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De cualquier forma terminanos haciendo el amor

Jun 23, 202641 minSeason 3Ep. 126
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Speaker 2

Había organizado una fiesta porque se iba a vivir junto con su novia. La había conocido hacía menos de un año y todo había sido muy rápido. A Juan no le apetecía especialmente ir. Apenas conocía a un pequeño grupo de los asistentes. Se podría decir que era algo así como una boda informal, habían invitado a todos los amigos de él y a los de ella. iba a hacer una fiesta con bastante gente y él apenas conocía a cuatro, que eran el grupo del instituto con el que todavía

mantenía el contacto. Para colmo, el lugar estaba bastante lejos y tendría que ir y volver en coche, lo que reducía mucho la cantidad de alcohol que podría ingerir. Como iban a ser muchos, no se les había ocurrido mejor idea que hacer la fiesta en la casa que tenían los padres de su amigo en la sierra. La casa estaba fenomenal, Él ya había estado allí alguna vez y era perfecta para montar una buena reunión. Tenía su jardín

con barbacoa y una piscina aceptablemente grande. Además, poseía el tamaño suficiente como para que, si algunos de los invitados no estaban en condiciones de conducir de vuelta, se pudiesen quedar a dormir allí. Mucho se tendría que desmadrar la fiesta para que no hubiese sitio en esa casa para todos los que no pudiesen coger el coche. Según llegó,

se fue a saludar a los anfitriones. A la novia de su amigo la conocía de muy poco, apenas se habían visto en un puñado de ocasiones y rara vez se habían parado a hablar, pero aún así le daba la impresión de que era una mujer bastante maja. Parecía que su amigo había sabido escoger. Tras los saludos, su amigo le dijo que los del grupete del instituto ya estaban allí, que fuese al jardín y se tomase lo que quisiera. Lo primero que hizo fue ir a servirse

una copa al sucedáneo de barra que habían montado. La verdad es que se lo habían currado. Incluso había algunos invitados que ya se habían metido en la piscina y daba la impresión de que había muy buen ambiente. Cuando tuvo su copa en la mano, Juan buscó con la mirada a sus amigos, pero antes de encontrarlos, su vista se cruzó con algo completamente inesperado. Todavía no estaba seguro, pero le pareció ver a Laura, una mujer que se había cruzado de casualidad en un concierto y que le

había hecho explotar la cabeza. No sabía exactamente cuánto tiempo hacía de aquello, más de un año seguro, puede que más de dos, pero no había conseguido olvidarla. Fue un

encuentro de una sola noche, pero la recordaba perfectamente. Podía decir que en el poco tiempo que estuvo con ella había podido aprenderse bastante bien su increíble anatomía, y esa mujer que estaba de medio lado frente a él tenía las mismas curvas impresionantes, el mismo pelo rizado y, por lo poco que podía ver de su cara, estaba casi seguro de que era ella. Sintió que su entrepierna reaccionaba solo con acordarse de lo que pasó aquella noche en

el concierto. Era imposible olvidar cómo consiguió calentarle hasta llevarle al más inolvidable de los éxtasis, el fuego que desprendía y lo absolutamente increíble que le había resultado la visión de su maravilloso trasero mientras tenían aquella locura de encuentro en un parking. No podía creerse que volviese a tener semejante cantidad de suerte. Entre todos los millones de personas

que podrían estar en esa fiesta, estaba ella. la mujer que tan profundamente le había marcado y por la cual se había maldecido mil veces por no haberle pedido el teléfono. Seguía intentando asegurarse de que su imaginación no le estaba jugando una mala pasada cuando notó un fuerte golpe en la espalda que casi le hace tirar la copa.— Hombre, Juan,¿ no te imaginas la alegría que me da verte por aquí? exclamó Roberto.— No estábamos nada seguros de que fueses a venir.

De hecho, hemos apostado. Alberto y Fran decían que no venías ni de coña, pero yo confiaba en ti y dije que sí. Estás un poco viejo, pero yo sabía que aún te quedaban ganas de una fiestecita como las de antes. Así que ahora ellos tienen que pagar su apuesta.¿ A qué esperáis, chicos? Juan no había podido ni abrir la boca y ya estaba pensando que sus amigos debían haber llegado mucho antes que él, porque parecía que le sacaban por lo menos tres o cuatro copas de ventaja.

