La niña de hielo - podcast episode cover

La niña de hielo

Sep 30, 202548 minSeason 15Ep. 1
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A fines de 1977, Néstor Delgado, Juana Benítez y sus dos hijos se preparaban en Buenos Aires para una gran hazaña: ser parte de las primeras familias que vivirían en la Antártida. Pero poco antes de partir, Juana recibió una noticia inesperada que pondría en riesgo todos los planes.

En nuestro sitio web puedes encontrar una transcripción del episodio. 

Or you can also check this English translation.

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At the end of 1977, Néstor Delgado, Juana Benítez and their two children were preparing for a great adventure: soon, they would be among the first families to live in Antarctica. But shortly before leaving Buenos Aires, Juana received unexpected news that would put all of their plans at risk.

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Transcript

Esto es Raúl Bulante, soy Daniel Alarcón. La historia de hoy transcurre en un lugar sin árboles ni comida fresca. Un lugar sin cines, ni tiendas, ni supermercados. Una tierra gris en sus veranos y cubierta de nieve el resto del año. Vamos a viajar al Polo Sur, a la Antártida, el continente más frío del mundo, un lugar donde nadie pensaría fundar un barrio con familias y niños. Bueno, nadie, hasta que se le ocurrió a Argentina hace casi 50 años.

Y me viene con la novedad. ¿Sabés qué escuché? Que van a ser un barrio en la Antártida. Está proyectado, dice. Ella es Juana Benítez y el que le contó fue su marido Néstor Delgado. Era 1977, Juana tenía 35 años y en Argentina gobernaba la última dictadura militar.

Néstor trabajaba como cocinero en el ejército argentino y ya había participado en dos campañas antárticas que duran casi un año, desde un verano hasta el siguiente, y que tienen como objetivo abastecer a las bases en ese continente y hacer investigación científica. En ese momento, Juana y Néstor tenían dos hijos, Norma de 13 y Gabriel de 6. La Antártida era el tema de conversación en la mesa familiar. Era la razón de que papá no estuviera en casa durante meses.

Juana ya tenía ensayada una respuesta cuando sus hijos le preguntaban por qué su papá no los iba a buscar a la escuela. Y yo le tenía que explicar porque está muy lejos. Que cuando no haga más frío ya va a venir papá porque papá lo tienen que ir a buscar en avión y ahora no se puede porque hace mucho frío y corre mucho viento.

Las dos veces que Néstor había viajado a la Antártida, había tratado de mantener contacto con sus hijos. Él murió en abril del 2021, pero Norma y Gabriel recuerdan muy bien aquella época, cuando se sentaban junto al teléfono a esperar la llamada de su papá. Esta es Norma. Él trataba de llamar como mínimo una vez por semana y él nos preguntaba cómo estábamos, qué hicimos, cómo nos fue en la escuela y él nos contaba qué hizo.

estaban en una de las bases argentinas de la antártida desde allí los dejaban llamar por radio y debían turnarse con sus compañeros para hablar cada uno tenía de 15 a 20 minutos y rogaban que no hubiera mucho viento para que no se cortara la llamada Pero era la única oportunidad de tener contacto con él. Y después, bueno, cartas, encomiendas que mi mamá preparaba.

Este es Gabriel, que todavía recuerda todo lo que metían en esas cajas. Frutas y verduras frescas, dibujos que él y Norma le hacían, cassettes grabados con sus voces. Y cuando su papá volvía, todos escuchaban las historias de cómo era vivir en ese mundo lejano y extraño. Trineos jalados por perros polares, noches largas como meses y descubrimientos en mares congelados.

En una oportunidad nos trajo una vértebra de ballena, nos trajo piedras con helechos petrificados, piedras con hongos y con líquenes para que veamos cómo eran. A través de las historias que le contaba su marido, Juana había imaginado la Antártida tantas veces que sentía casi como si la conociera. Que yo volaba con la mente por ahí. Y era como que yo vivía eso. Pero realmente estar allí, sentir el viento helado en la cara, el silencio de un mundo de hielo, eso sí, imaginaba, sería otra cosa.

