el resplandor intermitente de la farola apenas iluminaba el callejón mal asfaltado. Una multitud de chicos y chicas del barrio, de diferentes edades, se arremolinaba en corro sobre el asfalto, observando con una mezcla de curiosidad y tensión. En el centro, Sofía se ajustaba su coleta descuidada mientras clavaba su mirada afilada en Matías. Estudió con detenimiento a su rival, ese
chico larguirucho de 19 años que iba de matón. Pese a que Sofía apenas pasaba de los catorce y que Matías casi la doblaba en altura, no estaba dispuesta a dejarse intimidar. No después de que se hubiera metido con su hermano. En el barrio las cosas eran así. Si se meten con los tuyos, se lo haces pagar caro. Matías tenía un aire desgarbado pero intimidante, con sus negros rizos cayéndole en mechones desordenados sobre la frente, casi tapándole los ojos
castaños de mirada arrogante. Su piel pálida contrastaba con la chaqueta negra gastada que colgaba floja sobre su figura delgada. Pese a sus hombros estrechos y su cuello largo, el chico se esforzaba por adoptar una postura que buscaba imponer. Pero Sofía le tenía calado y estaba a punto de dejarlo claro delante de todos. Fue Matías quien dio el primer paso, intentando agarrarla por el brazo. Sofía se agachó y, en un movimiento rápido, le lanzó un puñado de tierra
a los ojos. Él se restregó la cara, cegado momentáneamente. Sofía sonrió al ver su primer error. Cogió impulso y lanzó una patada ascendente, con el empeine de su pie derecho impactando directo en los testículos. El golpe resonó como un latigazo seco. Matías soltó un gemido agudo, sus rodillas se doblaron y sus manos bajaron instintivamente. La multitud reaccionó al instante. Un chico flaco de unos 15 exclamó, joder, le ha dado en todos los huevos, y se rió nervioso.
Una chica de 17 años con un piercing en la nariz abrió los ojos y le dijo a su amiga, tía, le ha reventado los cojones. Dos amigos de Matías, de unos 20 años, fruncieron el seño. Uno murmuró, eso ha sido un golpe bajo, colega. Una chiquilla más pequeña que Sofía, con trenzas, se tapó la cara mientras exclamaba, madre mía, qué dolor. Matías, furioso, gritó, maldita zorra, y lanzó un puñetazo descoordinado. Sofía esquivó con un giro de cabeza, sintiendo
el aire del golpe rozarle la mejilla. Se acercó rápido y ejecutó un rodillazo repentino, levantando la rodilla izquierda con fuerza brutal contra los testículos, aplastándolos contra su pelvis. Matías aulló, su rostro pálido se crispó y se encorvó, jadeando. La multitud estalló. Un chico de unos dieciséis, con gorra ladeada, gritó,«¡ Hostia, lo está capando!». Una chica de la misma edad que Sofía, con auriculares colgando, aplaudió y dijo, esta tía es una
máquina de destrozar cojones. Los amigos de Matías se miraron, inquietos. Uno, con una cerveza, masculló, este pavó está jodido. Unas chiquillas de edad parecida a Sofía se miraron sorprendidas y una de ellas dijo, por gilipollas, mira cómo lo ha dejado, provocando carcajadas en la otra. Sofía retrocedió, evaluando. Matías, con el pelo desordenado cayéndole sobre los ojos y el rostro desencajado,
intentó enderezarse y lanzó un manotazo torpe para atraparla. Consiguió agarrar su hombro, pero ella se deslizó a un lado y, en un golpe rápido, bajó su brazo derecho, describiendo arco que conectó el antebrazo de ella contra la ya dolorida ingle del joven. El impacto hizo que Matías jadeara y diera un paso atrás, con los ojos llorosos. Los chicos más jóvenes rugieron. Un muchacho agarrado al manillar de su
bici gritó, eso, castralo. Una chica de la edad de Matías, con el pelo teñido de morado, se cruzó de brazos y dijo, esta chavala va en serio. Los amigos de Matías se movieron, como queriendo meterse, pero un chico tatuado algo mayor los frenó. Dejarlo, que se apañe. Una chica le susurra a su hermana con malicia. Pobres huevos, no le va a quedar nada. Matías, humillado, se abalanzó con
los brazos abiertos, bruñendo, con su chaqueta ondeando. Sofía se agachó y lanzó un puñetazo bajo y directo, clavando los nudillos con fuerza contra la carne blanda. Matías se congeló, soltó un gemido gutural y cayó de rodillas, el pelo tapándole la cara. La reacción fue ensordecedora. Un muchacho gritó, joder, lo ha capado. Otra exclamó, Sofía, eres la hostia. Una chica dijo, es la reina de reventar cojones. Los amigos de Matías se quedaron mudos. Uno murmuró, qué vergüenza, tío.
Un chiquillo, con ojos como platos, dijo, nunca me meteré con ella. Con Matías de rodillas, jadeando, Sofía decidió rematar. Le dio un empujón en el hombro, no muy fuerte, pero suficiente para que perdiera el equilibrio y cayera de lado sobre el asfalto. lo miró mientras giraba hasta ponerse boca arriba. El chico no parecía darse aún por vencido. Apoyó las palmas de sus manos sobre el asfalto, como si intentara coger impulso para levantarse, con sus largas piernas separadas,
dejando expuesta su entrepierna, gran error. Sofía, en silencio, se colocó frente a él y con gran facilidad levantó su zapatilla gastada y ejecutó un pisotón traicionero, aplastando los testículos contra el asfalto con todo su peso. Matías soltó un alarido desgarrador, se convulsionó y rodó de lado, hecho un ovillo, con su rostro pálido y ahora sudoroso enterrado bajo los mechones oscuros. La multitud explotó. Un chico gritó, lo ha hecho papilla. La chica de pelo morado silbó, le ha
triturado los huevos. Los chicos pequeños coreaban, Sofía, Sofía. Los amigos de Matías retrocedieron, uno dijo, se acabó, está muerto. La niña de trenzas murmuró, eso no se cura ni con hielo. Sofía, respirando agitada pero con calma feroz, miró a Matías, tirado en el asfalto. Como vuelvas a tocar a mi hermano, te capo y te cuelgo los huevos de esa farola para que todos vean lo pringao que eres, dijo, con voz cortante que resonó en el callejón. La multitud
contuvo el aliento. Esta vez nadie dijo nada. Sofía dio media vuelta y se alejó con paso firme, mientras los chicos y chicas la miraban, dejando a Matías derrotado en el asfalto, con el pelo desordenado cubriéndole la cara y la chaqueta arrugada sobre su cuerpo vencido, humillado y destrozado.
