El chico malo abuso de mi novia - podcast episode cover

El chico malo abuso de mi novia

Aug 11, 202512 minSeason 2Ep. 1998
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Transcript

Speaker 2

El granero estaba caliente, el aire espeso con el aroma

a aeno, sudor y sexo. elena una chica de cabello negro corto pero con lindas trenzas y flequillo estaba desnuda bajo la débil luz que se filtraba por las tablas y las rendijas de las ventanas blancas tenía su cuerpo pálido como una chica gótica y curvilíneo en plena exhibición sus pechos grandes y pesados coronados por pezón de color crema y erectos se balanceaban con cada movimiento mientras lucas musculoso y sudoroso la devoraba con la mirada hoy quiero

sentirte en todas partes susurró ella empujándolo hacia atrás sobre el heno. Elena se anima por primera vez a tomar el control. Con un movimiento ágil, se montó sobre él, su sexo ya empapado rozando la punta palpitante de su miembro viril orgulloso. Lucas gruñó cuando ella lo guió dentro de sí, hundiéndose lentamente hasta que sus caderas chocaron contra sus carnosos y redondos muslos. Dios, así, jadeó él, mientras ella comenzaba a moverse, levantando y bajando sus caderas con

un ritmo sensual. Sus pechos rebotaban con cada embestida, los pezones rozándose contra el torso de Lucas, que no pudo resistirse a agarrarlos, apretándolos con fuerza mientras ella gemía.« Más duro, apriétamelos». Suplicó, arqueando la espalda y acelerando el ritmo como una conejita. Lucas podía sentir cómo su interior se ajustaba alrededor de él, como cada vez que bajaba, sus labios lo envolvían con un calor húmedo. Pronto, Lucas la volteó, colocándola en cuatro patas.

Desde atrás, la vista era obscenamente hermosa, sus pálidas nalgas redondas y firmes se abrían cada vez que él se retiraba, revelando su sexo hinchado y brillante, y más atrás, el pequeño anillo rosado de su ano, tensándose con cada empujón.« Mírate, te voy a marcar para mí», dijo él, agarrándola de las caderas y clavándose hasta el fondo. Sus testículos, pesados y llenos, golpeaban su clítoris con cada embestida, haciendo que Helena gritara y se aferrara al heno.« Sí». Así. Tus bolas,

me hacen, J.O., Dios. Gemía, mientras una mano se deslizaba hacia atrás, agarrando sus testículos y masajeándolos con dedos ávidos. Lucas maldijo, sintiendo como la presión aumentaba, como su cuerpo se tensaba.« Voy a venir, dentro», advirtió, con voz ronca. Elena solo asintió, empujando sus nalgas contra él.« Dámelo todo», suplicó. Con un último empujón brutal, Lucas se derramó dentro de ella,

llenándola con gruñidos guturales. Elena gimió, sintiendo el líquido caliente inundándola, corriendo por sus muslos cuando él le sacó la verga.

Pero no terminó ahí. Con una sonrisa lasciva, se giró y se arrodilló entre sus piernas, tomando su miembro a un palpitante en sus manos y llevándolo a su boca.« Quiero cada gota», murmuró, antes de envolverlo con sus labios, chupando con devoción su pene como si le agradeciera tan buena acogida, mientras sus dedos masajeaban sus testículos, exprimiendo hasta la última gota de su semen. Desde atrás, su sexo goteaba, el semen espeso cayendo sobre el heno, mientras su ano

aún se contraía levemente, como recordando la penetración. Los amantes ignoraban a un espía detrás de la puerta semiabierta. Era Mateo, que oculto entre las sombras, observaba con los puños apretados. Cada gemido, cada movimiento de sus cuerpos, cada muestra de devoción de Helena hacia Lucas, alimentaba el fuego en su pecho.« Disfruta mientras puedas», murmuró, alejándose con paso firme. Mateo estaba enamorado de Helena pues las chicas del pueblo no eran

tan atractivas como ella. Él la espiaba cuando ella se bañaba en el río, masturbándose mientras ella se desnudaba para secar su cuerpo. De hecho una vez intentó besar los labios pintados de negro de la chica, pero ella lo rechazó. El día siguiente Mateo interceptó a Lucas, lo había esperado todo el día afuera pues sabía que iría a acoger con Elena como de costumbre. El celoso le proporcionó una paliza junto a dos de sus amigos cuando Lucas caminaba

