Los deliciosos juegos perversos p2 - podcast episode cover

Los deliciosos juegos perversos p2

Jul 26, 202519 minSeason 2Ep. 1968
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Speaker 2

Esta vez, Fabián no esperó. Se acercó por detrás, le apartó el cabello rubio miel del cuello y sus labios rozaron su oreja al murmurar. Ahora eres mía, Mariana. Y voy a enseñarte lo que eso significa. Antes de que pudiera reaccionar, la giró bruscamente y capturó sus labios en un beso voraz. No hubo dulzura esta vez, solo hambre. Sus manos no titubearon, bajo el cierre de su vestido,

dejando que la tela cayera al suelo. Fabián intentó protestar, pero él ya le arrancaba el sostén, dejando sus senos al descubierto.« Dilo», ordenó, mordiendo su hombro.« Dime que lo querías desde el principio». Ella jadeó cuando sus dedos encontraron sus pezones, tirando de ellos con precisión cruel.« Sí», admitió entre gemidos. Siempre te quise. Fabián la empujó contra la cama, deslizándose entre sus piernas. Con movimientos seguros, le arrancó las

bragas y las arrojó lejos. Mírame, gruñó, desabrochando su propio pantalón. Mariana obedeció, tragando saliva al ver cómo su miembro surgía, grueso, venoso, ya completamente erecto. La cabeza, roja y húmeda, se tensaba bajo su mirada. Sus testículos, pesados y bien formados, colgaban con una virilidad que le hizo arder la boca.« Tócame», ordenó él. Ella extendió la mano, envolviendo su longitud con dedos temblorosos. Fabián gruñó, empujando su cadera hacia adelante, más fuerte.

Mariana apretó, deslizando su puño hacia arriba y hacia abajo, embriagada por el sonido de su respiración entrecortada. Ahora, bésalo, murmuró él, acariciando su mejilla. Ella inclinó la cabeza, lamiendo la punta con timidez al principio, luego con más confianza cuando el sabor salado inundó su lengua. Fabián le hundió los dedos en el cabello, guiándola hacia abajo. Toda, Mariana. Hasta el fondo. Ella abrió la boca, dejando que su

miembro la penetrara lentamente, sintiendo como golpeaba su garganta. Sus labios se cerraron alrededor de la base, sus manos acariciando sus testículos, masajeándolos con devoción. Mierda, Fabián arqueó la espalda. Así, primita. Chúpame como si fuera lo único que necesitaras. Mariana obedeció, moviendo la cabeza con ritmo, saboreando cada centímetro. Las gotas de Precum se mezclaban con su saliva, y cuando Fabián tiró de su cabello para liberarse, un hilo plateado conectó

sus labios con su miembro, en la cama. Ahora, ella se recostó, las piernas abiertas, el sexo empapado y palpitante. Fabián se colocó entre ellas, pero en lugar de penetrarla de inmediato, bajó la cabeza y hundió la lengua en su clítoris. Fabián gritó, arqueándose. Él no tuvo piedad. Su boca succionó, sus dedos penetraron y en minutos la hizo

estallar en un orgasmo violento. Antes de que pudiera recuperarse, lo sintió empujando dentro de ella, llenándola por completo.« Mírame», rugió, agarrándole las muñecas y clavándola sobre la almohada.« Quiero ver esos ojos cuando te hago mía». Mariana no pudo evitar gritar cuando comenzó a moverse, cada embestida más profunda que la anterior. Su cuerpo se estrellaba contra el suyo, el sonido de sus pieles chocando llenando la habitación.« Eres mía»,

susurró él contra su boca.« Solo mía». Y cuando ambos alcanzaron el clímax, con sus nombres en los labios y sus cuerpos entrelazados, supieron que esto ya no era solo deseo. Era adicción. Los días siguientes fueron un torbellino. Mariana apenas podía concentrarse en nada que no fuera él. En su cuarto, a escondidas, releía los mensajes de Fabián una y otra vez, los dedos temblorosos sobre la pantalla, reviviendo cada palabra, cada susurro, cada orden que él le había susurrado en el motel. Fabián,

por su parte, ya no se contenía. Sus mensajes llegaban a deshoras, crudos, directos, como si ya no tuviera que fingir.«¿ Estás sola? No te toques si no es conmigo. Mándame esa cara que ponías cuando estabas debajo de mí». Mariana no se asustó. Al contrario. Cada notificación la hacía estremecerse, el calor brotándole entre las piernas al instante. Se volvió atrevida, descarada. Se tomó selfies en el espejo del baño, los labios entreabiertos, los dedos enredados en la tela fina de sus bragas.

