La Bruja de Ecatepec y otros relatos - podcast episode cover

La Bruja de Ecatepec y otros relatos

Oct 04, 202536 min
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Comienza octubre… y con él, el mes más oscuro del año en Relatos de la Noche. Esta vez dejamos atrás las historias tristes para adentrarnos de lleno en lo más aterrador: encuentros con figuras imposibles, desapariciones sin explicación y momentos suspendidos en el tiempo que aún persiguen a quienes los vivieron.

Desde las escaleras de un barrio en Ecatepec, donde un hombre conocido por todos desapareció tras un encuentro espeluznante… hasta una tranquila casa en Cancún, donde una familia vivió una noche que parece haberse borrado del tiempo.

Viajaremos también a la sierra de Chihuahua, en un camino tan oscuro que no parece pertenecer a este mundo, y finalmente conoceremos la presencia inquietante que atormentó a una niña cada noche desde el rincón más silencioso de su cuarto.

Prepárense, comunidad. Porque este es solo el comienzo del octubre más aterrador de Relatos de la Noche.

¿Te atreves a escuchar?

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🎧 Disponible también en audiolibro.

🖤 Gracias por ser parte de esta comunidad.

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Transcript

Speaker 1

Todavía hay noches en las que si cierro los ojos, puedo recordar perfectamente esa sensación, el silencio, la oscuridad, la oscuridad absoluta a mi alrededor, y puedo ver de nuevo a esa figura horrible, parada en medio del camino. Iniciamos otro octubre de relatos, otro mes del terror donde si cabe la posibilidad, vamos a intentar asustarlos más de lo habitual. Así que espero que estén listos porque estamos haciendo todo lo posible, porque este es el octubre más aterrador de

relatos de la noche hasta ahora. En octubre se acabaron las historias tristes. Iniciamos en 5, 4, 3, 2… Me llamo Chuy y esta historia me pasó hace unos años allá en Ecatepec, en el barrio donde crecí. Los que conocen saben cómo son esos barrios metidos en el cerro, lugares donde no entra nadie que no sea de ahí y donde todos nos conocemos para bien o para mal. Desde morro aprendí a llevarme con todo tipo de gente, incluso con los loquitos a la zona. No lo digo en mala onda,

así les decimos todos por aquí, con cierta familiaridad. Son esos señores que alguna vez tuvieron casa, familia, trabajo, pero que por una u otra razón terminaron viviendo en la calle, sobreviviendo con su anforita de Tonayan. Es aguardiente que cuesta unos cuantos pesos. Entre todos ellos estaba el Johnny Oregon. Le decíamos así porque se llamaba Juan, pero siempre contaba historias de cuando se fue a trabajar a Oregon, allá en Estados Unidos. Duró apenas seis meses y lo regresaron.

Lo deportaron. En ese tiempo perdió todos los ahorros que había juntado para cruzar y llegar hasta allá. Y para colmo, cuando volvió, su esposa ya se había ido con otro. Ni la casa que rentaban pudo recuperar. La mujer la dejó al mes de que él se fue, aunque seguía aceptando el dinero que le mandaba para la renta cada mes. No tenía nada, ni familia, ni techo, ni ganas de seguir. Y así fue como se fue apagando. Terminó en la calle viviendo entre los borrachitos y los loquitos del barrio.

Aún así todos lo conocíamos. Era parte del paisaje y era buena persona. Una noche, ya como las cuatro de la mañana, Brandon y yo veníamos de una fiesta en otra colonia. Y sí, así se llama mi compa, Brandon, aunque luego se burlen del nombre. Nos íbamos a quedar en su casa, y para llegar hasta allá hay que subir unas escaleras larguísimas y empinadas. Los carros ya no suben para allá. Íbamos tranquilos, sin miedo a que nos fueran a asaltar ni nada, porque todos en esa zona

nos conocemos. A medio camino, en el tramo más oscuro de las escaleras, vimos una figura parada. Por la silueta supimos que era el Johnny, pero se veía raro. Estaba como de puntas, erguido, inmóvil. Brandon le gritó algo, pero no respondió. Entonces vimos cómo empezó a moverse, como si le estuviera dando un ataque. Los brazos se agitaban de una forma extraña, como si se estuviera electrocutando ahí parado. Nos preocupamos y corrimos hacia él, y fue ahí cuando

