Con mi vida sin sentido, empece con el intercambio de parejas y me encanto - podcast episode cover

Con mi vida sin sentido, empece con el intercambio de parejas y me encanto

Jun 16, 202629 minSeason 3Ep. 122
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Speaker 2

el taconeo de mis zapatos sobre el asfalto mojado de la ciudad sonaba distinto esa tarde de viernes. No era el eco aburrido y pesado de quien vuelve a casa arrastrando los pies tras una semana agotadora de oficina, rellenando informes idénticos y manteniendo conversaciones vacías frente a la máquina de café de la sala común. Esas charlas sobre el tiempo o el tráfico de las que uno se olvida

a los cinco segundos. Hoy, mis pasos los sentía ligeros, rápidos, como si tuvieran prisa por llegar a un sitio prohibido. Llevaban un compás acelerado, un pulso distinto, similar al ritmo de una canción que te hace mover los pies sin que te des cuenta. A mis 34 años, sentía que mi vida se había convertido en un guión de cine demasiado previsible, de esos en los que te sabes el final desde

los primeros 10 minutos. Mis días eran una sucesión de mañanas grises y tardes monótonas donde mi cuerpo funcionaba como un simple coche de San Fernando, un vehículo útil para transportarme de un compromiso a otro, del metro al escritorio, del supermercado a la cama, pero completamente apagado por dentro. Una cáscara vacía. Sin embargo, hoy no. Hoy había decidido saltarme las señales de tráfico, salirme de la carretera principal y

descarrilar voluntariamente. La motivación no había surgido de un impulso ciego o de una locura de última hora, sino de un boteo lento y constante, como el agua que termina por desgastar la roca más dura. Llevaba meses metiéndome en foros de internet a altas horas de la noche, con la única luz de la pantalla iluminando mi habitación a oscuras. Me descubría a mí misma mordiéndome el labio inferior, con el corazón acelerado frente al ordenador, devorando testimonios y crónicas

de personas reales. Me pasaba las horas imaginando que se sentiría al cruzar de una vez por todas la línea invisible que separa la fantasía de la carne y hueso. Quería mirar. Anhelaba la pureza del bolleurismo en estado salvaje, despojada de las pantallas de los teléfonos y portátiles que, al fin y al cabo, todo lo anestesian y lo vuelven lejano, como si fuera una película de ficción. Echaba de menos la realidad sin filtros. Anhelaba el olor espeso del sudor ajeno, Ese aroma que se te pega a

la garganta. El sonido real de un gemido áspero que no ha sido editado ni limpiado en un estudio de sonido. La vibración densa del aire en una habitación donde las normas sociales se suspenden por unas horas y la gente se quita las caretas de la decencia. De lo políticamente correcto o lo deseable por la mayoría de la sociedad. Quería ver la verdad desnuda de los cuerpos cuando mandan a paseo el asco del puritanismo y abrazan, sin vergüenza ni pedir perdón, el deseo más puro y animal. me

detuve por fin frente a la fachada. Era tan discreta que, si pasabas por delante sin fijarte, jamás habrías adivinado lo que se cosía dentro. No había luces de neones trepitosas, ni carteles llamativos, ni porteros de discoteca con mala cara. Sólo una puerta de madera maciza, pesada, barnizada en un tono oscuro casi negro, y un pequeño videoportero de latón antiguo empotrado en la pared de una callejuela estrecha y

apartada del ruido del centro de la ciudad. El corazón me dio un vuelco tremendo, un golpe seco que impactó contra mis costillas con tanta fuerza que, por un segundo, sentí un miedo absurdo. Temí que cualquier peatón que pasara por mi lado pudiera escuchar el bum bum retumbando en mi pecho. De repente, una oleada de calor subió como un ascensor averiado desde lo más profundo de mi vientre

directo a mis mejillas, encendiéndolas. Justo después, me recorrió un escalofrío helado, una corriente de aire que me erizó el vello de los brazos y de la nuca bajo la gabardina. Estaba tiritando, pero no de frío, sino de pura descarga de adrenalina.—¿ Qué demonios haces aquí?— me preguntó esa voz censora y aburrida que todos llevamos dentro, esa voz de monja que nos recuerda los peligros de salirnos del camino marcado.

