Un hospital a medianoche es como un aeropuerto diseñado por un arquitecto psicópata. Pasillos estrechos demasiado iluminados, sillas de plástico duro que parecen colocadas a mala idea para castigar la espalda, un ambiente malsano y desquiciado de gente que no quiere estar allí y un silencio interrumpido solo por toses, quejas
y el zumbido intermitente de fluorescentes moribundos. Víctor, todo él una camisa arrugada y ojos negros de mirada cansada, se preguntaba si de verdad era necesario venir por un dolor en el costado que parecía más bien producto de una mala postura frente al ordenador. Pero ya estaba allí, rodeado de ancianos al borde la muerte o del aburrimiento, un niño con la nariz sangrando y una mujer que parecía ensayar su propio funeral en un melodrama a cámara lenta.
Cuando finalmente lo llamaron, entró en el consultorio de la doctora Jodrá. y entonces apareció ella. La médica no era lo que uno esperaría de un póster de una campaña institucional de salud y bienestar. Su bata blanca tenía manchas de café, o al menos Víctor esperaba que fuera café y no diarrea explosiva, los bolsillos abultados de jeringas y boquillas. El cabello oscuro lo llevaba recogido de mala gana, con
mechones sueltos que caían sobre su frente. Tenía unas gafas pequeñas que se deslizaban constantemente por el puente de la nariz, demasiado larga y recta, ocultando unos ojitos vivarachos de color azul oscuro. Bajo la luz cruel del hospital, había algo brutalmente atractivo en ella, la firmeza de sus hombros, la curva de sus caderas que la tela amplia no lograba ocultar, las manos largas que se movían con autoridad. La piel cubierta de pecas brillaba ligeramente húmeda por el cansancio y
los labios apretados parecían guardar un arsenal de ironías. Una mujer real, con treinta y tantos, quizás cuarenta, y la clase de magnetismo que no tiene nada que ver con la perfección, sino con la contundencia de existir. Ella lo miró de arriba abajo con desdén.—¿ Y usted qué trae, caballero?— preguntó, como si le molestara un poco tener que articular palabras. Él sonrió, incómodo, pensando que era posible que su dolor fuese demasiado insignificante como para malgastar el valioso tiempo de
la doctora. Un dolor aquí, se señaló el costado. No es gran cosa, pero me está volviendo loco. La doctora levantó las cejas, suspiró y anotó algo en el historial con un bolígrafo mordido. Fantástico. Pasada la medianoche. Sala de urgencias llena de gente que literalmente se muere, y me llega usted con un dolorcito de costado, levantó la vista.¿ Sabes lo que pienso
Que soy un exagerado?
Sí, y un masoquista le clavó la mirada, tras ajustarse las gafas.¿ Qué clase de persona se expone voluntariamente a este lugar a medianoche por una molestia muscular? El río nervioso. Supongo que la clase de persona que no tiene mucha vida social. Ella se inclinó hacia él con una media sonrisa afilada. O la clase de persona que quiere llamar la atención. El comentario lo desconcertó un segundo. Había algo en el tono, seco, casi burlón, pero con una chispa latente, soterrada.
Víctor decidió devolver la pelota. Bueno, si fuera por llamar la atención, habría venido con un cuchillo clavado en el pecho. Ella se enderezó, lo midió de nuevo con la mirada y dejó escapar una risa breve, inesperada, que rompió la armadura del cansancio. Eso sí que habría sido un caso digno de mi tiempo. Silencio. Él notó como la bata se había abierto levemente cuando ella se cruzó de brazos,
revelando un escote sutil, nada ostentoso pero poderoso por lo inesperado. Ella, consciente o no, no hizo nada por ajustarla.« Vamos, súbase a la camilla, por favor», ordenó al fin, con voz firme. Él obedeció, sintiéndose de repente como un escolar frente a una profesora demasiado atractiva. Se tumbó en la camilla fría, observando el techo lleno de manchas como órganos imaginarios en
un diagrama. Ella se acercó, colocándose los guantes de látex con un chasquido preciso y empezó a palparle el costado. Sus manos eran frías al principio, pero la presión firme transmitía algo más, autoridad, dureza, un poder extraño.
Le duele aquí?— preguntó, presionando.— Sí, un poco. Un poco no es una respuesta. Apretó más fuerte.¿ Sí o no? Él contiene un gemido. Sí, joder, sí. Ella suelta una carcajada. Bien. Al menos no está usted muerto.