Y una noche, antes de dormir, escribió lo que jamás había imaginado decirle a nadie. No me toqué. Pero soñé contigo. Me desperté húmeda. Luego, con el corazón acelerado, tomó una última foto. Desnuda, arqueada sobre la cama, los pezones erectos, una mano deslizándose entre sus muslos. La envió con un mensaje que quemaba en la pantalla. Esta es tuya, solo tuya. Pero si no vienes pronto, quizás tenga que empezar a

tocarme sin ti. Y así, sonriendo, se durmió con el celular aún en la mano, sin imaginar el error que acababa de cometer. El sonido de su alarma la despertó. Mariana bostezó, estirándose bajo las cobijas, y de inmediato buscó su teléfono.¿ Habría respondido Fabián? Pero no había notificaciones. Nada. Frunció el seño. Raro. Él siempre contestaba, aunque fuera tarde. Abrió WhatsApp para asegurarse de que el mensaje se hubiera

enviado correctamente y entonces lo vio. El corazón le dio un vuelco tan violento que sintió que el aire se le cortaba. Enviado a papá. No. No. No. Las manos le temblaron. Quizás no la había visto. Quizás su padre ni siquiera revisaba su teléfono por las mañanas. Quizás. Toc, toc. El golpe en la puerta la hizo saltar. Mariana. La voz de su padre era calmada, demasiado calmada.¿ Estás despierta? Ella tragó saliva. San, sí, papá. La puerta se abrió.

Su padre estaba ahí, vestido para el trabajo, la corbata perfectamente anudada, las manos en los bolsillos del pantalón. Pero

algo en su postura era distinto. Demasiado rígido. demasiado controlado tenemos que hablar dijo con un tono que no admitía discusión sus ojos sin embargo no iban a su rostro bajaban recorrían su cuerpo aún cubierto por las sábanas pero como si ya supieran lo que había debajo mariana sintió un escalofrío y entonces su padre cerró la puerta tras de sí con llave la cerradura resonó como un disparo en el silencio de la habitación Mariana se encogió contra

la cabecera de la cama, las sábanas apretadas contra su pecho, como si ese delgado tejido de algodón pudiera protegerla de la tormenta que veía formarse en los ojos de su padre.¿ Para esto te di dinero? Su voz era un látigo envuelto en seda, cada palabra calculada para cortar.¿ Para qué rentaras la casa de campo con tus primos si te fueras a acostar con Fabián? Mariana abrió la boca para negarlo,

pero su padre alzó una mano. El celular de ella, el mismo donde minutos antes enviara aquella foto incendiaria, brillaba ahora en su puño como un trofeo. No mientas. Lo vi todo. Los mensajes. Las fotos. Hizo un clic, mostrando la pantalla donde aún se veía su cuerpo desnudo.¿ Esto es lo que aprendiste conmigo?¿ Hacer una putita de motel barato? El chantaje vino después, susurrado junto a su oreja mientras su mano grande se cerraba alrededor de su muñeca. Podría

llamar a Fabián ahora mismo. Decirle lo asqueado que estoy. Arruinarle la vida como él arruinó tu inocencia. Una pausa, sus dedos recorriendo su quijada.¿ O podrías compensarme a mí, aquí mismo, por todo lo que te he dado? El cinturón se desabrochó con un chasquido. El pantalón cayó. Y entonces Mariana lo vio, grueso, venoso, ya palpitante de furioso deseo. Más grande que el de Fabián, chúpalo. Como le chupaste a él, el primer contacto de sus labios con aquella

carne ardiente la hizo arcarse. El sabor a sal y poder le llenó la boca, las lágrimas resbalando por sus mejillas cuando su padre le hundió los dedos en el pelo y la empujó hasta el fondo. Así, mi niña mala. Aprende a tragar lo que sembraste. Cuando finalmente eyaculó, fue con un gruñido animal, llenándole la garganta de leche espesa. Mariana tosió, jadeó, pero no se atrevió a escupir.¡ Qué bonito haces esto! murmuró él, abrochándose el pantalón mientras miraba

el reloj. Pero tengo trabajo. Y tú te quedarás aquí, pensando en cómo vas a complacerme esta noche. La llave giró de nuevo al salir. La casa, esa casa donde sólo vivían ellos dos desde que su madre los abandonó, se sumió en un silencio opresivo. Mariana se dejó caer sobre las sábanas, el sabor de su padre aún en la lengua, el celular confiscado, el cuerpo temblando. Alguna parte de ella sabía que esto no era el final. Era sólo el primer castigo. El reloj en la oficina avanzaba