Yo siempre quise ir. ¿Cuándo será que nos van a decir que nos van a vacacionar en la Antártida? Decía yo. Así que cuando Néstor le habló de la posibilidad de que toda la familia se fuera por un año… Juana ni siquiera lo dudó. Unos días después les confirmaron que al año siguiente emprenderían el viaje. Juana fue la encargada de darle la noticia a sus dos hijos. Norma recuerda que les dijo,

Tenemos que saber qué es lo que vive papá cada vez que se va. Entonces esta vez vamos a ir todos juntos y vamos a disfrutar y a ver y a conocer qué es lo que hacía papá cuando se iba. Nosotros sabíamos de dónde íbamos por las fotos y anécdotas que él contaba, pero como familia nunca habíamos ido a un lugar como ese y tampoco sabíamos cómo era en detalle.

Y a nosotros nos pareció una idea excelente, así que nos entusiasmamos y nos preparamos para ir. Toda una aventura. Y es que no era cualquier hazaña. Serían parte de las primeras familias que vivirían en la Antártida. Por primera vez, la propuesta era que mujeres y niños viajaran con sus maridos militares y se quedaran en la Antártida la temporada completa junto a ellos. Argentina había decidido crear un barrio en una de las estaciones más accesibles, en Base Esperanza.

El barrio se construiría justo antes que llegara la primera camada de familias, a inicios de 1978. En total viajarían ocho familias más el personal asignado a la base. Para el éxito de la campaña, era importante que las familias se conocieran y formaran un vínculo antes de viajar. Pasaron de reuniones para socializar y después probarnos la ropa.

Enterizos naranjas de tela especial para el frío antártico, sacos de lana, capuchas de cola de zorro, pantalones y camisetas térmicas, guantes, gorros, botas. Además de la ropa para la familia, Juana debía pensar en lo que necesitaría durante todo ese año. Regalos para cumpleaños, una pelota de fútbol para Gabriel.

Lana y agujas para Norma, que aprendería a tejer, productos de higiene femenina, algunos libros y no mucho más, porque el pedido era no sobrecargar el equipaje. También tenían que hacerse varios chequeos médicos. Los adultos incluso tenían que sacarse el apéndice para evitar que les agarrara una apendicitis en el medio de la nada. Juana, precavida, también sacó una cita con el ginecólogo.

Aunque su marido siempre había querido tener otro hijo, ella no quería volver a quedar embarazada. Ahora, con la aventura de la Antártida en el horizonte, menos aún. Así que, para no correr ningún riesgo, decidió comenzar un tratamiento anticonceptivo. Y seguimos ese medicamento. Y creo que no pasó dos meses y me sentí re mal. Me voy al médico y estoy embarazada. Me asusto. lloro y le digo al médico que yo no quiero estar embarazada. Yo quiero ir a la Antártida, pero no quiero estar embarazada.

La felicidad por la idea de vivir un año en la Antártida ahora está opacada por el miedo de llevar un embarazo y dar a luz en el lugar más remoto del mundo donde tampoco había hospitales. Ya volvemos. Los latinos sabemos lo que significa resistir, superar límites, seguir adelante sin importar los retos. Ese mismo espíritu vive en la Nissan Rogue. Nissan pasó la Rogue por pruebas súper extremas.

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Hola ambulantes, quiero compartir una noticia que nos emociona mucho. Hace unos días lanzamos un nuevo podcast sobre lo que significa vivir un momento tan incierto político y socialmente como este. Se llama The Moment with Jorge Ramos and Paula Ramos y es nuestro primer podcast en inglés.

Padre e hija conversan con políticos, artistas, activistas para ofrecer perspectivas latinas auténticas sobre cultura popular, sociedad, política y los temas más urgentes de la actualidad y los cambios sin precedentes que vivimos. Estamos de vuelta en Radio Ambulante. La periodista Patricia Serrano, junto con nuestra productora Aneris Casasuz, investigaron esta historia.

Aquí Patricia. Juana se enteró de su embarazo a fines de 1977, meses antes de viajar a la Antártida. La noticia la había tomado completamente por sorpresa. Según los cálculos, El bebé nacería en junio de 1978 en pleno invierno austral. Estaba muy preocupada. Porque no solo se trataba de viajar embarazada a un lugar sin hospitales ni las comodidades que podría tener en Buenos Aires, sino también por lo que todo eso implicaba. Porque yo sabía que me iba a perturbar el embarazo.

