Dejada sola con el coño palpitando y empapado - podcast episode cover

Dejada sola con el coño palpitando y empapado

Jan 06, 202611 minSeason 3Ep. 54
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Transcript

Speaker 2

Durante un instante eterno, el pánico la paralizó. Los brazos del vagabundo alto, aún alrededor de ella bajo el abrigo, se tensaron, no como un abrazo, sino como las pinzas de un cangrejo. El hombre de la gorra, a su izquierda, dejó de manipular su pezón y su mano sucia se aferró a su muslo con posesión brusca.«¡ Se fueron!», princesa, gruñó el alto, su voz un rumor de tierra y gutural. Su aliento, una nube de vino barato y caries, le

golpeó la cara.« Te dejaron con nosotros». El mensaje era claro. Ya no era un préstamo, un espectáculo. Era botín. El miedo en las venas de Evelyn se solidificó en algo más denso, un instinto de supervivencia feroz y desesperado. Si no podía escapar de la situación, tendría que dominarla. O, al menos, navegarla para evitar una violencia aún más aleatoria y dañina. En sus ojos, el reflejo del fuego parpadeó

y se transformó en una decisión sombría. Con un movimiento que sorprendió a ambos hombres, Evelyn giró su cabeza y capturó los labios húmedos y agrietados del vagabundo alto en un beso. No fue un beso de pasión, sino un acto de usurpación. Forzó su lengua en su boca, saboreando la amargura del tabaco, el rastro de una sopa agria, la pátina de desuso. El hombre gruñó, sorprendido, pero respondió

con avidez animal, sus dientes descuidados rozándole los labios. Su mano, la que estaba en su pubis, se hundió con más fuerza, un dedo áspero encontrando una entrada ya traicioneramente húmeda. La excitación de Evelyn, alimentada por el terror y el extremo de la situación, era una traición fisiológica que no podía controlar. El auto se fue, dijo ella, separándose con un jadeo, mirando al otro con la gorra. Su voz sonó extrañamente ronca,

no quebrada. Pero yo no.¿ Tienen algo más fuerte? El hombre de la gorra rió, una tos seca y alegre. Sacó una botella plástica aplastada, llena de un líquido ámbar turbio. Para la reina, dijo, ofreciéndosela. Evelyn bebió. El licor era un incendio químico que le quemó la garganta y el estómago, pero anestesió un poco el borde más filoso del asco. Lo que siguió no fue una escena de lujuria, sino de uso brutal. Un trueque de cuerpos en el altar

de la fogata chisporroteante. El alto, llamado Brock por el otro, era torpe pero insistente. Tiró de ella para que se recostara sobre un montón de sacos apestosos cerca del fuego. Su pene, cuando lo liberó de sus pantalones rotos, Era fláxido al principio, un pedazo de carne cansada y poco limpia. Lo endureció a fuerza de manoseos toscos, escupiendo en su propia mano para lubricarse. No hubo preliminares. Con un gruñido, se posó sobre ella, sus rodillas hundiéndose en la tierra

a cada lado de sus caderas. La penetración fue un empuje seco y doloroso. Evelyn gritó, pero el sonido se lo llevó el viento. Él embestía con un ritmo irregular, jadeando, su barba sucia rozándole el cuello y los hombros. Su desempeño era breve, mecánico, centrado en su propia sensación. Evelyn, debajo de él, miraba las estrellas, su cuerpo convertido en un receptáculo para una descarga que era puramente funcional. El olor a sudor rancio, a orina vieja en la ropa,

la inundaba. Cuando Brock llegó al clímax, fue con un gemido gutural y un espasmo que apenas se sintió dentro de ella. Se derrumbó a su lado, resollando, y casi de inmediato su respiración se volvió ronca, cerca del sueño o del estupor. El de la gorra, el más joven y energizado por el espectáculo y el licor, no quiso esperar.« Mi turno», escupió. Para él, Evelyn ya no era una persona, ni siquiera un cuerpo completo. La hizo ponerse a gatas

frente a la fogata. Aprovechó la humedad residual y la relajación forzada del orificio que Groca había usado, pero no fue gentil. Su penetración por detrás fue un desgarro. Evelyn gritó de nuevo, clavando las uñas en la tierra. Él la agarraba por las caderas, sus dedos sucios hundiéndose en su carne, marcándola. Su ritmo era más rápido, nervioso, como un animal asustado que copula. No buscaba dar placer, solo

firmar dominio y extraer una sensación rápida. Le hablaba, palabras oeses y entrecortadas que describían lo que hacía, degradándola verbalmente mientras la usaba físicamente. En un momento, escupió en su espalda y vio cómo el líquido bajaba por el valle de su columna. La combinación brutal llegó cuando Grock, despertando de su breve estupor, vio a su compañero tomando su turno. Una idea básica brilló en sus ojos empañados. Se arrastró frente a Evelyn, que estaba a gatas, y le tomó

la cabeza entre sus manos. abre, ordenó. Y le introdujo su miembro, ahora blando y sucio, en la boca. El sabor era salado, amargo, terriblemente orgánico y repulsivo. Evelyn ahogó, las lágrimas brotando finalmente de sus ojos, mezclándose con la tierra de su rostro. El hombre de atrás redobló su ritmo, y ella estaba atrapada en un sándwich de miseria y abuso, usada por ambos orificios a la vez, un cuerpo convertido

en un sumidero para sus impulsos más básicos. Fue en medio de esta doble violación, en el clímax del asco físico, cuando sucedió lo impensable. El hombre de atrás, en su frenesí, cambió el ángulo. Una de sus embestidas, particularmente profunda, rozó de una manera brusca y accidental un punto dentro de

