Follando brutalmente y  en abundancia p2 - podcast episode cover

Follando brutalmente y en abundancia p2

Sep 13, 202522 minSeason 2Ep. 2058
--:--
--:--
Download Metacast podcast app
Listen to this episode in Metacast mobile app
Don't just listen to podcasts. Learn from them with transcripts, summaries, and chapters for every episode. Skim, search, and bookmark insights. Learn more

Episode description

Conviértete en un supporter de este podcast: https://www.spreaker.com/podcast/relatos-eroticos-mx--6290133/support.

Transcript

Speaker 2

Desperté sintiendo una extraña disociación, como si flotara al borde de un sueño. La rutina matutina ofreció un breve respiro. Al caer la tarde, después de una ducha reconfortante, descubrí sobre mi cama un conjunto de lencería roja, acompañado de una nota escrita por mi madre.« Mónica, los hombres son visuales por naturaleza. Pon de tu parte y ponte esto. Arréglate un poco tú también». Arturo te estará esperando en

la habitación azul. La seda fría del conjunto se deslizó sobre mi piel, una caricia inesperada que encendió chispas en mi interior. El rojo, intenso y vibrante, parecía capturar la humedad del aire, la promesa implícita del encuentro. Mi madre, con su visión singular de la situación, había orquestado cada detalle. Me observé en el espejo, la tela envolviendo mi cuerpo con una nueva sensualidad. El perfume que apliqué sutilmente, las pinceladas de maquillaje que realzaban mis rasgos, todo era un

acto de preparación, una ofrenda a la expectativa. Ahora al mirarme en el espejo mi perspectiva cambiaba drásticamente. Hacía tiempo que el sexo con hombres había quedado relegado a un segundo plano en mi vida, eclipsado por una agenda profesional tan apretada que dejaba poco o ningún espacio para la intimidad. Desde mi juventud, siempre me habían atraído los hombres con un porte distinguido y buen cuerpo, aquellos cuyas miradas prometían

un mundo de sensaciones. Arturo, para mi sorpresa, encajaba perfectamente en ese ideal, era, sin duda, un hombre muy atractivo. A esto se sumaba una peculiaridad familiar. El incesto no era un tabú en mi casa, sino una corriente subterránea, casi una tradición. Si íbamos a pagarle a Arturo para que cumpliera con este propósito, al menos mi deber era intentar disfrutarlo, buscar el placer en medio de esta circunstancia tan inusual. Con determinación salí de mi habitación al encuentro.

El exterior estaba sumido en un profundo silencio, una quietud casi opresiva. Recordé las palabras de mi padre, quien había mencionado la idea de otorgar el día libre a todos los trabajadores del personal. Su objetivo era crear una atmósfera más hermética, garantizar la máxima discreción para esta particular experiencia. Me imaginé la vasta mansión desierta, exceptuando la presencia de Arturo, mis padres y yo. Era una escena casi irreal, cargada

de posibilidades. Caminé lentamente, envuelta en la penumbra, con destino a la habitación azul. Era un espacio al que habían bautizado así por la tonalidad de un azul intenso que cubría sus paredes, revestidas de un terciopelo que invitaba al tacto, y las sábanas de seda, del mismo color. Al aproximarme, noté una tenue luz colándose por debajo de la puerta, un débil resplandor. Llevé mi mano hacia la perilla, sentí su frialdad metálica. Di un profundo suspiro y con un

leve giro abrí la puerta y entré. El interior de la habitación estaba bañado por la luz parpadeante de velas. Su resplandor danzante creaba un ambiente íntimo, casi onírico. Al fondo de la estancia, la figura central de todo este asunto me atrajo de inmediato la razón de mi presencia, Arturo. Estaba recostado justo en el centro de la cama, semidesnudo, luciendo solo unos boxers blancos. Sus brazos estaban doblados detrás de su cabeza, mientras su mirada se perdía en la