No iba a poder hacer lo que yo quisiera hacer, por dónde quisiera andar, qué sé yo. Y aunque le costó aceptar la idea de viajar embarazada, su marido terminó por convencerla. Yo te voy a cuidar. Me dice, yo voy a estar a las 24 horas, vamos a estar juntos. Enseguida avisaron del embarazo al comando antártico. Y después de hacer unos chequeos médicos a Juana, les dijeron que podía viajar.

Así que tan solo unas semanas después comenzó la aventura. Las ocho familias subieron un avión Hércules de la Fuerza Aérea Argentina, un avión militar donde también viajaban un sacerdote y un doctor. Los llevaron hasta una de las ciudades más australes del mundo, la Argentina Ushuaia. Allí esperaron las condiciones climáticas perfectas que les permitieran hacer el resto del traslado hasta el destino final, base Esperanza.

tendrían que sortear casi 1.200 kilómetros por agua en una de las zonas más peligrosas del planeta. Lo hicieron en un barco de carga de la Armada Argentina. También los acompañaba un rompehielos. un barco especial para abrir paso en mares congelados. No era un viaje apto para personas miedosas. Tenían que atravesar el pasaje de Drake, donde se juntan el Océano Atlántico y el Océano Pacífico.

lo lograron en medio de una tormenta con olas que podían llegar a los 15 metros de altura. Juana, que estaba entrando en su sexto mes de embarazo, pasó el viaje amarrado de una cama en la enfermería del buque, descompuesta todo el tiempo. Y ahí, con el movimiento del mar, me revolví el estómago. Y prácticamente ya me pasaba más en la salita, en una cuna. Porque como la cuna se mueve a la par del movimiento del buque, eso te calma. El viaje duró más de una semana.

Gabriel tenía seis años, pero recuerda muy bien esos días en altamar que parecían interminables. Y yo estaba desesperado por ver témpanos. Pasaban los días, pasaban los días y nunca llegábamos. Hasta que... Me acuerdo claramente que un día miro así por el ojo de wey y empiezo a ver un par de trenes y ahí me puse contento que estábamos llegando a Antártida. Era 14 de febrero de 1978.

y las familias estaban a punto de comenzar el año más extremo de sus vidas. Pero paremos en este punto. Antes de seguir es necesario entender el propósito de esta misión. Empecemos por la Antártida. Es el lugar más frío, seco y ventoso del planeta. Contiene la mayor reserva de agua dulce del mundo y es un laboratorio clave para la ciencia. ¿Cómo entra Argentina en esta historia? Bueno... Aunque muchos no lo saben, Argentina es un país bicontinental.

Y eso se debe, justamente, al reclamo de soberanía sobre una parte de la Antártida delimitada por los meridianos 25 y 74 de longitud oeste que se extiende hasta el polo sur. Y lo fundamenta, sobre todo, en tres razones. Por herencia histórica, Argentina heredó derechos sobre el territorio después de la independencia de España, ya que formaba parte del Virreinato del Río de la Plata. Luego, por presencia continua.

fue el primer país en establecerse en la Antártida en 1904, con una base llamada Orcadas. Desde entonces ha mantenido una presencia ininterrumpida con actividades científicas, militares y civiles, hasta llegar a tener 13 bases en ese continente. Y por último, debido a la proximidad geográfica. La península Antártica está alineada directamente con la Patagonia Argentina y separada solo por el pasaje de Drake, lo que refuerza el vínculo natural entre ambos territorios.

Pero para reafirmar aún más ese reclamo sobre la soberanía, Argentina ideó también el plan que estaban llevando a cabo la familia de Juana y las otras siete, ser el primer país en crear un barrio en la Antártida. Un lugar donde la vida fuera similar a la del resto del mundo, con nacimientos, bodas y niños en la escuela

Era una idea que venía desde hacía muchos años, desde el gobierno de Juan Domingo Perón en los años 50, y que recién ahora se estaba poniendo en marcha. Lo llamaron Fortín Sargento Cabral. Y es allí donde Juana y su familia llegaron aquel 14 de febrero de 1978. El barrio, ubicado en base Esperanza, albergaría 31 personas.

