Ella llegó del turno anterior, todavía con el uniforme azul, el pelo recogido en una cola alta que le dejaba el cuello al aire. Me dio un beso rápido en la comisura de la boca y dijo con voz cansada. Me avisaron que me quedo a doble turno, amor, me quedo a dormir en el hospital, no quiero manejar de madrugada, manejar sola. Le contesté está bien, mi reina, descansa, le acaricié la mejilla y la vi cerrar la puerta. Apenas escuché el elevador ya tenía la verga tiesa como palo,
latiendo sola dentro del bóxer. Me quedé parado en el pasillo respirando hondo, sabiendo exactamente lo que iba a pasar. A las dos y doce de la mañana el puntito rojo se quedó clavado en el motel de Avenida Grecia, cuarto 112. El mismo pinche cuarto de siempre, paredes sucias, espejo empañado, neón rojo que parpadea. Me cambié en cinco segundos, sudadera negra, gorra, tenis sin calcetines. Bajé las escaleras corriendo, subí al carro
y manejé como poseído. Iba tan acelerado que en cada alto me apretaba la verga por encima del pants para que no me dolía de lo dura que la traía. Ya me sabía el camino de memoria, cada bache, cada semáforo. Llegué en 19 minutos exactos. El carro del jefe estaba estacionado de reversa. justo frente a la puerta 112. Apagué las luces, estacioné a dos cuadras y caminé pegado a la sombra. El olor a sexo me pegó antes de llegar a la ventana. Sudor rancio, panocha mojada, semen viejo y colonia
barata del cabrón. La cortina estaba corrida a apenas seis centímetros, pero era más que suficiente. La luz roja bañaba todo como si fuera un pinche matadero. Ella estaba completamente encuerada, de rodillas en la cama, culo en pompa, piernas abiertas hasta casi partirse, temblando como perra en celo. El jefe estaba atrás, desnudo, el cuerpo peludo y sudoroso, la panza apenas marcada, la verga parada como poste, gruesa, venosa, cabezona,
brillando de los jugos de ella. La tenía agarrada del pelo con una mano como si fuera rienda de yegua y con la otra le daban algadas tan fuertes que el sonido retumbo llegaba hasta afuera. Cada nalgada dejaba la piel morada al instante y ella empujaba el culo pa' atrás pidiendo más, gimiendo sin control. Se la estaba metiendo cruda, sin condón, hasta el fondo. Cada embestida era un viaje completo. Se oía el puap puap puap puap de los huevos
chocando contra el clítoris hinchado y rojo. La panoche estaba destrozada, roja viva, hinchada, abierta como boca hambrienta, chorreando un hilo blanco espeso que le bajaba por los muslos y goteaba en la sábana. Cada vez que el cabrón se salía un poco se veía el agujero palpitando, succionando, pidiendo que regresara. La jaló del pelo más fuerte, la arqueó hasta casi romperle la espalda y le metió cuatro dedos gordos hasta
la garganta. Ella los chupaba como si fueran verga, babeando, con lágrimas corriéndole por las mejillas, la garganta haciendo ruiditos húmedos. Escuché perfecto lo que le gruñó al oído.— Mira cómo te tragas la verga, Pinche puta, tu marido está roncando como pendejo mientras yo te reviento la matriz.¿ Te gusta que te coja así de crudo, verdad? Dime que te gusta. Ella apenas pudo balbucear un sí. Papi, rómpeme con la boca llena de dedos y va bachorreándole por la barbilla.
El cabrón soltó una carcajada y le dio otra nalgada que la hizo gritar. Hoy sí te voy a premiar, cabrona. Te voy a llenar hasta que se te salga por las orejas. Vas a volver a tu casa con mi leche nadándole pa' dentro y ese cornudo te va a besar sin saber que ya lleva a mi hijo en la panza.¿ Quieres o no? Ella se vino en ese momento. Se le doblaron las rodillas, empezó a temblar como epiléptica.
La panocha se apretó alrededor de la verga y le salió un chorro caliente, transparente, que salpicó la sábana, el colchón, hasta el piso. El jefe se rió más fuerte, le clavó los dedos en las caderas dejando moretones y empezó a bombear como máquina. Rápido, profundo, salvaje, cada viaje hacía que las tetas le rebotaran como locas.
Pídemelo, perra, pídeme que te preñe. Entre jadeos y sollozos ella gritó. Preñame, papi. Lléname la panza. Quiero tu hijo dentro de mí.
Métemela toda. El cabrón dio seis vergazos más brutales, se quedó clavado hasta los huevos y empezó a descargarse. Se veía perfecto como le palpitaba la verga adentro, chorro tras chorro tras chorro, llenándola hasta el útero. Se quedó ahí casi veinte segundos, empujando suave, asegurándose de que no se le escapara ni una gota. Cuando por fin se salió, un río espeso de leche blanca salió disparado, le chorreó por la panocha, por el clítoris, por los muslos, rodillas…
hasta formar un charco grande en la sábana. Ella se desplomó boca abajo, temblando, con la panocha abierta, roja, palpitando, chorreando semen como si la hubieran usado de depósito. El jefe se limpió la verga en el pelo de ella, le dio una última nalgada que sonó como latigazo y le dijo.— No te laves nada,¿ me oíste? Quiero que mañana tu cornudo te huela a mí cuando te dé tu besito de buenas noches. y si te sale positivo, ya sabes de quién es. Ella solo asintió, todavía perdida,
con la cara pegada a la sábana empapada. Yo afuera, pegado a la pared como un pinche enfermo, con la verga tan dura que pensé que me iba a reventar los pantalones. Los huevos me dolían de pura necesidad, casi me vengo sin tocarme. Me temblaba todo el cuerpo, sudaba frío, el corazón me retumbaba tan fuerte que pensé que me iban a oír. Me quedé hasta que apagaron la luz, hasta que escuché la ducha rápida de ella y el
nos vemos mañana, mi puta del turno nocturno. Manejé de regreso con la cabeza en llamas, me vine dos veces en el carro solo con la mano encima del pantalón, manchando todo. Llegué a casa, me metí a la cama todavía temblando y me vine otras cuatro veces más, una tras otra, imaginando la leche del jefe nadando dentro de ella, buscando óvulo, ganándome la carrera, reñándola de verdad. Al mediodía abrió la puerta. Venía oliendo a jabón barato, a sudor
y a semen todavía. Me sonrió con carita de cansada, me dio un beso largo en la boca, esa misma boca que horas antes había estado llena de otra verga y de promesas de embarazo, y me dijo. Amor, qué turno tan pesado, estoy muerta, voy a bañarme. Yo la abracé por atrás, le metí la mano por debajo de la sudadera, le apreté la panza bajito, justo donde todavía nadaba la carga completa del otro, y le susurré ronco
al oído. Ojalá pronto tengamos una sorpresa rica, mi vida, te ves más hermosa que nunca, como
si brillaras. Ella se
rió, sin cachando nada, se fue al baño. Yo me quedé parado en la cocina, con la verga otra vez dura como piedra, sabiendo que dentro de ella todavía chorreaba el semen caliente del jefe, y rezando con toda mi pinche alma retorcida para que esta vez sí la preñara, para que yo criara al hijo de ese cabrón sin que ella jamás se enterara.
