Ep. 134 (ORISHAS Parte 3) - Obatalá, el artesano de la luz. - podcast episode cover

Ep. 134 (ORISHAS Parte 3) - Obatalá, el artesano de la luz.

Nov 28, 202533 minSeason 6Ep. 134
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Obatalá, el dios blanco, modeló el mundo con barro y paciencia. En este episodio exploramos su mito, sus símbolos, su sincretismo con Cristo y la Virgen de las Mercedes, y el alma de sus hijos: los que buscan claridad, justicia y compasión. Descubrimos a Obatalá como el creador que aprendió del error y convirtió la luz en sabiduría. 


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Transcript

Speaker 2

Hola, mi nombre es Susana Castellanos de Subiría y hoy, continuando con nuestra serie Los Orishas, Espíritus Africanos en América, hablaremos del Orisha Obatala, el artesano de la luz. Dicen los Yoruba que antes del tiempo solo existían el cielo y el mar. En medio del silencio, Olorumare, el dios invisible, ensueña el mundo. pero para hacerlo realidad necesitaba manos. Fue entonces cuando llamó a Obatalá, el más sabio y sereno de los orishas, y le encomendó la tarea de crear

la tierra y dar forma a los seres humanos. Obatalá descendió del cielo por una cadena de oro, llevando consigo una caracola llena de arena, una gallina blanca y una paloma. Cuando vertió la arena sobre el océano, la gallina y la paloma comenzaron a esparcirla con sus patas y sus alas, formando pequeñas islas que se expandieron hasta convertirse en tierra firme. A ese primer territorio lo llamaron Ileife, la tierra extendida,

el centro sagrado de la creación. Más tarde, Obatalá moldeó con barro los cuerpos de los hombres y las mujeres, pero cansado y sediento, bebió vino de la palma y se embriagó. Al despertar, descubrió que algunos de sus seres eran imperfectos, cojos, ciegos, deformes. Avergonzado, juró no volver a beber y asumió la responsabilidad de cuidar a quienes había

creado en medio de su error. Desde entonces, es el protector de los enfermos, los discapacitados, los ancianos y los marginados, aquellos que encarnan la fragilidad de la materia y y la grandeza del espíritu. La historia es su embriaguez, más que un mito moral, es una revelación simbólica. Obatalá, el dios blanco no es perfecto, es el artesano que tropieza, el creador que aprende a compadecerse de su propia obra.

En su caída, el mito enseña que la verdadera sabiduría está en transformar los errores en con pasión, reconociendo esos errores que se han cometido. En la teología yoruba, Obatalá ocupa un lugar central, es el orilla del orden y de la claridad, el que mantiene el equilibrio entre los mundos. Si Olodumar es pensamiento puro, Obatalá es su manifestación ética, la inteligencia que estructura el caos, la mente que organiza

la materia. Su virtud esencial es el iguapele, el buen carácter, una templanza que se expresa en la serenidad y en la justicia. En un universo donde todo está animado por el ashe, que es la energía divina, Obatalá encarna la forma y la armonía. Se dice que él no se precipita, no alza la voz, no impone. Habla poco, pero su presencia ordena. Los sacerdotes Yoruba aseguran que cuando el mundo

se agita, es Obatalá quien lo sostiene en silencio. Por eso se le asocia al pensamiento, a la reflexión, a la paciencia y al sueño, al tiempo lento de los sabios. Sin embargo, su naturaleza no es estática. Obatalá posee dos rostros, dos formas de existir. Por una parte, Oxalufá, el anciano, sabio, lento y reflexivo, y Oxagian, el joven enérgico que forja y crea. Ambos representan la dualidad fundamental de la creación, la calma y el movimiento, la contemplación y la acción.

