Mi Coño Busca Aventuras - podcast episode cover

Mi Coño Busca Aventuras

Mar 20, 202616 minSeason 3Ep. 87
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Speaker 2

Era una mancha espesa, blanca y todavía tibia, pegada en la entrepierna de la tela negra de encaje. Por la posición de la mancha, me quedó clarísimo lo que había pasado. La habían llenado por el culo y, al no limpiarse, la leche le había salido del orto dilatado y había caído en la bombacha. El esperma todavía parecía fresco, brillando

bajo la luz del baño. Calculé que a mi esposa le habían cargado el tanque pocas horas atrás, mientras yo estaba en la oficina terminando la estrategia de ventas del trimestre. Me quedé parado ahí, con la bombacha en la mano, oliéndola. Ese olor a concha usada, a culo abierto y a leche espesa de otro tipo me puso la verga tan dura que tuve que bajarme el cierre y sacarla al aire. La pija me latía sola. goteando precum sólo de imaginar a Ana gimiendo mientras algún hijo de puta le metía

la pija hasta las bolas en su orto apretado. Me pajé un par de veces, lento, oliendo esa tela sucia, y me corrí pensando en eso. Luego guardé la bombache exactamente como estaba, me lavé las manos y fui a la cocina. Ana estaba lavando los platos, vestida sólo con una remera larga que apenas le tapaba el culo. La tela se le subía cada vez que se inclinaba, dejando ver la mitad de sus nalgas redondas y firmes. Me acerqué por detrás, le rodeé la cintura con los brazos

y empecé a besarle el cuello. Ella suspiró, pero no se apartó. Sabía perfectamente cómo calentarla. Mis manos bajaron directo a sus tetas, grandes y pesadas, y se las apreté por encima de la remera, pellizcándole los pezones hasta que se le pusieron duros como piedras.— Estás caliente hoy, mi amor— le susurré al oído, mordiéndole el óvulo. Ella se arqueó contra mí, rozando su culo contra mi pija ya dura otra vez. Le subí la remera despacio, dejando su

culo al aire. No llevaba nada debajo. La bombacha que acababa de ver en el baño era la prueba de que se la habían sacado hacía rato. Le abrí las nalgas con las dos manos, separándolas bien, y miré su orto. estaba rojo, hinchado, con ese aspecto de haber sido lijado a fondo. El agujero no se cerraba del todo, se veía ligeramente abierto, como si todavía estuviera acomodándose después de

una buena acogida anal. Además, tenía marcas de dedos fuertes en las ancas, huellas rojas de haberle dado palmadas mientras la penetraban. No había dudas. A la muy puta le habían cogido el culo esa misma tarde, y bien cogido. Lo tenía tan dilatado que pude meterle la punta del dedo índice sin esfuerzo. Estaba caliente, resbaladizo. Saqué el dedo y lo olí, olía a semen y a concha excitada. Mi verga saltó contra su nalga.—¡ Qué culo tan rico tenés hoy, Ana!— le dije, metiéndole dos dedos de golpe.

Ella soltó un gemido largo y se inclinó más sobre la pileta, abriendo las piernas. Su concha estaba empapada, los labios hinchados y brillantes. Le metí los dedos en la concha mientras seguía con el pulgar en su orto, follándola despacio con las dos manos. Ana empezó a mover el culo contra mí, jadeando.

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Metémela, por favor», suplicó bajito. Pero yo no tenía apuro. Quería

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disfrutar el morbo. Sabía que esa concha y ese orto habían sido usados hacía horas por otra pija, y eso me ponía loco. La hice girar, la senté en la mesada de la cocina y le abrí las piernas. Su concha estaba rosada, hinchada, con los labios separados como si todavía estuviera esperando más leche. Le metí la lengua, chupando fuerte, buscando el sabor de la corrida mezclada con la de ella.

Sabía a sexo reciente, a puta bien servida. Ana me agarró la cabeza y me empujó contra su concha, gimiendo fuerte.—¡ Ay, sí, comémela! Comé esa concha que está tan mojada. La chupé hasta que se corrió en mi boca, temblando entera, apretándome la cabeza entre los muslos. Después la bajé, la puse de rodillas en el piso de la cocina y le metí la pija en la boca. Ana la chupó como una puta profesional, tragándosela hasta la garganta, babeando, mirándome con esos

ojos de zorra mientras me mamaba. Le agarré la cabeza y le follé la boca profundo, sintiendo como su garganta se contraía alrededor de mi verga. Así, mamita, chupa bien esa pija que te va a llenar el culo después. La llevé al dormitorio casi a rastras. La tiré en la cama boca abajo, le abrí las nalgas otra vez y le escupí directo en el orto. Mi pija entró fácil, como si el agujero todavía estuviera lubricado con la leche del otro. La cogían al despacio al principio, disfrutando cada centímetro.