Sus sospechas se confirmaron cuando Alberto y Fran se arrodillaron delante de Roberto y se pusieron a adorarle a voz en grito delante de todos los asistentes.—¡ Oh, gran señor! Tú que siempre tienes razón, ilumínanos con tu sabiduría. Písanos. Escúpenos. Por favor, deja que algo tuyo toque los cuerpos de tus humildes servidores. ¡Oh, gran señor! seguían siendo los mismos payasos de siempre. Era imposible llevarlos a ningún sitio sin

que diesen el cante. En cuanto Juan se hubo recuperado de la sorpresa y de la tremenda hostia que le había dado su amigo, levantó la vista. Allí estaba ella, mirándole con un vestidito veraniego que le quedaba de infarto. No había ninguna duda, era la mujer que hacía mucho tiempo se había metido en su cabeza y se negaba a abandonarla. Al otro lado del jardín, Laura pensaba que el calor de la sierra apretaba, pero la fiesta era

justo lo que necesitaba para resetear la cabeza. Se pasó la mano por el cuello, apartando los rizos que se le pegaban a la piel húmeda, y dejó que la brisa moviera el bajo de su vestido blanco. En el último año había intentado pasar página. Hubo un par de historias de una sola noche que se olvidaron antes de que amaneciera, e incluso a un chico con el que salió dos meses, pero daba igual lo que hiciera o

con quien estuviera en la cama. El recuerdo de aquel parking polvoriento siempre volvía a asaltarla en el momento más inesperado. Ninguna boca le había sabido igual, ninguna mano había logrado encenderla con la misma urgencia salvaje. Se había maldecido mil veces por no haberle pedido el teléfono a ese desconocido, grabada a fuego por una química que parecía irrepetible. De pronto, unas carcajadas masculinas rompieron el murmullo general cerca de la piscina.

Dos tíos bramaban arrodillados en el césped en una escena ridícula que hizo que media fiesta se girara a mirar. Laura sonrió, divertida, y desvió la mirada hacia la víctima de semejante humillación. Al principio sólo vio una espalda ancha, unos hombros fuertes recortados contra la luz de la tarde y una planta alta que hizo que la copa le temblara en la mano. El estómago se le contrajó con

una violencia que la dejó sin aliento. No podía ser. Entonces, El hombre se recuperó de la sorpresa, levantó la cabeza y se giró despacio hacia donde ella estaba. Era Juan. El jardín entero se desvaneció para ambos. Las risas, los amigos haciendo el payaso en el suelo, la música, todo se convirtió en ruido blanco. Solo quedaban ellos dos. Juan se quedó completamente congelado, con los ojos clavados en ella,

asimilando el impacto de tenerla a unos metros. Una descarga abrazadora recorrió la espina dorsal de Laura y se instaló con fuerza en su entrepierna, que reaccionó con un latido pesado y húmedo que la obligó a cruzar las piernas sutilmente. Sus pezones se tensaron al instante bajo el tejido fino del vestido veraniego, que de repente se sentía peligrosamente expuesto

bajo su escrutinio. La mirada de Juan bajó despacio por su cuerpo, devorando cada curva que ya conocía de memoria, antes de detenerse de nuevo en sus ojos con una fijeza lasciva, oscura, que prometía de todo menos inocencia. Estaban a plena luz del día, rodeados de gente, obligados a fingir que no se habían encontrado en sueños y buscado otras noches en otros cuerpos. Por la cabeza de Juan pasaron mil pensamientos a toda velocidad. Mierda, me ha descubierto.

Sigue estando guapísima. Paf, está mejor de lo que recordaba. Ese vestido le queda increíble.¿ Se le están endureciendo los pezones? Joder, esa mirada sigue ardiendo como el primer día. Sus amigos rápidamente le sacaron de sus ensoñaciones con otro par de amistosas palmaditas en la espalda. Alberto y Fran, que hace unos instantes estaban postrados en el suelo, le abrazaron al unísono,

obligándole a volver a la realidad de la fiesta. Los amigos parecían eufóricos, se estaban tomando aquella fiesta como si de una juerga del instituto se tratase, pero Juan no podía dejar de mirar constantemente en dirección a Laura. Le era totalmente imposible concentrarse en otra cosa, sobre todo porque muchas de sus miradas se encontraron con ese fuego que emanaba de los ojos de ella y que parecía querer abrazarle.« Juan, parece que te ha gustado mucho esa mujer», les hiceó Roberto.«¿

Quieres que te la presente? Es una amiga de mi pareja, creo que del grupo de la universidad. Yo solo la he visto un par de veces». De repente, Juan se encontró con que el anfitrión le llevaba directo hacia ella. Antes de que pudiese pensar en algo medianamente decente que decir, estaba metido en un círculo formado por Roberto, Eva, la

novia de su amigo, Laura y él mismo. Su cerebro había colapsado, no era capaz ni de decir algo coherente.« Amor», decía Roberto a Eva,« a Juan también le parece una idea maravillosa que en la próxima fiesta traigamos globos de agua». Yo no sé cómo sobrevivieron los profesores a vuestra promoción, ninguno tenéis dos dedos de frente, respondió Eva con una sonrisa, antes de mirar a los recién llegados. Vosotros dos no

os conocéis, ¿no? No, no nos habíamos visto nunca, dijo Laura, adelantándose para dejarle claro a Juan que prefería que nadie supiera lo que había pasado entre ellos. Pues este es Juan y esta es Laura. A mí me parece que os llevaríais genial. se dieron dos besos que fueron un peligro. Los labios de ambos se rozaron por la comisura en el primer contacto, luego pasaron sus caras a poquísimos centímetros mirándose fijamente y, finalmente, se volvieron a besar apurando todavía