Tenía cinco casas rojas de madera y metal, un edificio grande, una central que generaba energía eléctrica y una plazoleta. Todos los materiales necesarios fueron transportados, obviamente, por barcos. La familia de Juana recibió la casa número 3, pero había un pequeño problema. Esta es otra vez Norma, la hija mayor. El barco que llevaba a la casa sufrió un inconveniente. muchas cosas se tuvieron que tirar para que el barco no se hunda, entonces las casas no quedaron perfectamente acabadas.

Las casas tenían dos habitaciones, un baño, un living comedor y una cocina. Eran estructuras modulares de metal, es decir, armadas con paneles que debían sellarse en sus juntas. Una pared estaba abrochada, la otra. Pero le faltaba el sellador para que no entre la nieve por el costadito. Bueno, y ahí se quedaba una endija y por ahí entraba la nieve. Y se acumulaba en el piso de la casa.

Norma y Gabriel lo tomaban como una aventura, se abrigaban y hacían muñecos de nieve en la sala. Y aunque hoy resulte casi imposible de creer, no tenían calefacción central. Calentaban el ambiente con pequeñas estufas de queroseno que Juana iba cambiando de lugar a medida que se movían por la casa. Durante el día los chicos iban a la escuela, pero era muy distinta a la de Buenos Aires.

Solo tenía 12 alumnos, tan pocos que prácticamente tenían clases particulares. Norma estaba empezando la secundaria y Gabriel era el único alumno de primer grado. Las clases las tomaba en la casa de su maestra, esposa de un suboficial del ejército. Aprendí a leer en la Antártida, aprendí a escribir en la Antártida. Por supuesto me daban tareas, así que la tarea la hacía en mi casa con mi mamá. Y bueno, hacía la tarea y después me iba a jugar.

A jugar, entre comillas. Me iba a ver dónde estaba mi papá, a acompañarlo a él. Si bien era cocinero, el papá ayudaba en todo lo que hiciera falta. Le daba de comer a los perros, prendía y apagaba la central eléctrica y hacía arreglos en las casas. Y Juana se ocupaba de las tareas domésticas. Era una vida difícil, sobre todo para una mujer en los últimos meses de embarazo, pero Juana se adaptó rápido. Me acostumbré, me acostumbré a hacer esas cosas difíciles y que ya se me hizo fácil, cotidiano.

En nuestra época había que hacer agua. Porque tampoco tenían agua potable. Así que los chicos salían a buscar bloques de hielo que luego Juana ponía al fuego dentro de una olla para que se derritieran. Gabriel y Norma también recuerdan los iglúes que construían con su padre, los paseos por la playa donde buscaban dientes de foca, las excursiones en familia los fines de semana para ver a los pingüinos y por supuesto el frío.

El viento. La nieve. Y había 20 bajo cero, 30 bajo cero. Era normal eso. Lo mejor que te podía pasar un día lindo y creo que estaba en 5 grados bajo cero. Pero nosotros la verdad no nos incluyó. Para nosotros era más importante estar todos juntos que sufrir el frío de la Antártida. Juana pasó los meses de embarazo prácticamente encerrada en su casa.

con miedo a salir por temor a resbalarse o caerse por el viento. Y es que los vientos en la Antártida pueden llegar hasta los 200 kilómetros por hora y también pueden aparecer sin avisar. Pero cuando salía, no lo hacía sola. Tenía una amiga, Adela Acevedo, la flaca, esposa de otro militar con la que paseaba agarrada del brazo cuando las condiciones climáticas se lo permitían, y le contaba sus miedos.

Yo me afirmé más cerca de ella y yo le preguntaba cosas. Por supuesto, yo sé parir, no voy a decir que yo no sabía, pero uno tiene miedo porque pasan cosas también. La flaca y todas las demás mujeres del barrio trataban de tranquilizarla. Esta es la flaca. Porque aparte de ella venía muy bien con el embarazo, entonces como que todas le dábamos ánimo que todo iba a salir bien.

