la terminación había sido mucho menos traumática para Verónica que para Alejandro. Para ella, los 15 años de matrimonio habían sido una espiral descendente desde muy el principio. La verdad es que a veces se preguntaba por qué se había casado. Alejandro era un tipo estupendo, atento y muy cariñoso con ella. Quizá eso la confundió. Con 25 años, el cuento del príncipe azul y la boda de cuentos está demasiado incrustada en
el raciocinio social. Sí, esa fue la razón por la que le dio el siquiero al que a día de hoy y para el resto de su vida sería el padre de su único hijo. Sin duda lo mejor de aquella experiencia. Para Alejandro, en cambio, la separación había sido un auténtico calvario. Consideraba a Vero la mujer de su vida. Una tía inteligente, divertida, con un carácter abierto, a veces demasiado pero bueno, se le podía perdonar. y físicamente, desprendía
una sensualidad magnética. Por eso, cuando aquella mañana, después de mucho tiempo de distanciamiento, lento pero constante, ella le dijo que no aguantaba más aquella situación a él el mundo se le vino encima. Sí, era cierto que hacía mucho que su relación no era normal. Apenas hacían cosas juntos, ni tenían relaciones siquiera. Solamente Dani, su hijo en común, era el único punto de unión entre ellos. Ella le dijo que aquello la asfixiaba. Él le contestó que podría
luchar un poco más. Ver argumentó que no había absolutamente nada por lo que luchar. Alejandro no supo qué decir y se hundió. La mujer sintió una liberación indescriptible. El hombre sintió que el mundo se hundía bajo sus pies y caía al vacío. Dani era el principal damnificado y por el que los dos decidieron no reprocharse nada. Ni siquiera pelear por los bienes. Ella se quedó en el apartamento familiar con el pequeño. Él se mudó a un adosado de sus padres, demasiado grande para los tres, según
le había comentado su yesmujer cuando nació el niño. Y que ahora le parecía un castillo destartalado para uno solo. Durante los siguientes seis meses el contacto entre ellos fue diario y casi unidireccional. Alejandro le escribía constantes whatsapps y al menos le llamaba una vez al día. Verónica contestaba, más por cortesía que por placer, aunque la situación empezaba a cansarle. Ella no sentía nada por él, si alguna vez, más allá de aquella confusión, sintió. Pero él aprovechaba cualquier
ocasión como excusa para comunicarse. La trayectoria de Dani en el cole, la subida del último recibo de la luz, la hipoteca, su última cita médica. Cualquier cosa le valía para mantener el contacto con la mujer a la que seguía amando, aunque no le correspondiera. Cuando Vero comenzó a salir con sus amigas a divertirse a Alejandro no le
sentó bien. Incluso le escribió un WhatsApp que inmediatamente borró cuando entendió que no era nadie para pedirle explicaciones a una mujer soltera y sin compromiso, por mucho que un día hubiesen sido pareja. Aquella rectificación telefónica dejó un rastro como mensaje borrado que a Verónica le olió a chamusquina. Fue la única vez que ella le llamó para aclararle que no se repitiera lo de enviarle mensajes al móvil a las dos de la madrugada. Él asumió su error
y pidió perdón. Pero le resultaba muy doloroso pensar que Vero pudiera pasar la noche en la cama de otro hombre que no fuera él. Eso era algo que le quemaba en el estómago. Un dolor estomacal que acaba por descomponerlo. Casi un año después, aunque la comunicación del exmarido se había reducido considerablemente, la pareja seguía manteniendo el contacto necesario por el bien de Dani. De manera que acordaron que ese viernes, el padre recogiese a Dani por la tarde
para pasar con él el fin de semana. Acordaron volver a verse el domingo para concretar el plan. Vera organizó una cena con amigas en su casa para organizar la salida de chicas del sábado noche. Una de esas noches de bailes, copas y diversión. Eran cuatro amigas íntimas. Dos casadas, una soltera y ella separada. Por distintas razones, hacía mucho tiempo que no quedaban todas juntas, por eso ese sábado
