Mi papá era camionero, era distante, llegaba tarde a casa, muchas veces de madrugada, bebía mucho y también cogía por fuera. Mamá era más joven que él, se quedaba en casa, sola o conmigo, haciendo los quehaceres y cuidando de mí. Cuando mi papá tenía días libres, mamá se encerraba con él en su habitación. Yo no tenía malicia, pero daba una enorme curiosidad saber por qué los días que él estaba en casa ella se comportaba de forma tan diferente,
esos días no me ponía cuidado. Solo salía de la habitación para encargarse de nuestro alimento, lo hacía usando apenas alguna prenda, la mayoría de las veces era solo una camiseta de tirantes y una tanga que se le metía entre las nalgas. Al ir a la cocina la veía de espalda y pensaba que no llevaba nada puesto entre las piernas ya que solo se le alcanzaba a ver el culo desnudo y no era sino hasta que se daba la vuelta que podía notar que si traía algo puesto.
Esos días papá se volvía a su mundo y ni importancia le daba a dejarse verse mi desnuda. Mi mamá era una mujer delgada, de piernas largas a la cual las tetas se le habían desarrollado solo un poco tras el embarazo. Siempre que iba con ella en la calle la veía recibir cumplidos por su atractivo físico, en la época que se encontraba de moda solía usar jeans de tiro bajo y camisas que dejaban su ombligo expuesto. Era un bombón, una mamá joven y de un atractivo físico
que sólo hacía a los hombres pensar en sexo. Los días que mi papá pasaba la noche por fuera yo dormía con ella, me abrazaba cariñosamente hasta quedarnos dormidos, pero con el tiempo naturalmente fui creciendo y donde antes había inocencia comenzó a haber deseo. Su cuerpo comenzó a generar en mí lo mismo que generaba en los hombres de la calle y ya no dejaba que fuese ella quien me abrazara, era yo quien la comenzó a abrazar a ella. Me juntaba a mi mamá de cuchara con el objetivo
de apoyarle mi miembro durante la noche. En mis sueños, los que comencé a tener esas noches, su amor maternal se volvía deseo sexual y ella se convertía en mi amante. En las mañanas despertaba y veía que ya no se encontraba en la cama y al ir a la cocina la podía ver haciendo el desayuno aún usando esos shorts pijamas cortos que dejaban sus muslos y piernas descubiertos. Después me iba al baño a hacerme las que fueron mis
primeras pajas. Al principio las pajas eran pocas y las hacía sólo usando mi imaginación, pero con el tiempo fueron más y comencé a verme en la necesidad de añadir su ropa íntima. El olor de su coño concentrado en aquellas prendas de escasa tela era un elixir que me hacía llegar a altísimos niveles de excitación y como siempre las devolvía justo de donde las había tomado ella ni
siquiera sospechaba. Con los años fui creciendo aún más, en todo sentido, era ya casi un hombre, pero mis hábitos sexuales no habían cambiado, seguía apoyándole mi verga en las noches, que era ahora incluso más grande y gruesa. La primera vez que la sintió intentó apartarse disimuladamente y sin intentar nada más se la arrimé otra vez, entonces se quedó quieta aceptó que se la dejara apoyada. Fingí dormir y cada vez que veía que intentaba separarse se la arrimaba
nuevamente hasta que ya no intentó separarse más. Al día siguiente puso una almohada entre nosotros, lo hizo para cubrirse el culo. No dije nada, solo me acosté en la cama, tomé la almohada como si nada y la coloqué bajo mi cabeza, no supo qué decir, había desarticulado su barrera en un segundo. Se la apoyé de nuevo, al rato intentó separarse y se la volví a apoyar, esta vez lo hice con más descaro, como enviándole el mensaje, mamá, no voy a intentar nada más, pero deja quieto tu culo,
no pasa nada, tranquila, solo te la voy a recostar. Tres, cuatro, cinco noches más pasaron en la misma dinámica hasta que finalmente descubrió cómo evitar que se la apoyara, se acostó de frente, es increíble que no lo hubiese hecho antes porque era realmente efectivo. Dejé pasar una noche así, pero a la siguiente supe que tenía que hacer algo o se volvería costumbre. Mamá,¿ podrías darte la vuelta? Le solicité en tono inocente. Es que me gusta abrazarte, anoche no
dormí bien. Sí, Mario, no hay problema, dijo poco convencida tras dudar un segundo y se giró. Me pareció que simplemente no quiso negarle a su hijo la posibilidad de que la abrazase. Yo aproveché y me arrimé a ella más que nunca, incluso la abracé no sólo poniéndole un brazo encima como de costumbre, sino también haciéndole pasar uno por debajo de su cuerpo, sujetándola y dejándola enganchada a mí.