contemplación del techo, parecía expectante. La visión me dejó sin aliento. Era considerablemente más atractivo de lo que imagine. Su cuerpo, esculpido por incontables horas en el gimnasio, exhibía una musculatura definida. Incluso su vello corporal, presente, pero sin ser abrumador, contribuía a proyectar una imagen de virilidad cautivadora que hacía contraste con su piel blanca. Debo admitir que una profunda excitación me recorrió.¿ Quién habría imaginado que el fruto de una

violación poseería semejantes genes? Parecía un joven semental esperando la llegada de una yegua madura para empotrar. Hice un leve sonido para que notara mi llegada. Arturo giró su rostro hacia mí y una sonrisa iluminó sus facciones.« Mónica estás divina», pronunció, intentando incorporarse. Yo, sin embargo, fui más rápida y mi mano se posó en su pecho, empujando para recostarlo de nuevo.« Vamos a lo que vinimos aquí». Me coloqué sobre él, buscando su boca. Inicié el beso con cautela, un tanteo

inicial para sopesar su reacción, su disposición. Él respondió de igual manera, un beso tierno, casi irreverente. Al percibir en su lenguaje corporal la entrega total, la rendición a mi voluntad, tomé las riendas. Mi lengua ahora exploraba su boca con pasión, sintiendo la firmeza de su piel bajo mi tacto. Su cuerpo era un manjar, caliente y vibrante. Mis manos recorrieron su torso desnudo, disfrutando de su textura. Con la mano,

busqué hacia atrás, explorando la zona de su paquete. Mis dedos se encontraron con la dureza de su pene, tenso y expectante. La evidencia de su deseo encendió aún más mi propia calentura. Era asombroso pensar que, a pesar de la naturaleza perversa y oculta de nuestra relación, Arturo no se reservaba nada. Parecía realmente ansiar la unión conmigo, su mamita. Tras minutos que se sintieron eternos, envueltos en caricias mutuas,

me aparté ligeramente de sus labios. Me acomodé mejor sobre él, elevando mi cuerpo hasta que mis nalgas descansaron sobre su pecho, mientras mi sexo quedaba posicionado directamente frente a su rostro. Con un gesto deliberado, deslicé la fina tanga a un lado, dejando mi vagina expuesta, ofrecida a su deseo.—¡ Cómele!— ordené. Arturo, sin dudar un instante, se entregó a mi petición. Sus

labios buscaron mi vagina con una reverencia palpable. Primero, exploró con tiernos besos mis labios mayores, para luego deslizarse con su lengua por la delicada piel, adentrándose gradualmente en mi santuario femenino. Sentí una oleada de placer recorrer mi cuerpo. Un gemido se escapó involuntariamente de mis labios. Comencé a mover mis caderas de adelante hacia atrás, como si mi

cuerpo estuviera acariciando su rostro con cada movimiento. Era extraordinariamente hábil, su lengua y sus labios me chupaban con talento, y soportaba la presión de mi cuerpo sobre él sin inmutarse. En un momento dado, noté cómo sacaba su pene de la sujeción de sus boxers. Giré la cabeza instintivamente para observarlo. Era imponente, de unos 18 centímetros, recubierto de venas marcadas y de un grosor impresionante. Se convirtió en el estímulo final

que hizo estallar mi orgasmo. Sentí mi cuerpo vibrar de espasmos placenteros, mi cuerpo convulsionando mientras mis ojos se ponían en blanco. Fue un instante eterno de placer absoluto. Finalmente, me dejé caer sobre su pecho, buscando una posición más cómoda. Él, con ternura, rodeó mi cuerpo con sus brazos, uniéndonos en un abrazo que sellaba ese momento profundamente íntimo. Me tomé apenas unos diez minutos para recomponerme, para reunir la energía

necesaria y volver a la faena con renovado vigor. Con un gesto tierno, busqué reafirmar la conexión física, tocando su pene para asegurarme de que la dureza permanecía intacto. la erección se mantenía firme, un atributo vibrante a su edad, y eso me llenó de una anticipación aún mayor. Volví a besarlo y con un cuidado intuitivo, llené mi mano de saliva para lubricar generosamente su pene, una tarea que

realizaba a ciegas, absorta en nuestros labios unidos. Una vez que sentí su miembro deslizarse suavemente en mi mando, listo para el encuentro, me separé de su boca. Nuestros ojos se encontraron por un instante, un entendimiento silente que encendía aún más la atracción. Dirigí su verga hacia la entrada de mi coño, sintiendo ya la promesa de su grosor, y me fui sentando en ella con una lentitud deliciosa.

