Volví al dormitorio acomodándome el camisón como si con eso pudiera borrar lo que había pasado con Enzo. Sentía la tela fría pegándose a mi piel húmeda, como un recordatorio de lo cerca que había estado de dejarme coger por mi sobrino. No fue la culpa la que me detuvo, porque no me siento culpable de lo que deseo, sino algo más básico. El miedo a gritar como una loca cuando me penetrara con esa cosa que tenía entre las piernas, y que mi novio escuchara todo desde la cama. Cuando entré,
Fabricio se movió. Estaba más dormido que despierto, con esa cara de nene desvelado que siempre me causa una mezcla rara entre ternura y fastidio.¿ Pasó algo? Murmuró, sin abrir bien los ojos. Me metí en la cama como si nada. Sí, dije. Podría haber dicho nada y listo, pero recordé esa vieja regla que aprendí hace años. La mejor mentira siempre tiene una buena dosis de verdad. Enzo vino borracho y se agarró a piñas con unos pibes. Agregué. Eso lo espabiló.¿
Está bien? me dijo, incorporándose con un gesto torpe. Sí, voy a verlo. Se levantó, arrastrando los pies, y salió del cuarto. Yo me quedé ahí, con el corazón galopando y la cabeza pensando en el pendejo maleducado de Enzo. De repente me pregunté si deduciría que no le conté nada a Fabri. Capaz que cuando lo viera entrando a su cuarto pensaría que fue a encararlo por lo que le hizo a su novia. Y a lo mejor eso haría que el propio Enzo le diera indicios de lo
que pasó. Esperé en la oscuridad, como una nena traviesa que escucha si sus padres vuelven. Hacía años que no me sentía tan nerviosa. La delfina de 22 años, la que se movía como una gata por los bares de Palermo, hubiera resuelto esto con una carcajada y un par de tragos. Pero yo, yo estaba oxidada después de cuatro años de monogamia o, mejor dicho, de casi monogamia. Y, sin embargo, acá estaba, atrapada en una cama con su olor tibio y la sensación de estar volviendo a ser quien era antes.
Fabricio volvió al rato. Se metió en la cama sin prender la luz, como si nada.¿ Ya te dormiste? Me susurró. No, hablé con él. Le dije que tiene que calmarse, que no puede ser tan agresivo, menos si sale solo. Por suerte no estaba tan golpeado, dijo. Menos mal que lo ayudaste a curarlo, agregó, dándome un beso distraído en la frente. No me quedaba otra, dije, seca, y después, sin pensarlo, quiero que se vaya. ¿Qué? Eso. Que se vaya. Ya está, Fabricio. Hace más de una semana que está acá y ni
siquiera intentó buscar trabajo. Y ahora esto es un problema. Dino a romper la paz de esta casa.« No exageres», dijo, como si hablara con una nena caprichosa.« No te olvides que se quedó huérfano hace nada. Y todavía es muy chico. Chico para otras cosas no es», pensé, mordiendo la lengua para no decirlo.« Igual, no me siento cómoda con él».«¿ Pasó algo más?», preguntó, al fin, con esa voz que parecía juntar coraje para enfrentar una situación incómoda. Medité mi respuesta.