Él giró la cabeza hacia ella, observándola de cerca por primera vez, la piel clara cubierta de pecas también en el cuello, el brillo del sudor en la frente, la mirada azul que mezclaba cansancio y agudeza tras sus gafas. Y sintió, contra toda lógica, que el dolor en el costado empezaba a importarle mucho menos que la posibilidad de seguir viéndola moverse a su alrededor. La doctora siguió palpando con insistencia, como si quisiera arrancarle una confesión bajo tortura.
Él apretaba los dientes, aunque lo que más le inquietaba no es el dolor sino la proximidad de esa mujer que lo miraba como si lo estuviera evaluando para un concurso del que no conocía las reglas. De pronto, la puerta se abrió sin llamar. Asomó la cabeza un celador bajito, calvo, con bigote recortado al milímetro y voz de ultratumba.— Doctora,¿ le traigo el desfibrilador para el dolor de costado del caballero?
Ella ni se inmutó. Tráeme uno nuevo, el viejo se estropeó
reanimando a aquel gato callejero. El enfermero asintió con solemnidad y se fue, como si la frase tuviera sentido. Él parpadeó, incrédulo.¿ Acaba de decir que usó un
desfibrilador con un gato? Ella se encogió de hombros. Era un gato muy especial. O quizá un niño muy peludo, no estoy segura. Él se echó a reír, nervioso. Y yo pensaba que mi dolor era raro. Ella volvió a mirarlo, seca.
Créame, es usted lo más normal que ha entrado hoy aquí. Hace un rato atendí a un tipo que juraba tener el alma atascada en las tripas. Él se incorpora un poco en la camilla
Y qué le recetó? Ella se ajustó las gafas
otra vez, seria como una jueza
del Tribunal Supremo.
Un laxante. En realidad era un fecaloma intestinal. Él soltó una carcajada que rebotó en las paredes. Ella apenas sonrió, pero en esa mueca mínima había un fulgor de complicidad. De nuevo, la puerta. Esta vez entró una mujer mayor en bata de hospital, arrastrando un gotero con ruedas. Se asomó como si hubiera equivocado el escenario.— Perdón, doctora,¿ sabe
si ya empezó la misa de medianoche? La doctora lanzó un suspiro, quitándose las gafas y pellizcándose el puente de la nariz, masajeándolo con dos dedos, antes de responder.— En la capilla, señora, al final del pasillo justo al lado de rayos X. Si nota que la sagrada forma brilla en la oscuridad, no comulgue. La anciana asintió con total naturalidad y se retiró, arrastrando el gotero como un perro dócil. Con una patita
herida. Víctor observó la escena boquiabierto.¿ Esto es normal aquí? Ella se acomodó los guantes.
Normal no existe después de las once de la noche en un hospital. También atendemos urgencias psiquiátricas, ¿sabe? Lo dijo con una mezcla de cansancio y autoridad que le fascinaba. Había algo en esa mujer que convertía lo grotesco en rutina y la rutina en algo eróticamente peligroso. Ella le dio un golpecito seco en el hombro, sacándole de su ensueñación. Vamos, túmese boca arriba. Él obedeció, aunque no perdió la oportunidad de soltar un comentario.¿ Siempre trata a sus pacientes con
tanto cariño? Ella esbozó una sonrisa casi pícara mientras le pasaba la mano fría por el vientre, palpando.¿ Qué va? Con los simpáticos uso el palo depresor de lengua mucho antes. El río, aunque sintió que se le aceleraba el pulso por razones que no tenían nada que ver con el dolor. Ella pareció darse cuenta, ya que lo miró de reojo, con una media sonrisa torcida, y anotó algo en la ficha
Qué ha puesto ahí? Preguntó él. Paciente en
estado dudoso, idiota o seductor de medianoche. Levantó la vista. Aún no he decidido cuál. Silencio. Él la observó mientras ella se aleja un paso, apoyándose en la mesa llena de instrumentos médicos que parecen armas de ciencia ficción. La bata se abrió un poco más, revelando la curva de su cintura. El aire del consultorio se espesó como una crema tibia. Víctor sonrió, intentando romper la tensión.« Lo bueno de todo esto es que, si me muero, estoy en
el lugar correcto». Ella dejó el bolígrafo, lo miró fijamente y replicó con voz baja y cortante.« Lo malo es que, si me aburres, también». El zumbido del fluorescente parpadeó una vez más, como un aplauso incómodo. La doctora Jodra le pidió que respirase hondo mientras la auscultaba con el estetoscopio. Él obedeció a pesar de que el contacto frío del
metal en su piel lo hizo estremecer. Ella levantó una ceja.« Eso ha sido un escalofrío o un intento barato de impresionarme»,« Digamos que un efecto secundario de su encanto clínico», respondió él, sin poder evitar la sonrisa. Ella negó con la cabeza
y se inclinó más, presionándole el pecho con firmeza. El escote de su bata se abrió unos centímetros y él, pese a sus intentos de disimular, no pudo dejar de mirar.« Le advierto», dijo ella sin levantar la vista,« que los pacientes que babean en mi consulta tienen altas probabilidades de salir con una férula». El carraspeó, atrapado.