lo vimos bien. No estaba solo. Había otra silueta detrás suyo, abrazándolo. Manteniéndolo de pie. No sé cómo explicarlo. Esa cosa... Eso se asomó por detrás del Johnny para vernos. Y antes de seguir, quiero aclarar algo. No íbamos drogados. Ni metidos en nada raro. Traíamos unas cervezas encima, sí, pero nada más. Lo que vimos fue completamente real. Detrás de él estaba una mujer altísima. Tenía el cuerpo joven, delgado, pero la cara,

la cara era la de una anciana. No les exagero si les digo que se veía como una mujer de cien años. Estaba parada, completamente erguida, abrazando al Johnny por detrás, sosteniéndolo como si fuera un muñeco. Llevaba un vestido negro muy largo, como de novia vieja, y se estaba riendo. No sé si de nosotros o de él, pero esa risa fue lo peor. Luego la vimos morderlo. Le mordió como en la parte de la nuca, entre la nuca

y la espalda, como si fuera un animal. Ahí fue cuando los dos salimos corriendo para abajo como locos, sin voltear atrás. Al llegar al inicio de las escaleras nos topamos con unos amigos de Brandon, ya grandes, y les contamos lo que habíamos visto. Se rieron. Pensaron que exagerábamos, pero dijeron que iban a subir a echarle un ojo al buen Johnny Oregon. Nosotros seguimos corriendo hasta mi casa, todavía nerviosos, pero ya a la distancia empezamos a buscar

la explicación. Jurábamos que habíamos visto mal. Pensábamos más en que los amigos de Brandon siempre se iban a burlar de nosotros, pero no fue así. Porque ellos, los que subieron, ya no encontraron nada en las escaleras, ni una señal de él. A decir verdad, el Johnny nunca volvió a aparecer. Nadie lo volvió a ver, ni el día siguiente ni después. Simplemente desapareció. En las escaleras, justo en el lugar donde lo vimos, quedó una mancha enorme. No era de sangre,

era como de grasa, oscura, pegajosa. Que yo supiera, no había ninguna leyenda hasta entonces, pero cuando empezamos a contar aquella experiencia, algunos del barrio y de otras colonias... Nos dijeron que alguna vez habían visto algo así, y es que obviamente las características de esa mujer eran muy, muy singulares. Yo no estoy diciendo que lo sea, porque yo no creo en ellas, pero alguien me dijo, la gente dice que es una bruja, una bruja nada más, pero que

nunca habían sabido de que se llevara a alguien. Te pido que le preguntes a la gente de por acá, a la banda, si alguien más la ha visto. La mancha hasta la fecha no se ha quitado. Cada que paso a visitar al Brandon por ahí, la veo. Y no sé, me da tristeza pensar en el Johnny, porque no era mala persona. Le tocó una vida dura, injusta, y para nada merecía desaparecer así, de la nada. Yo solo espero que esté bien, o que al menos, que siga vivo, echándose su tonalla en algún rincón del mundo.

Hola Uriel, soy Silvia, un escucha incansable de relatos de la noche. Siempre te escucho por Spotify, ya sea mientras trabajo o antes de dormir. Debo confesarte que soy una persona bastante escéptica, o al menos eso creo. No sé si sea negación o si en verdad lo soy, porque a lo largo de mi vida me han ocurrido muchas

cosas paranormales, pero casi siempre trato de restarles importancia. Esta vez quiero compartirte una experiencia distinta, una que no he podido olvidar, y que hasta hoy me causa demasiada curiosidad. No sé si encaje del todo en un relato de terror, pero sí es algo inexplicable, al menos para mí. Nunca he encontrado una respuesta lógica a lo que vivimos aquella tarde noche del 2011. En ese entonces yo vivía en Cancún junto a Carlos, mi pareja, y nuestro bebé de cinco meses.

