Follando brutalmente y  en abundancia p1 - podcast episode cover

Follando brutalmente y en abundancia p1

Sep 12, 202520 minSeason 2Ep. 2057
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Speaker 2

Nací y crecí en el seno de una familia caudalada, dueña de una corporación farmacéutica que, a lo largo de las décadas, ha conseguido sumar incontables filiales y microempresas a su vasto imperio. Nuestra fortuna y nuestro legado se originaron gracias a mis tatarabuelos, quienes se casaron bajo una situación peculiar. Eran primos segundos. Ambos, con una visión y una inteligencia extraordinarias,

consiguieron levantar este imperio desde sus cimientos. La combinación de sus genes hizo que sus hijos heredaran esa misma inteligencia y astucia. Esta unión, inicialmente peculiar, se volvió casi una obligación dentro de la familia. Era la única forma de mantener vivo el legado y asegurar el acceso a todos los recursos que mi tatarabuelo dejó estipulados en su testamento.

En ese documento, redactado con una frialdad legal que aún hoy me estremece, se citaba que únicamente podíamos hacer uso de la fortuna familiar si continuábamos extendiendo la familia mediante uniones consanguíneas. Nunca fue explícito en qué tan cercanos debíamos ser al momento de procrear futuros herederos. Sin embargo, la familia se limitó, por costumbre y conveniencia, a casarse entre primos. En algunos casos extremos, las uniones llegaron a ser entre

tía y sobrino. Esto precisamente terminó metiéndome en un dilema personal y existencial. En mi generación no había varones mayores disponibles para cumplir con esta tradición. Esa es la cruda razón por la que, a mis 41 años, no me había casado aún. Mis padres, que afortunadamente aún viven y son los pilares de la corporación, han agotado cada recurso y cada contacto para ponerse en contacto con cualquier miembro masculino de la familia que se encontrara soltero o en edad reproductiva.

sus esfuerzos, sin embargo, no dieron frutos. Varones había, sí, pero eran demasiado pequeños, aún niños, incapaces de cumplir con la demanda del testamento. Parecía que el legado de mi familia llegaba a su fin. Todo parecía perdido, hasta que un evento traumático, acontecido cuando apenas tenía 16 años, regresó para cambiar el destino de mi linaje. A esa inocente edad, fui víctima de una violación por parte de uno de

los ejecutivos más importantes de la empresa. Era un hombre que conocíamos bien, un amigo cercano de la familia que solía pasar los veranos en nuestra casa de playa. Una noche, mientras los adultos se habían excedido con las copas, él se introdujo sigilosamente en mi habitación y me ultrajó. Fue un suceso devastador. A él lo despidieron de inmediato, un acto que mis padres consideraron suficiente. Sin embargo, para evitar un escándalo mediático que pudiera dañar la intachable reputación de

la familia y la empresa, nunca lo denunciaron a las autoridades. Yo, por mi parte, recibí apoyo psicológico intensivo, mis padres no escatimaron en recursos para mi recuperación. Pero la terapia se detuvo abruptamente cuando, meses después, me enteré de que estaba embarazada. Fue un golpe aún más duro que el anterior, una bofetada cruel de la vida. Yo no quería tener a ese hijo, no deseaba llevar en mi vientre el recuerdo

vivo de aquella noche. Pero ya demasiado tarde, el embarazo ya estaba avanzado y la posibilidad de abortar se había desvanecido. Mis padres, sumidos en la preocupación y la desesperación, optaron por mantenerlo en el más absoluto secreto. Cuando el bebé nació decidieron mandarlo con unos familiares lejanos para que lo criaran.

Esos familiares, de una rama más, humilde, de la familia, alejados de la opulencia de nuestro linaje principal, aceptaron felices criar a mi hijo, dándole un hogar y un nombre diferente. Después de ese evento que transformó mi adolescencia, continué asistiendo a terapia psicológica durante años, esforzándome por dejar atrás el trauma.

con el tiempo, logré volver a la normalidad. Los años pasaron hasta llegar a la amenaza patente al no existir un varón en edad reproductiva que pudiera casarse conmigo y asegurar descendientes. Todo parecía perdido, la extinción de nuestra fortuna y de nuestra peculiar herencia era inminente, hasta que a mis padres se les ocurrió una idea. Una idea que, para la mayoría de las personas, resultaría tabú, obscena e impensable.