Hueles muy bien, le dije al oído. Es una crema que me pongo para dormir, dijo tratando de ocultar que su evasiva había sido frustrada. Me gusta dormir contigo, le dije. Cuando tu padre está en casa duermes en tu habitación, dijo. Porque no me queda de otra. Esas noches las paso mal,
le dije. Estoy acostumbrado a dormir abrazado a ti. Sí, es normal, me dijo, te he criado así, pero ya eres casi un hombre, dentro de poco dejarás de querer dormir conmigo y comenzarás a querer dormir con chicas jóvenes. Te conseguirás a una mujer a la que quieras abrazar en la noche más que a mí. Luego te querrás mudar y después ni siquiera querrás venir a visitar a tu vieja madre. No estás vieja, le dije, falta mucho para eso, apenas tienes 36. Yo solo quiero abrazarte a ti,
pero si te incomoda me puedo ir a mi habitación. No, dijo. Quédate, no me molesta, pero ya verás, ya verás que así será. Esa noche no hizo ningún intento de separarse, incluso me dio la impresión de que movió su culo como para que mi verga se le acomodara correctamente entre las nalgas, por lo que se la apoyé toda la noche con plena confianza, lo hice sin propasarme. Me encontraba feliz de que por primera vez aquella manía mía de recostarle el
miembro mientras dormíamos estaba siendo recibida sin oposición. A la mañana siguiente desperté yo primero, la tenía abrazada, estaba casi completamente sobre ella, le tenía una pierna montada encima y mi polla, que gozaba de una erección matutina, reposando sobre su culo. Me levanté y vi que el pequeño sort se le había encajado bastante en el culo. Me encontraba
excitadísimo y bastante empalmado. La miré nuevamente para comprobar que seguía dormida y entonces me atreví, usando no más que uno de mis dedos, a apartar hacia un lado la tela de su entrepierna. Lo que experimenté no puedo describirlo, tenía la sensación de haber encontrado un tesoro, mi mamá tenía un coño muy carnoso y abultado, con algo de bello, pero ordenado. Me encontraba en éxtasis, mis ojos estaban viendo lo mejor del mundo. Sin embargo, a pesar de las
ganas que le tenía, no me atreví a metérsela. Incluso para mí eso era demasiado, no me atrevía a despertar a mi madre penetrándola.¿ Cuál sería su reacción al despertar con mi polla clavada en su coño? Aún así me fue irresistible no abusar tan siquiera un poco de un coño tan dispuesto como el que tenía frente a mí, por lo que me tomé el inmoral atrevimiento de pasar
superficialmente un par de dedos entre sus gruesos labios. Lo hice sin pericia ni maña, se trató más de una exploración del sexo opuesto que de cualquier otra cosa, casi parecía circunstancial que se tratara del coño de mi mamá, aunque en realidad de circunstancial no tenía nada. La cosa se me estaba dando sin buscarlo y yo no lo sabía. Después de eso tuve que irme al baño a limpiarme porque me había corrido en mis shorts. Al salir noté que ella ya no se encontraba en la cama, se
había levantado a hacer el desayuno. Después de esa noche para mi fastidio mi papá regresó y pasó varios días en la casa, por lo que no podía pasar las noches con ella, sino que me tocaba volver a dormir solo en mi habitación, en una cama más pequeña y abrazando una almohada. No podía dejar de pensar en su coño, era una imagen que no me podía sacar de la cabeza. Sin embargo, mi mamá se mostraba distante, inmediatamente asumí que eso se debía a lo que había hecho esa mañana
cuando acaricié con ignorancia su coño con mis dedos. Fue algo que no daba margen para la duda y de lo que comencé a arrepentirme de haber hecho. Me había dado la confianza de dormir con ella en mis dudosos términos y yo me había atrevido a frotarle un par de dedos en el coño mientras dormía o mientras yo creía que dormía, porque entre más lo pensaba más comenzaba a pensar que había estado despierta o que por lo
menos yo la había hecho despertar. Así como algo me hacía arrepentirme, de la misma forma también me hacía pensar que debía haber hecho más.¿ Será que mi mamá había querido que pasara algo y no podía admitirlo, si estaba despierta mientras eso ocurría, entonces que estaba esperando a que pasara?¿
No sabía cómo reaccionar o no quería hacerlo? Cuando mi papá volvió a marcharse la distancia entre los dos se había ampliado lo suficiente como para que no me atreviese a ir a su habitación en la noche, lo hice como un gesto de que entendía que me había pasado de la raya. La respuesta que recibí fue positiva, mi mamá se acercó más a mí y las cosas comenzaron
a ser como siempre habían sido. Pasó un año más desde entonces y, aunque no había tenido novia aún, ya había conseguido dar mi primer beso, había sido con la prima de un amigo una noche en la que hacíamos esa tontería de verdad o reto, por lo demás seguía masturbándome pensando en mi mamá y oliendo sus hilos como un loco, pero no había vuelto a dormir a su lado. La parte positiva es que nuestra relación estaba mejor que nunca.