Como diría Mircea Eliade, el orden cósmico nunca es estático, es un equilibrio perpetuamente renovado. En esa tensión, Entre ese reposo y dinamismo, Obatalá se convierte en símbolo de la inteligencia creadora, que sabe cuándo actuar y cuándo esperar. En los rituales, esa doble energía se traduce en los colores y gestos. Oxalufá viste blanco puro y se mueve despacio. Oxaguían, en cambio, mezcla blanco y plateado, lleva espada y trabaja con el hierro. Así, en una sola divinidad, conviven el

anciano y el joven, el pensamiento y la acción. En términos psicológicos, diría Jung, representa la unión de los opuestos, la integración de las polaridades del alma. La blancura de Obatala no es ausencia de color, sino síntesis de todos los colores, la armonía de la totalidad. Es el símbolo del self, ese centro luminoso de la psique. Si lo leemos desde los arquetipos, diríamos que en Obatalá el alma imagina la sabiduría como claridad, como un estado de apertura,

como luz que revela. La serenidad de Obatalá no es indiferencia, porque es un dios activo en lo invisible. Modela, ordena, guía, y su fuerza es la paciencia que sostiene el mundo. En su figura... Aquellas tradiciones yoruba reconocen el poder de la mente creadora, de la belleza y de la lentitud. Los artistas de Salvador de Bahía cuando lo representan lo hacen con las manos extendidas hacia adelante, como si todavía

moldear el barro del mundo. Y quienes le rinden culto dicen que en los días más calurosos del año es el quien sopla la brisa blanca que enfría los cuerpos. y despeja la mente. Entonces hablemos ahora de los símbolos de Obatalá, que es el orden hecho forma. Cada orilla se expresa a través de un lenguaje simbólico propio. En el caso de Obatalá, sus signos son tan sutiles como poderosos.

Son puentes entre el mundo visible y el invisible. Son condesaciones de sentido que revelan la estructura espiritual del universo. Tenemos entonces, por ejemplo, la gallina blanca. La gallina que Obatalá llevó del cielo es un animal sagrado, es un instrumento de creación, y con sus patas esparció la tierra sobre el océano primordial, separando lo informe, lo que no tenía forma, de lo concreto. Entonces, la gallina blanca es

un símbolo de esa potencia capaz de crear vida. Está presente también en otras mitologías, como en Asia Central, en Siberia, donde un ave desciende para rascar el barro y dar origen a la tierra. En Obatalá esa acción pequeña, mínima, mover la arena con las patas, expresa una profunda enseñanza. El mundo nace de un gesto humilde, del orden que

surge poco a poco. La gallina blanca entonces simboliza esa fecundidad del orden, el poder de lo pequeño para estructurar lo informe y en términos psicológicos representa la función psíquica que transforma la confusión interior en claridad, la sabiduría del

detalle frente a la ansiedad del todo. Por otra parte, tenemos otra ave que es la paloma, la paloma blanca, mensajera de paz, mediadora entre los mundos y es su símbolo universal, es la imagen del espíritu que desciende, es la misma que anuncia el fin del diluvio en el Génesis, que acompaña a Afrodita en Grecia o a Inanna en Mesopotamia. Y en la teología de Choruba, la paloma es el soplo del equilibrio, la dulzura que calma la ira de

los orishas guerreros. Psicológicamente expresa el principio femenino de la psique, la receptividad, la empatía, la contención, Es esa imagen que seduce, ¿cierto? Cuando Obatalala tiene como símbolo, recuerda que el orden está siempre cercano a la belleza, a la armonía. Tenemos también el caracol, que representa la escucha cósmica. Caracol que lo llaman Osor. Y en la liturgia Yoruba, se usa como instrumento oracular y como recipiente de ashe, de esa energía divina.

Su forma en espiral revela la estructura del universo, un movimiento que parte del centro y vuelve a él. Ese espiral lo podemos ver como una figura de iniciación, como un retorno cíclico a la fuente espiral. Y en la psique humana ese movimiento expresa el proceso de individuación del que habla Jung, el viaje hacia el centro del ser, hacia el centro de nosotros mismos. Así el caracol de Obatalá enseña que el conocimiento verdadero se obtiene en silencio

y en lentitud. Quien camina como el caracol, lento pero firme, avanza más lejos que quien corre sin ninguna dirección. También entonces, entre estos símbolos, tenemos el color blanco, que es el signo por excelencia de Obatalá. En la cultura yoruba es la síntesis, el blanco de todos los colores. Es el color de la revelación, de lo iniciático, de la totalidad. Representa la claridad mental, la serenidad moral, la transparencia del alma. El blanco es la imagen de la totalidad integrada, del