con un sendero alejado de las casas. Lucas no pudo hacer nada más que resistir los golpes y quedarse inmóvil sin poder hacer nada pues más allá de todo él no era un chico problemático y realmente no entendía por qué Mateo y sus amigos lo golpeaban con tanta hazaña. Maldito pedazo de basura, decía Mateo, defiéndete como el hombre que eres. Los chicos lo patearon en el suelo y lo dejaron ahí tirado como un saco de carne. Más tarde el pobre chico fue cojeando a la casa de

su amada. Su rostro estaba hinchado, el labio partido, y cada respiración le quemaba las costillas. Golpeó la puerta con los nudillos ensangrentados, y cuando Elena abrió, sus ojos se llenaron de lágrimas al verlo. Lucas,¿ qué te hicieron? Gritó, abrazándolo con fuerza, sin importarle la sangre que manchaba su vestido. Él toció, escupiendo un hilillo rojo antes de hablar. Fue Mateo. Él y sus perros. Me atraparon en el camino del molino, no entiendo por qué lo hicieron. Sus palabras eran apenas

un susurro, pero el odio en ellas era palpable. Ella lo ayudó a entrar, limpió sus heridas con manos temblorosas y, cuando él por fin se durmió exhausto, sus ojos maquillados de negro se endurecieron como acero. Esto no va a quedar así. Rápido Elena llamó a sus amigas, dos chicas curtidas de domesticar animales y con apariencia gótica como ella. Las tres chicas marcharon hacia el camino del molino donde Mateo y sus amigos solían esconderse dentro de aquel molino abandonado.

Sabían que estarían ahí, celebrando su victoria con botellas robadas de licor barato. Al entrar, el olor a alcohol y sudor las golpeó. Mateo estaba recostado contra una pila de heno, riéndose con sus compinches.« Buenas noches, cerdos», dijo Elena, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Los tres hombres se giraron, sorprendidos. Mateo soltó una carcajada.«¿ Vinieron a pedir más?». porque a tu novio le dimos hasta que

se cansó de gritar. Sus amigos rieron, pero la risa se les congeló cuando vieron el brillo metálico en las manos de una de las chicas. Todo pasó rápido. Las chicas, más ágiles y decididas, los emboscaron. Una de ellas le lanzó un tarro de cerveza a la cara a uno de los amigos, cegándolo. Otra le clavó un cuchillo en el muslo al segundo, dejándolo tirado en el suelo. Mateo como el perro en celo que era, decidió atacar a Elena forcejeando con ella mientras las otras chicas le daban

palizas a sus compinches. Mateo la tenía agarrada contra la pared del granero, pues el pelirrojo de pecas era corpulento, sus dedos se hundieron en la piel pálida de Elena como garras. El aliento a alcohol y sudor le golpeó la cara mientras él forcejeaba para subirle la falda de cuadros rojos. Siempre fuiste una perra que se cree demasiado buena para mí, bufó, frotándose contra ella con una sonrisa torcida mientras rompía las pantymedias de la chica. Pero hoy

aprenderás tu lugar. Ella escupió en su cara. Tu lugar está en el infierno, cerdo. Él gruñó y le dio un golpe seco en el estómago, haciéndola doblarse. Sus amigos, golpeados en el suelo, ahora intercambiaban miradas nerviosas. Mateo, esto ya es demasiado, murmuró uno pues no se consideraba un violador. Cállense y disfruten el espectáculo. Rugió mientras desgarraba la tela de su ropa interior y se sacaba la verga intentando meterla en el ano de la chica que forcejeaba sin

perder la compostura. Pero no contaba con que sus amigas reaccionarían tan rápido pues solo se estaban incorporando otra vez a la pelea. Las chicas cayeron sobre él como felinas. Una le clavó las uñas negras en el cuello, otra le dio un arrodillazo en la ingle. Mateo se desplomó, tosiendo bilis, mientras ellas lo arrastraban al centro del granero con mucho esfuerzo.« Parense, idiotas, ayúdenme». Pidió a sus amigos,

pero éstos ya corrían hacia la puerta. Las féminas lo inmovilizaron, una le sentó en el pecho con unas mallas que hacían ver sus piernas como una diosa, otra le estiró los brazos contra el suelo poniendo sus tetas a la altura de su cara. Entonces Helena se levantó y acercándose como una leona en la hierba se arrodilló entre sus piernas, mirando con desprecio su entrepierna expuesta.— Miren esto— dijo en voz baja. Un cerdo rebelde y su pequeña verga asustada.

