Hola, ambulantes. Seguramente han visto esos videos de agentes enmascarados arrestando a inmigrantes, casi siempre latinos, en las puertas de sus casas, en las calles, en oficinas, en fábricas. No hay duda que las comunidades latinas viven bajo ataque en los Estados Unidos. Y mientras esto ocurre, a los medios independientes nos están quitando la financiación. En este contexto, contar nuestras historias con rigor y empatía se ha vuelto indispensable.
No solo queremos conservar este espacio, es que hoy es más necesario que nunca. Pero para resistir, tenemos que hacerlo juntos. No podemos hacerlo solos. Hoy empieza nuestra campaña de Deambulantes, nuestro programa de membresías. En este momento nos apoyan 5,000 personas. Nuestra meta es que 5,000 personas más se sumen. Cualquier donación, recurrente o de una sola vez, cuenta. Porque juntos seguimos. Para apoyarnos, entra a raombulante.org diagonal donar. Mil gracias. Ok,
aquí el episodio. Esto es Raambulante, soy Daniel Alarcón. Un lunes de octubre del 2021, Natalia Pérez, de 34 años, se sentó, como todos los días, a trabajar en el escritorio que tenía en su casa, en Bogotá, Colombia.
Yo empecé a sentir un olor como muy químico, como a pintura fresca, como a algún ácido o algo así, como si alguien hubiese destapado un tarro de pegante al lado mío.
A su lado, también trabajando, estaba su esposo, con quien se había casado hacía menos de dos meses, Santiago Sanmiguel.
Natalia se voltea y me dice, está oliendo horrible, o sea, como está oliendo a pintura, o sea, como¿ qué es esto?
Y él me decía, pero no sé qué es lo que estás sintiendo, yo no lo percibo.
Empezó como a alterarse, diciéndome como huele horrible, o sea,¿ qué es esto? O sea, huele como ese espacio químico de la pintura. Y
me decía, pero tu olfato es mejor que el mío, yo creo que tal vez tú sí estás sintiendo algo, puede que estén, no sé, haciendo una fumigación en el parque, en los vecinos. Y
empezó a buscarlo por todo el apartamento.
Y llamé al vigilante del edificio a preguntar si estaban en algún lugar haciendo una obra, si estaban haciendo una fumigación. Llamé a mis vecinos como a preguntarles si ustedes están sintiendo este olor y todos me decían no, no hay nada raro, yo no siento nada.
Natalia se empezó a angustiar. Trató de tranquilizarse pensando que se le pasaría pronto, pero no. El olor seguía de manera casi constante, a veces en oleadas más fuertes, en variaciones.
como a pegante, a pintura fresca, como a un tarro de alcohol. Y luego, al sentarme a comer, empecé a sentir que los alimentos estaban sabiendo muy extraños. Yo todo sentía que venía como de un laboratorio químico.
Pasaban las horas y nada cambiaba. Al día siguiente salió con el perro a caminar y allí se dio cuenta de que el olor en realidad la perseguía. Se repitió que era algo pasajero, pero los días transcurrían y nada.
No pasaba y no pasaba y recuerdo que como al tercer día comiendo le dije a mi esposo,¿ te acuerdas el lunes que sentí un olor muy raro? Pues el olor sigue conmigo, está dentro de mi nariz aparentemente y yo no sé qué es y creo que soy yo y algo me está pasando y me voy a morir
Y es que además había un agravante. Para ese momento, después de haber tenido COVID y haber perdido el gusto y el olfato, por fin estaba en el proceso de recuperarlos.
Y de repente pasó esto como un plot twist en el que pasé a otro plano de la realidad donde ya los olores no eran los que eran
Lo sentía como una alucinación. Estos olores tan extraños y desagradables persiguiéndola fueron tan repentinos, tan de la nada. No tenía sentido. Y lo más angustiante era que parecía ser algo que solo ella sentía.¿ Qué le estaba pasando? Nuestra directora editorial Camila Segura nos cuenta.
Cuando Natalia intuyó que el olor no se iría pronto, lo primero que hizo fue lo que todos probablemente haríamos, entrar a internet.