Cada centímetro de avance era una explosión de sensaciones. Al lograr sentarme por completo, un suspiro de placer se me escapó, un sonido que sellaba la plenitud. Toqué sus testículos, confirmando que todo él estaba dentro de mí. La sensación de estar completamente llena, de sentirme expandida y poseída, era algo incomparable, una experiencia que me transportaba a un estado de dicha absoluta.

Me recosté contra su pecho, Arturo permanencia inmóvil dedicándose a mantener la verga erecta, enlazando nuestros cuerpos, y comencé a impulsarme hacia adelante y hacia atrás en un ritmo que dictaba mi propio deseo. Cada movimiento de pelvis estaba diseñado para acariciar puntos clave en mi interior, para maximizar el placer mutuo. Me sentía flotando, en una dimensión reservada sólo para momentos de placer prohibido, donde la entrega y el

placer se fusionan de forma tan perfecta. Ningún encuentro anterior se había comparado con la intensidad de este disfrute. Cada instante, cada esfuerzo previo, había valido la pena sólo por vivir esta cumbre de sensaciones. Arturo me observaba con una mirada cargada de deseo, expectante, como un soldado aguardando una nueva orden. Permanecí moviéndome así, encontrando mi propia sintonía de placer, hasta que un microorgasmo, similar a los que lograba en la

soledad de mi alcoba, me invadió. Fue un aviso, un preludio a lo que vendría. Cógeme, le ordené, mi voz vibrando con la urgencia del momento. Él obedeció al instante, su cuerpo respondiendo con una fiera necesidad. Al principio, sus movimientos eran suaves, exploratorios, pero pronto la intensidad aumentó. Me aferré a sus hombros, sintiendo cada embestida. la penetración se aceleró, volviéndose cada vez más profunda y rítmica. No creí que

pudiera ser mejor, pero cada embestida superaba la anterior. El sonido de nuestros fluidos, el choque rítmico de sus huevos contra mis nalgas, se mezclaban con el sonido de mi entrega. Estallé de nuevo, otro orgasmo que me dejó exhausta y plena. Me dejé caer sobre su pecho, reviviendo las oleadas de placer. Me sorprendió que él aún no hubiera alcanzado el clímax

y supuse que esperaba mi permiso explícito. Su miembro, inconmensurablemente duro, permanecía firmemente dentro de mí, reavivando mi excitación con una rapidez pasmosa. Mi vagina, aunque comenzaba a sentirse ligeramente fatigada, no había cedido aún su gozo. Sabía que el momento cumbre estaba cerca y pronuncié las palabras que sellarían nuestra unión,« Préñame». Vi un brillo de resolución cruzar sus ojos, una chispa

de propósito que encendió aún más mi excitación. Apretó su agarre en mis nalgas, aumentando el ritmo a un nivel sin precedentes, taladrando con una fuerza que me hacía brincar sobre él, mi cabello cubriendo mi rostro en un torbellino de éxtasis. El placer se intensificó hasta hacer que mis ojos se pusieran en blanco, sentí que estaba al borde del desmayo. Entonces, sentí la plenitud, el líquido cálido que llenaba mi útero, la semilla de su esencia dentro de mí.