Su orto estaba caliente, apretado pero usado, con esa textura suave de haber sido dilatado hace poco. Decime la verdad, Ana,¿ quién te cogió el culo hoy? Le pregunté mientras le metía

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la pija hasta las bolas. Ella solo gimió más fuerte. empujando el culo contra mí. Nadie, solo vos, mintió entre jadeos. Le di una palmada fuerte en la nalga. No mientas, puta. Tenés el orto

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todo rojo y abierto. Te lo llenaron de leche hace rato. Le agarré las caderas y empecé a cogerselo más fuerte, con golpes secos que hacían rebotar sus nalgas. El sonido de mi pija entrando y saliendo de su culo era obsceno, mojado, acompañado de sus gemidos cada vez más altos.« Contame cómo te la metió, cómo te abrió el orto», le exigí, acelerando. Ana empezó a temblar. Su concha boteaba sobre las sábanas.

Le metí dos dedos en la concha mientras le seguía cogiendo el culo y ella explotó, corriéndose con un grito largo y gutural. Su orto se contrajó alrededor de mi pija como si quisiera ordeñarla. Yo no aguanté más. Le clavé la verga hasta el fondo y empecé a disparar chorros espesos de leche caliente directo en sus entrañas.« Ahora podrás cagar toda la huasca del día de una vez, putita», le gruñí al oído mientras me vaciaba entero en su culo. Ana se quedó callada, temblando, con la cara hundida en

la almohada. Se tapó con la sábana, Se dio vuelta y apretó sus nalgas contra mi pija todavía semidura, como si quisiera retener mi leche junto con la del otro. Yo me quedé escuchando los pedos suaves que se le escapaban del orto invadido, sintiendo como mi semen y el de él se mezclaban adentro de ella. Esa noche me prometí que no pararía hasta saber quién es, cómo y cuándo se le estaban cogiendo a mi mujer en mi propia casa. A la mañana siguiente me fui al trabajo

como siempre, pero con la cabeza llena de imágenes. Durante la reunión de ventas no podía concentrarme. Solo pensaba en Ana, en su orto rojo, en la bombacha llena de leche. A mediodía recibí un mensaje de ella, de extraño, amor. Vení temprano hoy. Sonreí. Sabía que estaba mintiendo. Probablemente ya estaba planeando recibir a alguien. Decidí volver antes. Aparqué a dos cuadras y entré al edificio por la escalera de

servicio para no hacer ruido. Subí al tercer piso y, en vez de entrar por la puerta principal, usé la llave de la terraza común que daba al balcón de nuestro departamento. Me quedé ahí, escondido detrás de las plantas, mirando por la ventana del dormitorio que daba al balcón. Era el vecino del quinto, el tipo musculoso que siempre saludaba demasiado amable. Se llamaba Diego. Alto, de hombros anchos, con una pija gruesa y venosa que Ana estaba chupando

de rodillas en el medio de nuestra cama. Ella estaba completamente desnuda, con las tetas colgando, babeando la verga de él como una puta desesperada. Diego le agarraba la cabeza con las dos manos y le follaba la boca sin piedad, metiéndosela hasta que Ana se atragantaba y le caían lágrimas por las mejillas. Así, mamita, chupa toda esa pija que te gusta tanto, le decía él con voz ronca. Ana gemía alrededor de la verga, tocándose la concha con una mano.

Tenía el culo todavía marcado de la acogida de ayer. Diego la levantó, la puso en cuatro patas y le escupió en el orto. Sin preámbulos, le metió la pija entera de un solo empujón. Ana soltó un grito de placer que se escuchó hasta el

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balcón.— Sí. Cógeme el culo, Diego. Metémela toda, por favor.

Speaker 2

Él empezó a cogérselo con fuerza, dándole palmadas fuertes en las nalgas que dejaban marcas rojas. Cada embestida hacía que las tetas de Ana se bambolearan. La cama crujía.

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Ana gritaba sin control. Más fuerte. Abrime el orto. Llenámelo de leche otra vez.

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Yo tenía la pija afuera, pajeándome despacio, mirando como mi mujer se entregaba como una zorra. Diego le metía la verga hasta las bolas, sacándola casi entera y volviéndosela a clavar. El orto de Ana se abría y cerraba alrededor de esa pija gruesa, brillando de saliva y précum. Él le metió un dedo en la concha mientras la cogía anal y Ana se corrió gritando, temblando entera, apretando las sábanas.— Te voy a llenar, puta, te voy a dejar el

culo rebalsando— gruñó Diego. Y lo hizo. Se clavó profundo y empezó a descargar chorros espesos dentro del orto de mi mujer. Ana gemía de placer, moviendo el culo para ordeñarle hasta la última gota. Cuando Diego se sacó la pija, un hilo grueso de semen blanco le salió del orto dilatado y le corrió por la concha. Ana se quedó ahí, jadeando, con el culo abierto y lleno. Yo me corrí en el balcón, disparando mi leche contra la pared. sin poder creer lo caliente que era ver a mi esposa convertida