La búsqueda Google ansiosa y alcancé a encontrar algo de información diciendo que hay distorsiones de olor posteriores al COVID.
Empezó a leer COVID prolongado, distorsiones del olfato, anosmia, que es cuando desaparece el olfato y a veces también el gusto. Esto ya le había pasado hacía poco cuando le dio COVID.
De hecho, fue así como que supimos que efectivamente teníamos COVID y no una gripa, ¿no? Pues la comida no sabía nada. Te podías morder una cebolla cruda sin problema porque daba lo mismo comerse la cruda que cocida.
Pero esto era distinto. Investigando más, llegó al término de lo que le estaba pasando. Parosmia. Una distorsión del olfato y del gusto que hace que el olor y el sabor sean casi siempre desagradables.
Había muchos sabores que eran artificiales y luego había muchos sabores que eran escatológicos, que sabían como a basura, como a vómito, como a podrido. Todo se sentía como muy distópico, como completamente paranormal. Que en ese sentido, digamos que el nombre de la palabra parosmia es muy acertado porque yo sentía eso, yo sentía que yo estaba recibiendo los olores y los sabores de un lugar común.
Las búsquedas en internet fueron un hoyo negro y Santiago veía que en vez de ayudarla, la hundían.
Y solo se encontró más angustia. Se encontraba, digamos, como le empezamos a poner nombre a la cosa y demás, pero todos los relatos que encontraba pues no le daban esperanza de ninguna porque empezaban con yo llevo seis meses, yo llevo un año y aquí seguimos, yo llevo año y medio y aquí seguimos.
No parecía que esto se fuera a acabar, por lo menos rápido. Y con los días se sumó otra carga que hizo que la vida empezara a sentirse demasiado agobiante.
Era imposible predecir a qué iban a saber las cosas.
Entonces era sorpresa. Todas las interacciones con la comida eran una apuesta
Tenía un mango y cortaba la mitad y me lo comía y podía comérmelo y al día siguiente cortaba la otra mitad del mismo mango y no era capaz.
Cada día se levantaba sin saber a qué le olería el mundo, a qué le sabrían las comidas, cuál de todas las variaciones putrefactas iba a experimentar. Y con cada intento de comer venía el miedo. Muchas veces era imposible probar más de un bocado.
Si a ti, no sé, te comes una cucharada de tus huevos revueltos de la mañana de siempre, que tienen solo sal... y esos huevos saben como a que alguien los hubiese condimentado con superglue, pues claramente tu cerebro te dice, esto es un veneno, mejor no te lo comas.
Sin poder comer llegaba el hambre, y con el hambre la angustia de desnutrirse.
Porque ella decía, esto no puede ser así, la vida no puede ser así por un año, la vida no puede ser así por un año y medio. Esto tiene que tener una solución ya.
Un ciclo sin opciones de salidas aparentes. Y es que la urgencia de encontrar una cura venía también del tipo de relación que Natalia ha tenido con la comida. Desde hace años se había interesado por la gastronomía. Buscar distintos sabores y combinaciones era una motivación, un gusto. Quería probar todo, siempre.
Entonces buscar un sabor y encontrar algo completamente desagradable era desesperante porque uno tiene mucha confianza sobre los alimentos. O sea, nuestra relación con la alimentación es una relación de búsqueda, de sostén, de seguridad, ¿sabes? O sea, los alimentos desde que eres bebé tu mamá te los da en la boca y es así como la relación emocional que tenemos con ellos es la de sustento. Y también mucho la de placer. Entonces, cada bocado era un choque emocional.
Todas esas cosas que antes le daban confort y bienestar, ahora eran completamente desagradables.
La copa de vino, el chocolatico, el postrecito, el café. O sea, todas esas cosas sí eran como los estímulos que yo usaba para regular mi estado de ánimo.
Ese quiebre de su relación con la comida empezó a impactar todo. Estaba el desánimo, la irritación, la debilidad por no comer bien, pero había otras cosas, como lo que empezó a sentir sobre su propio emprendimiento, en el que vende té con especias. Se sentía mal de ofrecer un producto que a ella le repugnaba tanto que no podía ni tomarlo. Tenía que hacer algo para mejorar, así que empezó a ir a todo tipo de médicos, pero resultó complejo.
