La casa de campo de la familia era amplia, acogedora y, sobre todo, ruidosa. Los primos se habían reunido para un fin de semana de juegos, comilonas y recuerdos. Mariana, sentada en el sofá del salón, observaba a todos con una sonrisa tímida mientras jugaban cartas. Su cuerpo, envuelto en unos leggings negros ajustados y una camiseta corta que dejaba al descubierto un pedazo de su cintura, pasaba desapercibido para la mayoría.
pero no para él. Fabián estaba recostado en el sillón frente a ella, brazos musculosos cruzados, mirada fija en su teléfono. De vez en cuando, levantaba los ojos y los posaba en ella, como si midiera cada curva, cada movimiento. Mariana lo notaba. Lo había notado desde que llegaron. Y aunque siempre lo había admirado en secreto, esta vez sentía algo distinto, algo que le quemaba por dentro. El grupo de WhatsApp de los primos no paraba de vibrar con mensajes tontos,
fotos de los juegos y planes para el día siguiente. Mariana, distraída, mordisqueaba su labio inferior mientras pensaba en lo que había estado sintiendo últimamente. Un calor entre las piernas que no sabía cómo calmar. Nunca se había tocado allí, al menos no de verdad. Pero últimamente, cada vez que Fabián la miraba, sentía que su cuerpo le pedía algo que no entendía. Pasada la medianoche, ya en su habitación, Mariana se retorcía en la cama. La conchita le ardía y el roce
de sus muslos sólo empeoraba las cosas. Cerró los ojos, imaginando por un segundo las manos grandes de Fabián recorriéndola, sus labios en su cuello. Sin pensarlo, tomó el celular y escribió en el grupo, creyendo que era una conversación privada con una amiga. Si supieran lo que realmente quiero esta noche. El mensaje se envió. Y el mundo se detuvo. Los primos gay respondieron con emojis de risa. Las primas gordas lo ignoraron. Pero Fabián. Fabián no dijo nada en
el grupo. Un minuto después, su teléfono vibró con un mensaje privado.¿ Y qué es lo que realmente quieres esta noche, primita? Mariana sintió que el corazón se le salía del pecho. Algo en lo que yo te pueda ayudar. La pantalla del celular brillaba en la oscuridad de su habitación, iluminando su rostro ruborizado. No sabía qué responder. No sabía ni qué estaba haciendo. Pero algo dentro de ella, algo húmedo y caliente, le decía que siguiera. Con dedos temblorosos, escribió.
No sé de qué hablas. La respuesta de Fabián fue inmediata. Claro que sí. Te conozco, Mariana. Sé cuando alguien está necesitado. Ella tragó saliva.¿ Y tú qué harías al respecto? Esta vez, la respuesta tardó unos segundos más. Cuando llegó, hizo que el vientre de Mariana se contrajera de puro deseo. Depende.¿ Quieres que te lo cuente o que te lo muestre? Mariana apretó las piernas, sintiendo como la humedad empapaba sus bragas. No tenía idea de lo que estaba haciendo. Solo sabía
que no podía parar y que esto apenas comenzaba. El segundo día en la casa de campo, la tensión entre ellos era casi palpable. Mariana lo sentía cada vez que sus miradas se cruzaban por un segundo de más, cada vez que él pasaba cerca y su perfume le invadía los sentidos. Fabián no la tocaba, pero no hacía falta. Su presencia era suficiente para que su piel se erizara. En el pasillo estrecho, Mariana intentaba pasar hacia la cocina cuando Fabián apareció de repente, ocupando casi todo el espacio
con su cuerpo ancho. Se detuvo frente a ella, forzándola a rozarlo si quería seguir.¿ No vas a dejarme pasar? Preguntó ella, tratando de sonar firme, pero su voz tembló al final. Fabián sonrió, ladeando la cabeza. Podrías intentar esquivarme, a ver qué pasa. Ella tragó saliva, sintiendo como el calor subía por su cuello. No deberías jugar así.¿ Por qué? Susurró él, bajando la voz.¿ Por qué soy tu primo?
Mariana no respondió. sólo apretó los labios y pasó rozando su pecho sintiendo como el contacto fugaz le encendió todo el cuerpo en la cocina de noche ella estaba tomando agua cuando él entró las luces apagadas sólo iluminados por la luna no puedes dormir dijo fabián no como pregunta sino como afirmación mariana negó con la cabeza sin mirarlo. Tú tampoco. No por las mismas razones que tú. Ella giró hacia él, desafiante.¿ Y cómo sabes cuáles son mis razones?
Fabián se acercó, apoyando las manos a cada lado de ella contra la barra, encerrándola. Porque te conozco. Y porque cada vez que me acerco, respiras más rápido. Mariana no pudo negarlo. Su pecho subía y bajaba con fuerza. Esto está mal, susurró, pero no se movió.¿ En serio? Él inclinó la cabeza, su aliento caliente rozándole la oreja.« Entonces
dime que me aleje». Ella no lo hizo. Bajo los árboles, al atardecer, caminaban juntos, fingiendo casualidad.«¿ Qué pensarían todos si nos vieran así?», preguntó Mariana, jugando con los dedos.« Lo mismo que sospechan ya», respondió Fabián, mirándola de reojo. que esto iba a pasar tarde o temprano. Ella se detuvo.¿ Qué es esto, exactamente? Fabián se volvió hacia ella, su expresión seria por primera vez. Tú dime. Porque yo ya sé lo que quiero que sea. Mariana sintió un escalofrío.