quemaría en la ciudad. El sábado a las diez, Verónica salió de su casa embutida en un traje palabra de honor negro ajustado, que delimitaba a la perfección su silueta de metro ochenta. Sin tener un escote espectacular, Victoria's Secret hace milagros con su ropa interior. El fitness había dado un resultado excelente en sus larguísimas y, ahora, torneadas piernas, y sobre todo en sus glúteos que lucían más redondos
y duros que nunca. Su melena suelta y sus sensuales labios pintados de rojo le daban un aspecto espectacular pese a no ser de una belleza rotunda. Vero era más una mujer sensual que resumaba erotismo por cada poro, en cada movimiento, en cada gesto. Después de cenar decidieron acudir a una sala de fiesta muy conocida a bailar y divertirse. Después de varias copas la mujer se movía en la
pista como una auténtica diosa. No le faltaron pretendientes a marcarse unos pasos al son de esas letras actuales tan explícitas y de dudoso gusto. Ella se sentía bien y controlaba en todo momento la situación. Declinó amablemente la propuesta de un par de chicos bastante jóvenes. Y es que a sus 42 años estaba en ese rango de edad en el que atrae a hombres jóvenes y maduros. Cuando decidió tomarse un descanso y pedirse una copa en la barra, su amiga Belén le llamó la atención. Tía, en el
otro extremo de la barra está Mario. Vero giró la cabeza de manera instintiva hacia donde debía encontrar al hombre. Un muy conocido suyo con el que siempre había habido una extraña tensión sexual nunca resuelta. El hombre levantó su copa y dijo algo a una de las chicas de la barra. Esta se acercó a Vero. Aquel hombre dice que pidas lo que quieras que le invita. Vero volvió a mirar a Mario levantando una ceja. Luego pidió una copa de Cadizac con 7-Up y la levantó al aire
en señal al hombre que la invitaba. Mario abandonó la compañía en la que estaba y se acercó a saludar a Vero.¿ Cuánto tiempo, guapa? El hombre inclinó la cabeza para besar la mejilla de ella. Sí, mucho. Contestó ella al tiempo que imitaba el movimiento de él. De manera involuntaria, o no, sus pechos rozaron los brazos de Mario. Luego comenzaron una conversación un tanto trivial antes de salir a bailar. Poco a poco fueron rompiendo el hielo inicial y regando
la compañía con más copas. Las amigas de Vero se fueron marchando y dejando a la pareja sola. El final era inevitable. Mario acompañó a Verónica a su casa. En el portal, ambos se miraron y haciendo buena la frase de Sabina él quería dormir con ella y ella no quería dormir sola. Subieron abrazados y enganchados por los labios. Tras cerrar la puerta Mario arrinconó a Vero contra una esquina y, cogiéndole la cara con las manos, la besó apasionadamente al tiempo que ella descendía con sus manos por
la amplia espalda de él. Desnudándose llegaron al dormitorio. El hombre se tumbó en la cama mostrando un considerable bulto bajo el boxer Calvin Kwan negro. Ella desabrochó el sujetador dejando al descubierto el secreto de Victoria. Sus tetas algo caídas lucían con una aureola grande de color anaranjado claro. El tanga, de encajes negros, dejaba entrever un coño totalmente rasurado perfectamente guardado entre las piernas. Sus labios, finos, no sobresalían.
Verónica se colocó de rodillas entre las piernas de Mario y liberó una polla erecta, brillante y surcadas de venas. La agarró con la mano derecha y tiró hacia debajo de la piel liberando un glande de dimensiones superior al tronco. Con media sonrisa la mujer acercó su boca a la polla y comenzó a engullirla hasta la base. Los suspiros
del hombre delataban las bondades bucales de su amante. Durante varios minutos Vero se entretuvo lamiendo, chupando y succionando la polla del hombre que se acaba de reencontrar en la discoteca. Mario se incorporó y giró sobre Verónica hasta colocarse sobre ella. Sus cuerpos descansaban uno sobre otro y sus bocas se buscaban con ansias. Con un certero golpe de cadera, el hombre penetró la vagina de la mujer hasta el fondo arrancándole un grito a medias entre el dolor y el placer.