La ignoré por completo. Caminé los dos pasos que me separaban del timbre, Respiré hondo, llenando mis pulmones con el aire frío y limpio de la tarde para darme valor, y presioné el botón metálico. El zumbido de la cerradura eléctrica al abrirse sonó en mis oídos como el golpe de un mazo, como un veredicto definitivo del que ya no puedes apelar. Al empujar la pesada puerta de madera y dar un paso al frente, ocurrió algo mágico, el ruido del tráfico exterior, el claxón de los coches y

el murmullo de la ciudad se apagaron de golpe. como si alguien hubiera pulsado el botón de silencio en un mando a distancia. En su lugar, me envolvió una música chill-out de tonos muy graves, profundos y seductores, un bajo continuo que parecía coordinarse a la perfección con el ritmo desbocado de mis propios latidos. El vestíbulo era precioso y elegante, muy alejado de la sordidez que los prejuicios suelen pintar en estos sitios. Las paredes estaban tapizadas con un terciopelo

granate que absorbía la poca luz que había. La iluminación era tan tenue que mis ojos tardaron unos segundos en acostumbrarse a la penumbra. Una mujer de una belleza madura, serena y con una sonrisa cómplice e inteligente me recibió

tras un mostrador de recepción de madera pulida. No había ni un ápice de juicio en sus ojos, ninguna mirada de arriba abajo que me hiciera sentir incómoda, sólo una calidez tan profesional y humana que logró aplacar, de inmediato, el temblor que todavía me agitaba el espíritu y el cuerpo.

Tras dejar la gabardina y el bolso en el guardarropa, me quedé desarmada, a solas con el vestido que había elegido minuciosamente esa misma mañana antes de ir a trabajar, guardándolo en la mochila como quien esconde un tesoro robado. Era un diseño de seda negra de estilo lencero, con unos tirantes tan finos como hilos de pescar, que caía con suavidad, acariciando mis curvas hasta la mitad de la pierna.

No llevaba sujetador. Había tomado esa decisión adrede, y el roce continuo y suave de la seda directamente sobre mis pezones, que ya estaban endurecidos y erectos por la pura expectación del ambiente, funcionaba como un despertador continuo. Con cada paso que daba, esa caricia me recordaba el motivo de mi audacia,

el por qué estaba allí. Mis bragas de encaje negro, apenas un suspiro de tejido fino que no abultaba nada, ya acumulaban una sutil y cálida humedad que delataba, sin dejar lugar a dudas, mi absoluto estado de agitación interna. Estaba lista. Crucé el arco de piedra que conducía a la zona principal del local, el verdadero corazón del club. El espacio era inmenso y estaba diseñado como un laberinto

para los sentidos. Techos altísimos que se perdían en la oscuridad, columnas de piedra vista que le daban un aire de sótano antiguo o de castillo medieval, y una serie de reservados separados por unas pesadas cortinas de damasco que colgaban hasta el suelo, ocultando secretos a medias. el olor me impactó de lleno en la cara nada más entrar, como una bocanada de aire caliente en pleno agosto. No era un olor desagradable para nada, al contrario, era una mezcla

embriagadora y compleja. Olía a perfumes caros y sofisticados, a la cera quemada de docenas de velas que parpadeaban por doquier, al toque amargo y seco del alcohol de las copas que la gente sostenía y, por debajo de todo eso, hilvanando el ambiente, se percibía ese aroma dulzón, almizclado, espeso y cálido de la piel humana cuando se entrega al celo y al sudor del placer. Era el olor del sexo flotando en el aire. Me dirigí con paso lento hacia la barra para pedir una copa de vino blanco.