Podía decirle la verdad de una vez y listo. Pero,¿ cuál era esa verdad? Enzo se había propasado conmigo, sí, pero yo lo había dejado. Había permitido que me corriera la tanga y me metiera el dedo adentro de la concha. Podía mentir, claro. Podría negar las partes que no me favorecían. Pero todo eso era para quilombo, ya me había mandado la cagada. Ahora tenía que convencer al inocente de mi novio a que echara a su sobrino de la casa. Si no, me lo iba a terminar cogiendo.¿ Te parece
poco lo que pasó? Le respondí, tirándole la pelota. No, no me parece poco, pero tampoco me parece tanto, dijo. Si querés, mañana hablo con él. Le digo que algunas cosas te incomodan. Sabía que no lo haría. O, si lo hacía, lo haría con ese tono de buena onda que no asusta ni a un perro callejero.« Hace lo que quieras», le solté, dándole la espalda.« Hagamos algo», propuso.« Si en dos días seguís así, hablo con él y le digo que se vaya. Pero consultalo con la almohada, tranquila,
y vemos después».«¿ Te parece, pobre Fabricio? Esa dulzura suya, esa incapacidad de plantarse, le iba a costar unos cuernos gigantes». La delfina de hace cinco años no hubiera esperado tanto. Ya le habría pintado los cuernos cien veces, solo por diversión. A Ham fue mi única respuesta. A pesar de que convivíamos bajo el mismo techo, por suerte no pasábamos tanto tiempo a solas. Fabricio trabajaba desde casa casi todo el día,
y cuando salíamos, lo hacíamos juntos. Eso me salvaba de la incomodidad, o más bien la tortura, de quedarme sola con Enzo, porque sabía que si estábamos solos, él iba a querer cogerme y yo no estaba segura de poder resistirme. Al otro día, Enzo actuó como si nada. Ni una sonrisa descarada, ni una mirada de esas que parecen desnudarme con la mente. Nada. Me pregunté si estaba tan borracho
que no se acordaba de cómo me metió mano. sospechaba que no, solo se estaba haciendo el boludo frente a Fabri. Yo también fingía que no pasó nada, obvio. Mientras tanto, la boluda de Sabrina me seguía llenando la cabeza con su experiencia espiritual con Enzo. Delphi, ese pendejo me cogió como si fuera una muñeca. Una bestia. Como si eso ayudara. Y Fabricio, ay, Fabricio. Desde que llegó Enzo a casa, me cogía más despacio, como si temiera hacer ruido y
que el pendejo escuchara. No es que fuera malo en la cama, siempre fue delicado y atento, pero la pasión había bajado un par de escalones. Y encima, mientras él se apagaba, mi cabeza se encendía con imágenes que no quería tener. Estaba por salir cuando escuché la voz Enzo desde el sillón.« Voy con vos. Te acompaño». Ni siquiera fue una pregunta. Era invasivo hasta en esos detalles. Fingí que no lo escuché y salí de la casa. Di
pasos rápidos hacia el portón. Pero solo pude avanzar unos metros por la vereda cuando sentí cómo se acercaba a mí en una pequeña carrerita.« Lo que me copa de este barrio es que tiene tantos árboles en la vereda», dijo. Después me miró de arriba abajo.«¡ Qué linda estás!»« Soltó, no digas boludeces». Le contesté, fulminándolo con la mirada. Me molestaba tener que estirar el cuello para mirarlo, esa diferencia
de altura era ridícula. Yo con mi metro cincuenta y cinco, él con sus casi dos metros, parecía un animal salvaje caminando a mi lado.« Deberías pedirme perdón, Enzo», solté de repente. Sabía que estaba haciendo mal al decir eso. Solo serviría para que habláramos de lo que pasó a la noche. Supongo que inconscientemente eso era lo que quería. Estaba jugando con fuego y sabía que me iba a quemar. ¿Perdón? Dijo, sin vueltas. Si tendrías que haberte quedado. Lo frené en
seco con la mirada.¿ Me estás cargando? Tengo novio. Y ya sabes quién es.¿ No te da vergüenza querer cogerte a la mujer de tu tío, habiendo tantas minas? Yo creo que al tío Fabri no le jode que cojas con otros tipos, eh, respondió, con esa sonrisita sobradora que me sacaba de quicio.¿ Qué decís, nene? Ya estábamos llegando al supermercado, ese chino enorme de la esquina, con carteles rojos y el olor a panadería que siempre me daba hambre.
