Con el vigilante - podcast episode cover

Con el vigilante

Jun 02, 20265 min
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Speaker 2

Después de una noche con tus excompañeros de la facultad, donde bailaste toda la noche, jugaste con ellos, igualmente te abrazaron y besaron. Ninguno de ellos perdió la ocasión de tocarte, ya sea accidentalmente o jugando, y tú te dejaste querer. Cada caricia eleva tu temperatura, tus ganas de desear mucho

más que simples toqueteos. Los labios de la vagina se humedecieron, vigilantes, como el resto del cuerpo, al deducir todas las probables acciones que puede llevarse a cabo.¿ Una orgía?¿ Un trío? Hay tantas posibilidades. Juntaste los muslos y los apretaste para gozar de la sensación que te proporcionaba el tejido sedoso en tu sexo, llenando tu mente de alocadas fantasías. Pero nadie se atrevió a ir más allá de los toqueteos. Eso te dejó desilusionada con querer conseguir más y llegar

hasta un final explosivo. Cuando terminó la fiesta, te fuiste a tu residencia en taxi. Durante el recorrido no dejas de soñar con cada uno de tus excompañeros. El chofer te miraba extraño.¿ Acaso podría ser qué? Pero no pasó nada. Al llegar a tu unidad habitacional, te recibió el vigilante, un tipo alto, serio, de tez morena, de apariencia ruda que expresaba experiencia y destreza. En anteriores ocasiones lo había sorprendido mirándote con lascivia cuando caminabas a la tienda, al

pasear al perro, al ir a trabajar. Pero, ahora que lo piensas, jamás te resultó incómodo, al contrario, te agradaban mucho esas ojeadas cargadas de lujuria y pasión. Así que fuiste a su caseta de vigilancia. Después de algunos saludos y verificar que estaba solo, Empezaste a conversar de tu noche, y con insinuaciones le hiciste saber que estabas insatisfecha. Entonces él te preguntó cómo podría ayudarte. Y sin pensarlo, te quitaste el abrigo, desabrochaste tu vestido, guiaste sus manos a

tu cintura expuesta. Su semblante mostraba sorpresa, no obstante estaba iluminado por una sencilla y agradable expresión de placer. Mientras te acaricia, Tú lo desnudas y juntas tu entrepierna a su falo con fuerza, disfrutando de la sensación de calidez al estrechar sus cuerpos. Luego se inclinó para besarte el cuello. Aquel beso cálido y húmedo hizo que apretaras los muslos entre tanto notabas un fuego que invade todo tu lindo cuerpo.

En un abrir y cerrar de ojos te despojaste de tu vestido, del brasier, de tus pantaletas, quedándote solo con tus medias y zapatos de tacón. te retuerces impaciente, mientras tanto te chupa y mordisquea el óvulo de una oreja, y le correspondes apretando contra su verga ya engrandecida y dura como mástil de un velero. La excitación te invade por completo. El vigilante empuja su miembro en el interior de ti, lo recibes con satisfacción, dando gritos de placer.

Y tras soltar un profundo suspiro y tantear que sus balanceos habían hecho que se endurecieron tus pezones, te inclinas hacia atrás para levantar los pechos a la altura de la boca del vigilante, que empujaba hasta el fondo su verga. En tu mente recuerdas cada toque, cada caricia y adulación de tus excompañeros. En varias oportunidades dos de ellos al mismo tiempo besaron tus mejillas y el cuello, con el pretexto de un juego. Otros, al bailar, rozaban tus pechos

y tus asentaderas. Varios te cargaron y muchos te fotografiaron pidiéndote poses calientes, voluptuosas y libidinosas. Esos recuerdos estimulan cada una de tus terminaciones nerviosas de modo que ondas de calor fueron recorriéndote el cuerpo, encendiendo los muslos, las rodillas y, finalmente, los dedos de los pies. Estás embriagada de placer, hasta tal punto que quieres agrandar este tiempo. Todo parece ausentarse, nada te importaba ahora. Todas las sensaciones de tu cuerpo

se concentran en un único sitio. Tu cuerpo empezó a dar sacudidas, entre tanto tus caderas se balanceaban adelante y atrás contra el miembro viril del vigilante. Él, tan jadeante como un corredor de maratones, derrama toda su leche en tu interior. El orgasmo llega con tanta energía que te deja alucinada. Te arqueas hacia atrás en medio de convulsiones y gritos de placer. Sacudes la cabeza de un lado a otro al alcanzar el clímax. Enseguida te levantas para

rodear por los hombros a tu cómplice. Mientras tanto disfrutas de los espasmos y al mismo tiempo tus genitales terminan por verter todos tus flujos. Como si no tuvieras esqueleto que te sostenga, acabas desplomándote sobre el vigilante, con la mejilla apoyada en su hombro, disfrutando el momento durante varios minutos. Cuando te vistes, aún te sientes sacudida por las réplicas de aquel orgasmo tan explosivo. La caseta de vigilancia queda impregnada de olor a sexo.

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