en la puta del vecino. Esa tarde, cuando llegué normalmente a casa, Ana estaba duchada, sonriente, con una bombacha limpia. Me besó como si nada. Pero yo ya sabía. Y el morbo me estaba consumiendo. Los días siguientes fueron una locura. Empecé a espiarla casi todos los días. Descubrí que no era solo Diego. Había más. El martes siguiente, mientras yo supuestamente estaba en una reunión fuera de la ciudad, llegó al repartidor de la verdulería. Un pibe joven, de unos 25,

flaco pero con una pija enorme. Ana lo hizo pasar directo al living. Se arrodilló, le bajó el pantalón y le empezó a mamar esa verga larga y gruesa como si fuera un helado. El pibe la agarró del pelo y le folló la boca hasta que Ana tenía arcadas y baba por todo el mentón. Después la puso contra la mesa del comedor, le levantó la pollera y le metió la pija en la concha de un solo golpe. La cogió duro, rápido, diciéndole guarradas.¿ Qué concha tan puta tenés, Ana?

Tu marido no sabe que te la estoy cogiendo todos los

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martes. Ella gemía como loca. Cógeme más fuerte. Úsame. Soy tu puta.

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Cuando se corrió dentro de su concha, Ana se arrodilló otra vez y le limpió la pija con la lengua, tragándose los restos de leche mezclados con sus propios jugos. Yo lo vi todo desde la terraza, masturbándome otra vez. El jueves fue el peor. O el mejor. Llegó el jefe de Ana del gimnasio, un negro enorme llamado Marcos, con una verga monstruosa, gruesa como mi muñeca. La cogió a nuestra cama durante casi una hora. Primero le comió la concha hasta que Ana se corrió chorros. Después le

metió esa pija negra gigantesca en el culo. Ana gritaba tanto que pensé que los vecinos iban a subir. Marcos le daba nalgadas, le tiraba del pelo, le metía los dedos en la boca mientras la reventaba anal. Este orto es mío, puta, decíselo a tu cornudo marido cuando te siente a la mesa. Ana se corría una y otra vez, llorando de placer. pidiendo más leche. Cuando Marco se corrió, le llenó el culo tanto que cuando se sacó la pija, un río de semen blanco espeso le brotó del orto

y le empapó las sábanas. Ana se quedó ahí, boca abajo, con el culo abierto como un túnel, goteando leche por todos lados. Yo me corrí tres veces seguidas mirándolos. Cada noche, cuando llegaba a casa, Cogía a Ana con furia, metiéndole la pija en el culo todavía caliente y lleno de la leche de los otros. Le preguntaba al oído mientras la cogía

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Quién te lo llenó hoy, mi amor?¿ El vecino?¿ El verdulero

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O el negro del gimnasio que te abre el orto como nadie? Ella nunca contestaba con palabras. Sólo gemía más fuerte. Apretaba el culo alrededor de mi pija y se corría como una puta desesperada. Después se dormía con mi leche y la de ellos mezcladas adentro. Pasaron semanas así. Yo ya sabía todo. Sabía que Ana se cogía a Diego casi todos los días al mediodía. Al verdulero los martes. A Marcos los jueves por la tarde. A veces hasta

a dos el mismo día. La había visto recibir doble penetración anal con Diego y Marcos juntos, gritando de placer mientras dos pijas enormes le abrían el orto al mismo tiempo. La había visto tragarse litros de leche, pintada de semen en la cara, en las tetas, en el culo. Y yo no podía parar. El morbo me tenía atrapado. Cada vez que la veía recibiendo verga, me corría más fuerte

que nunca. Una noche, Después de haberle espiado todo el día recibiendo una acogida salvaje de los tres juntos en nuestra cama, sí, los tres al mismo tiempo, turnándose en su concha y en su orto, llenándola de leche por todos lados, llegué a casa y la encontré durmiendo. Su culo todavía estaba rojo, abierto, con semen seco en las nalgas. Me acosté a su lado, le abrí las piernas despacio y le metí la pija en ese orto usado y sucio. Ana despertó gimiendo. Te amo, mi puta, le susurré mientras

empezaba a cogerselo lento. Y nunca voy a parar de cogerte sabiendo que otros te llenan de leche antes que yo. Ella se arqueó, apretó el culo alrededor de mi verga y me contestó por primera vez, con voz ronca de tanto gemir. Entonces seguí mirando, porque mañana vienen los cuatro y me van a dejar el orto destrozado para vos. Me corrí al instante. descargando mi leche en el culo más usado y más amado de toda mi vida.

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