más el límite. Cuando terminó el arriesgado saludo, Juan sintió la confianza que le daba haber activado sus instintos más primitivos.« Tu cara me suena.¿ Puede que nos hayamos visto antes?» dijo Juan, retándola con una sonrisa burlona. No creo. Estoy absolutamente segura de que, si hubiera coincidido contigo, me acordaría, replicó ella con el mismo tono. Eva, que había observado con atención cómo se desarrollaba toda la escena, captó al vuelo una tensión extraña y comprendió que era el momento

de dejarles espacio. Mierda, no he sacado toallas y la gente está saliendo de la piscina, intervino Eva. agarrando a su novio del brazo. Anda, ven a ayudarme, es un momentito. Roberto fue arrastrado por su pareja y Juan se encontró cara a cara con Laura en mitad del jardín. No era exactamente como se lo había imaginado ninguna de las mil veces que había fantaseado con ese momento, pero había que jugar las cartas que le tocaban.¿ Tan fácil te

ha sido olvidarme? Bueno, Digamos que me acuerdo ligeramente, respondió Laura, sosteniendo la copa con la punta de los dedos. Nos vimos en un concierto, ¿no? Sí, a mí me gustó mucho ese concierto. Todavía me acuerdo de él a veces. Yo me acuerdo más del parking. Sobre todo de cuando sentí el frío de la chapa contra mis tetas. Joder, así era imposible. Juan notó que algo en sus pantalones

tomaba consistencia de inmediato. Para colmo, en ese momento podía asegurar que Laura tenía los pezones completamente duros bajo la fina tela blanca. El aire entre los dos se volvió denso, casi irrespirable, como si la temperatura de la sierra hubiera subido 10 grados de golpe. La confesión de Laura, soltada con una tranquilidad pasmosa, fue como arrojar gasolina a unas brasas

que llevaban meses esperando una chispa. Juan dio un paso hacia ella, acortando la distancia de seguridad que la decencia de una fiesta llena de desconocidos exigía. Ahora podía olerla con total nitidez. No era el aroma a sudor y cerveza de aquella noche salvaje, olía a sol, a una crema de vainilla sutil y a ese perfume magnético que le nubló el juicio de inmediato.—¿ El parking?— susurró Juan, bajando la voz a un registro tan grave que solo

ella pudo escucharlo. Pensé que lo que más te había gustado fue cuando te abrí las piernas y te empotré contra el coche. Te oí gritar bastante fuerte, Laura. A ella se le escapó un suspiro contenido, un jadeo imperceptible que hizo que el tejido blanco de su vestido se tensara aún más sobre sus pechos. Lejos de amedrentarse, Laura dio medio paso al frente. Sus zapatos de cuña casi rozaron las zapatillas de Juan. Levantó la barbilla, desafiándolo con

esos ojos oscuros. Grité porque lo estaba disfrutando, replicó ella, clavándole una mirada cargada de una lascivia tan pura que hizo que a Juan se le tensase la mandíbula. Pero si la memoria no me falla, el que casi se rompe fuiste tú cuando te metí la mano en los pantalones y te toqué. Estabas temblando, Juan. Cualquiera habría temblado teniéndote encima con aquellas bragas de satén, Juan soltó una risa ahogada, pero sus ojos bajaron sin disimulo hacia el

escote del vestido. Bajo la tela, la silueta de sus pezones era una provocación insoportable. Estaban completamente rígidos, erectos, acusándola de estar tan excitada como él. Bajó más la vista, recorriendo la caída del vestido por sus caderas, imaginando perfectamente la humedad que ya debía de estar empapando su ropa interior. No llevo bragas de satén hoy, soltó ella en un susurro clandestino, rozando el borde de su vaso con los labios mojados, sin dejar de mirarlo. A Juan se le

paró el corazón. La dureza en sus pantalones dio un latigazo, tensándose contra la tela del vaquero con una presión casi dolorosa. Tuvo que hacer un esfuerzo consciente para no estirar la mano, agarrarla por la cintura allí mismo, delante de todos, y levantarle el vestido para comprobarlo. Estás jugando sucio, Laura, dijo él, con la voz rota, dando un sutil giro de cadera para que su anatomía alterada no quedara a la vista de la gente que pasaba a su lado con platos

de la barbacoa. Solo constato hechos, respondió ella con una sonrisa maliciosa, disfrutando del control absoluto. Además, has dicho que no nos conocíamos. Hay que mantener las apariencias, de momento. Laura se giró levemente. apoyando la cadera contra una mesa alta de madera, exponiendo la línea de su cuello y dejando que la brisa de la tarde le moldeara el