Teníamos una relación estable y yo me sentía afortunada por la familia que habíamos formado. Como yo no tenía familia allá, solíamos visitar mucho a mis suegros, que vivían solo a 15 minutos de nosotros en auto. Ellos me querían mucho y siempre me hicieron sentir parte de la familia. Una tarde Carlos llegó del trabajo y decidió que fuéramos a verlos. No pregunté si les había avisado. Simplemente nos subimos al carro y partimos. Nuestro bebé iba atrás al asiento de copiloto,

en su porta bebé bien asegurado. Al llegar, quité al portabebés de la base. Siempre me costaba un poco de trabajo. Carlos lo llevó adentro mientras yo cerraba bien el coche y tomaba la pañalera. Al entrar, encontré a mi bebé en su portabebé, colocada en el suelo y a Carlos en el sillón, control remoto en mano, cambiando canales. Mis suegros iban de un lado a otro, preparando cosas para salir. Me acerqué a saludarlos. Me contaron que iban a ver a un tío por un asunto de negocios, pero insistieron

en que nos quedáramos a esperarlos. Y les hicimos caso. salieron pasadas de las seis de la tarde. Recuerdo que miré el gran reloj del comedor cuando mi suegra dijo que a las siete más o menos ya estarían de regreso. Como iban solo a cinco minutos de ahí, parecía razonable. Me senté junto a Carlos y corría un poco el portabebés para hacer espacio a mis piernas. Mi bebé era muy tranquilo, podía estar mucho tiempo ahí sin ponerse inquieto. Recuerdo que comenzamos a ver la película a gladiador. Le

comenté a Carlos que yo nunca la había visto. Me respondió algo sobre la trama y eso es lo último que recuerdo. Lo siguiente fue despertar en el suelo, de lado. Frente a mí estaba Carlos, también acostado de lado, ambos con un cojín bajo la cabeza. A mi espalda mi bebé seguía en su portabebé, dormido. Me senté. La sensación era muy extraña. Sentía mi cuerpo pesado como si estuviera sedada. Esa sensación entre sueño profundo y realidad, donde sabes que

no estás despierta del todo, incapaz de reaccionar debidamente. Alcancé a voltear hacia el reloj del comedor. Pasaban de las nueve y media de la noche. Recuerdo que pensé, ya es tarde, mejor nos vamos. Desperté a Carlos. Él se levantó y tomó el portabebé, mientras nuestro hijo seguía profundamente dormido. Me puse de pie con una extraña calma. Recogí unos cojines y los puse sin cuidado en el sofá. Subimos al auto. Mientras Carlos aseguraba al bebé, yo me hundí

en el asiento con la misma sensación somnolienta. Durante el trayecto todo lo veía como en sueños. Los parpadeos me parecían largos y lentos. Volteé un poco a ver a mi pareja mientras conducía. Lo observaba mientras él solo veía el camino, sin cruzar palabra. No estaba asustada ni preocupada. Ni siquiera pensé en que mi hijo debía comer, cuando yo le daba pecho cada pocas horas. Llegamos a casa. Esta vez Carlos bajó el portabebé y la pañalera. Al entrar, lo primero que se veía era la sala y un

baño bajo la escalera que la dividía del comedor. Él se dirigió para allá. Escuché cómo arrastró una silla para sentarse, pero antes dejó el portabebé en medio de la sala y la pañalera en el sofá junto a la escalera. Saqué a mi bebé. Seguía dormido. Le comenté a Carlos sin verlo que me iría para arriba. Él me respondió que estaba bien, que trabajaría un rato antes de subir. Subí y acosté a mi hijo en su cuna. Esa

noche rompí por completo mi rutina. Siempre lo bañaba a las ocho y media, le daba pecho, lo hacía eructar, lo dejaba en la cuna y me quedaba un rato hablándole hasta que se durmiera. Pero esta noche simplemente lo acosté y fui a mi cuarto. Me senté en la cama, me dejé caer de espaldas, miré por un momento una enorme estrella brillante a través de la ventana y me dormí así, con los pies aún en el suelo. Desperté ya con mi ropa de dormir, bien acomodada en la cama.