Su miembro, antes semi-erguido por la excitación violenta, ahora se intentaba esconder en la mata de pelo rojizo, palpitando de miedo. Circuncidado, pequeño, con venas que latían bajo la piel tensa. Una de sus amigas lo agarró con dos dedos, tirando hacia arriba con una risa burlona.¿ Esto es lo que querías meter a la fuerza? Preguntó, retorciéndolo cruelmente como si lo fuera

a arrancar. Mateo gritó. Elena, mientras tanto, tomó sus testículos en una mano, estirándolos lentamente mientras que con la otra mano buscaba unas tijeras de metal cercanas a ella con paciencia, como estaba acostumbrada a hacer con los cerdos de su granja. Abuelita me decía que los cerdos machos solo sirven para dos cosas, murmuró Elena, acariciando la base de su escroto con la punta de las tijeras. Gritar cuando les arrancas las pelotas y calladitos después, cuando ya no les queda orgullo.

Mateo forcejeó, los ojos desorbitados. No, no lo hagas, te juro que... Las amigas contuvieron el aliento. Una de ellas, la más impaciente, se mordió el labio pintado de negro hasta casi hacerse sangre, mientras sus dedos se hundían en sus propios muslos. Otra no pudo evitar frotarse entre las piernas, hipnotizada por la escena. Elena sonrió, disfrutando del poder que emanaba de cada temblor de Mateo. Así, bien estiraditos, como

a los lechones malcriados, susurró, ajustando el ángulo de las tijeras. Chao, Vivilidad. El sonido fue húmedo, crujiente. Schillig, Mateo aulló, un grito desgarrador que retumbó en la habitación. La sangre brotó en gruesos hilos, salpicando el suelo y las piernas de Elena. Ella no apartó la mirada, fascinada por cómo su cuerpo se convulsionaba en agonía. Las amigas reaccionaron en un coro de gemidos y suspiros. Dios, Elena, eso fue, increíble, jadeó una,

las mejillas arreboladas. Otra aplaudió, riendo entre dientes, mientras sus caderas se movían sin querer contra el pecho de Mateo. Elena arrojó los restos al suelo con desprecio, aplastándolos bajo el tacón de sus botas con un crujido satisfecho. Luego, se inclinó sobre Mateo, ahora sumiso y quejumbroso, y con un dedo manchado de rojo le levantó el mentón.«¿ Ves?

Mira lo dócil que te volviste, mi pobre cerdito, sin huevos, sin orgullo, tan obediente», murmuró, arrastrando los labios junto a su oreja.« Ahora iré a acoger con un hombre de verdad».« Eunuco». Lucas gritó de placer, sus manos agarrando sus caderas con fuerza. Sí, siente lo que es un hombre de verdad. Elena gimió, recordando el momento en que las tijeras habían cercenado la virilidad de Mateo. Pero esto, esto era distinto. Lucas no era un cerdo bravucón, era un toro, un semental, y

ella quería su leche más que nada. Ah, hazme tuya, jadeó, acelerando el ritmo, sintiendo como sus testículos se tensaban bajo sus dedos. Lléname, lléname de ti, demuéstrate como el macho que eres. El contraste la excitaba hasta el éxtasis, Mateo, castrado y roto, frente a Lucas, viril y potente. Un grito escapó de sus labios cuando llegó al clímax, imaginando por un instante la sangre de aquel cerdo, pero sabiendo que lo que llevaba dentro ahora era vida, puro poder masculino.

Lucas la embistió con fuerza, marcándola como su propiedad. Eres mía. Elena sonrió, satisfecha cayendo sobre la cama desnuda con una sonrisa pícara y hoyuelos, y abajo, su vagina goteaba semen caliente y espeso en dirección a sus nalgas.

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