El único consuelo que yo tenía era que mis padres seguían conservando el hábito de encerrarse en su habitación a follar, reír, dormir y mirar la televisión, y que por ende mi mamá seguía saliendo de la habitación pobremente vestida para hacer la comida, aunque ahora lo hacía con más cuidado, sólo cuando yo no estaba en casa o cuando sabía que estaba ocupado en mi habitación, es decir, cuando sabía que
no podía verla. Sin embargo, cuando finalmente me percaté que aquel hábito no había desaparecido comencé a calcular el tiempo perfecto para regresar a casa e inventaba excusas para darme una vuelta por la cocina y así mirar sus largas piernas y su suave culo. La vista era impresionante y jamás defraudaba, era una mujer sumamente sexy, su cuerpo a los 37 no era el clásico cuerpo de madre, sino que conservaba una figura delgada y una piel lisa que la
hacía ver todavía muy joven. Trataba de mantenerme en la cocina y le sacaba conversación, lo hacía tratando de mantener un tono natural, como si no me importara ni me fijara en que tenía el culo al aire. No obstante, se le notaba incomoda, todavía dudaba de que yo, siendo su hijo, pudiese verla sexualmente, aunque sí que comenzaba a quedar claro que yo había crecido, y que exponer su figura femenina con tal negligencia era como mostrar carne a
un tigre que estaba hambriento.¿ Tienes hambre? Dijo sin doble intención mientras estiraba su camiseta de tirantes hacia abajo aspirando cubrirse el culo lo más posible. Falta poco para que la comida esté lista, puedes esperar en el comedor. No respondí, estaba absorto mirándole las nalgas, eran de revista.¿ Me has escuchado? Dijo. Espera en el comedor, que ya te llevo la comida.
Hubo algo en la forma en la que lo dijo que me hizo especular que la distancia que ella ponía entre los dos tal vez no era para contenerme a mí, sino que podía ser para evitarse a sí misma ceder a ese algo animal que encendía la chispa. Entonces, era entendible y justificable su renuencia, pues siendo yo su hijo lo único que podíamos ocasionar era un incendio. Miré de abajo arriba nuevamente sus largas piernas y su perfecto trasero
que de a poco iba quedando nuevamente al descubierto. Movido por una fuerza animal me le acerqué por detrás, me saqué los shorts y le apoyé la verga entre las nalgas. Ella enseguida hizo como para girarse, pero no la dejé.—¿ Qué haces?— dijo. Se la apoyé más, juntando mi pelvis a sus nalgas sujetándola de la cintura.— No, Mario,¿ qué haces?— me dijo. Ya me encontraba completamente sobre ella, respirándole en el cuello. Mi verga estaba dura y tenía vida propia. Mamá, dije,
quiero hacerlo contigo. Su rostro se llenó de inseguridades, no sabía cómo decirme que no, no sabía qué hacer. Tu papá se va a molestar, fue lo único que se le ocurrió decir. Mi papá era un hombre grande, pero era tan distante que no suponía ninguna autoridad para mí, casi ni lo conocía. No pasa nada, le dije. Él nunca sale. No, no, pero si va a salir, no podemos, me dijo. No sé, no sé, respondí bajándole el hilo.
Fue orgásmico verlo desprenderse de su culo, ver cómo ese delgado trozo de tela perdía la tensión al sacárselo de las nalgas. Lo dejé caer y se deslizó por sus piernas hasta llegar casi instantáneamente a sus pies.