Carlos dormía profundamente a mi lado. Miré lentamente el reloj del buró. Casi eran las once de la noche. Reparé en que no había bañado a mi bebé. A pesar de la hora decidí hacerlo. Preparé todo y lo llevé a la bañera. Lo desvestí, lo metí al asiento especial para bebés dentro de la tina. Lo bañé, lo sequé y lo vestí. Y lo increíble es que jamás despertó. Ni con el agua, ni con el movimiento, ni siquiera para comer. Estaba totalmente dormido y yo… nada preocupada. Simplemente

no analizaba nada. Lo acosté de nuevo en su cuna. Limpié todo como siempre. Dejé la bañera a un lado para que se secara y me acosté a dormir. Pero recuerden que aún seguía en el mismo estado. Todo se veía como entre sueños. A las siete de la mañana sonó mi alarma. Esta vez desperté normal. Carlos aún dormía. Fui al baño y luego a la habitación de mi bebé. Él ya estaba despierto, tranquilo, mirando su móvil colgante. Al

cargarlo noté algo muy extraño. Una de las mangas de su ropita estaba completamente empapada, tanto que al levantarlo escurrió un hilo de agua por su brazo. Pero lo demás, el otro brazo, el cuerpo, la cama, la sábana, el colchón, estaban secos, salvo por una pequeña mancha donde apoyaba ese brazo. Era demasiada agua para que solo hubiera mojado un punto tan limitado. Lo cambié rápidamente y fui al lavabo a

exprimir la manga. Era bastante agua. Al bajar con mi bebé en brazos, tomé la pañalera que Carlos había dejado la noche anterior en el sofá Al levantarla, algo me salpicó el pie. La pañalera estaba escurriendo agua de una de las esquinas, así que la abrí y vi que adentro había acumulación. No tenía sentido. No había nada líquido adentro, solo un paquete de toallitas de bebé. Llamé a Carlos

gritando que viniera rápido. Él llegó desde la cocina porque mientras yo veía a nuestro hijo, él ya había bajado y se disponía a hacer desayuno. Confundido miró dentro de la bolsa. Vio lo poco que quedaba de agua acumulada en la funda impermeable de la pañalera. En el piso el líquido escurrido y me preguntó qué era lo que pasaba.¿ Por qué había agua? Entonces fue cuando recordé la noche anterior, lo extraña que me sentí todo el tiempo. Se lo comenté, él se quedó pensativo y me dijo algo que me

heló la sangre. No me lo vas a creer, pero yo ni siquiera me acuerdo cómo llegamos a casa. Sorprendida le pregunté,¿ cómo que no recuerdas?¿ No te acuerdas que manejaste? Y él contestó, ¿no? Lo último que recuerdo es estar viendo la película en el sofá y despertar ya aquí en la casa. Ni me había dado cuenta de que no me acordaba de nada. Le conté todo lo que yo sí recordaba, incluso que él se quedó trabajando en el comedor, pero le insistí en decir que no recordaba eso.

Y bueno, nada, nada. Nos preocupamos y llamamos a sus papás para preguntar por qué no habían regresado a tiempo. Su mamá nos dijo que llegaron un poco después de las 7, que se habían desilusionado al ver que nos habíamos ido. Dicen que nos llamaron a los celulares pero nunca respondimos. Pero nosotros ni siquiera teníamos llamadas perdidas. Además eso era imposible, porque nosotros nos fuimos después de las 9 y media, según lo que yo había visto en el reloj. Nada tenía sentido.

Hasta el día de hoy sigo sin saber qué pasó esa noche. Las variaciones de tiempo, la somnolencia. Que mi bebé no despertara ni siquiera con el baño. Que no llorara de hambre después de tantas horas. Que Carlos no recordara nada. Y sobre todo esa agua inexplicable que apareció en distintas partes. Yo sé que mi historia prácticamente no da miedo. pero sí es muy, muy rara. Por eso me atrevo a preguntar,¿ alguien ha vivido algo remotamente parecido?

Yo jamás he podido dar una explicación a esta experiencia. Espero que alguien tenga una respuesta, por más fantástica que sea. Muchísimas gracias por seguir por aquí, por aguantar mi voz de enfermo. Espero que queden muchos, muchos todavía escuchando, que no lo hayan dejado para después, porque nos quedan dos muy buenas historias esta noche. Suscríbanse por favor, recuerden que nos ayuda mucho eso y también déjenos sus pulgares arriba y sus comentarios. Si disfrutan el contenido es una gran

forma de apoyarnos. En la descripción están todos los enlaces que necesiten, incluido el de mi libro de relatos de la noche. Pero bueno, se acabó el intermedio, continuamos. Hola Auriel, soy un escucha de pueblo y quiero contarte algo que me pasó hace ya casi dos años en Chihuahua. No sé si exactamente va a ser una historia de terror o paranormal siquiera, pero fue algo que no he podido olvidar. Algo bastante traumático. Hay noches en las que si cierro