pero para mi familia, acostumbrada a cierto tipo de incesto y desesperada por mantener todo en orden, por proteger el legado a toda costa, les pareció una idea brillante, la única solución posible. Ya se imaginarán el tenor de esa propuesta. Mis padres decidieron contactar con los familiares a quienes habíamos dado en adopción a mi hijo hacía 25 años. Todo para averiguar si ese niño, que ahora debería ser un hombre joven, estaba disponible para realizar cierto tipo de unión, una que

ni siquiera me atrevo a nombrar en voz alta. Fue así que un día, al llegar a la casa familiar después de mis reuniones con las asociaciones de ayuda humanitaria a las que pertenezco me encontré con un hombre desconocido en el gran comedor. Lo vi de espaldas primero. Llevaba una polo blanca que resaltaba una espalda amplia y musculosa. Hola, saludé, intentando que mi voz sonara casual. El desconocido se giró

lentamente y me miró. Un brillo extraño se notó en sus ojos al verme, como si me reconociera de alguna parte, o como si nuestra conexión fuera más profunda de lo que ambos podíamos comprender en ese instante. Se puso de pie, su figura alta y atlética imponiéndose en el espacio. Hola, saludó, con una voz profunda y resonante. Mucho gusto, soy Arturo. Mucho gusto, Arturo. Soy Mónica. Con detenimiento, pude analizarlo. Tendría unos 25 años, más o menos 1.80 de estatura, con una complexión

muscular que insinuaba fuerza y disciplina. Su cabello era castaño claro, enmarcando un rostro de tez blanca, indudablemente apuesto. Su perfil era marcadamente masculino, muy lejos de lo delicado. Una barba y bigote incipientes, de unos pocos días, acentuaban su madurez sin llegar a ser abrumadores. Su presencia desprendía un magnetismo peculiar.« Encantada.¿ Podrías decirme qué haces en mi casa?» Tus padres me han contactado. Al parecer, hay un asunto urfiente que acontece

en tu familia y quieren que nos conozcamos. Dicen que nuestro encuentro podría ayudar a resolver el problema.¿ Eres un primo lejano? Inquirí con la curiosidad latiendo en su pecho. Mi madre interrumpió en la conversación con esa firmeza y presencia característica que anulaba cualquier otra fuerza. No dio tiempo a que Arturo respondiera. Mónica, qué bueno que has llegado. Justo quería presentarte a este apuesto caballero. Me parece que

él se me ha adelantado. Es bueno que vayan conociéndose, dijo mi madre, su mirada evaluando la escena con una sutil sonrisa.¿ Podrías acompañarme un momento al estudio? No me quedó otra opción más que seguirla. El camino al estudio fue un silencio cargado de presagios.¿ Quién es él? Pregunte nada más entrar en la habitación. Es muy apuesto, ¿verdad? Tiene porte, respondió mi madre, sentándose tras el imponente escritorio.¿ Quién crees que es, Mónica? No tengo ni la más

mínima idea. Por lo que ustedes han estado haciendo este año, pienso que es un primo o tío muy joven. Es alguien más cercano a ti de lo que crees, es tu hijo, Mónica. Las palabras cayeron como un mazo, me sequé de petrificada. Mis padres me pedían tener sexo con mi hijo. No puedo creer que recurran a eso. Esto ya es otro nivel. Mónica, el incesto ha estado en nuestra familia desde generaciones. Sí, pero nunca este tipo de incesto, entre madre e hijo. No lo sabemos, contestó mi madre

con frialdad calculada. Además,¿ es esto o nada? Si te parece tan fácil,¿ por qué no vas tú y lo haces tú? No seas tonta, Mónica. Sabes que no estoy en edad reproductiva. Si tuviera que hacerlo, lo haría, por la familia.¿ Por qué esto es lo que tu tatarabuelo quiere?

No sé, madre. Esto es otro nivel. Para sellar su argumento, mi madre deslizó una pregunta que golpeó directamente en mi punto más débil.¿ No quieres seguir ayudando a tus niños, a tus asociaciones humanitarias?¿ Sabes que, si no tienes descendencia, nos cortarán todo el acceso al dinero del banco? Mi madre me conocía bien. Sabía que los niños desfavorecidos eran mi debilidad insuperable. Sin otra opción, acepte su plan a regañadientes. Vale, mamá. Entonces,¿

ahora qué?¿ Voy y me le tiro encima? No seas ridícula. Primero, he planeado una cita para que se conozcan mejor. Ve ahora con él, que te está esperando. Será algo fácil para ti, he visto como lo mirabas en el comedor, es tu tipo de hombre. Solo puse los ojos en blanco y me puse en marcha, regresando al gran comedor. Mi madre añadió, con un tono juguetón.« Por cierto, él aún no sabe para qué lo hemos convocado». Al llegar