Lo siento, no es baba. Es fascinación anatómica.
Pura curiosidad
científica. Clínica.
Ella, ahora sí, le clavó
los ojos por encima de las gafas. Claro.¿ Quiere que anote eso en su historial? Antes
de que Víctor pudiera responder, la puerta se abrió de golpe. Entró de nuevo el celador del bigote, esta vez arrastrando un carrito de medicamentos que chirriaba como un cachorro atropellado.« Doctora, aquí está el desfibrilador nuevo. Se lo he tenido que quitar al de mantenimiento, estaba calentando café». Ella ni se giró.«
Perfecto
dile que se lo devuelvo cuanto antes. Nada peor que el café frío para el colon irritable». El hombre asintió y se fue, murmurando una cancioncilla. Víctor le miró con incredulidad.¿ Esto es un hospital o un circo de medianoche
Ella compuso una mueca de cansancio. Ojalá fuera un circo. Aquí cobramos menos.
El ambiente se tensó cuando ella volvió a palparle el vientre. Su mano recorrió lentamente desde las costillas y la boca del estómago hasta la parte baja de la cintura, presionando con autoridad. El roce era clínico, sí, pero demasiado prolongado como para ser neutro. Él
lo percibió. Ella también.—¿ Aquí le duele?— preguntó, apretando justo en el borde del abdomen. Él apretó los labios. Un poco. Pero creo que ya empiezo a disfrutarlo. Ella retiró la mano de golpe,
fingió anotar algo y murmura.
Diagnóstico confirmado, idiota.
Él se incorporó, todavía con la sonrisa
torcida
Y si le digo que el dolor desapareció en cuanto me tocó, doctora? Ella le observó unos segundos, como calibrando si valía la pena perder la compostura. Finalmente, respondió. Entonces me has hecho perder el tiempo. Se acercó hasta quedar a pocos centímetros de su rostro. El olor al jabón desinfectante se mezclaba con el calor y el aroma de su piel.
Como compensación, acepto silencio. Y disciplina. Él no pestañeó. Lo siento, pero no manejo ninguna de las dos.
La atención se podría cortar con un bisturí. Ella le miró con algo de rabia contenida, pero sus labios se curvaban en una sonrisa peligrosamente ambigua. Dio un paso atrás, se quitó los guantes con un chasquido y los lanzó al cesto de desechos. Muy bien,
caballero. Haremos un examen más exhaustivo. El traga saliva.¿ Eso significa lo que creo?
Significa que, si te mueves otra vez sin permiso, te inmovilizo con esparadrapo. La doctora se quitó las gafas y las dejó sobre la mesa. Ese gesto, tan mínimo, lo cambió todo. Era como si hubiera dejado a un lado la máscara profesional. Sus ojos, cansados y brillantes, le atravesaban con una mezcla de rabia y hambre.« No digas nada», ordenó, con voz baja, y Víctor lo acató sin rechistar. La doctora se inclinó y le besó de golpe, seca al principio,
como quien reclama propiedad. Sus labios eran firmes y sabían a café de máquina, guardando el calor acumulado de horas sin descanso. Él respondió con torpeza ansiosa, sintiendo que la bata blanca le rozaba el pecho desnudo como un telón de fondo demasiado oficial para la intensidad de ese contacto.
En segundos, la frialdad clínica se derrumbó. Ella le empujó contra la camilla, que chirrió como un perro al que le pisan el rabo, y Víctor sintió como el cuero sintético frío en la espalda contrastaba con la presión ardiente del cuerpo de ella encima, y se rió entre dientes y labios y lenguas. No sé si esto lo cubre mi seguro médico. No, replicó ella sin dejar de besarle al tiempo que le abría la bragueta con manos expertas sin el menor titubeo. pero lo vas a agradecer igual.