Esto era como noviembre del 2021. la pandemia seguía siendo parte central de nuestras vidas. Y Natalia no tenía COVID, su caso no era de vida o muerte, y cuando les explicaba sus síntomas, parecía como si los doctores no hubieran oído antes la palabra parosmia o no entendieran del todo.
Y nos empezamos a encontrar mucho con eso, de que cada vez que ella consultaba con algún médico, en esa forma tan particular de los médicos de manejar su disciplina, llamémoslo de su incapacidad de aceptar su ignorancia. Cuando se encontraban con esto, les decían cualquier cosa por salir del paso.
Natalia me contó de una médica general que después de que le explicó lo que le estaba pasando, la remitió a un otorrino. Pero antes de irse, le dio una recomendación.
Trata de comer arroz y puré de papa y comida muy neutra y muy blanda para que, pues en efecto, puedas comer algo. Y
era como, señora, usted no entendió nada.
Fue al otorrino que le recetó un corticoide por si había una inflamación en las vías respiratorias, pero Natalia no logró tomar más de un par de dosis pues no resistía al sabor. Sin apoyo médico, el día a día de Natalia era un agobio. La comida era un tema que se sentía imposible de sostener, pero también estaban los olores,
esos que muchos de nosotros seguro no notamos tanto. El detergente, el champú, los jabones, los cosméticos… Cuando hacía naceo en la casa se tenía que ir a la calle, donde también le llegaban oleadas de aromas de todo tipo, de los carros, de basura, de comida de algún puesto ambulante. Su casa, el mundo, todo a su alrededor se sentía
abrumador y hostil. Poco a poco empezó a identificar lo que más le molestaba, todo lo que fuera pasado por fuego, cualquier tipo de carne asada, el humo de un asador, el vapor de cualquier alimento cocinándose, todo lo tostado.
Y el café es un olor netamente tostado. Entonces pues yo tenía prohibido hacer café en la casa.¿ Por qué? Pues toda la casa quedó oliendo a café. Afortunadamente teníamos una terraza bastante amplia. Entonces yo puse la cafetera en la terraza y el café de la mañana me lo hacía afuera. Porque era la forma de mantener ese olor en otro lugar.
Santiago trataba de hacer este tipo de cosas por ella. Una forma de acompañarla era ayudar a controlar en la medida de lo posible el ambiente de la casa. y a pensar en qué comidas podían intentar probar. Descubrieron que Natalia toleraba las almendras, los arándanos, los dátiles. Al principio cocinaban un plato grande para los dos, pero pronto se dieron cuenta de que era una mala idea.
Hacer un almuerzo, probar el primer bocado, y sabía que no se le iba a comer todo. Colapsaba. Entonces yo tenía que darle una botella de agua, quitarle el plato de ahí medio, y buscar así como arándanos o nuecesitas, O lo que sea, o sea, como de, bueno, vas a sobrevivir con pistachos hoy.
Una noche, pensando que Natalia podía probar algo que antes le gustaba, Santiago le preparó un plato. Era un jamón ibérico que le había mandado su hermano desde España.
Dito, come ese jamón que uno tiene guardado así para una ocasión especial. Y pues lo probé y me supo espantoso, o sea, incomible. Y en ese momento hice un ataque de pánico totalmente desenfrenada. O sea, me tocó como echarme un vaso de agua fría sobre la cabeza para lograr como volver al plano terrenal porque yo me fui por un espiral muy rudo, muy muy rudo.
Santiago se acuerda bien de ese ataque de pánico y de lo que trató de hacer esa vez para ayudarla.
Y en ese momento digamos que yo era la tía de los aceíticos de olor. Y entonces me encantaba echarme aceiticos de cuanta vaina, para dormir, para el estrés, para no sé qué. Y ella se empezó a ahogar y yo dije, claro, mi aceitico de menta. Eso es lo que ella necesita en este momento. Y subí corriendo, a mí no es anoche, saqué el aceitico de menta, bajé, monté las manos y las puse enfrente. Y obviamente, entre
que casi se vomita y casi me mata. Me miró con cara de,¿ qué estás haciendo?¿ Por qué me estás torturando más? Y empezó ese camino de decir, venga,¿ cuál es mi rol acá? Con esto, con ella.