vestido contra los muslos. El deseo, contenido durante tanto tiempo, se había materializado en mitad de un entorno idílico.—¿ Dónde está el baño de esta casa?— preguntó ella de repente, mirándolo de reojo con una mezcla de inocencia fingida y urgencia real. Juan tragó saliva. sintiendo que la sangre le

palpitaba con fuerza en las sienes. Sabía perfectamente cómo estaba distribuida la vivienda de los padres de su amigo.« Segunda planta, al fondo del pasillo a la derecha», respondió Juan, con los dedos apretados alrededor de su copa.« Pero hay bastante gente subiendo y bajando». Laura se despegó de la mesa

con una lentitud exasperante. Le dedicó una última mirada, una promesa abrazadora.« Entonces será mejor que no tardemos mucho en encontrarnos allí arriba», susurró ella, antes de dar la vuelta y caminar hacia la puerta acristalada de la casa, moviendo las caderas con ese ritmo que Juan había memorizado. Juan se quedó clavado mirando cómo desaparecía dentro de la vivienda. Si conseguía tardar más de un minuto en salir detrás de ella, estaría muy orgulloso de su capacidad de autocontrol.

En cuanto ella atravesó la puerta, Sus amigos se abalanzaron sobre él y le cosieron a preguntas.¿ Pero qué le has hecho a esa mujer? No sé si te iba a plantar una hostia o a tirársete encima.¿ Vas a intentar algo con ella?¿ Quieres que le diga a Eva que le hable bien de ti? Es demasiada hembra para ti, ten cuidado. Juan solo quería que le dejasen tranquilo para poder contar los eternos segundos que tenía que darle de

ventaja antes de subir. Dejó que sus amigos hicieran cábalas mientras sentía que el tiempo se estiraba y, finalmente, los plantó con una escueta frase.— Perdonad, tengo que ir al baño. Sin embargo, al entrar en la casa, el plan se desmoronó. Al fondo del gran salón, en la cocina americana adjunta, Estaban Laura y Eva charlando mientras preparaban unas bebidas. Juan se quedó paralizado. Miró a Laura buscando una respuesta y

todo lo que encontró fue una expresión de resignación. Al entrar Laura en la casa, Eva la había interceptado sin ninguna consideración. Mientras sacaba las toallas para la piscina, no había quitado ojo de lo que pasaba en el jardín. Tenía muy claro que había surgido una chispa entre ellos.

pero no entendía la actitud de su amiga, parecía ansiosa por devorarlo fuera y un momento después huía hacia el interior.— Me tienes que contar lo que acaba de suceder ahí fuera— le había dicho Eva a Laura.—¿ Te ha gustado ese chico, verdad?— Eh, bueno, no está mal.—¿ Cómo que no está mal, si hasta me ha dado miedo de que entraseis en combustión y dejaseis el césped carbonizado? Ayúdame a preparar los mojitos y me lo cuentas todo. Así

es como se las encontró Juan. A él le dio la impresión de que estaban chismorreando tranquilamente y pensó, con frustración, que igual sus amigos tenían razón. Era posible que ella solo quisiera divertirse jugando con él, o que simplemente lo de aquel parking hubiese sido una forma de desquitarse de otro hombre, no tenía ninguna pinta de que fuese a tener la misma suerte que en su anterior encuentro. Anda, Juan, Ven a ayudarnos que somos muchos. Si no vamos a

tardar una eternidad en prepararlo todo, le llamó Eva. Eva pensaba que le tenían que dar el premio a la mejor amiga de la historia. Había estado súper rápida y había conseguido darles una excusa para que pasasen más tiempo juntos y se fuesen conociendo. Estaba segura de que la huida de Laura se debía a un malentendido. Tras un instante de indecisión, Juan se encontró metiendo ramas de hierbabuena en los vasos justo al lado de Laura. Notó que cada vez que había un pequeño roce entre ellos, ella

le miraba con esos ojos que echaban chispas. Pensó que, tal vez, la interrupción de Eva era una buena excusa para no haber ido al baño y que la partida aún no estaba perdida. Eva no paraba de sacarles temas de conversación, disfrutando secretamente del fuego evidente que había entre los dos. En cuanto terminaron de preparar los vasos, les hizo una proposición idónea.«¿ Os importa ir al sótano a

por unas cuantas bolsas de hielo? Mientras tanto, yo voy sacando la batidora para picarlo».« Sin problema, dinos dónde están y las traemos», respondió Juan.« En el arcón congelador, no tiene pérdida». Los dos cruzaron una mirada cargada de intenciones que no pasó desapercibida para Eva. Ambos bajaron las escaleras casi con prisa. Juan ya había estado antes en ese sótano, pero nunca lo había mirado de la misma forma. Ahora era un mundo de posibilidades infinitas. Mirase donde mirase, encontraba

un mueble o una pared donde acorralarla. En cuanto Laura vio el sótano, le pareció un lugar de lo más acogedor, muchísimo mejor que el capó de un coche. Fue hasta el arcón congelador. Se dio la vuelta apoyando sus nalgas sobre él y le lanzó una mirada desafiante directamente a los ojos.— Esto es mucho mejor que un parking,¿ no crees?

