire, apuntando hacia su boca,

y me siento obscena. Me siento demasiada. Demasiada mujer para un mundo de muñecas de plástico anoréxicas.« Estás deliciosa», susurra él, con la voz ronca, mirándome como si quisiera comerme viva. Siento como su pito, grueso y venoso, me llena por completo, dilatándome mucho más de lo que aquellos chicos de la prepa jamás pudieron. Se siente como si me estuviera reacomodando los órganos por dentro, y me encanta. Laura está en

el club. Seguro está perfecta, con su falda de tenis blanca inmaculada, bebiendo agua mineral con rodaja de limón, hablando de su boda soñada o de su tesis de diseño. Y yo estoy aquí, en nuestra casa, desnuda, sudando como un animal, montando a su novio atlético mientras el sol de la tarde nos quema la piel a través de las cortinas. Siento su verga pulsar dentro de mí, una sacudida eléctrica que me recorre la columna. Sé que está mal.

Sé que es una traición de las grandes. Pero cuando él abre los ojos y me mira desde abajo, no ve a la hermana llenita. No ve a la oveja negra, ni a la decepción académica. Me ve a mí. Ve mi carne, ve mi humedad, ve mis ganas.¿ Te gusta? Le pregunto, moviéndome despacio, trazando círculos con la cadera, sintiendo su dureza rasparme por dentro, queriendo escucharlo decirlo, necesitando esa

validación tóxica. Él no contesta con palabras bonitas. Gruñe. Echa la cabeza hacia atrás en la almohada, cerrando los ojos con fuerza. tensando los músculos de su cuello y de sus brazos, y empuja sus caderas hacia arriba con una potencia que me levanta, clavándose más en mí, buscándome con una desesperación que me hace sentir poderosa por primera vez en mi vida. Me gusta sentirte, Jadea, sus manos apretando mi culo desnudo, separando mis nalgas para que entre más profundo.

Me gusta que estés sobre mí. Me gusta cómo te mueves. Esa frase me desarma. Me hace sentir dueña de la situación. No soy la niña que regañan en la mesa por servirse mucho aderezo. Soy la mujer que lo tiene sometido bajo su peso, la que decide el ritmo, la que lo tiene al borde del abismo. Me muerdo el labio inferior y aumento la velocidad. Mis pechos golpean el aire, mi vientre choca contra su lavadero duro y sudado, y la fricción dentro de mí se vuelve insoportable. Es una

sensación sucia, prohibida y jodidamente deliciosa. Tengo el control. Tengo al novio perfecto de mi hermana perfecta gimiendo debajo de mí, perdido en mi cuerpo imperfecto. Y eso, mientras me dejo caer una y otra vez sobre su vergadura, sintiendo como me llena y me desborda, es la mejor venganza que se me pudo haber ocurrido. Pero no es solo venganza. No soy tan fría. Todo esto empezó mucho antes de que tuviéramos nuestro primer encuentro en el cuarto de lavado.

Empezó ese domingo en la comida, cuando sentí que las paredes se cerraban, cuando me presionaban para que fuera igual que ellos, para que escogiera una escuela linda y me volviera parte del club. Me fui al jardín furiosa, queriendo desaparecer. Y él me siguió. Recuerdo estar sentada en el camastro, sintiéndome enorme y ridícula con mis pies descalzos y mi copa vacía. Pero cuando Leo llegó con Carlos, lo sentí. Sentí su mirada. No era la mirada educada del novio

de mi hermana. Era una mirada pesada, física. Cuando me di la vuelta para irme a la casa, sentí sus ojos clavados en mi nuca, bajando por mi espalda, deteniéndose en mis caderas, en mi culo que se movía al caminar y que no cabe en los pantalones talla cero de Laura. Supe que me estaba mirando las nalgas. Y supe que le gustaba lo que veía. Me excitó. Me excitó que el yerno ideal, el proyecto de perfección de mi hermana, estuviera babeando por la oveja negra. Admito que

también me atraía. Tenía esa vibra de chico bueno que esconde algo podrido, y yo tengo un radar para lo podrido porque yo misma me siento así a veces. No planeé cogérmelo. De verdad que no. Pero en la fiesta, cuando lo vi entrar a la alberca, mirándome con esa hambre contenida mientras Laura jugaba a la enferma arriba, simplemente se dio. Quise probarlo. Quise ver si era capaz de romper su papel. Y vaya que lo rompió. Ah, gimo, saliendo de mis recuerdos, volviendo a la realidad de su