Necesitaba un asidero, algo físico que sujetar con los dedos, una excusa para camuflarme y no parecer una intrusa despistada que se ha perdido de camino al baño. Con el cristal frío de la copa entre los dedos, que contrastaba con el calor de mis palmas, me apoyé de espaldas

contra una gran columna de piedra. Desde esa posición de seguridad, comencé a hacer mi primer barrido lento con la mirada, utilizando mis ojos como si fueran unas manos invisibles que recorrían la sala, acariciando aquello que mis dedos aún no tenían el valor de tocar. El local albergaba una fauna

nocturna verdaderamente fascinante, un catálogo de deseos sin censura. A sólo unos metros de donde yo estaba, sentados en un enorme sofá Chesterfield de cuero desgastado por el uso, una pareja que rozaría los 40 años conversaba en susurros inaudibles con un hombre bastante más joven que ellos. Ella era una mujer rubia, con una espalda espectacular y esculpida, realzada por un vestido rojo ceñido que desafiaba por completo las leyes

de la gravedad. Se reía bajito, con una risa argentina, mientras la mano del joven se posaba con una lentitud tortuosa, casi dolorosa de ver, sobre su muslo desnudo. Pude ver el movimiento milimétrico, exacto, en que los dedos de él iban subiendo por la seda roja, tensando el tejido hacia arriba, arrugándolo, y como el marido de ella, sentado justo al lado,

observaba la escena fijamente, sin parpadear. Tenía la mandíbula tan apretada que se le marcaban los músculos de la cara y una respiración pesada, profunda, que hacía subir y bajar su pecho como un fuelle. La complicidad y el morbo entre los tres era como un cable de alta tensión pelado que cruzaba el espacio de la sala. Si lo tocabas, te electrocutabas. Mi cuerpo reaccionó a esa primera visión con

una violencia física que me asustó. Sentí un vuelco instantáneo en el estómago, una montaña rusa, seguida de una sensación caliente y pesada que se instaló de golpe cerca de mi sexo. Mis dedos se tensaron tanto que apretaron el tallo de la copa de vino blanco hasta temblar. Me di cuenta de que el bolleurismo tiene una cualidad casi mágica. El placer no nace de que te toquen a ti, sino de la traducción instantánea que tu cerebro hace del placer que ves en los demás. Te conviertes en un espejo.

En ese instante, me sentí extrañamente poderosa, como una reina invisible que lo controla todo con los ojos y, a la vez, completamente vulnerable, expuesta a que cualquiera descubriera mi juego. Moví la mirada un poco más allá. hacia una de las esquinas más oscuras y apartadas de la barra, donde una pareja visiblemente más joven se devoraba a besos con una urgencia que rozaba la desesperación. Estaban de pie, empotrados

literalmente contra la pared de piedra. El hombre tenía las dos manos hundidas, enterradas en el pelo de la mujer, tirando suavemente de él hacia atrás con la fuerza justa para obligarla a exponer la línea curva de su cuello. Ella tenía los ojos cerrados a cal y canto, el rostro sumido en un éxtasis ciego, ajena al mundo. Pude ver, gracias al destello parpadeante de una vela cercana, el brillo

húmedo de la saliva en sus labios entreabiertos. Cada vez que él presionaba con fuerza su pelvis contra la de ella, un pequeño gemido ahogado, sordo, escapaba de la garganta de la mujer. Era un sonido tan animal, tan real, que se filtraba a través de la música ambiental del local y viajaba directo a mi entrepierna provocándome una pulsación rítmica, un latido caliente que me obligó a cruzar las piernas

para aplacar la sensación. Decidida a no quedarme como una simple estatua en la barra y con ganas de adentrarme más en las entrañas de la experiencia, abandoné mi columna y caminé hacia la zona profunda de los reservados. Allí, las luces eran todavía más escasas, meros puntos de luz que apenas lograban rasgar la oscuridad, y el ambiente se

volvía mucho más denso, cargado de suspiros y susurros. El suelo, cubierto por una alfombra gruesa y mullida, amortiguaba por completo el impacto de mis tacones, permitiéndome moverme en un silencio absoluto, como una sombra sin nombre, un fantasma silencioso que se alimentaba del deseo y la energía de los demás. En el primer reservado que encontré con las cortinas abiertas de par en par, la escena que se presentaba ante mí era de un erotismo casi escultórico, como una estatua de

mármol cobrando vida. Sobre una gran cama redonda vestida con sábanas de un satén oscurísimo, casi negro, una mujer de curvas generosas, caderas anchas y pechos plenos estaba colocada a gatas, apoyada sobre sus manos y rodillas. Detrás de ella, un hombre de hombros anchos y brazos fuertes la sujetaba con firmeza por las caderas, hundiéndole los dedos en la piel. Los movimientos de ambos no eran rápidos ni desesperados, eran pausados, rítmicos, constantes.