con lentitud exasperante. Los papeles sobre el escritorio del padre de Mariana estaban intactos, su café frío, la pantalla de la computadora en negro por inactividad. No podía concentrarse. No cuando cada latido le recordaba el sabor de los labios de su hija alrededor de su miembro, la forma en que sus lágrimas habían mezclado con su saliva mientras obedecía. Lloró, masculló, ajustándose el bulto evidente en el pantalón. Sus colegas no sospechaban nada. Solo veían a un hombre serio, de corbata

impecable y mandíbula apretada. Nadie adivinaba que detrás de esa fachada, su mente reproducía una y otra vez la selfie que Mariana había enviado por error. Esa imagen de su cuerpo desnudo, ofrecido como un banquete, miró el reloj por décima vez. Las 5 y 47 de la tarde. No aguantó más. Me retiro temprano, anunció sin dar explicaciones. La puerta de la casa se abrió con un golpe seco. Mariana, aún encerrada en su habitación, se incorporó de un salto al escuchar los pasos en

el pasillo. Pe-pa-pa, susurró, pero la voz le tembló. La cerradura giró. Él apareció en el umbral, la corbata ya suelta, los ojos oscuros como pozos de deseo reprimido. No me hagas esperar otra vez, dijo, dejando caer el maletín al suelo. Mariana retrocedió, pero la cama la detuvo. Su padre avanzó, desabrochando su camisa con movimientos deliberados.¿ Tanto disfrutaste con Fabián? Preguntó, arrinconándola.¿

Te hizo venir como la zorra que eres? Ella negó con la cabeza, pero él ya le arrancaba la blusa, los botones saltando. Miente otra vez y llamo a la policía para que lo arresten por violación. El chantaje surtió efecto. Mariana se quedó quieta, el corazón a punto de estallar. La agarró de los muslos y la arrastró hasta el borde, obligándola a abrir las piernas. Así fue como empezó, ¿no? Gruñó, bajando el cierre de su pantalón. Dejando que ese mocoso

te usara. Su miembro, ya erecto y palpitante, se frotó contra su entrada, empapada a pesar del miedo. Dilo. Dime que lo querías. Él lo quería, confesó ella, con voz quebrada. Mentira. Empujó de golpe, llenándola de una sola estocada. Lo que quería hacer a esto. Y comenzó a moverse, cada embestida una lección, cada gemido suyo una confirmación. Mariana gimió, clavando las uñas en las sábanas, pero él le agarró las muñecas y las inmovilizó sobre su cabeza. Mírame cuando te folló.

Ella obedeció, los ojos vidriosos, mientras su pelvis chocaba contra ella sin piedad. Hasta que, con un gruñido, la llenó por primera vez. Gira, ordenó, apartándose sólo lo suficiente para voltearla. Mariana, mareada por el placer y la culpa, se apoyó en las manos, presentando su trasero. Su padre lo acarició, luego lo abofeteó, dejando una marca roja. Esto es lo que eres, murmuró, alineándose de nuevo. Mi puta, la penetración fue más profunda así.

Mariana gritó cuando sus manos se cerraron en sus caderas, marcándola, usándola como un juguete. Él no le dio tregua, acelerando hasta que el sonido de sus pieles ahogó los sollozos. Toda. La embestida final la empujó contra el colchón.« Toma mi semen como castigo». Y se vació dentro, otra vez. Agotada, Mariana apenas podía mantenerse sentada cuando él la acomodó en su regazo, las piernas abiertas ahorcajadas. Ahora, susurró él, introduciéndose

por tercera vez.« Vas a venir conmigo». Ella negó, pero su cuerpo ya respondía, las contracciones de su interior apretándolo como un guante.« Dilo. V voy a. Dilo. Voy a venir». Gritó, y él la besó con ferocidad, succionándole el alma mientras los espasmos los envolvían a ambos. Cuando terminó, dejó caer el último hilo de semen dentro de ella, sellando su posesión. Nunca vuelvas a ver a Fabián, ordenó, levantándose y arreglándose

como si nada hubiera pasado. o lo destruyo. Y salió, dejándola tirada en la cama, llena de él, sabiendo que esto era sólo el principio de su nueva vida. Mariana pasó días encerrada en su habitación, el cuerpo aún marcado por las manos de su padre, la mente revolviéndose entre el placer y la culpa. Pero algo dentro de ella

había cambiado. cada vez que recordaba la forma en que fabián la había poseído la excitación brotaba pero palidecía en comparación con el fuego que le encendía el cuerpo cuando su padre la tomaba no era fabián lo que deseaba era esto el dominio la crudeza La forma en que su padre la doblegaba, la usaba, la hacía suya sin pedir permiso. Una sonrisa lenta se dibujó en sus labios. Si él podía chantajearla, ella también podía jugar. Empezó con

pequeños detalles. Se ponía la ropa interior más pequeña que tenía y accidentalmente se agachaba frente a él. Se aseguraba de que su escote quedara a la vista cuando le servía el café por las mañanas. Y, sobre todo, aprendió a chuparlo como una diosa.¿ Qué haces? Gruñó su padre la primera vez que ella se arrodilló frente a su sillón, desabrochando su pantalón sin pedir permiso.« Calladito se disfruta más, papi», susurró, envolviendo su miembro con sus labios y mirándolo desde abajo.