al gran comedor, Arturo me esperaba pacientemente. La atmósfera se tornó densa con la dualidad de la situación.« Tu madre me ha contado todo», dijo Arturo, su mirada fija en ella. te ha dicho sobre la cita, barra inversa. Sí,¿ nos vamos? Salimos de la casa rumbo cochera. Allí, un chofer ya estaba informado de su destino. Uno de los restaurantes más exclusivos de la ciudad. En el trayecto, Arturo y yo conversamos sobre cosas triviales, un barniz superficial sobre la profunda

verdad que nos unía. Llegamos a las seis en punto. Una joven nos esperaba en la entrada con su reservación, guiándonos a una mesa estratégicamente ubicada junto a un gran ventanal que ofrecía una vista panorámica de la ciudad. Arturo, con su porte natural, se veía elegantemente asombrado.—¿ Te gusta el restaurante? Pregunta observando su reacción.— Me parece asombroso, nunca había estado en uno así.« Esos relieves en el techo

son hermosos».« Lo son. No pareces el tipo de hombre al que le gusten ese tipo de cosas».« Lo sé, pero realmente me gustan», confesó él, volviendo a fijar su atención en la arquitectura.« En mi familia se dedican a la madera y alfarería, es lo que amo hacer. Es un trabajo humilde, pero si se saben trabajar los materiales, pueden dar buenas ganancias». Asentí procesando sus palabras. La conversación

se sentía extrañamente normal. Él trabajaba la alfarería, oficios manuales que requerían paciencia, tacto y una conexión profunda con la materia. Imagine sus manos, capaces de moldear la arcilla y dar forma a la madera, la noche apenas comenzaba, y yo sentía que ya estaba adentrándome en un laberinto de sensaciones nunca exploradas, un camino bordeado por la prohibición y la atracción fatal. Me sentí complacida al escuchar sus palabras. Perdona

mi intrusión, pero¿ cómo fue su vida junto a su familia? Descuida. La verdad es que tuve una infancia plenamente feliz. Siendo hijo único, recibí mucho cariño, mi niñez transcurrió en sencillez, pero el amor jamás me faltó. Una calidez inexplicable me recorrió las entrañas. Me resultaba reconfortante, casi un bálsamo, saber que mi hijo, especialmente un niño marcado por el abandono de su madre, hubiera florecido sin sufrimiento. En ese instante,

el camarero se acercó para tomarnos la orden. Solicité raviolis, él eligió un filete a la plancha con su guarnición. La velada transcurrió con una conversación amena, fluida, a pesar de ser nuestro primer encuentro. Sentí una química sorprendente, una conexión genuina que me resultaba desconcertante, pues yo sabía quién era él y el propósito de su convocatoria, detalles que él,

en ese momento, desconocía por completo.¿ Hay algo que desees preguntar? Indagué, fijando mi mirada en sus ojos, sobre lo que ocurrió hace 25 años. Su sorpresa fue palpable. La verdad es que no. Mis padres me explicaron todo sobre las circunstancias de mi nacimiento cuando cumplí 16. No me afectó en lo más mínimo, pues crecí rodeado de amor y buenas amistades. Te entiendo, Mónica, debió ser algo muy complejo para ti. Lo fue, pero eso, créeme,

ya es agua pasada. Concluimos la cena y nuestra conversación. Pedimos la cuenta y dejamos el restaurante. Llegamos a casa alrededor de las nueve de la noche. Noté el coche de mi padre estacionado en la cochera y supuse que ya se encontraba en casa. Entramos directamente al grandioso comedor, donde mi madre ya estaba sentada, esperándonos. Espero que hayan disfrutado de la noche. Arturo, mi esposo, desea hablar contigo.¿ Se encuentra en el estudio? Es esa gran puerta al

final del pasillo. Perfecto, muchas gracias por la espléndida cena y por todo, respondió él, su voz profunda resonando con una marca inconfundible. Mi madre y yo quedamos a solas.¿ Y ahora qué sucede? Pregunté, mi voz teñida de una curiosidad creciente. tu padre y Arturo van a tener esa conversación. Te refieres a... Le explicará los motivos por los cuales lo hemos traído aquí. Conozco la habilidad de persuasión de tu padre, sé que no es un tema sencillo para Arturo,