Un último orgasmo, quizás menos intenso que los anteriores, pero que me dejó completa y satisfecha. Me recosté sobre él, buscando el refugio de su abrazo, olvidando por un instante todo lo demás. Sin embargo, un recuerdo agudo me sacudió. Aparté con cuidado sus brazos y me levanté. Ha sido delicioso, pero tu trabajo aquí ha terminado. Mónica, espera, dijo él, su voz teñida de sorpresa, intentando retenerme. Le dejé de nuevo con la palabra en la boca, un gesto impulsivo

de mi propio pesar. Me retiré a mi habitación, buscando el olvido en el sueño. La mañana llegó, trayendo consigo la expectación familiar. Al descender al comedor, mi madre me recibió con esa batería de preguntas que ya anticipaba, sus ojos escrutando mi semblante. Le ofrecí un resumen lacónico. Todo bien, nada fuera de lo común. Sabía que mentía. La velada

había sido, de hecho, profundamente, deliciosamente, intensa. Bueno, y en medio de todo esto mi madre hizo una pausa, su mirada buscando algo más allá de mis respuestas superficiales.¿ Has visto a Arturo? Negué con la cabeza, un movimiento casi imperceptible. No, no lo he visto. Arturo se fue esta mañana a la voz de mi padre y rompió, firme y directa, cortando la frágil calma que intentaba fabricar. Así sin más. La sorpresa teñía la voz de mi madre, una nota

de auténtica preocupación. Sí, así sin más. Típico murmure, la amargura sonando en mi tono. De seguro cobró todo a su cuenta y se marchó sin mirar atrás.¿ Cobrar todo a su cuenta?¿ De qué hablas? Pregunto mi papá. Pues de lo que acordaron en un principio, ¿no? Insistí. Esto no era más que un trabajo para él. Mi padre intervino, su voz teñida ahora de una suave compasión que resonó profundamente en mí. Mónica, él sí cobró un dinero, pero no era para él. Era para apoyar a sus padres.

Y para ayudar a un pequeño orfanato que está cerca de donde vive. las palabras me golpearon como una bofetada. Me quedé muda, paralizada. La imagen nítida y pura de Arturo se superpuso a la sombra de duda que mi mente proyectaba antes. Me sentí pequeña ante la magnitud de su bondad y mayor ante mi propia ignorancia.« Pensé que te lo había dicho», continuó mi padre, con una firmeza que me desarmaba. o al menos, que fue lo suficientemente sincero como para intentarlo contigo. Pero creo que tú no

le diste la oportunidad de explicarse. Las imágenes de la noche anterior volvieron a mí con una claridad dolorosa, mi impaciencia, mi desdén, mi huida cobarde. Él intentando hablar, yo negándome a escuchar. Dime dónde vive Solte, la voz quebrada por la urgencia, por el pánico naciente. Dime dónde vive. Creo que he cometido un grave error. El más grave de mi vida. Mi madre, sorprendida por mi desesperación, me brindó la información con una mezcla de sorpresa y comprensión. Vive

en XXXX, cerca de XXXX.¿ Irás a buscarlo? Se afirmé, poniéndome ya en pie, sintiendo la adrenalina correr por mis venas, impulsándome hacia la acción, hacia la necesidad de enmendar mi falta. Me quedé pasmada, pero la necesidad de verlo, de intentar

recuperar el terreno perdido, activó mis sentidos. mientras subía las escaleras apresuradamente para cambiarme, una esperanza vana se aferraba a mí, que aún no fuera demasiado tarde para deshacer el error, me di cuenta, con una claridad abrumadora, de la maravillosa persona que Arturo era. Un hombre de principios sólidos, de alma generosa y un corazón bondadoso que se había abierto a mí, y yo, en mi arrogancia, había preferido la

sombra a su luz. Me sentía abrumadoramente atraída por él, por esa nobleza que emanaba de cada uno de sus gestos, de cada palabra sincera. Conducía hacia la parte vieja de la ciudad, las carreteras y las calles se volvieron más estrechas, las casas más antiguas, conservando su aspecto original, a menudo pintadas con colores vivos que hablaban de historias pasadas. Busqué la dirección indicada, mi corazón latiendo en un ritmo desbocado.