casi como un ritual religioso o una danza sagrada. La luz de un pequeño aplique lateral recortaba sus siluetas en la penumbra de la estancia, dibujando una línea perfecta. Pude ver a la perfección el brillo del sudor acumulado en la espalda de él, un reguero luminoso, y como las manos de ella se clavaban con desesperación en los cojines de la cama, arrugando la tela en busca de un

anclaje donde sujetarse. Me quedé completamente inmóvil, congelada a un par de metros de la entrada de ese reservado, se me oculta por el pliegue de una pesada cortina. Mi respiración, de manera totalmente instintiva y mecánica, se acompasó con la de ellos. Yo inspiraba cuando ellos paraban y soltaba el aire con su movimiento. Cada embestida de él provocaba un sonido inconfundible, húmedo, sordo y carnal, el impacto de la piel contra la piel que me hacía estremecer desde la

punta de los pies hasta la nuca. De pronto, Ocurrió lo que tanto temía y deseaba. Vi como los ojos de la mujer, en un momento de abandono absoluto, se abrían de golpe y se encontraban directamente con los míos a través de la distancia y de la oscuridad. No se asustó lo más mínimo. No hubo vergüenza ni reproche. Al contrario, sostuvo mi mirada con una fijeza desafiante y, manteniendo el contacto visual, arqueó todavía más la espalda hacia abajo.

levantando las caderas y ofreciéndose con más ganas a su pareja y a mis ojos devoradores. Ese acto de exhibicionismo consciente, ese regalo generoso para mi mirada. Mis pezones se rozaron dolorosamente contra la seda áspera de mi vestido negro y sentí, con una claridad pasmosa, como una gota de lubricación natural, densa y caliente, resbalaba por la cara interna de mi muslo. Tuve que dar un paso atrás, apartando los ojos, sintiéndome mareada y abrumada por la intensidad de la emoción que

me recorría. Mi propio cuerpo se sentía hiperestesiado, como si me hubieran quitado una capa de piel y todos mis nervios estuvieran expuestos al aire. El ambiente del local parecía quemarme la garganta al entrar en mis pulmones y el más mínimo roce de mi propia ropa contra la piel me resultaba casi insoportable. Una lija deliciosa. Caminé un poco más por el pasillo alfombrado, buscando un rincón más tranquilo

donde asimilar la tormenta que estaba viviendo por dentro. Llegué entonces a una zona más amplia donde las camas estaban dispuestas en una especie de semicírculo, separadas las unas de las otras únicamente por unas gazas semitransparentes que flotaban con el aire acondicionado, revelando siluetas borrosas. Allí, la actividad era

mucho más colectiva y desinhibida. En una de las camas centrales, un trío compuesto por dos hombres y una mujer experimentaba con una parsimonia y una delicadeza exquisitas, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Uno de los hombres, Tumbado de lado, besaba y mordisqueaba con ternura el pecho de la mujer, mientras el otro, arrodillado entre las piernas abiertas de ella, le regalaba un placer oral concentrado, meticuloso y devoto,

moviendo la cabeza con un ritmo constante. La mujer tenía las manos entrelazadas con fuerza en el cabello de ambos hombres, hundiéndoles los dedos como si intentara aferrarse a algo terrenal, en medio de una tormenta perfecta de estímulos que amenazaba con hacerla volar por los aires. Yo observaba el vaivén húmedo de las lenguas, el contraste de los tonos de las pieles bajo los focos de colores, la entrega absoluta

y sin reservas de esos tres cuerpos. El bolleurismo me estaba consumiendo por dentro, derritiéndome, me sentía exactamente como una esponja seca metida en el agua, absorbiendo toda la lascivia y el deseo del ambiente para transformarlo en una urgencia física e inapelable que ya reclamaba, a gritos, mi propia atención. Fue justo en ese momento de máxima tensión cuando los

vi a ellos. Ocupaban un reservado especialmente amplio, espacioso, iluminado apenas por el resplandor rojizo y cálido de una gran lámpara de tonos anaranjados que creaba un ambiente de cueva acogedora.