El roce de su mano le hizo gemir, porque no había dulzura, sino firmeza. Agarró su verga todavía a media hasta y comenzó a masturbarle con una eficacia que parece quirúrgica, alternando presión y ritmo, observándole como si evaluara cada reacción para archivarla en un expediente secreto. Él, en respuesta, se atrevió a explorar bajo la bata. Descubrió muslos fuertes, la fina tela del uniforme verde pegada a la piel húmeda
y febril. Ella no lo detuvo, al contrario, separó un poco las piernas, con un gruñido que sonaba más a advertencia que a invitación.« Más suave», dijo él, jadeando, notando su miembro hinchándose hasta amenazar con reventar bajo sus caricias enérgicas. Ella se rió con
crueldad deliciosa.« Mira quién da órdenes».
Pero lo dejó avanzar entre sus muslos y moderó el ritmo. Los dedos de Víctor hallaron una humedad viscosa en su sexo, la tela empapada de su ropa interior conteniendo apenas su calentura. Ella suspiró y ese sonido breve, arrancado casi a la fuerza, lo excitó más que cualquier palabra. Se besaron con frenesí, con saliva compartida, con dientes que chocan y labios que enredan. Víctor no tardó en tratar de bajarle la ropa interior, y ella se lo permitió no sin antes clavarle las
uñas en el pecho. El sexo empezó sin ceremonias. La doctora se subió a la camilla, montándole ahorcajadas con decisión, hundiéndose sobre él con un gemido ronco y un chasquido empapado en su coño, abierto de forma súbita. La veterana camilla protestó, crujiendo como un viejo barco y amenazando con desarmarse. Él la agarró de las nalgas desnudas, carnosas, suaves, ardientes, notando la carne real, firme y dócil a la vez, mientras ella cabalgaba con un ritmo brutal sobre su verga.
Cada embestida resonaba en las paredes de pladur de la consulta como un eco obsceno. Ella jadeaba, maldiciendo en voz baja, mordiéndole el cuello. Víctor gemía, se reía, la provocaba.« Doctora, creo que necesito una segunda opinión». Ella le tapó la boca con la mano, sudorosa, temblando, los pezones pequeños y rosados, duros como clavos, rozando su pecho.« Cállate». Él obedeció, perdido
en el vaivén de su cuerpo. La penetración era intensa, ruidosa, cruda, reñada de jadeos torpes, respiraciones entrecortadas y la sensación del cojín de espuma en la espalda y el calor sofocante en la pelvis. Ella cambió de ritmo, inclinándose ahora hacia adelante, su pelo suelto cayéndole sobre la cara de Víctor. Se besaron, chupándose los labios, el cuello, hasta que ella le apartó
con un empujón y le obligó a incorporarse. Ella se giró y se sentó de nuevo sobre su verga, esta vez de espaldas, apoyada contra la mesa de instrumental y las manos en sus muslos, en sus rodillas. El choque de sus caderas resonaba entre las bandejas de acero del instrumental, que tintineaban como campanas malditas. Ella gemía con rabia. Él la penetró más fuerte, sintiendo como se abrís y se contraía en torno a él, como sus piernas temblaba pero
no cedía. Entonces, como si el universo conspirara para ridiculizar el momento, el altavoz del hospital escupió un mensaje metálico. Código azul en planta baja. Se solicita celador para recogida de restos humanos. Ella se quedó un momento sentada sobre él, respirando agitada, con la bata abierta y los muslos tensos. El sudor le recorría la clavícula y se mezclaba con
el olor clínico del consultorio. Sus pechos se movían en cada jadeo, no perfectos, sino reales, firmes, con pezones rosados y duros que él atrapa con los dedos y retorció apretando, pellizcando, como si necesitara comprobar que todo aquello era de carne y no de fiebre.
Ella se arqueó, gimiendo.« No te confundas», le dijo entre dientes.« Esto no es romanticismo». Él sonrió contra la piel de su cuello. Menos mal. Soy alérgico a los corazones de peluche.
Lo pone en mi historial. Ella se dejó caer hacia atrás, apoyando las espaldas en su pecho, y lo cabalgó con un vaivén más lento, más calculado. Sus nalgas golpeaban contra sus muslos en un ritmo hipnótico. Él sintió la presión aterciopelada, gomosa y caliente que lo envolvía, la contracción rítmica que parecía controlarlo todo, el latido profundo de su coño. La observó moverse, con mechones de pelo pegados a la frente,
con la bata medio caída. Cuando ella se inclina hacia adelante para descansar, él aprovecha para rodearla por la cintura, descabalgarla y darle la vuelta, tumbándola bajo su cuerpo. La camilla huyó como si estuviera a punto de desvencijarse, pero logró quedar arriba. Ella le miraba, desafiante.