los ojos, todavía puedo recordar esa sensación. El silencio, la oscuridad y esa figura parada en medio del camino. Todo comenzó cuando mi mejor amiga de ese primer semestre, que es de Chihuahua, me invitó a pasar la Navidad con su familia. Ella y yo estudiábamos juntas en la universidad y habíamos conectado en una forma en que nunca había

hecho con alguien. Llevábamos apenas meses siendo cercanas, y claro que no había conocido a su familia, pero si era la mitad de nobles que ella, con eso sería más que suficiente. Por eso acepté. Me hablaba de ellos con mucho cariño, pero sin darme demasiados detalles, así que seguían siendo el misterio. Yo no tenía planes para esas fechas, así que acepté encantada. Me emocionaba la idea de pasar una Navidad distinta, en otro estado, lejos de la rutina.

Y también, desde que no está mi papá, mi mamá ya no la celebra en casa y no me llevo mucho con el resto de mi familia. Viajé en avión hasta la capital de aquel estado. Ahí me recogieron ella y sus papás. Recuerdo que cuando salimos del aeropuerto ya estaba oscureciendo. El aire era frío y muy seco. Metimos mis maletas en la parte trasera de la camioneta y emprendimos el camino hacia su casa. Y digo su casa, pero la verdad es que lo que descubrí después fue

mucho más que una casa. Manejamos por más de tres horas, dejando atrás la ciudad y los pueblos cercanos para llegar hasta un punto cuyo nombre, sinceramente, no quiero que sea público. Era un pueblo tranquilo, de esos que aparecen de antes. Ahí seguimos un poco más en carretera, y después nos desviamos por un camino angosto rumbo a la sierra. Durante más de media hora no vimos una sola casa, ni

una sola luz, nada. Sólo la carretera serpenteando entre montañas y luego planicias, con la noche cayendo por completo sobre nosotros. Yo iba en el asiento trasero mirando por la ventana, y tuve la sensación extraña de que nos estábamos alejando del mundo. Finalmente tomamos una salida de tierra casi imperceptible. La camioneta empezó a avanzar por un camino largo, rodeado de campos abiertos, hasta que de pronto, a lo lejos, aparecieron unas luces cálidas. Era el rancho de su familia.

Nunca imaginé que mi amiga tenía tanto dinero. El lugar parecía sacado de una película. Una enorme cerca blanca rodeaba la propiedad. Había caballerizas, árboles alineados a los costados y un pórtico de madera iluminado por faroles. Se veía elegante pero rústico, perfectamente cuidado. Nos recibieron dos perros enormes, blancos como la nieve, que se acercaron corriendo pero no de forma agresiva, sino curiosa. Eran gran Pirineo, guardianes imponentes pero nobles.

En esa casa solo estaban sus papás y ella. Por las fechas no había trabajadores en el rancho. Todo el personal había salido a pasar las fiestas con sus familias. Me advirtieron desde el principio en tono de broma que si quería quedarme, tendría que ayudar con algunas tareas básicas. Darles de comer a los caballos, recoger cosas, nada complicado. Me pareció perfecto, la verdad. Yo estaba encantada con el lugar. Y la Navidad fue hermosa. Comimos delicioso, escuchamos música, nos reímos.

No había señal de celular en casi ningún punto del rancho, lo cual al principio me pareció relajante. Era como desconectarte del mundo. Pero el día 25 después de comer, quise hacer una videollamada con mi mamá para ver cómo estaba. Me moví por todo el rancho buscando señal, estirando el brazo, parándome en una cerca, subiéndome a un pequeño muro. Nada. La conexión era tan mala que no duraba ni cinco

segundos sin cortarse. Así que decidí pedir prestado una camioneta para ir al pueblo más cercano, el que recordaba al llegar. Mi amiga y sus papás me dijeron que no había problema. Me explicaron el camino. Era bastante fácil. Prácticamente una sola carretera. Pero me dieron una advertencia con bastante seriedad. No regreses después de que oscurezca. Si se te hace de noche, puedes pasarte la salida al rancho y perderte. De noche no se ve absolutamente nada. Me lo repitieron dos veces.