Esa noche él se dio cuenta de que no siempre podía arreglar la situación, sino hacerle saber otra cosa.
Aquí estoy, y aquí me quedo, y aquí voy a seguir.
Era parte de lo que le había prometido hacía unos pocos meses, cuando se casaron. Lo hablaba con gente cercana.
Decía conversaciones con los amigos por los lados, decía... Escuchas que uno el día que se casa dice en la salud y en la enfermedad y no es consciente de lo duro que es esa promesa en la enfermedad. Pero ese sí es el compromiso.
La iba a acompañar así no entendiera del todo lo que le pasaba. Y es que como es un desorden de percepción y el vocabulario para describirlo es tan escaso, la parosnia es difícil de explicar. O
sea, suena como inmaduro decirlo así, pero yo de verdad me sentía incomprendida. O sea, como adolescente incomprendida
así.
Realmente ellos creían que no era real. O sea, para ellos era muy difícil entender que mi realidad era distinta a la de ellos.
Sentía que ellos pensaban que no podía ser tan grave.
Que, pues a veces a uno no le gusta la comida, pero uno igual se la come, ¿no? Era más o menos lo que ellos decían, como, de chiquita no te gustaba comer verduras, pero igual te las tenías que comer. Es ese típico discurso de tienes que poner la buena actitud, porque si no, eso, uf, me dolía mucho recibir eso. Recuerdo mucho una pelea con mi padre en la que él dijo algo como, es que es mental. Y yo le devolví a gritos seguramente, neurológico no es lo mismo
que mental. O sea, yo tenía un problema neurológico, pero no por eso me lo había inventado en mi mente, que era lo que él estaba tratando de suponer.
Y es que además, casi toda la gente que rodeaba a Natalia y a Santiago tenía algo para opinar, algo para sugerir.
Todo el mundo, toda tu red de apoyo, toda la gente que conoces, que cree que tiene la respuesta a pesar de que ni siquiera entiende el problema. Y todo va desde, llamémoslo, la botica de la abuela. Es que si usted respira por la ventana todas las mañanas, seguro se le quita.¿ No has pensado que deberías tomarte una agüita de jengibre?
Para este punto Natalia ya estaba en una situación emocional difícil, pero las señales de una depresión empezaron a hacerse claras.
Al no poder encontrar satisfacción en nada y también al estar con hambre, a mí se me empezó a revolver el síntoma de la parosmia, que era muy sensorial, con el emocional. Y sin duda uno se siente muy solo. O sea, tú estás sentada al lado del amor de tu vida y de todas maneras sola.
Lo que más le afectaba era pensar que no había una solución, que de ahora en adelante esta sería su vida.
Realmente sentir que la vida no iba a volver a tener placer sensorial, era, sí, es una idea desoladora, creo yo
Una pausa y volvemos. Estamos de vuelta. Camila Segura nos sigue contando.
Las semanas se volvieron meses y no había ningún signo de mejoría. Perdió las ganas de levantarse de la cama, lloraba todo el tiempo. Los ataques de pánico eran recurrentes. Estaba la ansiedad constante, la imposibilidad de sentirse presente.
Desde el social total, o sea, yo no quería ver a nadie, no quería compartir con nadie. No entendía muy bien ni cómo hacerlo, ¿no? Porque uno... Todos los espacios sociales que uno comparte son alrededor de la comida. Entonces uno queda para, vamos a tomarnos una cervecita o vamos a tomarnos un café. Pues yo no podía hacer ninguna de esas actividades.
Dos meses después de que le empezó la parosmia, en diciembre del 2021, decidió que necesitaba buscar ayuda. Vio a una psiquiatra que le mandó unas gotas parecidas a la pasiflora. Con ella empezó a seguir unos planes. Nada de alimentos procesados, todo natural. Que fuera orgánico le ayudaba, pues no sentía tanto los pesticidas, y confirmó que lo que más toleraba eran los alimentos crudos. La psiquiatra le recomendó buscar a una psicóloga y con ella comenzó a trabajar también en
otras cosas. Si el placer ya no podía venir de la comida, ésta tendría que verse más como una tarea. Por eso debería tratar de encontrar el gozo en otra parte.