Vas a tomar el mando, idiota? por prescripción médica. La
penetró de nuevo, hondo, haciendo que ella se quejase más fuerte. Ahora era Víctor quien marcaba el ritmo. Lento al principio, disfrutando de cómo su sexo se abría más y le apretaba con una caricia brusca, luego más rápido, golpeando con cada embestida. La besaba, la mordía en el cuello, le acariciaba la melena ya desmadejada. Ella gemía, mordía de vuelta, arañaba, dejando marcas rojas paralelas en su espalda. El sudor de ambos se mezclaba y empapaba la camilla, que amenaza con
colapsar definitivamente bajo sus movimientos. El ambiente se cargó como una niebla invisible pero opresiva, el zumbido eléctrico del fluorescente, el olor a látex, el sabor metálico de la sangre cuando ella le mordió el labio, el sudor, el flujo, la carne. pero la doctora no era de las que se dejaban dominar mucho tiempo. Con un giro brusco, le empujó y le hizo bajar de la camilla. Él quedó de pie, tambaleándose, y ella, aún excitada, le arrastró hacia
el escritorio. Se quitó la bata, apoyó las manos sobre la superficie bien pulida y se inclinó, abriendo bien las piernas y ofreciéndose de espaldas.« Dame más, joder». Él no se demoró. Colocó su verga entre esos labios goteantes, entre el bello crespo cubierto de jugo blancuzco y la empaló desde atrás, sujetándola por las caderas. El contraste del calor de su cuerpo con la madera fría de la mesa
la hizo soltar un gemido profundo. Sus nalgas firmes, llenas, turgentes, golpeaban contra él y la visión de su espalda arqueada, del sudor bajando por la columna, le enloquecían. Víctor acarició sus costados cubiertos de gotas de sudor y bajó despacio, hasta separar sus nalgas con suavidad, como si estuviera abriendo
un libro secreto. Se regodeó con la visión de su verga entrando y saliendo de su coño, brillante y durísima, y más arriba su ano, tenso, húmedo por el calor del encuentro, estriado y retorcido de color oscuro, y aflojó el ritmo, dudando si ir más allá.—¿ Qué pasa?¿ Se te ha acabado la energía? Le susurró ella entre jadeos y empujó hacia atrás con las caderas contra él, obligándole a olvidarse del dilema en un torbellino de carne. Él gimió, hundiéndose en ella con más fuerza, hasta que sintió que
sus rodillas temblaban. La sujetó del pelo revuelto y la obligó a levantar la cabeza, mientras el orgasmo la sacudía con violencia, provocando que arquease la espalda y arañase el escritorio buscando asideros, dejando escapar un grito que trató de ahogar contra la mesa. Él la siguió poco después, agarrándola con fuerza de las nalgas mientras se dejaba ir dentro de ella, exhausto, sudado, la voz ronca todavía latiendo en su garganta. El hospital seguía envuelto en la penumbra de
la madrugada, luces frías reflejándose en los pasillos vacíos. Los zumbidos de las máquinas, los pitidos intermitentes y el eco de pasos le daban al lugar un aire irreal, como si caminara dentro de un sueño deformado. El cuerpo de Víctor todavía ardía en memoria de cada roce, cada golpe de calor, cada movimiento de la doctora, la piel sensible en los muslos, la humedad residual, la tensión que se le quedaba grabada en el abdomen. Al pasar por la
sala de espera, se detuvo un instante. Un anciano con bata arrugada estaba sentado sobre un carrito de limpieza, balanceándose como si fuera un trineo y murmurando una especie de himno sobre el café y la muerte. Su acompañante, una mujer de edad incierta con mascarilla quirúrgica, aplaudía al ritmo como si fueran actores en un absurdo teatro de hospital. Él les miró y contuvo la risa.« Debo de estar soñando», susurró.
Más adelante, en el pasillo de traumatología, vio a un camillero empujando una camilla vacía, pero con un maniquí vestido de enfermero encima, sujetando una caja de material quirúrgico. El fluorescente parpadeaba, y cada destello hacía que el maniquí pareciera girar la cabeza hacia él, juzgándole. Él tragó saliva y siguió caminando, todavía con la camisa arrugada, el pelo despeinado
y un recuerdo vivo de la doctora Jodrá. Un camillero real, que no era maniquí ni anciano balancín, pasó empujando otra camilla con un paciente dormido. Le miró de reojo y preguntó, con total
naturalidad.— Perdone,¿ se encuentra bien? Él se encogió de hombros.— Sí.
Algunas cositas del corazón, pero nada serio, mintió, aunque el corazón que latía aún con fuerza no tenía nada que ver con la medicina. cardiología no está en esta planta, caballero comentó el enfermero, para desaparecer poco después por el pasillo.