punto de unión entre la conciencia y la sombra. Entonces, aquellos seguidores de Obatalá buscan la luz para darle forma, la luz que ilumina desde adentro. Tenemos también que Obatalá tiene un bastón o un báculo. El bastón de Obatalá, el opaxoro, Es el símbolo de autoridad espiritual y de equilibrio. En todas las culturas, el báculo representa el eje del mundo, el punto de unión entre cielo y tierra. Es el centro de los reyes, la vara de Moisés, el bastón

del anciano sabio. Pero en Obatalá es un signo de soporte moral. Es un bastón que sostiene. Es el símbolo del maestro interior que llevamos, aquel que camina despacio pero con firmeza. El bastón es como una prolongación del cuerpo que orienta el movimiento y representa la conciencia que guía el impulso. Entonces estos símbolos los podemos ver como estructuras vivas del pensamiento simbólico, Yoruba, como expresiones materiales de una teología de la armonía y cada uno traduce una enseñanza.

La gallina nos habla de humildad, del orden, la paloma de la paz, del alma, el caracol del valor, del silencio, el blanco de la síntesis, de la totalidad y el bastón, la sabiduría que camina. Entonces, entre ellos podemos ir viendo una especie de mapa espiritual como una pedagogía del equilibrio y de la templanza y vemos que el ser humano al contemplarlos o al trabajarlos en sus ritos invoca estados

del alma que están participando del misterio. Entonces, el culto a Obatala vamos viendo que es una forma de conciencia encarnada. Y como hemos visto, estas tradiciones yoruba africanas al llegar a América se sincretizaron. Porque cuando los Yoruba fueron llevados a América en los barcos de la trata, no solo trajeron cuerpos y memorias, trajeron también a sus dioses, a sus espíritus. Pero para sobrevivir, esos dioses tuvieron que disfrazarse.

Y el sincretismo, esta mezcla cultural afroamericana, fue una estrategia de resistencia. Los orishas se ocultaron tras las imágenes del cristianismo y siguieron vivos, respirando. bajo otros nombres. Entonces, Obatalá, el orilla blanco, se sincretizó con las figuras más puras y luminosas del panteón católico. En Cuba, se asocia con Nuestra Señora de las Mercedes, patrona de la libertad y

de la misericordia. En Salvador de Bahía, con Nuestro Señor de Bonfim, o con Cristo crucificado, que es un símbolo del sacrificio redentor, y en otras regiones con la Virgen de las Nieves, que también es una imagen de pureza y de blancura. Esto no es casual, porque Obatalá como Cristo representan la luz que ordena, la compasión que redime.

Ambos comparten esa blancura simbólica, en uno como una especie de pureza ética y en el otro como santidad, el gesto de crear o salvar y la paciencia que sufre por amor al mundo. Sin embargo, hay una diferencia esencial. Obatalá no muere por los hombres, sino que aprende de sus propios errores. Su redención no proviene del sacrificio, sino de la conciencia. Mientras el Cristo cristiano redime por el dolor, Obatalá redime por la comprensión. Y ese sincretismo no es

una fusión doctrinal, sino una superposición simbólica. Los pueblos afrodescendientes reconocieron en el Cristo de Occidente una forma visible de su propio Dios invisible. Así, las iglesias se llenaron de mantos y flores, pero bajo los altares seguía palpitando la sabiduría yoruba. Debajo de esa aparente veneración a Cristo, muchos seguidores de las tradiciones yoruba estaban adorando, venerando a su

propia orilla o batalá. Hablemos entonces del color, del número, de los elementos de Obatalá, porque el color blanco domina todos sus rituales. Es esa luz sin sombra, es ese tono de silencio que tiene el blanco, pero también un tono de verdad. Entonces los devotos de Obatalá se visten de blanco durante sus fiestas, los viernes o los días dedicados al descanso espiritual, El blanco purifica, pero también exige disciplina. Es una claridad interior que requiere control de los impulsos