Si rico no es comiendo, pues hay otras formas de rico. Rico puede ser bailar o un concierto o una caminadita por un parque, por una playa, ¿no?
Con Santiago empezaron a planear viajes, a salir en las noches a bailar o ir a conciertos, aunque claro que eso también tenía sus retos.
Por ejemplo, la vida nocturna tiene muchos humos de tabaco, eso era muy difícil. Estar en un bar, estar en una terraza, en los conciertos que uno como que siente tanto calor, el mismo olor de la gente también tenía como su componente escatológico, como el sudor. Eso también era difícil, pero realmente el secreto era como poner el estímulo en
otro lado,¿ sí sabes? Como cuando uno tiene un dolor y entonces se pellizca en otro lugar para como trasladar el dolor y trasladar la atención a otro lugar, funcionaba un poco así.
Era difícil, pero esas salidas se empezaron a sentir un poco como un salvavidas y la solidaridad que tanto necesitaba Natalia la encontró en Santiago.
Santiago se volvió, fue como un gran cómplice de todos mis caprichos. Me daba gusto en todos mis caprichos y en todos mis swings, porque yo me volví un poco como la ama de mis caprichos y ama de mis antojos. Y en eso, muchas veces lo agradezco. Porque en la medida en que yo decidía que, no sé, solo puedo comer aguacate con limón, pues él también comía solo aguacate con limón.
Casi un año después de que le empezaran los síntomas de la parosmia, Santiago y Natalia se mudaron de apartamento. Fue un trasteo lleno de contratiempos y estrés. Esa primera noche, ya ahí, Natalia se sirvió un vaso de agua de la llave. La probó y le pareció intomable, metálica, como al tubo. Solo eso le disparó un ataque de pánico.
Y yo al día siguiente me desperté entendiendo que no había tenido una reacción normal y llamé a la psiquiatra y le dije, necesito ayuda.
Ella estuvo de acuerdo y le recetó un ansiolítico.
Y desde el momento en el que yo empecé a consumir ansiolíticos, la parosmia empezó a recaer y la mejoría, pero una curva así, como un avión despegando. Impresionante.
No fue que la parosmia desapareciera, pero el hecho de que su ánimo estuviera mejor le ayudó a sobrellevarla de una manera que no había estado logrando. A partir de ahí, la vida se empezó a sentir un poco más tolerable. especialmente porque había señales de esperanza. Y vinieron de un lugar improbable. Unos meses antes, viendo Instagram, el algoritmo le mostró la publicidad de un seminario que le llamó la atención. Era algo súper específico.
Que se llamaba como herramientas para que los restaurantes se adapten a los cambios de percepción de los comensales pospandemia.
Con Parosnia y siendo dueña de un emprendimiento relacionado con gastronomía, el seminario le intrigó bastante y se registró. Le encantó el contenido, fue útil, pero se fascinó especialmente con la mujer que lo dictaba.
Después de ver la conferencia yo dije, esta señora tiene la llave.
Después de la pausa, conocemos a esa mujer. Ya volvemos. Parosnia Estamos vuelta en Radio Ambulante.
Aquí Camila. Ella es la neurocientífica que, según Natalia, podría tener la llave.
Mi nombre es María Jimena Ricati. Nací en Argentina, tengo 46 años y vivo en Italia desde hace más de una década.
María Jimena tiene un doctorado en neurociencia y una especialidad bastante particular. A través de la neurociencia aplicada, estudia el rol que cumplen los sentidos en cada una de las experiencias que vivimos. Como parte de esta investigación, hace distintos tratamientos para diferentes alteraciones del olfato. Durante muchos años ha trabajado con personas que tienen todo tipo de desórdenes olfativos,
entre ellos parosmia. Antes del COVID, normalmente eran pacientes que se habían golpeado muy fuerte en la cabeza o que habían tenido alguna infección en las vías respiratorias, por ejemplo. Era un área un poco de nicho. No muchas personas viven experiencias de trauma físico para causar esos desórdenes, Pero la pandemia cambió las cosas
Yo tenía muchos pacientes y había tenido mucha difusión en mi trabajo porque en ese momento en el mundo no había muchos especialistas que se encargaran de la recuperación del olfato.