Juan se acercó a ella hasta quedarse escasos centímetros, sin apartar la vista de su mirada, alargó un brazo para poner la mano sobre el principio del muslo de Laura que fue subiendo lentamente, acariciando su piel y levantando la falda del vestido.— Me ha parecido muy feo que no me esperases en el baño. Laura sintió como toda su piel se erizaba. Su cuerpo volvía a arder en deseo.« No todos somos tan afortunados como tú y a veces

las cosas no salen como las planeamos», susurró ella. Juan siguió subiendo la mano hasta llegar a su trasero, lo agarró con fuerza por encima de las bragas y la atrajó hacia él. Al mismo tiempo, puso la otra mano sobre uno de sus generosos senos y se lo estrujó, disfrutando de su tacto a través de la tela del sujetador. pues ahora no tengo ninguna intención de dejar que nada se interponga en mis planes. Ni yo tampoco. Laura se lanzó a por su boca y ambos se fundieron en

un acalorado beso. Juan le estrujaba el pecho y el culo al unísono mientras ella le ponía las manos en las caderas para empujarle contra ella, buscando sentir esa dureza impactando directamente contra su intimidad. Ambos frotaron sus cuerpos con furia. Laura abrió las piernas buscando aumentar el contacto y Juan, impaciente, le subió por completo la falda del vestido para contemplar

su lencería. Llevaba unas preciosas bragas de encaje blanco que transparentaban su vello púbico más de lo que él podía soportar. Pegó la boca a su oreja. Te voy a follar. Te la voy a meter hasta que chilles. Bof, mucho hablar y poco actuar. Mientras tanto… Arriba, a Eva le podía la curiosidad. Tenía unas ganas horribles de saber qué estaban haciendo esos dos allí abajo, así que, sin hacer ruido,

comenzó a descender por los escalones. Se detuvo a mitad de camino, agachándoselo justo para asomar la cabeza entre los peldaños y el techo del sótano. La posición le otorgaba una vista perfecta de su amiga. Lo que vio la dejó perpleja y profundamente excitada. Laura estaba apoyada de espaldas contra el arcón congelador mientras se besaba con Juan con

una desesperación salvaje. Él, colocado entre sus piernas, se bajó de a un solo golpe los pantalones y los calzoncillos para mostrar una erección que debía haber estado sometiendo a una dura prueba a las costuras de su pantalón. Vio como su amiga dirigía una mirada de infinito deseo hacia esa amenaza que apuntaba directamente a su entrepierna y después se apartaba las bragas a un lado exponiendo sin el

menor atisbo de vergüenza su intimidad. Juan, sin pensarlo un segundo, la volvió a agarrar con fuerza por el trasero y la penetró con una lujuria brutal. Su amiga tuvo que morderse la mano inmediatamente para no chillar en mitad de la casa, pero aún así, Eva pudo escuchar un gemido ahogado, una prueba irrefutable del éxtasis que estaba experimentando mientras sentía como ese trozo de carne completamente endurecido se abría paso

hacia su interior con una determinación incontenible. Juan no le dio la más mínima tregua, comenzó a embestirla con fuerza, obligándola a amoldarse a él, mientras Laura le agarraba el trasero exigiéndole aún más ímpetu. Eva observaba la escena petrificada, asimilando cada detalle de cómo su amiga se entregaba a uno de los invitados como si llevase toda la vida deseándolo. Se notaba a kilómetros que los dos cuerpos estaban ansiosos

por sentirse. Laura le miraba a los ojos fijamente mientras mantenía una mano metida en su boca para evitar gemir y con la otra empujaba el trasero de su amante una y otra vez como si quisiera que la atravesase con su masculinidad desbocada. El morbo de la situación empezó a encender su propia intimidad. Nunca había presenciado algo semejante. Los dos protagonistas estaban ensarzados en una batalla que emanaba

tal pasión que estaban consiguiendo contagiarla. Cuando ya sentía la imperiosa necesidad de meter la mano entre sus piernas y compartir el desenfreno de aquella ardiente pareja, la voz de Roberto desde la planta baja rompió el encanto de repente.—¡ Eva!¿ Dónde estás? Mientras maldecía lo increíblemente inoportuno que podía llegar a ser su novio, Eva supo que tenía que abandonar

su privilegiado escondite si no quería ser descubierta. Salió corriendo escaleras arriba en silencio y, en cuanto llegó a la cocina, respondió con voz agitada.« Enseguida voy, amor». Abajo, al escuchar los ruidos de esos pasos precipitados en la escalera, el pánico se apoderó de los dos amantes. Rápidamente se compusieron las ropas y dirigieron una mirada asustada hacia los últimos escalones, justo donde se perdían ocultándose tras el techo, pero ya