Entramos y bajamos la voz como si de repente tuviéramos secretos que no podían escucharse.« No sé, me da esa impresión», dijo, caminando entre las góndolas.«¿ Viste que hay tipos que se calientan con ver cómo otro se coge a su mujer? Fabricio no es de esos», le respondí seca. Y créeme, conocí a varios así.¿ En serio? Me miró con una sonrisa torcida. Sí, cuando era más como Sabrina, admití, dándole
la espalda mientras buscaba un paquete de fideos. Se rió, una risa corta, como si le hubiera dado la razón sin querer. Giré hacia la góndola de puré de tomates.« Mirá, ya que sos tan alto, alcánzame el de arriba». No llego ni saltando. Él estiró el brazo y agarró la caja con una facilidad que me dio bronca. Sos enorme, dije, sin pensar, y en el momento me di cuenta de que mi voz sonaba rara, como nerviosa. Tenía el corazón acelerado,
como si estuviera haciendo algo indebido por simplemente mirarlo. Seguimos caminando hasta los lácteos. Ahí, mientras mirábamos las góndolas, lo encaré. De verdad te pregunto. Me parece muy hipócrita que quieras cogerte a la mujer de tu tío, que encima es como un amigo para vos. Eh, igual no te voy a coger si vos no querés, contestó, encogiéndose de hombros. Pero tampoco te voy a mentir, es obvio que iba
a querer hacerlo. ¿Obvio?¿ Por qué es obvio? Todos los chabones queremos cogernos a todas las minas lindas, dijo con esa naturalidad brutal.¿ O te pensás que los amigos de Fabricio no te quieren coger? Lo miré, entre molesta y, bueno, excitada. Porque sabía que algo de razón tenía. Pensé en Marcelo, un alumno de Fabricio que siempre me miraba como si
quisiera comerme viva cuando venía a casa. Pensé en Lucas, el vecino, que a veces se quedaba a charlar con Fabricio en la vereda sobre el partido del domingo, pero acosándome con esa sonrisa de hambre cuando él no estaba. Pero ellos no lo intentaron, le dije. Por cagones, respondió Enzo. No por honestos. Lo miré de reojo, sintiendo ese calor incómodo subirme por el pecho.¿ Y a vos?¿ Qué te
pasa conmigo? le solté de repente mientras acomodaba un paquete de hierba en el carrito sabía que no debía hacerle una pregunta así pero la calienta pijas que siempre fui a veces me empuja a escuchar confesiones aunque después me queme por dentro no era que quería concretar con él pero me gustaba ver a los tipos abriéndose diciéndome sus deseos con esa cara de querer comerme viva con enzo era arriesgado porque él vivía conmigo qué me pasa con
vos Repitió, con una sonrisa lenta.« Me gusta lo cheta que sos, esa piel blanca que tenés».« En el barrio no había ninguna mina como vos».« Acá capaz que sí», dije, mirando las góndolas.« Puede ser, pero igual no hay ninguna como vos».« Ni siquiera Sabrina, que está recontra buena, es mejor que vos». Lo miré por encima del hombro.«¿ Y por qué no te quedas con Sabrina y listo? Me voy a quedar con Sabrina», dijo, sin inmutarse. Me la voy a coger cada vez que pueda. Pero ella es
como yo, ¿sabes? Le gusta divertirse. Con más razón, quédate con ella. Pero yo te quiero a vos, me soltó, mirándome como si lo dijera en serio.¿ Estás obsesionado? Nada más. Te da morbo que sea la novia de tu tío. Eso puede ser, confesó, con total naturalidad. Pero además, tenés un culo hermoso. Y una carita de puta que me vuelve loco. Lo miré con una mezcla de indignación y vergüenza.¿ Qué decís, pendejo?¿ Así te querés levantar a una mina? Solo te digo lo que pienso. Vos me lo preguntaste. Sí,