Eran una pareja cuya simple visión resultaba fascinante, como si tuvieran un imán invisible que te obligaba a mirarlos.« Ella tendría más o menos mi edad, quizás un par de años menos», con el cabello oscuro cortado en un estilo bob muy cuadrado y sofisticado que le enmarcaba la cara, y una piel pálida, casi de porcelana, que contrastaba de una manera brutal con un conjunto de lencería de encaje

negro que dibujaba sus formas. Él era un hombre de mirada intensa, felina, con una barba de pocos días bien recortada y unas manos inmensas, de dedos largos, que delataban a la legua una mezcla perfecta entre fuerza bruta y delicadeza extrema. No estaban practicando el coito en ese momento, se estaban explorando el uno al otro con una lentitud exasperante,

como si quisieran saborear cada segundo de la espera. Él estaba sentado tranquilamente en el borde de la cama, con las piernas abiertas, y ella estaba de rodillas en el suelo, justo frente a él. Con dedos de pianista, le iba desabrochando la camisa de lino botón a botón, deteniéndose a besar con devoción cada centímetro de piel bronceada que iba

quedando al descubierto. dejando un rastro de labios húmedos por su pecho yo me detuve a una distancia prudencial a unos tres metros pero esta vez decidí no ocultarme detrás de ninguna cortina ni columna el vino blanco que me había tomado y la densidad de la atmósfera me habían despojado por completo de la timidez con la que había entrado por la puerta ya no quería esconderme quería que supieran que los miraba Quería, con todas mis fuerzas, que

mi mirada fija se convirtiera en un ingrediente más de su propio juego. Él fue el primero en levantar la vista del rostro de su mujer. Sus ojos oscuros, casi negros, cruzaron el reservado y se clavaron en los míos con una fijeza tan cortante que me heló la sangre en las venas, dejándome clavada al suelo. Lejos de apartarse, de taparse o de mostrar la más mínima incomodidad por verse observado por una extraña, una sonrisa lenta, Ladina y sumamente

atractiva dibujó sus labios. Sin dejar de mirarme, le dio un suave y tierno toque con el índice en el hombro a su mujer e indicó con un leve movimiento de la barbilla mi posición en el pasillo. Ella dejó de besar su torso de inmediato y se giró lentamente sobre sus rodillas hacia mí. Me recorrió de arriba abajo con una mirada analítica, paseando sus ojos por la caída

de mi vestido negro de seda. deteniéndose con evidente curiosidad en la evidente tensión de mis pezones marcados a través de la tela y en la forma defensiva en que yo misma me abrazaba por los brazos, intentando en vano contener el temblor evidente de mi cuerpo. Lejos de mostrarse celosa, la mujer sonrió con una ternura y una fascinación tan genuinas que me desarmaron por completo, derribando mis últimas defensas.

Él habló primero. Su voz era profunda, Vibró con tanta fuerza que sentí el eco directamente en mi pelvis, como una nota baja de un órgano de iglesia.—¿ Te gusta lo que ves, verdad?— preguntó. No había agresividad en su tono, no era una acusación de intruso. Era una invitación formal, una alfombra roja. Asentí con la cabeza en un silencio absoluto, completamente incapaz de articular una sola palabra coherente, sintiendo como la garganta se me secaba como si estuviera llena de

arena de desierto. Ella se incorporó un poco sobre la cama, apoyando con gracia los codos en las rodillas de su pareja, y me hizo un gesto suave, ondulante con los dedos de la mano para que rompiera la distancia de seguridad y me acercara un poco más a ellos.« Ven», dijo ella, y su voz era puro terciopelo, una caricia para el oído.« Quédate ahí mismo, al borde de la alfombra, donde podamos verte bien con la luz. Necesita muchísimo que nos mires», pero ahora queremos ver lo que todo esto te está

haciendo sentir a ti por dentro. Me acerqué con pasos vacilantes hasta quedar flotando al mismísimo pie de la cama redonda. El calor que emanaba de ese reservado era algo físico, casi palpable, como acercarse a una chimenea encendida en pleno invierno. Podía oler a la perfección el perfume de ella, una fragancia cara con notas dulces de jazmín y un fondo pesado de ámbar, y el aroma masculino, limpio y almizclado

