Le regale la follada de su vida a mi hijo - podcast episode cover

Le regale la follada de su vida a mi hijo

Aug 28, 20258 minSeason 2Ep. 2037
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Speaker 2

Tiempo después, rememorando el sabor del semen de Danny, el latigazo que le había azotado la conciencia y despertado su deseo, habría jurado que éste se había abierto en sus sentidos como una flor, inundando su mente con recuerdos de asientos traseros y pajas de cine, de su propia voz en off repitiendo que un chico anhela correrse en tu cara porque te considera irresistible, que nadie quiere eyacular sobre un

rostro feo. Ella no había saboreado a muchos chicos antes de llevarse la yema cubierta del polvillo leve y aromático a la boca, cinco o seis, como mucho, pero fue el sabor de su hijo el que la trastocó para siempre, el que hizo de ella una perdida, el que borró los matices de aquellos otros, entre los que estaba su marido, que nunca le habían importado. En el fondo, se dijo,

se trata de amor. Una se moja con lo prohibido, lo salvaje, lo que se lleva en secreto y no se confiesa salvo a una pantalla luminosa, pero es el amor puro de una madre o un hijo, de un padre o una hija, de un hermano o hermana lo que hace de ese deseo estalle como si fuera una llamita de cerilla al tocar la superficie de un charco de queroseno. Y la culpa, la vergüenza, son los acelerantes,

el chute de oxígeno. Ella había sentido culpa. Se había preguntado si había vestido de forma demasiado sugerente delante de su hijo, si lo había seducido sin querer. Si su coquetería lo habría pervertido de alguna manera. También vergüenza.¿ Cómo iba a mirarle a la cara tras saber que Dani se había pajeado sobre su foto?¿ Cómo si ella misma había saboreado aquel hilillo de lefa seca que cruzaba su

bikini favorito?¿ Cómo podía ser tan cerda? La línea blanca había azotado sus pechos y su cara y él la había dejado secarse, quizá acariciando la idea de que ella

podría verla. Los chicos tienen un impulso exhibicionista que los lleva a masturbarse en grupo mientras hablan de sus compañeras de clase, mientras gruñen, al borde del orgasmo, lo que les harían si pudieran, lo profundo que se la meterían hasta hacerlas gritar y se corren, compitiendo en virilidad en medio de esos rituales de iniciación.¿ Habría Dani, en una de aquellas pajas colectivas, revelado a sus amigos su atracción

prohibida por ella?¿ La habría compartido alguno? La posibilidad de que los amigos de Dani le hubieran confesado que también se la follarían, la imagen del grupo rugiendo su nombre al eyacular, la ponía a mil. No era algo que pudiera evitar. El morbo se imponía a cualquier límite moral haciéndole perder los papeles, convirtiéndola en una superficie mínima de carne pulsante, un pequeño volcán capaz de someterse a cualquier humillación con tal de dejar salir su magma, una esclava

de novela pulp, una puta de relato libertino. El polvillo blanco era la prueba del amor prohibido. Era para ella más valiosa que la cocaína para el adicto. Se la llevó a la nariz y la esnifó como tal, anhelando que el perfume de su hijo se le quedara grabado en la pituitaria. Después humedeció el dedo con la lengua y dio cuenta del resto como había visto hacer a los mafiosos de las películas. Un lametón a la foto

la dejó sin mácula. Limpia para su marido. El siguiente impulso fue buscar el álbum que había preparado con tanto mimo dos años antes, aquella sesión de boudoir en la que se había gastado cerca de 500 euros entre fotos, peluquería y ropa de encaje. Los dildos tampoco habían sido baratos, en un último y desesperado intento por agradar a su marido. No le culpaba, al fin y al cabo su coño hacía tiempo que había dejado de mojarse en los límites del matrimonio. Y le dolía no ser capaz de darse

entera a sus deberes. la mataba no poder encerrarse en aquella mazmorra y tragarse la llave. No quería engañar a su marido, pero el anhelo de lo prohibido era cada vez más intenso y la asalbajaba cada día más. Si no quería terminar entregándose a cualquiera que la rozase, debía satisfacer sus pulsiones. Mejor ser la puta de mi hijo, se decía, que la de cualquier cabrón. Así que le invitó a salir con la excusa de ver juntos la última película de Scarlett Johansson, sabiendo que a él le encantaba.

Otra de dinosaurios, gritos y efectos especiales. Quizá algún susto de guión le daría la excusa para aferrarse al brazo musculoso de su hijo o incluso para acurrucarse en su pecho. Y eso hizo. Le dio tiempo a sentir el latido desbocado de Dani en su oído y a echar una mirada furtiva hacia abajo. Bajo los tejanos de su hijo se adivinaba algo más ciclópeo que los tiranosaurios de la peli. Un rabo descomunal latía por ella a centímetros de su boca.

Salivaba tanto que de haberse atrevido a hacerle una mamada le habría empapado la ropa antes de tener el pollón clavado hasta la garganta. Le costó un mundo no aliviarle entre rugidos que camuflaran los jadeos, pero lo consiguió y ambos llegaron puros de cuerpo, que no de espíritu, a un restaurante italiano. Antes del postre, Diana depositó un paquete envuelto para regalo y lo deslizó con la misma yema

que había capturado la esencia de su hijo. Dani sonrió sorprendido y lo abrió con un ligero temblor de manos. Ante sus ojos sorprendidos, bajo sus dedos, había un álbum forrado de terciopelo negro que se cerraba con un candado como los diarios. Diana le dio la lleve con una mano no menos temblorosa y espero muerta de miedo a que su hijo abriera en álbum. La primera foto la

mostraba con un vestido de noche y guantes largos. Una gilda vestida de rojo satén que se mordía la punta del guante sin ocultarlo ajustado del escote palabra de honor que ofrecía sus grandes pechos a la mirada del dueño del álbum. El precio del desinterés de su marido era que éste había cambiado de propietario.« Es para ti», logró susurrar Diana.« Así no tendrás que robarme fotos». El resto

de la sesión era, foto a foto, un striptease. El estudio simulaba un escenario de los años 30 con su micro vintage y todo. Primero el vestido y después la lencería iban parando del cuerpo espectacular de Diana al suelo del mismo. Al final y completamente desnuda, la madre de Dani se recostaba en un diván, quizá del backstage, para introducirse varios

consoladores de diferente material y tamaño hasta profundidades insospechadas. El de vidrio permitía ver los pliegues vaginales de Diana a través y su vientre delgado se veía abultado por los veintitantos centímetros de cristal. Ella respondió al silencio de su hijo con la mayor audacia posible, susurrando.« Si he podido con eso podré contigo». Acabaron el postre con impaciencia y Diana le condujo hasta el hotel más cercano, donde había

reservado una habitación a la altura del evento. Se arrancaron la ropa con furia y Diana no pudo parar de reír con una mezcla inconcebible de miedo, alivio y excitación. Cuando Dani le bajó las bragas estas empaparon el suelo de la suite. follaron hasta que Dani no pudo más y empapó su rostro real como había hecho con el de su foto. Las medias no sobrevivieron al segundo asalto y pronto lo único que cubrió la piel de Diana fueron los latigazos de semen de su hijo, que la

vestían con una telaraña de semillas. Gozaron y durmieron. Durmieron y gozaron. Y fue solo el principio.

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