carne dentro de la mía. Leo me agarra de la cintura con más fuerza, sus pulgares presionando mi piel, sacándome del trance. Mírame, me pide, con la voz rota. Bajo la vista y lo veo. Me mira con una adoración sucia que nadie más me ha dado. Laura tiene prácticamente el anillo, la aprobación, el futuro brillante. Pero yo tengo esto. Tengo su deseo crudo, sin filtros. Tengo la certeza de que, aunque sea la rellenita, la complicada, la que no encaja,

soy la que lo hace gritar. Me inclino hacia él, pegando mi pecho al suyo, sintiendo sus latidos desbocados contra los míos, y le susurro al oído la verdad que nos condena a los dos, me encanta que me mires, leo. Me encanta tenerte dentro de mí. Y acelero el ritmo, decidida a que, por lo menos en esta cama, yo sea la única que existe. De repente, necesito parar. No porque me haya cansado, sino porque la sensación de poder es tan embriagadora que necesito saborearla de otra forma. Literalmente.

Freno al movimiento de mis caderas. Leo suelta un gruñido de protesta. sus manos apretando mi cintura como si quisiera obligarme a seguir, pero yo me levanto. Siento el vacío frío cuando él sale de mí, un pop húmedo que deja mis entrañas palpitando, extrañando su peso. Espera, susurro, empujándolo suavemente por el pecho para que se quede quieto. Me deslizo hacia abajo, arrastrándome por la cama, sintiendo la textura rasposa de las sábanas contra mis rodillas y mis pechos.

Llego a su centro. Ahí está. Su verga, roja, brillante de mis propios fluidos, apuntando al techo con una arrogancia que me fascina. Laura seguramente lo hace con cuidado, siguiendo algún manual de revista femenina sobre cómo complacer a tu hombre sin despeinarte. Yo no. Yo quiero devorarlo. Quiero que cuando cierre los ojos en la noche, sea mi boca la que recuerde, no la de ella. Quiero probarte, le digo, y no espero permiso. Lo envuelvo con mi mano. Está

tan caliente que quema. Me agacho y paso la lengua por la punta, probando esa mezcla salada y metálica que es él y soy yo. Me sabe a secreto. Me sabe a victoria. Lo meto en mi boca. No tengo la técnica perfecta, no soy una actriz porno, pero tengo hambre. Uso mi saliva, uso mi garganta. Me encanta sentir cómo se estremece, cómo sus muslos se tensan bajo mis dedos. Levanto la vista sin soltarlo. Lo veo morderse el labio,

con los ojos cerrados, perdido. Es mío. En este momento, este hombre que todos creen que es propiedad de los valladares, es mío. Succiona con fuerza, dejando que mi saliva baje por su tronco, haciendo ruido, siendo sucia. Quiero que sepa que no me da asco. Que me gusta su olor, su sabor, su textura dura. Camila jadea, y sus manos bajan a mi cabeza, enredándose en mi pelo corto. No me empuja, me acaricia. Y ese gesto, tan íntimo, me

revuelve el estómago de una forma que no esperaba. Me separo de golpe, con la boca húmeda y el corazón a mil. Ahora tú, le digo, empujándolo suavemente por los hombros hacia el final de la cama. Cómeme. No tengo que decírselo dos veces. Leo se desliza entre mis piernas, obediente y hambriento. Me recuesto, sintiendo el aire fresco en mi piel mojada, y abro las piernas, exponiéndome por completo. Siento su aliento caliente chocar contra mi sexo antes que

su boca. Y luego, su lengua. Es ancha, experta. Me lamé desde abajo hacia arriba, separando mis labios, buscando ese botón que late desesperado. Ah, suspiro, arqueando la espalda. Verlo ahí abajo, dedicado a mi placer, con mi olor en su nariz, es embriagador. Me chupa con fuerza, succionando mi clítoris, y sus manos suben para apretar mis muslos, esos muslos gruesos que siempre intento esconder y que él ahora sostiene como si fueran el soporte de su mundo. Pero no

aguanto mucho. La sensación es demasiado intensa, demasiado aislada. Necesito sentirlo entero. Necesito su peso. Lo jalo de los hombros, obligándolo a subir. Ven, le pido, jalándolo hacia mí. Sube. Te quiero adentro. Gatea hacia arriba sobre mí y nos acomodamos. Esta es la prueba de fuego. El misionero. Es la posición donde más me veo. Donde la gravedad no ayuda. Donde mi panza se aplasta y se extiende y mis muslos se ven el doble de anchos contra el colchón.