Natalia fue una de las muchas personas que la contactaron a través de su cuenta de Instagram
Yo había estado pasando por diferentes especialistas y era, digamos, un sinfín de opciones de tratamiento, No avances, angustias.
Todo era muy parecido a lo que ya había visto con otros pacientes. Los alimentos que no soportan las personas con parosmia son muchas veces los mismos. Ajo, cebolla, huevos, café, chocolates, fritos, caramelizados, tostados. Pero había algo más en lo que muchos coincidían. El sentirse incomprendidos hasta por los mismos médicos.
Los especialistas en otorrinolaringología no sabían qué decirles, les decían que esperaran, porque no estaban acostumbrados a realizar este tipo de tratamiento, porque el sentido del olfato lamentablemente es un sentido desvalorizado. Se piensa que la persona puede hacer su vida normal sin el olfato, pero la realidad es que no es así. El olfato, cuando lo perdemos, es que nos damos cuenta de lo importante que es.
Cuando hablé con María Jimena, lo primero que quise hacer fue tratar de entender cómo funcionan el olfato y el gusto. Es complejo, pero trataré de desglosarlo. Empecemos con una afirmación que puede que a algunos les sorprenda. En el sabor, más que el gusto, es el aroma el que juega un papel fundamental. María Jimena me explicó que todo lo que olemos activa diferentes receptores que están ubicados en las neuronas olfativas de la nariz, en una estructura que se
llama epitelio olfativo. Y esos receptores tienen prolongaciones que se conectan directamente con el cerebro
La nariz es la puerta de entrada, es donde esos aromas van a tomar contacto con un receptor olfativo y van a transmitir la información al cerebro. Pero luego el cerebro tiene que reconocer esos patrones, esa sinfonía de moléculas aromáticas para determinar si es un limón, si es una mandarina, si es una naranja y así sucesivamente.
Porque lo que percibimos como un solo aroma en realidad es el resultado de una combinación de distintas moléculas. Los receptores olfativos reconocen esas moléculas por separado, pero es el cerebro el que recibe estas señales y en milisegundos las compara con patrones que hemos aprendido antes y construye una percepción unificada. Ese aroma que reconocemos como café, por ejemplo. Y ese patrón, digámoslo así, es el que se altera cuando aparece la parosmia.
Porque¿ cuál es el problema de la parosmia? Es que un aroma se siente de manera incorrecta.¿ Y por qué se siente de manera incorrecta? Porque las neuronas, que si bien se regeneraron luego de la infección por el virus, intentaron conectarse entre sí, se conectaron de una manera equivocada. Entonces se están enviando el mensaje equivocado.
Como si los instrumentos de una sinfonía se desafinaran o se perdieran en la partitura. La causa neurológica de la parosmia post-COVID aún está siendo estudiada, pero no es nada fácil. El sistema olfativo humano es complejo y hay limitaciones prácticas y biológicas. Para estudiarlo a fondo, hay que acceder al epitelio olfativo, dentro de la nariz, donde están las neuronas que llevan la información al cerebro. Y claro, esto es difícil de hacer de manera prolongada y repetida en humanos.
Por eso se estudia de manera indirecta. con animales o imágenes de resonancia magnética para ver cambios de formas o tamaños en la parte donde se procesa la información del olfato en el cerebro. Lo que sí se sabe es que un virus como el COVID afecta al sistema olfativo de distintas formas. No solo cambia la estructura de algunas partes, sino que también altera lo que pasa dentro de las células.
Incluso si el virus no ataca directamente a las neuronas olfativas, daña las células que la rodean Y eso desordena toda la señal. Y ahí es cuando el cerebro empieza a recibir información equivocada y lo que antes olía rico, de repente huele asqueroso. Pero aquí viene a lo que quería llegar, y a lo que quería llegar a su vez Natalia. A pesar de la complejidad que ya mencioné, hay una buena noticia. Las neuronas del nervio olfativo son de las pocas que pueden regenerarse.