Evelyn que provocó una sacudida eléctrica. A pesar del dolor, a pesar de la repulsión, a pesar del sabor nauseabundo en su boca y el olor que la rodeaba, su cuerpo… cableado para responder a ciertos estímulos, traicionó a su mente. Una oleada de placer involuntario, perverso y abyecto surgió desde lo más profundo de su vientre. No fue un orgasmo de clímax, sino un espasmo intenso, profundo y completamente ajeno

a su voluntad. Un gemido que no era de dolor escapó de su garganta, ahogado por la carne en su boca. Sus músculos vaginales se contrajeron alrededor de la intrusión, un acto reflejo de un cuerpo que, en el extremo del abuso, encontraba una chispa mecánica de respuesta. Fue el momento más humillante de todos. No solo la estaban usando, su propia

fisiología se aliaba con los abusadores, celebrando la violación. La repulsión que sintió después fue tan profunda como el placer había sido traicionero, una mezcla que la dejó vacía y temblorosa. El hombre de atrás sintió la contracción y gruñó con satisfacción bestial. Ahí, la puta cigosa escupió, y sus embestidas finales fueron más desordenadas antes de que también se derrumbara sobre ella, vertiendo su semen dentro de su cuerpo con un suspiro ronco. Quedaron los tres en un montón de

cansancio y sudor frío junto a la fogata que se apagaba. Evelyn, liberada, se desplomó de costado, encogiéndose. Su cuerpo era un mapa de dolor y suciedad. Sentía los fluidos secos y frescos de ambos hombres en sus muslos, en su interior, el sabor rancio aún en su lengua. El asco era una

loza en su pecho. El hombre calvo, abandona la lectura de la revista que sostenía en sus manos, toma la copa y bebe el último sorbo de brandy, con sus labios detiene los cubos de hielo que pugnan por ser absorbidos. Mira su reloj, Se reclina en el asiento y el sonido de su pijama con el cuero de la butaca llama la atención de Carlos que por el espejo retrovisor observa. Ambos cruzan miradas. Un gesto con los dedos dibujando círculos en el aire es la orden para regresar por el equipaje.

El auto regresa por el sendero del parque y se detiene a tres metros donde languidece el fuego y se distinguen tres siluetas dispersas por el suelo. El hombre calvo baja la ventanilla. No mira a los vagabundos. Mira a Evelyn. Fue entonces cuando, en el borde de la inconsciencia, los vio. Dos puntos de luz blancos, fríos, que se acercaban por el mismo sendero de tierra. No eran las luces cálidas y amarillas de un auto cualquiera. Eran los faros LED,

nítidos como ojos de tiburón, del sedán negro. El vehículo se acercaba lentamente, en silencio, como un fantasma que regresa a reclamar lo que dejó atrás. Evelyn no sintió alivio. Sólo un nuevo tipo de terror, más profundo y familiar. El abismo con los vagabundos había sido caótico, animal, real. El abismo que regresaba en el auto negro era ordenado, calculado e infinitamente más peligroso. Las luces la bañaron, iluminando su desnudez sucia, sus moretones incipientes, su postración total. El

auto se detuvo. El motor se apagó. Y en el silencio que siguió, Solo roto por el ronquido de Grock y el jadeo del otro, la puerta trasera del sedán se abrió con un clic suave y ominoso. Allí, recortado contra la oscuridad interior de lujo, estaba la silueta del hombre calvo. Esperando. La lección terminó, dice, su voz cortando la noche como un cuchillo. Vuelve. Los vagabundos protestan, pero la autoridad en la voz del hombre es tan fría

y absoluta que los detiene. Evelyn, liberada de su hechizo momentáneo, camina tambaleante hacia el auto. Sube al asiento trasero, sucia y temblando. En lugar de repudiarla, el hombre saca una toalla húmeda y caliente de un termo integrado en el auto. Con gestos impersonales, como un veterinario limpiando a un animal valioso, comienza a limpiarla. Le limpia las manos, la cara, los pechos, entre las piernas. La toalla se ensucia de grasa y tierra.

Este acto de limpieza es tan íntimo y posesivo como las mañoseadas anteriores. Es reclamarla. La próxima lección, le susurra mientras frota su piel con meticulosidad, será sobre la gratitud. Y sobre cómo limpiar los restos de una aventura antes de llegar a casa. Le indica que se ponga el vestido, ahora manchado también por la tierra del suelo. Tu marido notará el desorden, el olor a leña. Inventa una historia. Una caída. Un paseo por el parque. Él querrá creerte.

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