Y si alguien nos descubre, entonces será demasiado tarde para arrepentirse, interrumpió él, acariciándole el brazo con el dedo. Pero algo me dice que no te importará. Los mensajes de la madrugada. Fabián, si no fueras mi prima, ya te habría hecho gritar anoche. Mariana,¿ y qué me lo impide ahora? Fabián, nada. Solo tu miedo. Mariana,
no tengo miedo. Miente. Lo tiene. pero no es el suficiente, Fabián estás tan inocente como pareces, Mariana quizás deberías descubrirlo tú mismo, Fabián te ves hermosa cuando no dices nada, Mariana a qué horas me mirabas callada, Fabián siempre, la última noche, con sólo horas antes de partir, los mensajes se volvieron urgentes, Mariana qué harías si me meto a tu cuarto sin avisar, Fabián cerrar la puerta con llave, ella miró el mensaje sintiendo un latido acelerado entre las piernas,
sabía que era una locura, sabía que no había vuelta atrás pero también sabía que si no lo hacía pasaría el resto de su vida preguntándose qué habría pasado fabián dejó la puerta entreabierta un susurro de invitación mariana respiró hondo y cruzó el pasillo cuando su mano empujó la puerta fabián estaba allí esperándola con los ojos oscuros y hambrientos hola primita, murmuró, cerrando la puerta tras ella. El click del pestillo sonó como un punto final, y el
principio de todo lo demás. El beso los incendió. No fue tierno, ni tímido. Fue un beso que rompió cualquier ilusión de inocencia entre ellos. Fabián la atrajo contra su cuerpo con una mano en su cintura, mientras la otra se hundía en su cabello, tirando suavemente para exponer su cuello. Mariana sintió como sus labios la devoraban, como su lengua exploraba su boca con una confianza que la dejó sin aliento. Ella respondió con la misma urgencia, sus dedos aferrándose a
sus hombros, sintiendo los músculos tensos bajo su piel. Cuando por fin se separaron, jadeantes, Fabián la miró con ojos oscuros, casi negros de deseo. No sabes lo mucho que me gustas, susurró, su voz ronca, como si las palabras le costaran esfuerzo. Mariana no respondió. No podía. En lugar de eso, cerró los dedos en su camisa y lo atrajó de nuevo hacia ella. El desnudo, Fabián no se apresuró. Sus manos, grandes y callosas, recorrieron su cuerpo con una lentitud deliberada,
como si quisiera memorizar cada curva. Le quitó la blusa con dedos hábiles, dejando al descubierto su piel clara, los tirantes del sujetador que apenas contenía sus pechos. Dios, murmuró él, bajando la cabeza para dejar un beso justo sobre su clavícula.
me vuelve loco como me miras mariana tembló cuando sus labios descendieron rozando la parte superior de sus senos mordiendo suavemente el encaje que los cubría fabián su voz sonó quebrada una mezcla de súplica y advertencia dime que pare retó él deslizando los dedos por su espalda hasta encontrar el cierre del sostén Dímelo y lo haré. Ella sacudió la cabeza, negándose a verbalizar lo que ambos sabían. Ya
no había marcha atrás. El sujetador cayó al suelo. Fabián la guió hacia la cama, tumbándola con una suavidad que contrastaba con la intensidad de sus ojos. Sus manos, ahora libres, recorrieron su torso, deteniéndose en sus pechos, masajeándolos con una presión que hizo arquear su espalda. Tan perfecta, murmuró, bajando la boca a uno de sus pezones, lamiéndolo antes de succionar con fuerza. Mariana gimió, sus uñas clavándose en sus hombros.
