Durante la semana que Carlos trabajaba como director de su empresa, intentaba romper la monotonía del trabajo, que le mantenía ocupado a tiempo completo sin tener esparcimiento fuera de su trabajo. Se dedicaba entero a los negocios y solo salía para tramitar alguna gestión con bancos o bien con la empresa de la que era filiar. Casi todos los empleados de la empresa estaban casados y los solteros eran demasiado jóvenes
para juntarse con ellos. Así que Carlos ocupaba su tiempo delante del ordenador y solía encargar comida por teléfono para no tener que salir. Su soledad se veía interrumpida por Rosa, su eficiente secretaria que interrumpía sus pensamientos y que entraba por asuntos de trabajo. Aunque también solía llamarla por el interfono interior para darle instrucciones o dictar alguna carta. Ella respondía amablemente, pero las cosas no llegaban a fructificar más
allá de la estricta función de secretaria. pero hoy no sería uno de esos días normales de la semana. Ese día Rosa estaba excitada, hacía mucho que no tenía sexo y sus pezones estaban duros como piedras. Como buena secretaría intentaba mantenerse formal delante de su jefe, pero esos pezones la delataban. Sus redondas y hermosas tetas se balanceaban ante él y los pezones amenazaban con taladrar la tela que
a duras penas los mantenían disimulados. Carlos adoraba semejantes pechos y deseaba sujetarlos con ambas manos y mamar de ellos hasta quedar agotado. Le deleitaba el movimiento de esas dos masas de carne terminadas en dos bellotas que se adivinaban deliciosas. Ese día se juntó el deseo de Carlos con la excitación de Rosa, por lo que acercándose a ella la sujetó por la cintura y la atrajó hacia él. Rosa, me tienes loco por tus huesos. Me es imposible concentrarme
teniendo a semejante belleza delante. Tenía que dictar una carta pero no me salen las palabras. Don Carlos, no creo que sea apropiado esto. Sabe que siempre lo he respetado y me da vergüenza esto. Rosa, no te avergüences de ser tan bella y de que tu presencia me cite. Esos pechos están invitando a ser devorados y deseo darte
todo el placer del que soy capaz de proporcionarte. Dicho esto, Depositó su mano sobre un pecho comprobando la dureza por encima del vestido de ella, mientras con la otra mano acariciaba el coño por encima de las bragas, comprobando lo mojadas que estaban. Estas caricias hicieron que Rosa se estremeciera y toda su resistencia se derritió como un cubito de
hielo puesto al sol. Los pezones de Rosa eran su debilidad y que se los acariciaran hacía que automáticamente su resistencia deviniera abajo, quedando completamente a merced de su jefe. Cuando éste introdujo su mano por dentro del vestido y sujetó un pezón entre sus dedos apretando suavemente y acariciando, Rosa lanzó un gemido y las piernas se le aflojaron
de placer. Notando esto, Carlos bajó los tirantes del vestido por los hombros de Rosa y los fue deslizando por los brazos hasta dejar los pechos de ella cubiertos únicamente con el delicado sujetador, que apenas podía contener los pechos y que mostraba claramente los pezones oscuritos de ella. Después de admirar semejante belleza y acariciarlos por encima del sujetador, tiró de éste hacia abajo dejando ambos pechos al descubierto
con una explosión de carne libre de sujeciones. Mientras Rosa se llevaba las manos a la espalda para desbrochar el sujetador, Carlos se aproximó y metiéndose un pezón en la boca empezó a mamar como un bebé hambriento. Rosa dejó escapar un gemido de placer y dejando el sujetador colgando, apretó la cabeza de su jefe para animarle seguir chupando y lamiendo.