estaban perfectamente vacíos. Dios, no me lo puedo creer, alguien nos ha visto, susurró Juan con la respiración rota. Vamos a coger el hielo y subimos, pero esto no se va a quedar así. La adrenalina del peligro inminente se mezcló con los fluidos que ya empapaban el encaje blanco de Laura. Con las manos trémulas, ella se alisó el vestido, que ahora se sentía extrañamente pesado y húmedo contra sus muslos. Juan agarró mecánicamente dos bolsas de hielo y ambos subieron

las escaleras. Al entrar de nuevo en la planta baja, el contraste fue brutal. Eva estaba allí, de espaldas, picando el poco hielo que guardaban en el congelador de la cocina. En sus manos empuñaba la batidora con un dinamismo ligeramente exagerado tratando de disimular el temblor que se había apoderado de su cuerpo.« Por fin», dijo Eva, girándose con una sonrisa forzada. Sus ojos, inevitablemente, Escanearon el pelo sutilmente revuelto de Laura y el labio inferior de Juan, visiblemente hinchado.

Pensaba que os habíais quedado congelados ahí abajo. Había muchas bolsas de hielo. Costaba encontrar las buenas, improvisó Juan con una voz más grave de lo habitual. Laura no habló. Sentía el flujo denso y caliente de su propia intimidad resbalar lentamente por la cara interna del muslo, un rastro espeso que la hacía contener el aliento con cada paso. Miró a Eva y, en el milisegundo en que sus miradas se cruzaron, supo con absoluta certeza que su amiga

lo había visto todo. La complicidad y el morbo brillaron en los ojos de Eva antes de que ésta volviera a centrarse en los mojitos. La tarde avanzó en una especie de trance insufrible, jalonada por pequeños encuentros que no hicieron más que avivar las llamas. A las siete de la tarde, mientras el sol doraba el jardín, el grupo se reunió alrededor de la barra exterior. Laura se estiró para alcanzar una rodaja de limón justo cuando Juan se

inclinaba a por un abridor. El costado de su pecho firme y sin sujetador rozó directamente contra el bíceps de él. Ambos se congelaron un segundo. Juan bajó la mirada hacia el escote y pudo ver el brillo de una fina capa de sudor sobre su canalillo. Ella le sostuvo la mirada, entornando los ojos mientras humedecía sus labios con la punta de la lengua. Poco después, junto a la piscina, Juan pasó por detrás de Laura. El espacio era estrecho. No

hizo ningún esfuerzo por evitar el contacto. Deslizó deliberadamente la palma de su mano por toda la curvatura de su cadera, bajando hasta el nacimiento de su trasero. El tejido del vestido blanco, impregnado por la humedad que emanaba de su centro, se pegó a sus dedos. Laura arqueó sutilmente la espalda a la vista de todos, apretando los dientes para ahogar el gemido. Juan regresó con su grupo del instituto, pero

era un fantasma en la conversación. Sus amigos hablaban de hipotecas y de trabajos, pero sus ojos buscaban constantemente el vestido blanco. Su erección no había desaparecido. Simplemente se había acomodado, latente y furiosa, contra la costura de su vaquero. Laura, al otro lado del césped, estaba al borde del colapso sensorial. El roce de su propia ropa interior contra su clítoris hipersensible, empapada con los jugos de ambos, la estaba volviendo loca.

Cada vez que se sentaba, la tela mojada volvía a friccionar contra su centro hinchado. Ambos sabían que la mecha estaba encendida, pero ninguno encontraba la ocasión para apagarla. La noche cayó sobre la sierra y, con ella, el desmadre previsto. El alcohol fluyó y la piscina se llenó de invitados. Tal y como se esperaba, pocos acabaron en condiciones de conducir.

El amigo de Juan empezó a repartir sofás y habitaciones libres. Juan, tú te quedas en la habitación pequeña del piso de arriba, la que está al lado del baño grande, le dijo su amigo, dándole una palmada en el hombro. Fran y Alberto se quedan en el salón, que están para tirarlos a la basura. Juan asintió y subió los peldaños despacio. La casa empezó a quedarse en silencio, rota solo por

los ronquidos lejanos del piso de abajo. Se quedó tumbado en la cama, a oscuras, vestido únicamente con sus boxers negros. Su cuerpo era una caldera. No tenía ni idea de en qué habitación habrían acomodado a Laura y no era plan de ponerse a recorrer toda la casa buscándola. Incapaz de contenerse más, se metió la mano por dentro de la tela elástica. Su miembro, completamente rígido, saltó hacia afuera.

Lo agarró con fuerza y empezó a masturbarse con un ritmo lento y pesado, cerrando los ojos e imaginando que eran los labios de Laura los que le envolvían. Estaba tan concentrado en la fricción que el leve crujido de la puerta casi le pasó desapercibido. El pomo giró sin hacer ruido. La silueta blanca de Laura se recortó contra el marco. Juan detuvo el movimiento de su mano, pero no se tapó. Se quedó estático, mostrando su erección palpitante apuntando hacia el techo bajo la tenue luz de la luna.