Nunca había sentido algo así. Cada chupón, cada mordisco suave, enviaba oleadas de placer directo entre sus piernas. Por favor, jadeó, sin saber exactamente qué pedía. Fabián sonrió contra su piel. Por favor, ¿qué, princesa? Sus dedos descendieron, deslizándose por su abdomen hasta el borde de sus leggings. ¿Esto? Un tirón. La tela cedió. Cuando sus dedos encontraron su calor, Mariana gritó su nombre. Fabián, mierda, él gruñó, sintiendo lo húmeda
que estaba.¿ Todo esto por mí? Ella no pudo responder. Sus palabras se convirtieron en un gemido ahogado cuando sus dedos comenzaron a moverse, explorando, frotando, penetrando con una precisión que la hizo ver estrellas. Así, murmuró él, observando cada expresión de su rostro. Así es como te gusta, ¿no? Mariana solo pudo sentir sus caderas moviéndose al ritmo de sus dedos. Pero Fabián no la dejaría terminar tan fácil. Retiró su mano, ignorando su queja, y se despojó de
su propia ropa con movimientos rápidos. Mariana lo miró, tragando saliva al ver su cuerpo musculoso, su erección imponente. No te asustes, susurró él, cubriéndola de nuevo, sintiendo cómo su cuerpo se adaptaba al de ella. Te haré sentir bien. Te lo prometo. El primer empuje fue lento, deliberado, permitiendo que su cuerpo se ajustara a él. Mariana cerró los ojos, sintiendo el estiramiento, el ardor fugaz que se transformó en placer puro cuando él comenzó a moverse. Mírame, ordenó Fabián,
su voz grave, casi un rugido. Quiero ver cómo me comes con los ojos. Ella obedeció, y lo que vio la dejó sin aliento, su rostro tenso de placer, sus labios entreabiertos, sus músculos flexionándose con cada embestida. Eres, increíble, jadeó, arqueándose cuando él encontró un ángulo más profundo. Fabián no respondió con palabras. En cambio, cambió el ritmo, volviéndose más intenso, más posesivo. Una mano en su cadera, la otra enredada en su cabello, tirando ligeramente para exponer su cuello, que
mordió con un gruñido. Mariana, su voz sonó rota. Vas a venirte para mí. Ahora. Y ella lo hizo. El orgasmo la golpeó como una ola, sacudiendo su cuerpo, haciendo que sus piernas se cerraran alrededor de él como un candado. Fabián no se detuvo. Siguió moviéndose, prolongando su placer, hasta que su propio control se quebró. Dentro, gruñó, apretándola contra sí. Te lo dejo todo. Y lo hizo. El silencio que siguió solo fue roto por sus respiraciones agitadas. Fabián se
desplomó a su lado, pero no la soltó. Su brazo permaneció alrededor de su cintura, como si temiera que desapareciera. No debimos, murmuró él, aunque su voz no sonaba arrepentida. Mariana lo miró, sus ojos brillantes en la penumbra. Lo sé, la mañana llegó demasiado pronto. La luz del sol se filtraba por las cortinas de la casa de campo, anunciando el final del fin de semana familiar. Los primos, aún adormilados, se movían por la cocina preparando café y recogiendo sus cosas.
Mariana estaba sentada a la mesa, con una taza entre las manos, tratando de parecer normal. Pero cada vez que Fabián pasaba cerca, su piel se erizaba. Él, por su parte, actuaba con una calma irritante, como si nada hubiera pasado entre ellos. Como si no la hubiera tenido gritando su nombre apenas unas horas antes.¿ Listos para irse? Preguntó uno de los primos, estirándose. Sí, ya casi, respondió Mariana, evitando mirar a Fabián. Yo me voy en media hora, dijo él, casualmente,
mientras llenaba su termo de café. Si alguien necesita aventón, puedo llevarlo. La mirada de Mariana se encontró con la suya por un segundo. Un segundo que bastó para que el aire se volviera eléctrico. Yo, sí, dijo ella, casi en un susurro. Si no te molesta. Fabián esbozó una media sonrisa. Para nada, primita. Los demás no sospecharon. Los primos gays estaban demasiado ocupados discutiendo sobre qué playlist poner para el viaje de regreso y las chicas solo se
quejaban de la resaca. Nadie notó cómo Fabián le pasó una llave a Mariana cuando nadie miraba. Ve guardando tus cosas en el auto, murmuró él, rozándole los dedos al entregársela. Yo me encargo de las excusas. Mariana asintió, sintiendo un nudo de anticipación en el estómago. Minutos después, Fabián anunció que se iban. Mariana tiene que llegar temprano, mintió con naturalidad. Y yo tengo cosas que hacer. Las despedidas fueron rápidas, abrazos,
promesas de juntarse pronto, risas tontas. Nadie notó cómo la mano de Fabián se posó en la espalda baja de Mariana al guiarla hacia la puerta. Nadie vio el brillo en sus ojos cuando ella subió al auto, las piernas ligeramente temblorosas. Y cuando el auto arrancó, alejándose de la casa familiar, ambos supieron que la próxima parada no sería su hogar. El camino de regreso era silencioso. Mariana miraba por la ventana, los recuerdos de la noche anterior ardiendo
en su piel. Fabián conducía con una mano en el volante, la otra descansando sobre su muslo, los dedos dibujando círculos lentos que la hacían contener la respiración. De pronto, el auto desvió su rumbo.¿ A dónde vamos? Preguntó Mariana, girándose hacia él con los ojos ligeramente abiertos. Fabián no respondió de inmediato. Esbozó una sonrisa peligrosa, los nudillos blancos al apretar el volante. No terminé contigo anoche. El tono de su voz, más grave de lo usual, le hizo palpitar
el sexo al instante. Minutos después, estacionaron frente a un motel discreto pero elegante, luces tenues y cortinas pesadas. Fabián pagó sin mirarla, tomó su mano con firmeza y la guió hacia la habitación. El cuarto era cálido, iluminado por lámparas bajas. Una cama ancha con sábanas rojas, espejos en las paredes, una ducha de vidrio que dejaba poco a la imaginación. Mariana se quedó de pie junto al borde, sintiendo el peso de su mirada.