Las neuronas del epitelio olfativo son neuronas que tienen esa capacidad. Y eso es una gran ventaja. Por ejemplo, con la vista no ocurre. Si uno pierde las neuronas de la retina, no se van a regenerar y no se va a recuperar la visión. En cambio, con el olfato sí.
El olfato entonces se puede intentar recuperar. María Jimena trabaja con un tratamiento que empezó a implementar Thomas Hummel en Alemania en el año 2009. Consiste en oler distintos tipos de aromas. Cada uno forma parte de algo que se conoce como una familia olfativa. Hay varias, pero las más simples se reducen a cuatro. Cítricos, flores, hierbas y especias. Durante la terapia hueles varios de esos aromas por unos cinco minutos
en una secuencia determinada dos veces por día. El objetivo es volver a activar las rutas sensoriales que el cerebro necesita para reconstruir el sentido del olfato. La idea es simple pero poderosa. oler distintos tipos de aromas de forma consciente y repetida, como si se entrenara un músculo.
Yo siempre digo que es muy similar a aprender un idioma o aprender a tocar un instrumento. Eso implica que para que ese circuito neuronal se refuerce, hay que repetir.
Una de las primeras tareas que le puso María Jimena a Natalia fue que se armara un kit de cuatro frasquitos con esencias de olores.
Rosas, clavos, limón... Y eucalipto, si no estoy mal
Le dio la opción de que si no toleraba alguno, buscara una alternativa parecida. Y así Natalia se fue para una tienda de aromas. Y
claro, pues yo era la cliente más rara porque los quería oler todos, pero hacía caras, hacía muecas, como esto es asqueroso. Y se la devolvía
al vendedor y el vendedor me miraba como, bueno, tampoco es nada así.
Terminó comprando geranio, limón, hinojo y cardamomo. y empezó a hacer el ejercicio, juiciosa. Agarraba cada frasquito, respiraba, contaba hasta cuatro, y volvía a repetir el proceso cinco veces. María Jimena además la mandaba a ver un video con imágenes de lo que estaba oliendo, que oliera la esencia de rosa viendo la foto de una rosa.
Pues al final todos los sentidos están conectados, entonces si tú veías la imagen, capaz podías acceder a otros lugares de tu memoria.
Con la terapia olfativa y el tratamiento psiquiátrico con ansiolíticos, Natalia empezó a mejorar bastante. Fue María Jimena la que le explicó que este tipo de medicación puede ayudar un poco, pues baja los niveles de cortisol, la hormona del estrés.
Es una hormona que tiene una acción que a veces puede interferir en ciertos procesos de recuperación. Y cuando el cortisol está elevado, muchos mecanismos de reparación del cuerpo se detienen.
El estrés constante, la angustia, la ansiedad, todo eso afecta al cuerpo. Cuando bajan esos niveles de cortisol, el sistema nervioso se regula un poco y a veces eso permite que el olfato también empiece a responder mejor. Al bajar el estrés, el cuerpo sale del modo alerta y puede volver a enfocarse en lo que sabe hacer, reparar. Se crea un entorno más favorable para que las neuronas olfativas
se regeneren para que vuelvan a conectarse como antes. Es como si la tormenta se calmara un poco y entonces las células pudieran volver a hacer su trabajo. El estrés que genera la parosmia tiene sentido si lo pensamos desde un instinto básico de supervivencia. Si algo huele mal, no me lo como. De los cinco sentidos, el olfato es el que más rápido llega al cerebro. Pero hay otra cosa.
El sistema olfativo es uno de los sistemas que... más rápido toma acceso con la zona en la que se procesan las emociones y los recuerdos
Un olor nos puede provocar felicidad, nostalgia o repugnancia de una manera casi inmediata. Es un sentido al que no le damos mucha importancia, del que se habla poco comparado a la vista o la audición. Pero es fundamental. Entonces, después de casi tres años, Natalia va bien.
Yo estoy, digamos que un 98% recuperada de la parósmia, en el sentido en el que ya tengo una relación normal con los alimentos, o sea, recuperé la mayoría de sabores, puedo acercarme a la comida sin problema, puedo cocinar.