Él intentó resistirse, pero su cuerpo lo traicionó. Y cuando ella lo hizo venir con un gemido ronco, supo que tenía ganado el primer round.« Podrías dejar que Fabián viniera». Murmuró una noche, montándolo lentamente, las uñas clavadas en su pecho, lo vería solamente aquí en casa, si me dejas verlo aquí, donde tú puedas vigilar, prometo compensarte con mi culo estrecho. Su padre la miró con ojos oscuros, las manos apretando sus caderas.¿ Para qué quieres a ese mocoso si ya

me tienes a mí? Ella se inclinó, rozando sus labios contra los de él. Porque a ti te gusta ver como otro hombre me desea, pero al final, soy solo tuya. Un gruñido. Un movimiento brusco. Y de pronto, Mariana estaba boca abajo, su padre empujándola contra el colchón mientras le susurraba al oído. Vamos a probar ese culito de una vez, su voz era áspera, cargada de una lujuria que ya

no podía contener, para poder tomar mi decisión. Mariana gimió cuando sintió la punta de su miembro, gruesa y exigente, presionando contra su estrechez virgen. Relájate, hija, murmuró él, escupiendo en su mano para lubricarse, o esto dolerá más de lo necesario. El primer empujón la hizo gritar. El segundo la partió en dos. Para el tercero, ya sus lágrimas se mezclaban con el sudor de su espalda, pero su cuerpo empezaba a ceder, a adaptarse, a arder con una

plenitud que jamás había sentido. Dios. Su padre jadeó, hundiéndose hasta el fondo, más apretado que el de tu madre, y entonces comenzó a moverse. Cada embestida era una revelación, una mezcla de dolor y placer que la hacía gemir en una voz que no reconocía. Sus manos se aferraban a las sábanas, su cuerpo empujado al límite mientras su padre la poseía con una ferocidad que Fabián jamás había mostrado. Así, Mariana alcanzó a gemir, sintiendo cómo su interior se inflamaba,

así papi, rompeme. El Quimax los golpeó como un tren. Su padre la sujetó de las caderas con fuerza brutal, enterrándose hasta el fondo mientras un rugido le desgarraba el pecho. Mariana sintió el calor inundándola, llenando rincones que no sabía que existían, y por primera vez en su vida, vio estrellas. Cuando finalmente se separaron, su padre le dio una palmada en la nalga enrojecida.« Mañana hablamos de Fabián», murmuró, limpiándose con la sábana.« Pero por ahora, ya sabes a quién

le pertenece este culo». Y al salir, dejó la puerta abierta, por primera vez. A la mañana siguiente le dijo,« Invítalo». Pero recuerda, yo mando aquí. Fabián llegó confiado, sin saber lo que le esperaba. Mariana lo recibió en shorts diminutos y un top que dejaba poco a la imaginación.¿ Qué pasa, princesa? Preguntó él, acariciándole la cintura. Ella solo sonrió y lo guió al cuarto, donde su padre los esperaba, sentado en la cama, las piernas abiertas, la mirada hambrienta. Hola, Fabián,

dijo con voz grave.¿ Listo para compartir? El joven se quedó petrificado, pero cuando Mariana se arrodilló frente a los dos y comenzó a desabrocharles los pantalones, ya no hubo vuelta atrás. Mariana nunca había sentido tanto placer. Mientras su padre la penetraba por detrás, Fabián se sentaba frente a ella.

obligándola a chuparlo con cada embestida mírala gruñó su padre agarrándola del pelo le encanta tener dos hombres usándola ella no podía negarlo porque cuando fabián se corrió en su boca y su padre la llenó por dentro supo que esto era lo que siempre había deseado ahora los tres tenían un acuerdo fabián podía visitarla pero siempre bajo las reglas de su padre y mariana la niña buena la que antes no sabía ni tocarse se había convertido en la puta perfecta disfrutando de ambos amando el control de

su padre y sabiendo que al final nadie la follaba como él

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