Sin soltar ni un momento el pezón, Carlos fue empujando a Rosa hasta uno de los sillones de piel que presidía en el despacho, donde ella quedó sentada con su jefe inclinado encima acariciando los pezones y chupando sin tregua. De esta forma Rosa tuvo su primer orgasmo ese día, no siendo el único, ya que cambiando de posición Carlos
se bajó los pantalones y calzoncillos. sentándose él y haciendo que su secretaria se pusiera encima, cabalgando como una amazona sobre un potro salvaje y dejando que él pugnara por cogerse a sus tetas, para seguir chupando de esos deliciosos pezones. Ella no paró hasta sentir como él con un estremecimiento se corría dentro de ella al mismo tiempo que lo hacía ella sincronizada. Así quedaron ambos abrazados con los pechos y los duros pezones de ella apretados y clavados sobre
el torso de él. Una vez recobrados, Le pidió ponerse apoyada sobre la mesa del escritorio con el culo ofrecido y colocándose detrás. Se aferró a sus caderas con fuerza, mientras los pezones de ella intentaban arañar el barniz de la mesa. Se permitió azotar su trasero con varios guantazos, dejando la marca de los dedos marcados sobre la blanca piel.¿
Por qué no? A ella le gustaba. Con las manos separó las nalgas mostrando el interior de ella, que era como de terciopelo, como los pétalos de una rosa, rojo fuerte que contrastaba con el claro tono de piel de ella. Estar en él era como levitar de puro goce y placer. Carlos le estaba penetrando y ella le decía que era una delicia ser follada por él. Desde ese día, cada cierto tiempo hacían el amor en el despacho e incluso en el coche de él, cuando ocasionalmente la acompañaba hasta casa.
De este modo compartían trabajo y sexo en lo que ambos estaban de acuerdo. podríamos decir que era sexo fácil, sin ataduras ni discusiones, gozaban y después podían seguir con el trabajo. Pero Rosa, en algún momento se convirtió en algo más para él, no solo saciando su sed de sexo, sino convirtiéndose también en su compañera y confidente, alguien con quien compartir su vida y conversar, que sabía escuchar y
que parecía comprender su complicada situación vital. Ella le preguntaba cómo le iba cuando se sentaban delante de él para tomar nota de las instrucciones del trabajo y él le
confiaba sus preocupaciones de las últimas semanas. Rosa se dedicaba a complacerlo y Carlos encontraba en ella el cariño y el afecto que le hacían depender de ella, delegando muchas responsabilidades bajo el buen criterio de ella, que pasó de ser su secretaria a su asesora y confidente en muchas de las decisiones de la empresa, pero seguía para todos como la secretaria del jefe. El coito ahora era más calmado, intenso pero suave, haciéndole sentir agradables efluvios de placer aferrado
a su hermoso culo. Mientras gozaba, se acordaba de cómo se conocieron por primera vez aquel día espléndido de primavera, cuando ella llegó con su novio a hacer una compra para regalarle a ella y disimuladamente le dio una tarjeta de la empresa con su número de teléfono privado. Extendió sus manos y acarició su espalda. Llegó hasta su cuello, La agarró por los hombros y tirando hacia atrás hundió su verga una vez más en su caliente coño lo
más profundamente que pudo. Rosa gimió ante esta última acción mostrando su agrado, pues,¿ quién ha dicho que una mujer no puede disfrutar con su jefe? Bajó sus manos y cogió sus grandes pechos y humedeciéndose los dedos capturó sus duros y oscuros pezones. Los pellizcó suavemente, girándolos entre el índice y el pulgar. De nuevo Rosa gimió en señal de aprobación al sentirse ordeñada. Carlos sabía que Rosa también
disfrutaba con él. Ella se lo había confesado en más de una ocasión, pues entre ellos había la suficiente confianza y se contaban estas cosas. Tal vez fuera por su familiaridad o por el amor que se profesaban. Rosa mostraba su agrado en cada coito aunque fuese ya tarde, cuando estaba cansada por las horas de intenso trabajo en la oficina. Cambiaron de posición y Carlos se retiró y Rosa se incorporó.
Entonces la abrazó, pegando el pecho contra el suyo, sus manos inmediatamente agarraron su terzo trasero con fuerza pegándola contra él en un alarde de pasión. Rosa capturó su boca con sus ardientes labios y sus lenguas se entrelazaron en un largo y húmedo beso. Esto también le encantaba, Rosa le comía la boca como ninguna otra mujer lo había
hecho nunca. Con un beso tierno, jugoso y sabroso. mientras él la deleitaba bajo su trasero acariciando su sexo tremendamente húmedo y caliente, penetrándola con sus dedos y frotando con delicadeza. Sus besos se prolongaron por unos momentos y cuando saciaron su sed de saliva, Rosa sintió un arrebato y se arrodilló ante Carlos para hacerle una felación. Aunque siempre empezaban por unos preliminares como éste, sin condón como a Carlos
le gustaba. Esta muestra súbita de pasión de Rosa le gustó enormemente y disfrutó una vez más de sus carnosos labios y del calor de su boca chupando su excitado glande. Pero Carlos quería más acción así que la liberó de sus obligaciones echándola en el sillón, ella lo acogió entre sus muslos, colocándose en la clásica postura del misionero. Entró de nuevo con ansias renovadas, empujándola con las suficientes ganas como para sorprenderla y arrancarle de nuevo algunos gemidos de placer.