Pero los miedos de Juana eran lógicos. No había hospital, ni médico especializado, ni partera, ni tampoco la tecnología necesaria por si algo salía mal con ella o con el bebé. El único doctor presente en base a Esperanza era un médico general, muy joven, el mismo que había llegado con ellos. El plan era que un equipo con experiencia médica

Viajara en un avión desde otra base argentina, a 100 kilómetros de allí cuando fuera el momento del parto. La tarde del 27 de mayo, Juana empezó a sentirse mal. Algo le decía que su bebé estaba por nacer. Así que fue a ver al doctor. Él le dijo que no, que todavía faltaban unos 20 días para el nacimiento. Todo estaba arreglado para esa fecha, pero Juan intuía que iba a llegar pronto.

Así que cuando volvió a la casa, mandó a llamar a la flaca para pedirle ayuda. Y la flaca viene. Me mira nomás. Y entre Juanita estaba en la cama con dolores. Entonces yo la miro y le digo, no Juanita, estás por tener familia ya. Yo creo que sí, le digo, porque me siento así y tengo esto y me pasó esto. La flaca había seguido de cerca el embarazo de Juana.

y era la persona en quien ella más confiaba. Era su amiga, había estado ahí desde el principio. Ella conocía sus miedos y sabía que si Juana lo sentía, era cierto. Así que no lo dudó. Le insistió al doctor que Juana estaba a punto de dar a luz. No había tiempo que perder. El doctor activó el protocolo que tenían preparado y llamó al equipo médico de la otra base que estaba designado para atender el parto.

Mientras tanto, a Juana se la llevaron hasta una salita de emergencias en el edificio central. Ahí iba a nacer su bebé. Era una de esas noches antárticas donde el viento soplaba con tanta fuerza que la nieve lastimaba como agujas. Pero Gabriel igual salió hasta la puerta a despedir a su mamá. Vine una moto con un trineíto atrás, enganchado. La subieron a mi mamá al trineíto y de ahí la bajaron al...

eran 150 metros de mi casa hasta la casa central, que era donde estaba la enfermería. Y yo me quedé en mi casa esperando que digan que había nacido el bebé, porque no sabíamos qué era todavía. Pero Norma no se aguantó. Salió corriendo detrás de la moto de nieve. Corrió tan pero tan rápido que llegó a la enfermería antes que su mamá. Y bueno, terminaron de acostar a mamá, pero pobre, el doctor no quería que nazca todavía, quería que llegue el equipo.

Pero era una noche imposible para que el equipo de la otra base pudiera despegar. Hacía muchísimo frío y si no fuera porque un bebé estaba por nacer, nadie hubiera salido de su casa. Sin embargo, el parto de Juana era lo más esperado en el barrio y los pocos vecinos se juntaron en la casa central para apoyarla. Y vamos Juanita, vamos Juanita, vos podés, vos podés, porque me venía la cara de quejosa. Y yo me quejaba porque estaba re molesta y no veía la hora de que pase lo que tenía que pasar.

Afuera de la pequeña enfermería, los integrantes del primer barrio antártico cada vez se impacientaban más. Estaban a 8 grados bajo cero y el viento soplaba con ráfagas de 74 kilómetros por hora. No sabían que llegaría primero. Si el equipo de médicos o el bebé. Una pausa y volvemos. Los latinos sabemos lo que significa resistir, superar límites, seguir adelante sin importar los retos. Ese mismo espíritu vive en la Nissan Rogue. Nissan pasó la Rogue por pruebas super extremas.

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El doctor estaba cada vez más nervioso, esperando la llegada de sus colegas de la otra base. Pero las condiciones climáticas no mejoraban y el equipo seguía sin poder volar. El trabajo de parto ya estaba muy avanzado, así que el doctor empezó a hacerse la idea de enfrentar el momento solo. Le pidió ayuda a su esposa, que alguna vez había hecho un curso de enfermería.

Apenas llegó Néstor, el marido de Juana también se ofreció a ayudar. Mi papá hizo de enfermero con la esposa del doctor y cuando nos descuidamos nació mi hermana. Recién ahí supieron que era una nena. la primera mujer en la historia de la humanidad en nacer en la Antártida. Y la llevaron a higienizar y después ya me la trajeron limpia, envuelta así en una toalla y me lo pusieron al lado.

Fue su padre el encargado de elegir el nombre. Marisa de las Nieves, porque ella nació acá en las nieves. El radiooperador de la base dio la noticia por altoparlante a todo el barrio. El nacimiento se celebró en la Antártida, pero también en la Argentina. Se anunció como un hecho histórico, un punto importante para el reclamo de la soberanía en suelo antártico. Así lo comunicó el gobierno militar a través de los diarios y radios de la época.