Salí tranquila. El camino al pueblo fue sencillo. Llegué, me estacioné frente a una tiendita y por fin pude hablar con mi mamá. Me emocioné tanto que perdí la noción del tiempo. Le conté del rancho, de los caballos. Le conté cómo había sido la cena de Navidad. Y después aproveché para comprar algunas cosas de aseo personal que me hacían falta. Cuando me di cuenta, el sol ya estaba bajando. Me apuré, subí a la camioneta y emprendí el camino

de regreso. Al salir del pueblo todavía alcanzaban a verse los últimos tonos rojizos en el cielo, pero en cuestión de minutos, la carretera quedó completamente sumida en la oscuridad. Y cuando digo oscuridad, no hablo de la típica carretera mal iluminada, no, era una negrura total, una noche que creo que nunca he experimentado antes. No había luna visible. No había faros de otros autos, ni luces lejanas, ni postes. Nada. Sólo el camino iluminado por mis luces altas y el

resto completamente vacío. Manejé más media hora completamente sola. Empecé a sentirme nerviosa. Me obligaba a concentrarme en la carretera, buscando con atención la salida que llevaba al rancho. Que no se me fuera a pasar. Y es que sabía que si me la pasaba podría manejar kilómetros y kilómetros adentrándome más en la sierra.¿ Quién sabe hasta llegar a dónde? La encontré casi por casualidad. La distinguí cuando ya me la estaba pasando y di vuelta a tiempo. El camino

de tierra se extendía frente a mí, completamente oscuro. Avanzaba despacio porque todavía faltaba bastante para ver las luces de la casa al fondo. Y fue en ese tramo cuando, por alguna razón, me entró un pensamiento intrusivo. La idea de apagar las luces del carro por un segundo, solo para ver que no veía nada. Las apagué. Desapareció todo. Absolutamente todo. Ni mis manos frente al volante podía distinguir.

Me reí, medio nerviosa, y las encendí otra vez. Avancé un poco más y lo hice de nuevo, esta vez por dos segundos. Era como estar flotando en un vacío. No había estrellas, ni luna, ni reflejos. Solo oscuridad. Una parte de mí empezó a sentir una mezcla extraña, miedo pero también una especie de emoción, de curiosidad, así que tonta o valiente lo repetí una vez más. Avancé en completa oscuridad por varios segundos, retándome a no frenar, pero

cuando encendí las luces otra vez, frené en seco. Ahí, justo en el límite de la iluminación de las luces altas, había algo parado en medio del camino. Frente a mí, una figura, vestida completamente de negro, alta, inmóvil. Al principio pensé que era una persona, pero la cara… la cara no era humana. Era alargada, delgada. como si llevara puesta una máscara de pájaro. Un pico fino pero muy largo, oscuro,

que brillaba ligeramente con la luz. En sus manos sostenía un báculo de madera, largo, casi tan alto como él. O ella. Parecía una ella, pero no sabría explicar por qué. Me quedé congelada. La primera reacción lógica que tuve fue pensar que se trataba de alguien jugando una broma, pero ahí, en medio de la nada, en un camino que ni siquiera tenía señalización. No había casas en kilómetros a la redonda,

ni siquiera un poste de luz. Sin pensarlo más, pisé al acelerador y lo rodeé por un costado, saliéndome un poco del camino para esquivarlo. Mientras lo hacía, lo vi girar lentamente la cabeza para seguirme con la mirada, y luego, en el retrovisor, lo vi que comenzó a caminar hacia mí. Despacito, muy despacito, pero caminaba hacia mí. Cuando llegué al rancho, temblando, les conté lo que había visto. Esperaba risas, incredulidad, cualquier cosa,

pero no pensé. Noté de inmediato la expresión de mi amiga. Su papá salió sin decir nada, acompañado de los dos perros. Caminó hasta la entrada, cerró la puerta principal, algo que según me habían dicho más temprano, nunca hacían. Soltó a los perros en el patio y regresó. Luego empezaron a cerrar ventanas, poner seguros, bajar cortinas, todo en silencio, como si supieran exactamente qué hacer, mientras mi amiga según ella me distraía. Media hora después los perros comenzaron a ladrar

con mucha fuerza. Un ladrido distinto, enojado. Los dejaron entrar a la casa. Y luego todos, sin más palabras, nos fuimos a dormir temprano esa noche. Nadie me explicó nada. Cada vez que intentaba sacar el tema, mi amiga lo evadía. Ahí y en la escuela al volver. Un semestre después dejó la universidad. Perdimos contacto porque no usa redes sociales y cambia constantemente de teléfono, así que creo que ya no sabré qué fue exactamente lo que vi en ese camino.