Laura cerró la puerta a sus espaldas y echó el cerrojo con un clic que retumbó en la estancia. Al ver a Juan tumbado en la cama, con el torso desnudo y la mano aún rodeando su miembro erecto, la lascivia de la escena la inundó por completo. Esto no es lo que me había imaginado cuando dijiste que no se iba a quedar así, susurró ella con voz rota. Iba descalza. El vestido blanco aparecía completamente desabrochado por la espalda. Con un movimiento lento, Laura dejó que el vestido resbalara

por su cuerpo, cayendo al suelo en un montón. Juan contuvo la respiración. Tal y como sospechaba, no llevaba bragas. Estaba completamente desnuda. con sus pechos firmes mostrando unos pezones duros como piedras, destilando un olor al mezclado que inundó la estancia. Laura caminó hacia la cama, se subió al colchón de rodillas y gateó hasta quedar ahorcajada sobre los

muslos de Juan. Se inclinó hacia adelante, dejando que sus senos rozaran el pecho de él, llevó una mano hasta su entrepierna y se la humedeció con sus propios jugos antes de apartarle la mano del miembro para sustituirla por la suya, moviendo el prepucio con una urgencia desesperada.« Mírame cómo lo hago», gimió ella al oído de Juan, mientras

su mano se humedecía instantáneamente con el líquido preseminal. Juan soltó un rugido, le agarró las caderas con fuerza brutal y la levantó ligeramente para guiar su miembro directo hacia esa entrada que palpitaba pidiendo guerra. La bajó de golpe, hundiéndose en ella de una sola estocada implacable. El grito de Laura fue un gemido agudo de puro impacto que Juan tuvo que ahogar pegando su boca contra la de ella en un beso hambriento. El acoplamiento era tan perfecto

que Juan sintió que la cabeza le estallaba. Comenzó a empujar con la cadera desde abajo, embistiéndola con una fuerza desquiciada. El cuerpo de Laura se sacudía sobre él, sus pechos rebotando con violencia mientras ella echaba la cabeza hacia atrás. Más Juan, más, reviéntame, gimió ella, clavándole las uñas en los hombros hasta arañarle la piel. Juan la sujetó por la cintura, la giró en un movimiento rápido y la dejó de rodillas sobre la cama, con las piernas abiertas

y el trasero apuntando hacia él. Le agarró el pelo con una mano, tirando de su cabeza hacia atrás para obligarla a arquear la columna, mientras con la otra le abría las nalgas por completo. La visión de su sexo totalmente dilatado y desbordando fluidos bajo la luz de la luna terminó de desmantelar la cordura de Juan. Se la clavó desde atrás con una embestida tan colosal que las patas de la cama se desplazaron ruidosamente unos centímetros por

el suelo. Laura soltó un aullido sordo, ahogando la boca en la almohada al sentir como ese miembro descomunal estiraba las paredes internas. Mientras esto ocurría en la cama, En el piso de arriba de la casa de la sierra, la arquitectura del lugar jugaba su propio papel. La habitación pequeña contaba con un gran ventanal de diseño moderno que

daba directamente hacia la terraza superior. Desde allí, oculta en la penumbra de la madrugada, Eva se encontraba de pie, con las piernas temblorosas y el corazón en un puño. Había subido con la excusa de buscar mantas, pero al ver el reflejo de la luna sobre el cristal desnudando la escena interior, no pudo evitar acercarse. A través del ventanal, Eva contemplaba con absoluto morgo cómo el cuerpo de Laura empezaba a convulsionar bajo los brutales empujones que Juan le

daba desde atrás. La visión era tan explícita y pornográfica que la propia intimidad de Eva comenzó a gotear, empapando su ropa interior. El sonido seco de los impactos de la pelvis de Juan contra las carnes de Laura y los aullidos ahogados de su amiga atravesaban el cristal, creando

una atmósfera de perversión insoportable. Espoleada por la lujuria ajena, Eva deslizó una mano bajo su propia ropa, tocándose al mismo ritmo salvaje en el que Juan poseía a Laura, compartiendo el éxtasis en el mismo espacio, conectadas por un hilo invisible de deseo. Abajo, ajeno a los ojos que los observaban desde la terraza, Juan estaba completamente poseído por

la lujuria. Todo en esa mujer era extraordinariamente excitante. La forma en que temblaban sus nalgas con cada embestida, el increíblemente caótico bamboleo de sus generosos pechos y sobre todo, la manera tan sensual que tenía de gemir, esa incapacidad para contener los sonidos que salían de su boca por mucho que lo intentase, le empujaba a penetrarla con más fuerza tratando de conseguir que se convirtieran en aullidos y así saber que había conseguido hacerla perder la cabeza igual