No es 100% porque hay cosas que cree que ya perdió, puede que para siempre. No tolera ningún paquete de cosas procesadas, le sabe a lo que es, artificial. Los licores destilados tampoco los aguanta mucho, pero sí puede tomar fermentados como vino y cerveza. También hay unos alimentos como los dátiles que lo rechaza porque como fue lo que comió durante la época más difícil de la parosmia, están atados a memorias de mucha angustia. Es una angustia que he visto
de cerca últimamente. Como seguramente muchos de ustedes, yo hasta hace poco no había escuchado de la parosmia, ni sabía de qué se trataba. Aprendí el término gracias a mi mamá, que también tiene parosmia. Es más, fue ella la que me presentó a Natalia. En parte este episodio salió del intento de entender eso que le está pasando. Eso que se siente a veces tan irreal y que ha hecho que su calidad de vida se haya ido en picada. Me acuerdo bien de esa primera llamada en que mi
mamá me contó lo que estaba sintiendo. No la había tan angustiada desde hacía mucho tiempo. Habían pasado unos cuantos días y en su caso empezó con un olor que me describió con una imagen aterradora, a un animal muerto o como si sus plumas estuvieran chamuscando en la estufa. Desde ese día muchas de nuestras conversaciones incluyen el tema de la comida, que el jamón le supa gasolina, que las fresas a jabón, que el chocolate a remedio. Terrible
y muy difícil, y sin saber cómo ayudarlo. Lleva más de un año desde esa llamada de mi mamá y en diferentes momentos la he visto pasar de la frustración al llanto, de la irritabilidad a la desesperación, de la depresión hasta las ideas suicidas. Pero apareció Natalia en su vida. Fue después de que hablaron que mi mamá me dejó este mensaje de voz. No te imaginas la conversación con
esta chica. No te la imaginas. La riqueza de matices de todo lo que me alcanzó a contar duramos dos horas y media juntos.
Mi mamá, como Natalia, también había pasado por todo tipo de médicos y tratamientos. Neurólogo, otorrino, neumólogo, nutricionista. Había tomado omega-3, zinc, corticoides y otras cosas. Nada funcionaba. Pero solo con oír a Natalia algo cambió para ella. Se le oye en la voz.
Todavía hay cositas que no puede comer. pero me dio mucha, digamos, fuerza, por lo menos, oírla. Y me dio tips, y sobre todo me hizo sentir que yo no estaba sola, ni estoy loca.
Y es que como se trata de un trastorno de percepción del mundo, la parosmia al final de cuentas se termina convirtiendo en un tema tabú, el de salud mental. Pero también tiene que ver con otro más reciente. Esa especie de pacto de silencio colectivo que hay alrededor del COVID.
Porque después de casi seis años, la pandemia se empezaba a sentir como historia antigua, como si no se hubiera muerto tanta gente, como si dentro de cada comunidad no hubiera tantas personas que siguen procesando ese dolor psicológico, físico. Supongo que es más fácil así para muchos, pretender que esa emergencia global pasó y ya. Confieso que hasta que mi mamá le dio parosnia después de tener COVID, yo
también había dejado de pensar en la pandemia. Pero si hay algo que me quedó claro después de ver de cerca la angustia de mi mamá y de hablar con Natalia, es que hay gente que simplemente no tiene ese privilegio
Camila Segura es directora editorial de Raambulante y vive en Washington. Esta historia fue editada por Luis Fernando Vargas y por mí. Bruno Selsa hizo la verificación de datos. El diseño sonido es de Andrés Aspiri, con música original de Remy Lozano, Anato Irán y Andrés. El resto del equipo de Raambulante incluye a Paola Leán, Adriana Bernal, Agneris Casasuz, Diego Corzo, Emilia Herbeta, Samantha Proaño, Camilo Jiménez Santofimio, Natalia Ramírez, Lina Rincón,
David Trujillo y Elsa Liliana Ulloa. Carolina Guerrero es la CEO. Raambulante es un podcast de Raambulante Studios, se produce y se mezcla en el programa Hindenburg Probe. Si te gustó este episodio y quieres que sigamos haciendo periodismo independiente sobre América Latina, apóyanos a través de Deambulantes, nuestro programa de membresías. Visita radioambulante.org y ayúdenos a seguir narrando la región. Radioambulante
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