y dominio de la palabra. El número sagrado de Obatalá es el ocho, el signo del equilibrio y de la eternidad. El ocho en las lecturas simbólicas representa ese retorno al centro, el ritmo del cosmos que se repliega sobre sí mismo. Por eso, Los rituales de Obatalá suelen repetirse ocho veces o incluir ocho velas, frutas u ofrendas. El ocho es también el símbolo del infinito, el ciclo sin principio ni fin,

la continuidad entre espíritu y materia. Entonces, sus animales sagrados son el caracol, la paloma blanca, la gallina, todos esos símbolos de paz, de orden, de creación. ni sacrificios violentos, porque su energía es de serenidad. En el candomblé, por ejemplo, su alimento preferido es el eco, una masa blanca de maíz. En la santería, el arroz con leche, con coco, con merengue y flores blancas. El ayuno, el silencio y el pensamiento tranquilo son también formas de ofrenda para Obatalá. Entonces,

tiene el este orilla, rituales y festividades. Por ejemplo, en Bahía, la gran celebración en su honor es la fiesta del señor Do Bonfim. Cada enero, miles de personas vestidas de blanco caminan hasta la colina de Bonfim llevando flores y agua de coco. En Cuba, el 24 de septiembre, el Día de la Virgen de las Mercedes, los santeros colocan en los altares telas blancas velas y platos con frutas claras.

En ambas tradiciones, los ritos comienzan con la limpieza del cuerpo y la mente, el agua, el jabón, el arroz, la leche, el perfume, y el cuerpo se convierte en altar y la conducta se convierte en una oración. Los sacerdotes Yoruba dicen que la cabeza, que llaman el orí, es el templo de Obatalá. Antes de toda decisión importante, de cualquier decisión. Se le pide permiso tocando la frente con las manos limpias porque se cree que él habita

en la mente, en el pensamiento. Y por eso se lo llama el dueño de las cabezas, el que guía las ideas y protege del desequilibrio. Obatalá es un dios de la mente, es un dios que es un espíritu ordenador y su culto nos habla del control interior. Los tambores que invocan a Obatalá son lentos, graves, no tienen estridencias. Los cantos los llaman con respeto. Babá mi Obatalá, Obatalá,

Padre mío Obatalá, el que ordena el mundo. Cada palabra, cada gesto, cada movimiento está pensado para no alterar el equilibrio del espacio. A diferencia de los orillas del fuego o tempestad, él no posee violentamente. Él llega despacio, como una brisa o una luz que desciende. Los fieles saben que si una ceremonia termina en calma, Obatalá ha estado presente. El silencio después del tambor es realmente su verdadera voz.¿

Quiénes son los hijos de Obatalá? de los que he mencionado. Entonces, los hijos de Obatalá y la psicología de los orishas, porque ser hijo de un orisha, como Orixá se dice, no significa pertenecer a una familia divina en sentido literal. Para el pensamiento yoruba, cada ser humano, y esto es muy interesante, pónganle atención, porque la idea sería que a lo largo de estos episodios ustedes se encontraran, intuyeran de

quién pueden ser hijos, de qué orilla. Porque para el pensamiento yoruba cada ser humano nace con una energía tutelar, una frecuencia espiritual que define su modo de estar en el mundo. Y esa energía se cree que procede de una orilla, que actúa como modelo y espejo, Y es lo que en términos occidentales llamaríamos un arquetipo psíquico. Es decir, cada uno de nosotros, según esta tradición, es hijo de una orilla. Y eso nos va a dar como unos

rasgos de personalidad, ¿cierto? Entonces, el hijo de una orilla encarna a esa orilla con sus rasgos de personalidad. Vive, por decirlo así, en sintonía con su temperamento y sus características. Entonces en este sentido podemos ver que un orisha no es un dios distante, es como una fuerza interior que se manifiesta en la conducta de cada persona, en la

sensibilidad de cada persona. Entonces por eso en el lenguaje ritual se dice que el orisha monta al iniciado y que lo habita, que lo expresa y esa posesión es como una revelación del alma colectiva que el individuo porta dentro. Entonces, según diferentes estudiosos, como Rita Segato, por ejemplo, tiene una obra muy interesante que es Santos y Daimones y explica