que ella se la había hecho perder a él. Juan no pudo contener toda la pasión que le provocaba aquella mujer y dio tres estocadas definitivas, enterrándose hasta la raíz. Su miembro se puso aún más rígido antes de que un gemido desgarrador saliera de su garganta, derramándose dentro de ella en una descarga masiva y ardiente. Al mismo tiempo, el orgasmo de Laura estalló en una onda expansiva que

le paralizó los músculos, haciéndola colapsar definitivamente sobre el colchón. Arriba, en el balcón, Eva llevaba un rato con ambas manos metidas dentro de su ropa interior. Con una se frotaba intensamente y con la otra se metía los dedos replicando el ritmo salvaje con el que su amiga era penetrada. Ver cómo los dos amantes estallaban le hizo alcanzar su propio clímax casi al unísono, conteniendo el aliento en mitad

de la noche estrellada. Se quedaron así durante lo que parecieron siglos, unidos por el calor y el fluir de sus cuerpos. El peso del silencio posterior delató que aquello ya no era solo un polvo memorable, había algo distinto, algo que los unía firmemente. El domingo por la tarde, el ambiente de la casa reflejaba la típica y perezosa resaca de fin de semana. Los invitados se despedían entre abrazos. Juan estaba apoyado contra la valla del jardín, con una

taza de café negro entre los dedos. Su mirada seguía de forma inevitable a Laura, que charlaba cerca del porche con unos pantalones cortos y una camiseta holgada. Su forma de caminar, un tanto lenta y pesada, delataba el castigo físico de la noche anterior, y ese detalle hacía que a Juan se le tensara la mandíbula de inmediato. Alberto y Fran ya se habían marchado, pero Eva y Roberto se acercaron a ellos para la despedida final. La tensión

en el aire se cortaba con un cuchillo. Eva miraba a Laura con una sonrisa de absoluta lascivia contenida, una mirada cargada de un conocimiento secreto que hacía que a su amiga se le subiera el color a las mejillas.« Bueno, chicos», dijo Roberto, pasando un brazo por los hombros de Eva con total inocencia.« Esto ha sido un éxito. Tenemos que organizar la primera cena en nuestro nuevo piso en cuanto

terminemos la mudanza. Algo pequeño, los cuatro solos». Eva dio un paso al frente, entornando los ojos con una picardía que rozaba lo delictivo. Miró a Juan de arriba abajo, deteniéndose un segundo en su entrepierna, y luego clavó sus ojos en Laura. Sí, una cena muy privada, añadió Eva, bajando la voz de una manera sutilmente sugerente. En esta casa se quedaron algunas conversaciones a medias. Creo que a los cuatro nos vendría bien hablar de ciertos detalles con

mucha más calma. en una mesa donde podamos compartirlo todo. A Juan se le aceleró el pulso. Miró a su amigo, que sonreía ajeno al territorio salvaje que su pareja acababa de abrir, y luego miró a Laura. Ella le sostuvo la mirada, no había urgencia, sino una promesa madura, el entendimiento de que el sexo los había unido, pero que la química los iba a arrastrar a algo mucho más complejo.

Laura sacó el móvil del bolsillo trasero y se lo tendió a Juan con una lentitud deliberada.« Apunta», dijo ella, con una sonrisa ladeada.« No vaya a ser que volvamos a perdernos el rastro». Juan tomó el teléfono. Tecleó su número sabiendo que las cartas sobre la mesa habían cambiado

de forma inimaginable. Las palabras de Eva habían dejado flotando en el aire un aroma a complicidad cruzada, una expectativa perversa donde los límites de la amistad, las parejas y el deseo prohibido se emborronaban por completo de cara al próximo encuentro, aunque eso Juan no lo sabía aún con certeza.« Te llamo esta semana», susurró Juan, devolviéndole el smartphone.« Más te vale», respondió ella en un susurro clandestino antes de

dar la vuelta hacia su coche. Juan la vio alejarse por el camino de tierra, con la mente nublada y la sangre todavía latiéndole con fuerza. Mientras el coche de ella levantaba una pequeña nube de polvo, él aún podía sentir en la palma de la mano la textura de su trasero y en el olfato ese aroma almizclado que se le había quedado grabado a fuego. No sabía si la próxima vez que se encontraran estarían de nuevo a

solas en una habitación a oscuras. arrancándose la ropa con la misma violencia huracanada, o si terminarían los cuatro sentados a la mesa en la casa de sus amigos mientras

compartían una inocente charla. La sospecha flotaba en el aire de la tarde como una corriente eléctrica e insoportable, la posibilidad real de que, entre copa y copa en esa futura cena, Eva terminaría por mirarlos fijamente y confesarles, con la voz rota por el morbo y las pupilas dilatadas, que había sido espectadora de lujo de cada una de

sus perversiones. que lo había visto todo desde la terraza con vistas directas al gran ventanal de la habitación de la sierra, que había escuchado los aullidos del aura, el crujir de la madera y el sonido seco de los impactos de su pelvis, y que ellos mismos se habían poseído al mismo ritmo bajo la luz de la luna, devorados por la lujuria ajena.

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