de él. Él, manteniendo sus ojos fijos en mí, comenzó a acariciar el muslo interno de ella, subiendo con parsimonia el encaje de la lencería negra, apartando la tela para revelar su intimidad brillante, húmeda y sonrosada bajo la luz de tono ámbar de la lámpara. Ella soltó un suspiro largo, un soplido que sonó a rendición, cerrando los ojos por un breve segundo para saborear el tacto, pero volvió a abrirlos de inmediato para fijarlos de nuevo en mí, conectándose

a mi mirada. Interactúa con nosotros. Pidió el con voz ronca, sin dejar de acariciar a la mujer, moviendo sus dedos con una maestría y un conocimiento del cuerpo femenino que me hicieron soltar un jadeo involuntario. No nos toques si no te sientes cómoda, no hace falta que nos roces. Quítate las bragas ahora mismo. Queremos ver cómo te tocas tú sola mientras nos miras hacer el amor. Queremos oírte gemir con nosotros. La petición explícita congeló el ambiente y

suspendió el tiempo. como si el reloj del mundo se hubiera detenido de golpe. El corazón me latía con tanta fuerza que sentía los golpes directamente en las sienes, tapándome los oídos. Sentí, con un vértigo indescriptible, como caía de cabeza en un abismo oscuro y fascinante, un pozo del que ya no quería salir. Miré a la mujer, que en un movimiento felino ahora guiaba con su propia mano los dedos de su hombre directamente hacia su clítoris, comenzando

a balancear las caderas en un ritmo suave, circular. que hacía vibrar sus pechos libres bajo el encaje. Miré luego al hombre, que no me quitaba los ojos de encima, observándome con una intensidad devoradora y hambrienta, esperando con paciencia mi respuesta. Ya no había marcha atrás posible. El puente se había quemado. La timidez absurda de la mujer de oficina, la decencia impostada de la rutina diaria se habían quedado encerradas en el armario del guardarropa, junto a la gabardina

y el bolso. Aquí, En esta cueva de luz ámbar solo quedaba una diosa del deseo dispuesta a quemarlo todo. Lentamente, sin apartar ni un solo milímetro mis ojos de los de ella, llevé las dos manos hacia abajo, buscando el dobladillo de mi vestido negro de seda. Lo fui subiendo muy despacio, centímetro a centímetro, con una parsimonia ensayada, exponiendo la piel desnuda de mis piernas ante sus miradas sedientas.

Pude ver perfectamente cómo las pupilas de ambos se dilataban, volviéndose enormes, al contemplar la blancura de mi piel bajo el resplandor cálido de la estancia. Introduje los dedos índices por los laterales elásticos de mis bragas de encaje y, con movimientos pausados y fluidos, las deslicé hacia abajo, acariciando mis muslos, superando la barrera de mis rodillas, hasta que mis pies se liberaron por completo del tejido. Las dejé caer al suelo alfombrado sin mirarlas, como un lastre inútil.

como una cadena del pasado de la que por fin me desprendía para siempre. El aire acondicionado del local, ligeramente frío, chocó de lleno contra mi intimidad desnuda y expuesta, provocándome a un escalofrío tan intenso que me obligó a arquear la espalda y a entreabrir los labios para tomar aire.

Estaba completamente empapada, brillante por mi propio deseo acumulado durante horas.« Eso es, Dios, qué hermosa eres, mírate», susurró la mujer con la voz rota, y su propio ritmo sobre los dedos del hombre se aceleró notablemente al contemplar mi desnudez parcial. Apoyé mi espalda con fuerza contra la pared del pequeño sillón tapizado que estaba situado justo frente a ellos, ya que mis piernas se habían vuelto de gelatina y amenazaban

con fallarme en cualquier momento, haciéndome caer. Separé bien los pies.