Siendo las 19.05, la señora Juana Paula Benítez, esposa del sargento Néstor Arturo Delgado, dio a luz a la pequeña Marisa de las Nieves. La partida de nacimiento de Marisa afirmaba que ella era una Argentina bicontinental. Lugar de nacimiento, base Esperanza, Antártida. Nacionalidad, Argentina.

Después del nacimiento de Marisa de las Nieves, el tiempo se volvió cada vez más crudo, tormentas de viento y nieve y muy pocas horas de sol al día. Así que la familia pasó casi todo el tiempo adentro de la casa. Norma recuerda que el invierno parecía eterno. Tuvimos dos meses prácticamente sin salir, que íbamos del dormitorio a la cocina y de la cocina al dormitorio y no hacemos otra cosa.

Recién cuando faltaba poco para la llegada de la primavera, Juana se animó a salir de su casa con Marisa, pero tenía que abrigarla muy bien, incluso más que a sus otros hijos. Yo hice una bolsita para la bebé, para después de toda su ropa que está abrigada, la ponemos en la bolsa. Y así, abrigada ante la Antártica, salieron a la nieve.

Las primeras veces Juana no se animaba a tenerla en brazos. Tenía miedo de caerse. Así que todos se ofrecían para llevar la bebé. No, no sea que Juanita se caiga arriba de la bebé. Tenía el mismo miedo que había sentido durante el embarazo, esa sensación de sentirse frágil frente a la inclemencia del clima y del terreno antártico. Tener una beba era toda una distracción para el vecindario.

Sin televisión y radio, la vida se centró en visitar a la nueva integrante del barrio. Mi casa era como que fuera al hospital porque todo el rato entraba el que quería porque yo estaba recién parida y tengo mi bebé. Todos éramos así como familia. Acá, otra vez, la flaca. Todos queríamos estar, ir a verla. Yo especialmente, porque a mí me encantan los chicos. Yo quería verla todos los días.

aunque sea un ratito a la mañana o en algún momento en la escapada a ver cómo estaba la bebé. La llegada de la beba también cambió la vida para sus hermanos. Tenían más tareas en las que podían ayudar y menos tiempo para aburrirse cuando casi era imposible salir de la casa. Una vez que nació mi hermana, yo ya tenía mi juguete preferido, así que no necesitaba otra cosa.

Norma y Gabriel se entretenían dándole la mamadera, ayudando a cambiarla, lavando su ropa. Le habíamos hecho una canción también. Me acuerdo que íbamos tarareando una canción para ella y todo era la alegría de tener a la bebé en la casa. Esos meses pasaron rápido y pronto llegó el momento de regresar a Argentina. pues desde el principio estaba estipulado que vivirían allí solo por unos 10 meses y luego intercambiarían con nuevas familias que llegarían a ocupar el mismo barrio.

Pero Juana ya había superado los miedos y si fuera por ella se hubiera quedado. Yo no me quería ir. No sé, me acostumbré a esos riesgos porque es riesgoso. Hay que tener cuidado, hay que conocer. Y es lindo. Nada más que tenés que conocer el terreno y no tenés que tener miedo. Pero tenían que seguir con el plan. Así que para fines de 1978 volvieron al continente americano.

La familia Delgado regresó con un integrante más y sin saber si alguna otra vez, alguno de ellos tendría la posibilidad de pisar una vez más el suelo antártico. Marisa de las Nieves tenía seis meses cuando llegó por primera vez a la casa de su familia en Buenos Aires. Todos volvieron a la vida que habían dejado atrás. Néstor regresó a su trabajo como cocinero del ejército y Juana a su vida de ama de casa.

Y Gabriel y Norma regresaron a la escuela de antes, pero ahora con una gran aventura para contar. Era re importante porque era toda una estrella. Viste, cuando te empiezan a preguntar yo, te sentís que sos la única que vivió esa experiencia. Era una sensación muy agradable.