retiro la pregunta. Dije, dándome vuelta. El supermercado estaba tranquilo, pero no vacío. Un par de clientes caminaban con los chanditos medio llenos, un viejito buscaba ofertas en la verdulería y una señora discutía con el chino de la caja sobre un descuento. Aún así, cada vez que quedábamos solos en un pasillo, sentía como si el mundo se hubiera reducido a él y a mí. Estaba en la góndola de los aceites, estirando el brazo para alcanzar uno de
los estantes de arriba. Me puse de puntitas. En ese instante lo sentí detrás de mí. Su sombra se proyectó sobre mi cuerpo como si fuera un depredador a punto de atacar. Antes de que yo tocara la botella, él extendió su brazo largo y la agarró con una facilidad que me irritó.«¿ Te ayudo, tía?», dijo con ese tono entre chistoso y obsceno. Pero al hacerlo, me dio un leve empujón con su cadera. Yo, con los tacos y la mala postura, me tambaleé hacia adelante, casi como si
fuera a caer. En un reflejo rápido, me agarró de la cintura con una mano. Y ahí lo sentí, su verga, gruesa, apenas hinchada, apoyándose contra mis nalgas a través de la falda. No estaba totalmente dura, pero el peso, el calor y la forma eran tan evidentes que un escalofrío me recorrió desde el cuello hasta los pies. ¡Soltame, boludo! Le dije, si solo te estoy ayudando, murmuró, bajando la voz como si estuviera diciendo una obscenidad. Era obvio que me había
empujado a propósito para hacerme sentir su verga. Me di vuelta, pero quedé arrinconada. la góndola a mi espalda y su cuerpo enfrente, ese cuerpo enorme que parecía ocupar todo el pasillo.« Sos un ropero», le dije, riéndome nerviosa.« Y vos sos tan chiquita, tan frágil», susurró, bajando la mirada a mi boca. La frase me arrancó una risa corta, como un intento fallido de quitarle peso al momento.« Basta», dije, aunque mi voz sonó más suave de lo que quería.«¿ Basta con qué?».
Con mirarme así, respondí, casi susurrando, mientras mi respiración se agitaba.¿ Cómo te estoy mirando? Vos sabes cómo. No sé, decime vos. Antes de que pudiera contestar, me agarró del mentón con dos dedos grandes y ásperos, girando mi cara para que lo mirara a los ojos verdes, que ahora estaban tan cerca que me mareaban. Como si me quisieras coger acá mismo, le dije. Entonces me agarró de la cintura con las dos manos, acercándose más. No, Le dije, pero fue un
no débil, casi un suspiro. Se agachó, inclinando la cabeza para besarme, y yo esquivé su boca girando apenas la cara, aunque sentí su respiración caliente rozando mi mejilla.« No, basta», dije, con un tono que ni yo me creí, pero él no me soltó. Me volvió a tomar del mentón, esta vez con más fuerza, y me obligó a mirarlo de nuevo.« Basta, me estás lastimando», dije, aunque era mentira. No me estaba lastimando, me estaba volviendo loca. Tendría que haber sabido que estas
cosas iban a pasar. Cuando una deja que un adolescente la penetre con los dedos y encima lo deja caliente, con la pija dura, sin concretar, después es muy difícil sacártelo de encima. Solo un beso, susurró.¿ Y qué? Después vas a querer más. Sí, admitió, con una honestidad brutal. Pero ahora me conformo con un beso. Si no, no te suelto. Entonces voy a gritar, dije, mirando de reojo,
buscando algún empleado, pero el pasillo estaba vacío. Sentí el corazón golpeando en mi pecho, la tensión de su cuerpo sobre el mío y el calor entre mis piernas creciendo a un nivel que me asustaba. Acá me conocen, boludo, le dije, intentando recuperar algo de dignidad. Si nos ve a alguien, Fabri se va a enterar. Era una verdad a medias. Éramos clientes frecuentes, sí. Pero los chinos apenas hablaban español, y los otros clientes no parecían ser del