Es la posición donde siempre apago la luz, donde me escondo. Pero hoy hay sol. Y quiero que me vea. Que vea todo lo que soy. Leo se acomoda entre mis piernas. Me mira. Y no mira al techo, no cierra los ojos para imaginar que soy Laura. Me mira a la cara y luego baja la vista a mi cuerpo expuesto, a mis pechos que caen hacia los lados por su propio peso, a mi vientre plegado, a mi sexo abierto, rojo y mojado por su lengua. Y sonríe. Una sonrisa

de lobo hambriento. Eres hermosa, Camila, susurra, y lo dice con una seriedad que me hace querer llorar y coger al mismo tiempo. Se deja caer sobre mí. Siento su peso. Su pecho duro contra mis senos suaves, aplastándome, cubriéndome. Es un escudo que me protege de mis propias inseguridades. Guía su verga hacia mi entrada. Siento la punta, gorda y caliente, separando mis labios, resbalando en la saliva que él mismo dejó ahí. Y empuja. Lento. Profundo. ¡Ah! Grito, clavando mis

talones en el colchón, arqueando la espalda para recibirlo. Entra todo. Me llena por completo, ocupando cada rincón vacío que tenía y estirándome de una forma deliciosa. Me abraza. Pasa sus brazos por debajo de mi espalda y me pega a él, piel con piel, sudor con sudor. Empieza a moverse. Es un ritmo lento, pesado, romántico de una forma retorcida. Me mira a los ojos mientras me embiste. Siento sus besos en mi cuello, en mi mandíbula, besos que saben a mí.

Sus manos bajan y me agarran las nalgas. levantándome para que entre más profundo, para que choque contra mi matriz con cada golpe. Mírame, me pide, cuando intento cerrar los ojos por la intensidad. Lo miro. Y veo mi reflejo en sus pupilas oscuras. Veo a una mujer despeinada, sonrojada, mordiéndose el labio, que está siendo amada, o cógida, o lo que sea esto, con una devoción que asusta. No soy la oveja negra aquí. Soy la única mujer en

el mundo. Me voy a venir, le aviso, sintiendo como mi cuerpo se tensa, como la presión se acumula en mi bajo vientre como una tormenta eléctrica que ya no puedo contener. Siento que él también está al borde. Sus embestidas se vuelven erráticas, desesperadas. Sus dedos se clavan en mi cadera hasta hacerme daño y su respiración es un jadeo roto en mi oído. Sé que en cualquier momento va a intentar salirse, va a intentar ser el chico responsable que no deja rastros, el que cuida el futuro

brillante que tiene con mi hermana. Pero no quiero que se cuide. No hoy. No conmigo. Quiero que se manche. Quiero que deje algo aquí que no se pueda borrar con un pañuelo desechable. No te salgas. Le ordeno, aferrándome a su espalda, clavándole las uñas, anclándolo a mí. ni se te ocurra salirte. Él duda un milisegundo, su cuerpo tensándose para la retirada estratégica. Pero yo subo mis piernas y las cruzo detrás de su espalda, cerrando el candado,

atrapándolo en la calidez de mis muslos. Vente conmigo, Leo, le susurro, mirándolo a los ojos, dejándole ver toda mi locura. Vente adentro. Lléname. Sé lo que implica. Sé que es una estupidez monumental. Sé que si pasa algo, mi vida de oveja negra se va a convertir en una tragedia griega. Pero en este instante, con el sudor pegándonos y el placer nublándome la vista, el riesgo me sabe a gloria. Laura seguro toma pastillas, usa condón, revisa el calendario. Laura

es segura. Yo soy el abismo. Y quiero que él salte. Camila. Grita él. un sonido ahogado en mi cuello, rindiéndose. Y se deja ir. Siento el primer espasmo de su verga muy adentro, golpeando contra mi cervix. Es una sensación caliente, líquida, expansiva. Grito su nombre, arqueando la espalda, y dejo que mi propio orgasmo me arrastre mientras siento como él se vacía dentro de mí. No es un chorrito tímido. Es una inundación.

Siento cada pulsación, cada golpe de su leche entrando en mí, reclamando el territorio, marcándome por dentro donde nadie puede ver, pero donde yo siempre voy a saber. Nos quedamos así, temblando, fundidos en un solo nudo de carne y fluidos. Él se derrumba sobre mí, pesado, sudado, y yo lo recibo, acariciándole el pelo empapado, sintiendo como mi respiración se va calmando poco a poco. No me muevo. Quiero sentirlo escurrirse

dentro de mí. Quiero guardar este secreto viscoso y caliente el mayor tiempo posible.

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