que los hijos de los orishas encarnan tipos humanos simbólicos. Entonces, cada orisha configura una psicología corporal y emocional el rito, el canto, la danza, son modos como de autorregulación psíquica. La comunidad no reprime la energía de la orilla, la canaliza. Así el candomblé y la santería funcionan como psicologías vivas del cuerpo y del alma, donde el equilibrio interior se alcanza por la participación en el ritmo, el universo. Entonces, el culto a las orillas es una forma de proyección

organizada de ese inconsciente colectivo. Cada orilla, cada deidad representa un complejo arquetípico que el individuo debe reconocer y reconciliar. El rito es el proceso de individuación hecho danza. Entonces, lo que el psicoanálisis europeo busca con palabras en la religión afroamericana lo logra con tambores. Entonces es una especie de psicología imaginal, una terapia del alma a través de imágenes, de sonidos, de gestos. Es como una forma de psicología

sagrada donde estos arquetipos se van expresando. Entonces,¿ qué significa ser hijo de Obatalá? Ser hijo de Obatalá es llevar dentro la energía de la claridad y la templanza. Son personas que buscan la armonía, la justicia, la verdad. Tienen una mente lúcida, un sentido ético natural y una necesidad profunda de paz. Suelen ser mediadores, maestros, arquitectos del orden. Aman el silencio, la limpieza, la belleza simple. Pero también

viven bajo la tensión de su luz. O sea, todos estos orishas van a tener también, como los arquetipos, un lado oscuro, porque pueden volverse perfeccionistas a extremo, ser muy rígidos, ser melancólicos, ser distantes. Entonces, esa búsqueda de la pureza puede transformarse en una exigencia extrema. Su deseo de paz

se puede transformar en una evasión constante de la realidad. Entonces, por eso, el mito enseña que el propio Obatalá, el creador, se embriagó para recordar que la perfección sin compasión es una tiranía. Entonces, los hijos de Obatalá tienen que reconocer la imperfección, reconciliarse con ella, calmarla, ¿cierto?, con emoción. Entonces, si hablamos desde los arquetipos de Jung, representan al viejo sabio, encarnado en la vida cotidiana. Son almas solares que piensan

con el corazón, que sienten con la mente. El equilibrio psicológico del hijo de Obatalá se alcanza cuando logra unir la razón, la ternura, el intelecto con el cuerpo, el orden, la empatía. Entonces, El camino espiritual de los hijos de Obatalá tiene que ver con la comprensión de los demás. Por eso en muchas comunidades afroamericanas, los hijos de Obatalá son los consejeros, los que escuchan, los que limpian el

ambiente con su sola presencia. Entonces, esa psicología arquetípica de los orishas que estamos viendo, en este sentido, Podemos verlo como una especie de modelos primordiales de la psique humana. Cada uno representa una emoción, una pasión, un destino. Shangó será el impulso del poder, la justicia. Oshun, la dulzura del amor. Ogún, la fuerza del trabajo. Yemanjá, la maternidad del mar. Obatalá, la sabiduría ordenadora. Y en conjunto las

orillas forman una especie de mapa del alma. una tipografía simbólica equivalente a los arquetipos de Jung, pero expresada con cuerpo, con danza, con color. Entonces, en las religiones afroamericanas, estos hijos de los orillas se definen, ¿cierto?, por rasgos y por experiencias corporales y emocionales que se repiten en los rituales. Entonces, un hijo de Obatalá, Piensa como Obatalá, a grandes rasgos,

pero además respira, camina y baila como él. Y la blancura de Obatalá está en su conducta, en la claridad, en el orden, en el dominio de sí. Entonces podemos decir que en los pueblos Yoruba y sus descendientes el mito se convierte en psicología vivida, una forma de autoconocimiento colectivo. El orilla está en el alma y ser hijo de un orilla significa es en el fondo reconocer cuál es la fuerza que nos habita y cómo podemos convivir con ella.