lado del barrio en donde nosotros vivíamos. Y, en todo caso, si me reconocían y corrían la bolilla de que yo estaba arrinconada en una góndola con el chico que vivía con nosotros... Fabricio sería el último en enterarse, como suele pasar con los cornudos. Entonces no tardes, dijo Enzo, sonriendo, con la voz tan baja, tan susurrante, que parecía una amenaza.¿ Viniste a romper todo, no? A destruir mi vida, le solté, impotente. Él no contestó. Se acercó con esa mirada que me desarma,
esos ojos verdes que parecen atravesarme, y me besó. No sé si me sorprendió más su atrevimiento o el hecho de que lo dejé hacerlo. Siempre consideré los besos como una infidelidad menor. Una traición light, digamos. De hecho, la noche de la exposición de Sabri me había chapado a un tipo, un tal Hernán, del que apenas me acordaba. Pero esto, este beso, era otra cosa. Era el preludio de algo que ya no podía controlar. Las botellas de aceite temblaron a mi espalda cuando Enzo me empujó contra
la góndola. Quise apartarlo, pero fue en vano. Su boca me devoraba. Era un beso salvaje, áspero, como si me estuviera probando a mordiscos. Me vi obligada a ponerme de puntitas para alcanzarlo, pero de repente sentí que me levantaba del piso con una facilidad brutal. El aire me faltó un segundo, no por miedo, sino porque estaba igual de caliente que él. Y entonces, como era de esperar, sus manos bajaron a mi trasero. Todos los tipos van directo a mi culo cuando me besan, pero lo de Enzo
fue distinto. no se conformó con palparme por encima de la falda metió la mano debajo de la tela la subió sin pedir permiso y el aire frío del pasillo me rozó las piernas desnudas qué haces le dije entre dientes con la boca todavía húmeda por su beso shh me susurró pegando su frente a la mía Memoría de ganas de tocarte este orto, tía. Su mano apretó una de mis nalgas con fuerza, hundiendo los dedos como si
quisiera memorizar cada milímetro. Sentí su piel áspera en contacto directo con la mía, sin la tela de por medio. Era una caricia tan invasiva y tan brutal que me dejó sin aire. Era solo un beso, murmuré, intentando sonar firme, aunque mi voz sonaba casi como un gemido. Sí, pero esto es mejor, respondió con una sonrisa peligrosa, acariciando mi trasero con movimientos lentos y descarados, como si lo estuviera
saboreando con las manos. Cuando su dedo rozó el borde de mi tanga, el cuerpo me traicionó con un escalofrío que me recorrió entera. El río despacio, como si hubiera ganado algo.— Seguro que lo tenés bien perfumadito, ¿no?— Como todo tu cuerpo— me dijo, bajando la voz a un tono que sonaba sucio.— Me encantaría comértelo a besos.— Seguro siempre lo tenés bien limpito, lista para que te lo chupen.—¡ Qué boludo que sos!— le dije, empujándolo con una mano
en el pecho. Pero no podía evitar mirarlo. Su pantalón marcaba un bulto enorme. La erección era tan evidente que sería imposible que cualquiera que pasara a nuestro lado no lo notara.« Acomódate eso, que se te nota todo», murmuré, mientras yo misma me acomodaba la pollera. Él sonrió, pero me hizo caso, aunque igual, si se lo miraba bien, se notaba. Tuve que contener una risa al imaginar que la gente del local nos detendría antes de irnos, creyendo
que se robaba algo dentro del pantalón. Bueno, listo, ya está. Es todo lo que vas a tener, sentencié, aunque ni yo misma me lo creía. Está bien, tía, pero algún día me vas a dejar seguir, dijo, y esa frase me atravesó como una amenaza dulce. Buscamos un par de cosas más, en silencio, aunque cada paso junto a él era una tensión insoportable. En mi mente, ese beso seguía ardiendo, como si todavía tuviera su boca pegada a la mía. Fuimos a la caja, pagamos y volvimos caminando sin hablar.¿
Trajeron mantecol? Preguntó Fabricio al vernos entrar. Uy, me lo olvidé, dije, forzando una sonrisa. Perdón, Fabri. Perdón, mi mi amor.
