Lo miré y supe que no podía huir. Toda la rabia, todas las palabras que juré no olvidar, se disolvieron en el instante en que su boca rozó la mía. Perdoné todo. Lo hice sin decirlo, sin pensarlo. Mi cuerpo decidió antes
que mi mente. Sus manos. ese idioma que mi piel conoce mejor que yo, abrieron camino por mi espalda, y sentí como mi pecho se encendía, como el deseo me bajaba lento, ardiendo hasta las rodillas, me dejé caer, me dejé tomar, él me miraba como si yo fuera un mapa sagrado, y sus labios me buscaban, con la urgencia de quien sabe, que esa noche podía ser la última, cada embestida era una tregua, cada jadeo, una disculpa, no
me importó el pasado, no me importaron las heridas. Sólo quise vivir dentro de él, sentir su calor invadiendo mi vientre, su aliento mezclándose con el mío, y ese latido que no distinguía si era suyo o mío. Esa noche, ya no éramos dos.