Por eso podemos encontrar paralelos universales y espejos en otras mitologías, porque el mito de Obatala no es un caso aislado, sino una manifestación de un patrón universal que es el arquetipo del creador que ordena el caos. Y en Egipto encontramos a Ta, que modela el mundo con su pensamiento y su palabra, creando a los dioses y los hombres desde el corazón y la lengua, es como el logos

y el sentimiento unidos. En la India, Brahma, da forma al cosmos a partir de la respiración de Vishnu, sosteniendo el equilibrio de los mundos. En Grecia, recordemos que Prometeo moldea al ser humano con barro y fuego y en los Andes, Viracocha emerge de las aguas para dar forma a los humanos, piedra. Cada uno de ellos, la divinidad creadora se asocia con sabiduría, artesanía, luz y la imperfección

que enseña. Pero Obatala va a tener un matiz único y es la conciencia del error como fuente de compasión. Mientras otros dioses crean y como que se van, Obatala permanece cerca de cada uno de los humanos. Su humanidad simbólica se es lo que lo acerca a Cristo en su misericordia y al concepto de la quietud de la otse,

los que gobiernan sin imponerse, los que enseñan sin hablar. Entonces, Obatalá también va a estar cerca de ese concepto del camino del héroe interior, aquel que después de crear debe integrar su propia sombra. Entonces, en el arte contemporáneo, la blancura de Obatalá ha inspirado obras que buscan capturar lo

invisible a través de la forma. Como les he dicho, hay un artista nigeriano que me encanta, que es Victor Ekpuk, y es heredero de esa tradición simbólica africana, y traduce esa energía en signos, en geometrías, que parecen como flotar entre silencio y movimiento. Y tiene varias obras, pero a mí me hace pensar en Obatala, una obra de 2011 que se llama Head of State, un rastro hecho de líneas, círculos y trazos abstractos que se convierte en metáfora de

la conciencia, el orden que surge del pensamiento. Ahí no hay como un contorno definido, sino como símbolos que respiran, como si la forma se formara a sí misma. Y Ekpung, ha dicho que sus obras son como cartografías de memoria y en ellas puede verse como la impronta de Obatalá, el intento de dar estructura a un informe, de escuchar la forma antes de dibujarla. Entonces su arte traduce al lenguaje visual lo que el mito expresa con barro y

con tambor, esa luz que modela el mundo. La influencia de Obatalá se extiende también a la música, a la arquitectura, en los tambores lentos de los ritmos del bonfín. Dicen que cuando el mundo se desordena, Obatalá se sienta en silencio sobre las montañas y sopla una brisa blanca. Dicen que no necesita hablar, porque su sola calma redevuelve el ritmo a las cosas. Es el artesano que aprendió que toda claridad nace de la sombra. El creador que descubrió

que la pureza sin compasión es ceguera. Su mito sigue vivo porque nos está reflejando una verdad psicológica profunda, que el alma humana busca siempre dar forma a su desorden interior, pero que solo pueden hallar equilibrio cuando reconoce sus imperfecciones. Eso me encanta, porque el blanco de Obatalá es lo integrador, contiene todos los colores del mundo, incluso los oscuros. En su figura, Los Yoruba encontraron un modelo de humanidad, la

sabiduría serena, la mente limpia, la bondad activa. Y su historia es para nosotros. Tiene hoy en día un eco, una enseñanza universal, de que no hay creaciones sin errores, ni luces que no hayan pasado por la sombra. Entonces cuando los tambores callan y queda solo el silencio, los devotos dicen que Obatala está presente. Y en ese silencio se percibe algo más que devoción. Se siente la respiración del cosmos, el instante en el que el pensamiento y

la materia vuelven a encontrarse. Porque Obatalá está en la forma misma del mundo, en la paciencia de quien teje. No habita solo el cielo, está en la mano que modela, en la mente que comprende. Su mensaje trasciende cualquier religión. La armonía es una práctica diaria un arte de la conciencia. Espero que hayan disfrutado de este episodio de Obatalá, el dios blanco que modeló el mundo con barro y paciencia.

Espero que hayan encontrado sentido en su mito y en sus símbolos y conexiones con el Cristo y la Virgen de las Mercedes. Y que si ustedes son hijos de Obatalá, sigan buscando la claridad, la justicia y la compasión. No olvidemos a Obatala como el creador que aprendió del error y convirtió su luz en sabiduría. Un abrazo y hasta un próximo episodio.

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