Los jugos inundaban la ardiente cueva de ella convertida en un volcán en erupción. Vero rodeó el cuerpo de Mario con sus larguísimas piernas y sus brazos se aferraron a su espalda. Este aceleró los movimientos de cadera haciendo que su polla horadase el coño de la mujer sin compasión. Los suspiros habían pasado a ser gemidos y estos se convirtieron en gritos cuando un calambre recorrió su columna vertical, desde el cerebro hasta el clítoris, hasta romper en un
maravilloso orgasmo. El hombre lo celebró tensando su cuerpo y derramando todo su esperma en el interior de Verónica. Quedaron exhaustos. Él sobre ella. Vero con las piernas abiertas. Mario relajado. Ambos tenían la piel perlada de gotas de sudor. Se miraron. Se besaron apasionadamente. Ella estaba dispuesta para otro asalto. Él necesitó algo más de recuperación. A lo largo de la noche lo volvieron a hacer dos veces más. Verónica se colocó sobre el ahorcajadas. Y sobre la polla erecta de
Mario cabalgó hasta el éxtasis arrancando otro orgasmo mutuo. Por último, se colocó a cuatro patas dejando que el hombre disfrutase de sus nalgas mientras penetraba su ardiente vagina abierta por la excitación. Las persianas estaban abiertas cuando el sol de la mañana entró por la ventana despertando a Mario. Se giró y pudo contemplar el cuerpo desnudo de Verónica. Recorrió con besos desde su cuello hasta su ombligo. Un leve
suspiro de ella le hizo entender que sólo dormitaba. De nuevo recorrió el cuerpo con sus labios, dejando un rastro de saliva caliente. Rodeó sus pezones que reaccionaron endureciéndose. Siguió bajando por su perfecto abdomen plano y duro, haciendo que se erizasen sus vellos. Y terminó hundiendo su cabeza entre sus piernas. La separó y lamió la raja del coño de Vero. desde muy abajo, junto al ano, hasta arriba, donde el clítoris servía de punto de unión entre los
labios vaginales. Con sus manos separó los labios y se deleitó con cada pliegue rosado de aquel vergel. Recogió con su lengua el néctar que manaba y resbalaba hasta el culo para hacerlo llevar al clítoris y recrearse en darle placer. Para entonces la mujer se retorcía de placer y se agarraba desesperada, con sus dedos, a las sábanas. Luego agarró la cabeza de Mario y comenzó a mover su pelvis
contra la boca de él. Segundos antes de alcanzar un maravilloso orgasmo con el sexo oral que le brindaba su excelente amante, sonó el timbre de la puerta. Ambos quedaron quietos y en silencio. Un nuevo toque puso en alerta a la mujer que de inmediato recordó. Ah, es Dani con el padre. Joder, no me acordaba que había quedado con ellos para ir a un parque acuático. La mujer se levantó de la cama y se visitó. Luego pidió a Mario que se metiera en el baño. Cuando abrió,
Dani corrió hacia ella y la abrazó. Alejandro preguntó curioso si se había quedado dormida. Ella justificó que se no se encontraba demasiado bien para ir a pasar el domingo fuera. Su hijo puso una mueca de enfado y el padre le hizo algo de chantaje emocional. No te da pena. Bueno,¿ por qué no bajáis al bar y me esperáis para desayunar allí? Vero no quería que ninguno de los dos supiera que había pasado la noche con alguien en casa.
Pero Alejandro insistió en desayunar allí, en casa. Incluso había traído churros. Mario oía toda la conversación desde el baño. Y no tuvo más opciones que salir al salón con ellos cuando escuchó a Dani decir que tenía que usar el baño. Cuando el hombre apareció por el salón, se creó una tensión que se podría haber cortado con un cuchillo. Lo cortó el niño cuando vio al hombre. Tío Mario. Y salió corriendo hacia los brazos del amante de su mujer.
La cara de Alejandro era de un difunto. Sus ojos se llenaron de lágrimas y es que nunca hubiese imaginado que su hermano pequeño se follase a su exmujer.