Buenas noches comunidad, quiero contarles una historia que me pasó hace tiempo y me gustaría saber qué opinan. Todo comenzó en la casa anterior donde vivía. En ese momento yo tenía 12 años y cursaba la secundaria. Una noche, saliendo del cine con mi mamá, pasamos por un canal que estaba cerca de la plaza. No se veía a nadie y el ambiente era muy tranquilo. En ese momento vi un

carro viejito estacionado que me pareció muy bonito. Mantuve mi mirada en él mientras avanzábamos, y cuando me iba a girar de nuevo para mirar al frente, a mi lado, cerca de la carretera, noté a una mujer de pelo corto, con ropa desgarrada, haciendo un split de ballet. Su rostro era pálido y solo giró la cabeza para mirarme fijamente a los ojos. La imagen era tan surrealista que empecé a gritar del susto y mi mamá tuvo que detener

el carro por lo mal que me puse. Me llevó a casa en cuanto me calmé y esa noche tuve mucho miedo de dormir sola. Los meses pasaron y el miedo que llegó esa noche nunca se fue. Ya no me sentía igual. Todo el tiempo tenía la sensación de que alguien me estaba observando. Comencé a tener brotes depresivos porque escuchaba una voz femenina que me decía que me hiciera daño. Esos pensamientos estaban muy presentes en mi mente. En ese cuarto había un sillón y un baño al lado.

Desde el baño empecé a ver como si alguien se asomara. Yo me tapaba la cara, cerraba los ojos, me escondía debajo de las cobijas y escuchaba como esa presencia salía del baño. Se sentaba en el sillón y después iba hacia mi cama. Incluso sentía como la cama se hundía, como cuando alguien se sienta. Tuve que ir a terapia de lo mal que estaba. Habían pasado seis meses y tanto mi familia como yo la estábamos pasando muy mal. Yo sin poder dormir y con miedo todo el tiempo.

Había una escalera de caracol de metal y a las tres de la mañana podía escuchar como alguien bajaba corriendo y me tocaba con fuerza. Una vez estando acostada en mi cuarto me dio parálisis del sueño. Abrí los ojos sin poder moverme. Escuché la televisión frente a mí que había dejado prendida. Intenté ver hacia ella, despertarme con lo que sé que estaba ahí, pero al asomarme hacia allá, la vi. Esa mujer, esa bailarina estaba en mi cuarto.

Me estaba mirando muy fijamente. No pude hacer nada más que llorar, llorar hasta que logré cerrar los ojos y dormir de nuevo. Una semana después, viendo una película con mi familia, sentí que entré en un trance. Pude sentir un dolor intenso, una agonía horrible que jamás había experimentado. Sentía desesperación, desesperación y tristeza profundas. Mi mamá me vio llorando, me vio muy mal, y la terapia no parecía ayudarme.

Me preguntó si todo estaba bien. Yo no supe cómo explicarle que no era yo, que esa desesperación, esa tristeza no eran mías. Ya cansadas de todo esto, mi mamá se atrevió a contactar a un señor que hacía limpias. Fuimos a verlo cuanto antes. Este hombre le comentó a mi mamá que debía llevarme antes, que había una mujer

detrás de mí, una muerta. También le dijo algo que no tenía forma de saber, que sabía que yo ya había ido con varios psicólogos, que eso no era lo que yo necesitaba en ese momento, que esa tristeza no se iba a arreglar así. Después de limpiarme pasó su mano sobre mi cara y yo comencé a llorar desesperadamente. No podía parar. Cuando por fin me calmé después de casi una hora, sentí un alivio inmenso y a partir de ese momento nunca volví a sentir tristeza. No esa

tristeza por lo menos. Y los pensamientos negativos desaparecieron. Ella se fue. Gracias por ver el video

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