Habían pasado ya 72 horas desde que empezó esta pesadilla, y el calabozo parecía un matadero vivo, el suelo pegajoso con capas de semen seco, orina evaporada que dejaba un hedor ácido, sangre coagulada en charcos oscuros y restos de mierda untados por todos lados. El aire era espeso, irrespirable, una mezcla de sudor rancio, lubricante quemado y el olor metálico de la carne rota. Mamá. Dios, mamá ya no parecía humana.
Yacía en el centro de la tarima, sobre una colchoneta que alguna vez fue blanca y ahora era un lienzo de fluidos multicolores. Su cuerpo era un mapa de destrucción, pechos hinchados y morados por los azotes y mordidas, abdomen marcado con huellas de puños, piernas temblando como gelatina, y su coño y culo eran cavidades abiertas, rojas e inflamadas. Goteando un líquido viscoso que no sabía si era sangre,
puso semen viejo. Los toros del turno entraban frescos, otro grupo de cincuenta que rotaban como en una cadena de montaje infernal. Pero mamá seguía ahí, negándose a los breaks de quince minutos cada seis horas.« No paro, mis amores», gritaba a la cámara principal cada vez que el reloj pitaba, su voz ronca y quebrada, pero con esa chispa de locura que la definía. El stream en vivo estaba enloquecido, quinientos cavios pico, donaciones cayendo como lluvias cientos de miles
en tips, el chat un vórtice de depravación absoluta. Yo moderaba desde mi estación, las manos temblando sobre el teclado, leyendo en voz alta lo que podía. Rompe su útero, reina, métanle el brazo hasta el hombro y sáquenle las tripas, quiero ver la muerta de placer. Borraba lo peor, pero era imposible, el chat se volvía más loco cada hora, gente pidiendo cosas que ni en mis peores pesadillas imaginaba. Electrosox en el clítoris hasta que convulsione, quemen su coño
con cera hirviendo. Y las donaciones explotaban con cada sugerencia cumplida. Intenté acercarme a ella en un momento de calma relativa si es que se podía llamar así mientras tres tipos la penetraban simultáneamente. Mamá estaba de rodillas, llorando semen. Literalmente,
los toros la habían cagado hace unas horas. eyaculando tanto y tan seguido que le salía por los ojos por la nariz mezclado con lágrimas y mocos su rostro era una máscara pegajosa blanca y espesa goteando en hilos largos desde las pestañas corrí con una botella de agua fisiológica que me había dado el médico del set arrodillado a su lado mientras un tipo le follaba la garganta hasta el fondo ma déjame limpiarte un poco supliqué vertiendo el
líquido en una toalla y pasándosela por la cara. No funcionó muy bien, el semen era demasiado espeso, se pegaba como pegamento, y solo lograba diluirlo en vetas grises que corrían por sus mejillas. Ella tosió, escupiendo un chorro de fluido, y me miró con esos ojos verdes inyectados en sangre, vidriosos pero firmes. Gra, gracias, mi vida, jadeó como pudo, la voz un grasnido, mientras su mano libre masturbaba a otro toro a su lado. Sigue, no pares el chat.
Verla así me partía el corazón en mil pedazos. Estaba deshidratada, labios agrietados, piel pálida y arrugada como papel viejo, el chip en su nuca pitando intermitentemente por niveles bajos de hidratación. Ciega casi, los ojos hinchados y llenos de irritación por la orina y el semen que le habían echado directo.
Sangrando por orificios que ni sabía que podían sangrar, las orejas de tanto tirar de los lóbulos, las encías destrozadas por las pollas forzadas, incluso un hilo de sangre saliendo del ombligo donde el piercing se había arrancado en un tirón brutal. Pero ahí seguía, firme con su decisión de ganar este reto.« Es mi Everest», murmuraba entre gemidos, empujando las caderas hacia atrás para recibir más. Papá estaba a
mi lado, ajustando una cámara con manos temblorosas. Lo miré y vi lágrimas rodando por su calva, surcos limpios en el polvo y el sudor de su cara. No podía evitar llorar de la tristeza de ver a su esposa así la mujer que amaba desde los 20 años, reducida a un trapo humano. Pero sabía que era el sueño de ella. y él obedecía, sollozando en silencio, porque detenerla sería matarla por dentro. El punto de quiebre vino alrededor de las tres de la tarde, en plena orgía de fisting y suspensiones.