pero confío en que logrará convencerlo. Un nudo de nervio se apretó en mi estómago, expectante ante lo que estaba por suceder. Tras casi media hora de espera, mi padre emergió del estudio y se unió a nosotras. Bueno,¿ qué ha sucedido? Cuéntanos, inquirió mi madre, ansiosa por las noticias. El muchacho ha aceptado, anunció mi padre, su voz resonando en el silencio con una fuerza inesperada. Está dispuesto a

ayudarnos a continuar con el legado de la familia. Mi corazón latía con fuerza, al principio, me costaba asimilar que hubiera aceptado tan fácilmente, como si fuera una simple formalidad.«¿ Está dispuesto a ayudarnos a cambio de una suma de dinero?»,

añadió mi padre, completando su revelación. Mis nervios se transformaron en una furia helada.«¿ Qué?», pregunté, mi voz cargada de indignación.¿ Está dispuesto a ayudarnos por dinero?¿ Como si esto fuera un mísero negocio, como si yo fuera una simple mercancía? No puedo creerlo. Subí las escaleras hacia mi habitación, la rabia consumiéndome. Mi madre me siguió, pero cerré la puerta con firmeza. Me lancé sobre la cama, el enfado quemándome, molesta con Arturo y, sobre todo, con mis padres por

el modo en que estaban manejando la situación. Justo cuando la idea comenzaba a parecerme menos descabellada, sucede esto. Escuché que llamaban a la puerta. Pregunté quién era, y su voz, con esa familiaridad que ahora me irritaba, respondió, Arturo. Le dije que estaba ocupada, que no podía verlo en ese instante. Dejó de insistir y pude escuchar sus pasos alejándose, probablemente hacia una de las habitaciones de huéspedes. Dudaba que mis

padres le permitieran irse hasta que su trabajo concluyera. Aquella noche, el sueño llegó cargado con un peso de frustración y resignación. Al descender a desayunar la mañana siguiente, la presencia de Arturo, quien me recibió con una sonrisa que yo no pude corresponder, añadió una capa más de incomodidad a la atmósfera. La mañana transcurrió en un silencio denso, interrumpido solo por la voz de mi madre al anunciar que nos tenía preparada

una agenda de siete días meticulosamente diseñada. Con el fin anhelado de que la unión sexual entre una madre y su hijo perdido no fuera algo efímero, buscaban darle un significado más profundo, una oportunidad para que nos conociéramos íntimamente, culminando en un acto que implicaba una unión sexual definitiva. Sentía una profunda fatiga, pero mi madre poseía un don especial para convencerme, para hacerme ver la necesidad de seguir adelante. Hoy, el plan nos llevaba a un parque, con un paseo

en bote. Como era habitual, el chofer nos dejó en la entrada del parque. Tan pronto llegamos, Arturo intentó aligerar la tensión, sugiriéndonos dirigirnos directamente a la zona de alquiler de botes. Nos deslizamos en uno, y mientras él remaba, el sol acariciaba el agua con una luz dorada. Podría haber sido un día idílico, una postal de calma, de no ser por la palpable incomodidad que nos envolvía. Arturo, esforzándose por romper mi mutismo, inquirió con suavidad.—¿ Qué pasa, Mónica?

Dio un respingo, la pregunta chispeando mi ya frágil paciencia. Le fulminé con la mirada, mis ojos ardiendo con una mezcla de resentimiento.¿ No te basta con hacerme sentir como un objeto, como algo que se posee, y además cobrar por lo que estamos a punto de hacer? El silencio respondió por él. Mis palabras resonaron en el lago, dejando

a Arturo sin respuesta. Regresé a mi habitual reserva. El resto de la jornada se convirtió en un juego de adivinanzas, un intento constante de Arturo por descifrar mi mente, por tender puentes hacia mí. Justo antes de que la tarde se diera a la noche y nos dispusiéramos a regresar, él susurró algo que, en mi estado de turbulencia emocional,

apenas pude registrar. Yo podría dejarlo todo por ti. Las palabras se perdieron en el torbellino de mis pensamientos, sin encontrar eco en mi corazón, demasiado absorto en la amargura del momento. El resumen de esos siete días, previos al acto de unión, podría definirse como un eco del primer encuentro, visitas programadas, respuestas escuetas por mi parte y los infatigables

intentos de Arturo por crear una conexión genuina. Mis padres, mientras tanto, observaban con una expectación casi palpable, esperando el desenlace de su elaborado plan. Finalmente, llegó el sábado, el día señalado.

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