plantándolos en el suelo abriéndome de par en par para sus ojos y bajé mi mano derecha mis dedos temblorosos por la adrenalina pero completamente certeros buscaron mi propio calor acumulado el primer contacto directo de mis dedos húmedos contra mi clítoris que estaba hipersensible hinchado por la espera me hizo soltar un gemido agudo un sonido limpio que resonó con fuerza en las paredes del reservado cerré los ojos por un breve instante saboreando el chispazo eléctrico que me

recorrió la espina dorsal como un relámpago, pero los abrí de inmediato, recordando las reglas del juego. El trato consistía en mirarnos, en devorarnos con los ojos. Frente a mí, la escena se volvió completamente frenética, rompiendo la lentitud anterior. Animados e incendiados por mi entrega y por el sonido de mi voz, el hombre levantó a la mujer en vilo con una facilidad pasmosa y la sentó ahorcajada sobre

su regazo. Ella lo rodeó con las piernas firmemente alrededor de la cintura y se bajó sobre él en un movimiento fluido, hundiéndose hasta el fondo. Los dos soltaron un gemido unísono, un sonido animal, profundo y ronco que llenó la habitación. Él comenzó a embestirla desde abajo con una fuerza controlada, rítmica y poderosa, mientras sus manos se aferraban a las nalgas de ella y sus ojos seguían fijos en mí, buscando mi cuerpo y mis reacciones como si

fuera su combustible. Yo empecé a frotarme con mucha más velocidad, contagiada por su ritmo. Mis dedos subían y bajaban sin descanso, hundiéndose levemente en mi propia humedad desbordante y luego ascendiendo con fuerza para presionar y masajear el centro mismo de mi placer. El sonido de mi propia masturbación, ese roce húmedo, rítmico y jugoso, se mezclaba en una sintonía perfecta con el impacto sordo y constante de sus cuerpos chocando en la cama y los jadeos, cada vez más cortos y agudos.

de la mujer del cabello oscuro. Mírame, me pidió ella con el rostro completamente transfigurado por el placer inminente, con los ojos desorbitados y brillantes mientras su cuerpo entero se sacudía y cabalgaba sobre el de él de una manera salvaje. Mira cómo me corro, míralo. Sostuve su mirada sin pestañear, hipnotizada, completamente seducida por la cercanía de su orgasmo, que actuó en mi propio cuerpo como un catalizador químico, como una

chispa en un barril de pólvora. La tensión acumulada en mi bajo vientre se convirtió en un nudo insoportable, una bola de energía pura que reclamaba estallar a gritos. Introduje dos dedos profundamente en mi interior, sintiendo el vacío, mientras mi pulgar presionaba con una fuerza casi dolorosa el clítoris, acelerando el ritmo de mi mano hasta el frenesí más absoluto. Mi respiración ya no era humana, era una sucesión de

jadeos desesperados, el aire me faltaba. el mundo exterior, la oficina, la ciudad vecina, el tráfico y el pasado desaparecieron por completo del mapa. Ya no existía nada más en el universo, solo tenía sentido esa cama de satén, la pareja enlazada en un espasmo violento de placer y mis propios dedos

llevándome en volandas hacia el límite del abismo. De repente, la mujer soltó un grito ahogado, agudo, escondiendo la cara en el cuello de su hombre mientras su cuerpo entero se ponía rígido como una cuerda de guitarra en mitad del clímax. Él la sujetó con una fuerza descomunal, hundiéndole las uñas en la espalda, rugiendo como un animal herido mientras se corría con violencia dentro de ella. Ver la entrega absoluta, la pequeña muerte de ese final ante mis

propios ojos, rompió definitivamente mi propio dique de contención. haciéndolos temblar. Mi pelvis se arqueó hacia adelante de manera completamente involuntaria, buscando más presión. Sentí una oleada de calor incontenible, un volcán de agua termal que brotó desde lo más profundo de mi útero, extendiéndose en ondas concéntricas, abrazadoras, por cada

rincón de mi cuerpo. Mis dedos se congelaron por completo, apretando con fuerza mi centro, mientras las contracciones vaginales me dominaban por completo, arrancándome de la garganta un gemido largo, trémulo,

agudo y profundamente liberador que pareció vaciarme el alma. Mis ojos se inundaron de lágrimas de pura intensidad física, viendo de forma borrosa y borrosa las siluetas de la pareja que, exhausta, sudorosa y aún unida en un abrazo íntimo, me miraba desde la cama con una mezcla de absoluta gratitud, complicidad y una profunda admiración.

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