Lo mejor de hacerlo así es que podía disfrutar de sus sabrosos pezones mientras se adentraba más y más en su caliente interior. Aquello era delicioso y no tardó en sentir como su orgasmo se aproximaba. Para evitar que todo terminase tan pronto abandonó aquella cueva del placer y la
dejó incorporarse. Ahora fue él quien ocupó el lugar de abajo y ella lo cubrió con toda su voluptuosidad, pero antes de que se volviese a clavar su estaca, Carlos la abrazó y le volvió a comer los pezones, tan oscuritos largos y duros, que le encantaba chuparlos, lamerlos y si se terciaba hasta morderlos. A Rosa esto la volvía loca, por lo que volvió a gemir agitándose mientras levantaba los brazos dejando expuestos los pechos a él y se enredaba los dedos en su pelo enmarañado. Ahora era ella la
que pedía guerra. Lo empujó haciendo que reclinara más en el sillón y abalanzándose sobre él como una gata cogió su verga y se la colocó en la entrada de su sexo, haciéndola entrar en su interior. Luego, con rápidos movimientos de cadera lo llevó hasta la desesperación, haciéndolo estallar de placer mientras como una castigadora seguía machacando su maltrecho miembro a golpe de cadera.— Rosa— dijo Carlos bajo ella mientras recuperaba el aliento.— Sí, mi amor— dijo ella cariñosa.—
Has estado genial. Rosa sonrió y se dejó caer sobre él abrazándose.— Está bien, cielo, ven con mamá— dijo Rosa ofreciendo de nuevo los pechos. Carlos volvió a sujetar los pechos de ella. Sus labios se dedicaron con frenesía a mamar de los pezones mientras ella lanzaba un gemido tras otro y él se deleitaba acariciando y chupando sus tetas.—¡ Oh cielo, qué rico!¿ Tú me ayudarías a correrme, no?—¡
Claro que sí! Ya sabes que siempre estoy dispuesto a aguantar el tiempo que tú quieras— dijo Carlos.—¡ Ay mi amor, perfecto entonces! Méteme tus deditos mientras me chupas los pezones,¿ te parece cielo? Eso está hecho, dijo Carlos prestándose a tan agradable labor. Echada en el sofá con las piernas abiertas, Rosa se acariciaba su botón secreto mientras Carlos cumplía con lo prometido. Sus labios degustaban de nuevo sus pezones, mientras
que sus dedos hacían las veces de amantes incansables. Aunque a Rosa le costó coger el ritmo necesario, finalmente su orgasmo la sorprendió estremeciendo todo su ser, provocándole espasmos de intenso placer. Tras terminar abrió los ojos y vio a Carlos allí, mirándola un poco embobado. Se sonrieron y sus labios volvieron a unirse en calientes besos finales. Satisfechos comenzaron a vestirse y de vez en cuando se miraban y
se sonreían. Cuando hubieron terminado, salieron juntos del despacho y se adentraron en el corto pasillo que los separaba de la tienda donde se recibía a los clientes. Antes de cruzar la última puerta, Cristina se volvió y le dio un último y húmedo beso de despedida. Hasta el lunes cielo que le insinuó melosa colgada de su cuello. Ya sabes que sí, temprano como siempre. Mejor más temprano, protestó ella devolviéndole su blanca sonrisa que contrastaba con el tono
rojo intenso de sus labios. Al salir del local, se despidieron y Carlos se encaminó hacia el parking donde tenía el coche. Fuera el frío arreciaba. Nada más salir Carlos vio como su aliento se hacía visible en forma de vaho blanco saliendo de su boca. El cielo estrellado se mostraba sin nubes mientras andaba los escasos metros que le separaban de su flamante coche. Mientras abría la puerta reparó en la negrura de aquel cielo estrellado. Hacia el este
se había empezado a tornar violeta. Sin duda el sol hacía poco que se había puesto y la noche avanzaba empujando la poca claridad que quedaba del día. Carlos dedicó el fin de semana a descansar. Este fin de semana no tenía pensado salir y lo dedicaría a ver la televisión y a leer algún libro, tal vez cuidar un poco el extenso jardín que rodeaba su casa. Ya se sabe, no solo de pan vive el hombre y Carlos necesitaba un poco de todo, pues su mente siempre estaba activa.