La tenían colgada del techo con ganchos en la espalda piercings temporales que atravesaban la piel, sangre goteando en riachuelos, piernas abiertas en una camilla ginecológica, doble fisting en coño y culo mientras orinaban dentro de ella. Uno de los toros, un gigante de dos metros con tatuajes hasta el cuello, se frustró porque mamá no gemía lo suficientemente alto estaba exhausta. Sin aviso, le dio un puñetazo directo en las costillas izquierdas.
Se oyó un crujido seco, como una rama partiéndose. Mamá gritó, un alarido animal que heló la sangre de todos, y luego lloró desconsolada, el cuerpo convulsionando en las cadenas. El infeliz le rompió la costilla. Grité
yo, saltando de mi silla.
Repampano. Repampano. Producción, paren todo y asistan a mi madre. Corrí hacia el tipo tatuado de la producción, que monitoreaba desde un panel. El chat enloqueció, sigue, no pares, rompe más huesos. Solo paramos si ella lo dice, respondió el tipo, frío como hielo. Regla del contrato. Mamá, aún colgando, con el brazo de un toro metido hasta el codo en
su culo, me llamó gritando. Lloraba del dolor, tosiendo sangre que salpicaba el suelo roja brillante, mezclada con bilis, pero sus manos seguían masturbando a dos tipos a la vez, puños arriba y abajo en vergas venosas.
No, Román. No voy a parar. Aulló, la voz rota. Ya debe faltar poco. Sigue grabando. el reloj marcaba 87 horas
Faltaban nueve para las 96. Siguió, ignorando el crujido, el dolor que la hacía convulsionar. Finalmente, a las seis de la mañana del martes, el reloj pitó, 96 horas cumplidas. El stream anunciaba reto completado leyenda. Papá y yo nos abrazamos aliviados, llorando como niños, el chat en éxtasis con millones en donaciones. Diosa eterna, récord mundial. Pero mamá no quiso parar. Yacía en el suelo, costilla rota, sangrando, pero gritó con una
histeria que daba miedo. Vamos. No paramos hasta desmayarme.
Quiero más.
La producción, oliendo más dinero, trajo un nuevo contrato a papá y a mí. Era una práctica experimental, un separador anal mecánico, como un especulo gigante de metal con tornillos, diseñado para abrir el ano al extremo máximo humano hasta, decían, desmayar el esfínter por completo, rompiendo ligamentos y músculos para un prolapso total. Yo me negué rotundamente. No. Esto la mata, grité. Papá igual, lágrimas frescas, Lorena, basta. Pero ella, histérica, cubierta
de todo, nos gritó. Más vale que lo hagan o no voy a parar. Firmen. Es mi cuerpo. No tuvimos opción. Firmamos, temblando.
Le puse el aparato yo mismo, arrodillado detrás de ella mientras la ponían en cuatro. Era frío, de acero inoxidable, con cuatro brazos expansibles y un mecanismo de giro. Lo inserté en su ano ya destrozado hinchado. rojo oscuro, con fisuras sangrantes y prolapso parcial saliendo como una rosa invertida. Empezaron a girar el tornillo central, lento al principio. Cada
clic abría más, diez centímetros de diámetro. Quince, el ano se estiraba inhumano, la piel tirante como goma a punto de romperse, venas reventando en vetas rojas, el interior rosa oscuro expuesto al aire, músculos temblando y desgarrándose fibra por fibra. Los toros lo giraban uno por uno ahora, turnándose, clic, clic, clic. Mamá gritaba y lloraba desgarradoramente, sonidos que daban náuseas aullidos guturales, suellosos ahogados en semen, el cuerpo convulsionando, orina escapando involuntaria.
El ano llegó a veinticinco centímetros, un agujero negro y cavernoso, el recto evertido saliendo metros, colgando como una manga viscosa, sangrando profusamente. hasta que se sintió un crujido muy fuerte en no la costilla, sino su cadera. Los ligamentos pélvicos no dieron más, se quebraron con un snap audible, la pelvis dislocándose. Mamá se desmayó al fin, desmayada, el cuerpo roto en un charco de sangre fresca.
