¶ Obediencia Diaria y Preparación del Hogar
Me sedujo desde el primer momento su mirada firme de ojos azules, sus anchas espaldas y sus brazos fuertes. Pero fue cuando nos conocimos más que caí rendida a sus pies. Tiene esa forma de cogerme con fuerza de hombre mayor, de darme las órdenes más atrevidas y de hacerme obedecer sólo con su voz grave que me pone de rodillas. Con él, mi sumisión es total. El viernes por la mañana comenzó caliente. Me despertó la aspereza de sus manos
sobre mi cuerpo. No terminaba de abrir los ojos cuando me tomó por el cuello y se inclinó sobre mí, restregando su verga dura y caliente sobre mis labios.« Buenos días, Nina», me dijo al oído.« Hora de empezar a mamar». Me penetró por la boca hasta hacerme atragantar, descargando su erección matutina en mi garganta. Una gota se deslizó por la comisura de mis labios, la recogió con un dedo que luego me hizo lamer. Así le gustaba verme tragar cada
gota de su leche caliente y dulzona. Antes de salir para la oficina me dejó la lista de exigencias para la jornada. Como ya era costumbre, debía mandarle fotos y videos durante el día para que viera que seguía sus
órdenes al pie de la letra. Este viernes quería la casa reluciente, y eso implicaba ponerme el uniforme de limpieza que había elegido para mí, una tanga diminuta de encaje blanco con una mini faldita que dejaba mi culito bien redondo casi al descubierto, sostén de encaje transparente, liguero y medias, y para terminar unos tacones con los que debía caminar
todo el día fregando y barriendo. Desfilé para él con mi atuendo de mucama y me demostró su satisfacción con unas buenas palmadas en el culo que me lo dejaron rojo y ardiendo por un par de horas. Con la minuciosidad que me exigía, enceré de rodillas el parquet de su enorme apartamento, limpié y pulí hasta dejar brillante cada centímetro de la cocina y el baño, lavé su ropa
a mano siguiendo cada una de sus indicaciones. Y a la hora del almuerzo, cuando más gente se veía pasar por la vereda de la avenida, limpié por dentro y por fuera los enormes ventanales que daban al balcón. A pesar de su actitud posesiva, a Dimitri le encantaban los comentarios sobre la muñequita que tenía en casa. Como me había enseñado, apoyaba mis enormes tetas contra el vidrio y luego me ponía de rodillas, limpiando sin dejar vetas, para
el deleite de vecinos y transeúntes. Por la tarde, recibo una videollamada suya. Ve a la habitación y deja el móvil sobre la cómoda. Quiero verte de cuerpo entero. Obedecí inmediatamente y esperé la siguiente orden. Siempre me calentaba mucho esperándolo con estos preámbulos. Herillas en los pezones. Chorros de lubricante, corriéndome la tanguita para aplicarlo frente a la cámara. Un dilatador anal metálico que me hizo lamer antes de insertarlo en mi culo, que luego me hizo menear para comprobar
que estuviera bien metido. De rodillas, perra. Y ponte tu collar. Deja la correa sobre la cama, no te la pongas aún. Creo que te daré unos latigazos ni bien llegar. Ajusté el collar de cuero negro, A Dimitri le gustaba que apretara pero sin llegar a asfixiarme. A la cama, en cuatro patas. Quiero que te amarres los tobillos, bien apretados. Muy bien, juguetito mío, así. Ahora toma las esposas, te quiero con las muñecas sobre la cabeza y el culito empinado,
esperando a tu amo. Tira las llaves al piso, te vas a quedar ahí hasta que yo lo diga. Oí risas y aplausos de varios hombres. Mi teléfono estaba detrás mío, ya fuera de mi alcance.« Date la vuelta, saluda a los chicos», me dijo Dimitri. Fue humillante ver a todos sus compañeros de trabajo del otro lado, vitoreando y felicitando a mi novio por la tremenda puta que lo esperaba en casa, atada y esposada, vestida de mucamita. Me dejó esperando en esa posición más de una hora. Estaba excitada
como una perra, pero no podía tocarme. Movía las caderas para sentir como el dilatador me abría el culito de a poco. Los broches de los pezones ardían y solo
¶ La Llegada del Amo y Castigo Final
me hacían mojarme más y más. Cuando finalmente llegó Dimitri, lo primero que hizo fue pasarme dos dedos por debajo de la tanguita. Mojaba como una puta barata, sentenció con desprecio. Me arrancó la tanga de un tirón y me la metió en la boca, para que sintiera lo mucho que me había mojado sin su permiso. La minifalda no pudo protegerme de los fuertes latigazos que me asestó. Entre un golpe y otro, deslizaba todo el largo de la correa
por mi vulva empapada, haciéndome estremecer con el roce. Sabía que el cuero mojado dolía aún más. Yo me retorcía de dolor, pero aún así, después de cada embestida de látigo, subía más el culito entregándoselo entero, para que me siguiera dando más fuerte. Tomó el tope del dilatador y lo hizo girar dentro de mi culito, abriéndolo con violencia y haciéndome gemir. Cuando lo retiró, me tomó de los pelos para tirarme la cabeza hacia atrás. Arqué la espalda y
abrí la boca, anticipando su siguiente movimiento. Lamí el dilatador, aún caliente de mi culo, mirándolo a los ojos. Me escupió en la boca mientras lo hacía.