Lo encontré. Era una casa de madera, modesta en su estructura, pero con una elegancia discreta que invitaba a la calma. Bajé del coche, mi cuerpo tenso por la anticipación, y corrí hacia la puerta principal. Golpeé varias veces, con una insistencia febril, pero no hubo respuesta. La desesperación comenzó a invadirme, un frío punzante. Entonces, recordé. Había un taller en la parte trasera. Caminé rodeando la casa, mis pasos resonando contra

el suelo de tierra. Al llegar a la parte posterior, percibí un leve crujido, un sonido que me hizo acelerar el pulso. Mi corazón se aceleró, reconociendo la posibilidad. Abrí la puerta y lo vi. Estaba de espaldas, la misma imagen que la primera vez que mis ojos se posaron en él. Llevaba un delantal verde cubriendo una camisa polo blanca, y sus manos, fuertes y expertas, trabajaban con madera. El aroma a serrín y a naturaleza impregnaba el aire, creando

una atmósfera íntima y cálida. Me detuve en el umbral, contemplándole en silencio, admirando la quietud, la dedicación, la nobleza que irradiaba con cada movimiento. Arturo susurré, un hilo de voz que apenas irrumpió el hechizo del lugar. Se giró, sorprendido. Su mirada, clara y profunda, se posó en mí y un asombro sincero iluminó su rostro. Algo en el aire cambió. La distancia de la noche anterior se disolvió en un instante.

Me abalancé hacia él, sin pensarlo, movida por una fuerza irresistible. Él pareció compartir la misma urgencia, el mismo anhelo. Con un movimiento fluido, me cargó entre sus brazos, su piel cálida a través de la tela de mi ropa. Rodeé su cintura con mis piernas, mi cuerpo anclándose al suyo, y nuestros labios se encontraron. Fue un beso que llevaba en sí todas las palabras no dichas, todas las disculpas pendientes, toda la pasión reprimida. Un beso que borraba el tiempo

y el espacio, un reencuentro que lo era todo. Lo siento mucho, logré decir entre besos, mi voz ahogada por la intensidad del momento. No hay nada que sentir, respondió él, su voz profunda resonando en mi pecho pegado al suyo. Lo que importa es que estás aquí. Fui una tonta, repetía, cada palabra un bálsamo sobre la herida que yo misma

había abierto, una completa imbécil. Te juzgué mal. El tonto fui yo por no haber encontrado las palabras exactas, por no haber insistido más cuando sentí que te estaba cerrando, confesó, acariciando mi mejilla con una ternura que me hizo temblar. Su tacto era firme y suave a la vez, despertando en mis sensaciones que nunca había explorado con esta profundidad. Era la seguridad de sus manos, la calidez de su aliento sobre mi piel, la fuerza de sus brazos rodeándome

que me hacían sentir segura y anhelada. Perdóname, supliqué, mi cuerpo temblando contra el suyo. Perdóname, Arturo. Él me acercó más a él, nuestros cuerpos uniéndose en un abrazo que sellaba la reconciliación, que anunciaba un nuevo comienzo. El taller, con su olor a madera y sus herramientas, se convirtió en nuestro santuario íntimo, el lugar donde las promesas no dichas flotaban en el aire, cargadas de un deseo recién

descubierto y de una conexión que prometía ser eterna. Fuimos saliendo del taller, sostenida por los fuertes brazos de Arturo, quien me cargaba como si no pesara nada. El taller quedó atrás mientras nos dirigíamos hacia la casa a través de una puerta interna que daba directo a la intimidad del hogar. Mi intuición me decía que no había nadie en esos momentos, y honestamente, no me importaba. La urgencia del deseo nos impulsaba, y Arturo me llevó en brazos

escaleras arriba, directo a su habitación. Una vez dentro de su alcoba, me depositó suavemente en el suelo. La habitación estaba tenuemente iluminada, creando una atmósfera íntima y cálida que invitaba a la entrega. Nuestros ojos se encontraron, y la tensión acumulada se desbordó en un impulso mutuo. Comenzamos a desnudarnos, deshaciendo las ataduras de la ropa con una urgencia creciente. Cada prenda que caía al suelo revelaba más de la

piel que ardía por el contacto. Él abrió la camisa que me cubría, y yo, con manos temblorosas pero decididas, le quité con parcimonia el delantal y luego la playera. La cercanía de nuestros cuerpos desnudos irradiaba un calor electrizante.

Transcript source: Provided by creator in RSS feed: download file
For the best experience, listen in Metacast app for iOS or Android