La Antártida seguía siendo el gran tema que atravesaba la vida de la familia. Así que mientras la pequeña Marisa de las Nieves crecía, las historias sobre ese mundo blanco y lejano donde ella había nacido estaban presentes todo el tiempo. Esta es Marisa. Mi personalidad se fue construyendo en base a fotografías, al relato de experiencias, a historias.

Me acuerdo cuando era chica que a veces pensaba que yo me acordaba de cosas, pero no, no me acuerdo. Es la repetición y ver las fotos y todo lo demás. Es que ya se había convertido en una tradición familiar sentarse a ver las fotos de aquel año tan especial que habían pasado en la Antártida. Creo que se dice nostalgia, ¿no? de sentarme y pasar las diapositivas de la época en la que yo nací, verlos a ellos, verme a mí ahí en ese lugar y bueno, con todo eso jugar con la imaginación.

La memoria, la construcción de la memoria, la construcción de la identidad. Le pasaba algo muy extraño porque era la protagonista principal de la historia, pero a la vez se sentía fuera. Hasta te podría decir que era un poquito envidia de que... Mis hermanos mayores, junto a mis papás, conocían el lugar de nacimiento, vivieron toda la experiencia y yo no. Es como que uno queda aislado de todo lo que ellos tenían para conversar.

y lo que compartían, y yo solamente era espectadora y escuchaba solamente esas historias. Mientras tanto, los nacimientos como el suyo continuaban siendo noticia nacional. Cada año, en un plan riguroso del gobierno, una nueva comitiva familiar viajaba a la Antártida y siempre una o dos mujeres embarazadas formaban parte de la tripulación.

Muy pronto Chile imitó la estrategia y también envió familias a su base en el continente. En 1984 nació el primer niño chileno antártico en Villa a las Estrellas. una base ubicada en la isla Rey Jorge. Hasta hoy se habla de estos nacimientos como una carrera entre los dos países para reclamar el derecho de soberanía sobre ese territorio. Esa tensión entre Argentina y Chile venía desde hace algunos años. De hecho, en 1978,

Casi llegaron a una guerra por el llamado conflicto del Canal de Beagle, una disputa territorial por la soberanía de tres islas. Pero hay un detalle importante que tenemos que mencionar. El Tratado Antártico El tratado lo firmaron 12 países en Washington el 1 de diciembre de 1959. Estaba en Argentina, Chile, Estados Unidos, Reino Unido, Japón y Rusia, entre otros.

El punto más importante del tratado es que los países firmantes acordaron suspender o congelar sus reclamos de soberanía sobre la Antártida y se comprometieron a que fuera de uso exclusivo para la investigación científica. y la cooperación internacional. Según el Tratado Antártico, nada de lo que se haga en la Antártida mientras esté vigente el Tratado Antártico puede ser utilizado

para fundamentar o reclamar soberanía. En ese sentido, según el Tratado Antártico, estos nacimientos o las familias que habitan la Antártida no pueden ser utilizados con este fin. Él es el historiador Pablo Fontana. coordinador de comunicación del Instituto Antártico Argentino. Según nos explicó Pablo, se trataba más que nada de un acto simbólico, una manera de fomentar el sentimiento nacional sobre ese territorio tan lejano.

La cuestión de los partos también como una función patriótica, una función de soberanía, de hacer patria allá en la Antártida. Él ha visto de esa forma. Y por otro lado apostar a que en el futuro los nacimientos en la Antártida tal vez sirvieran para respaldar ese reclamo. Una estrategia que duró poco tiempo, pues Argentina, con la vuelta a la democracia en 1983,

no volvió a mandar mujeres embarazadas a la Antártida. Y el último niño chileno nació en 1985. En total nacieron 11 seres humanos en la Antártida, 8 argentinos y 3 chilenos. 11 personas en más de 200 años desde el descubrimiento de esa tierra. Pero volvamos a Marisa de las Nieves. Mientras crecía en Buenos Aires, algo dentro de ella se sentía incompleto.

Por supuesto no tenía ningún recuerdo sobre los primeros meses de su vida en la Antártida. Todo lo que conocía eran las historias que le contaban y las fotos que veía. Su mamá guardaba una carpeta con recortes de diario sobre esa época. Para la familia era un orgullo que Marisa fuera la primera mujer antártica. Pero para ella, que no recordaba nada a ese lugar, era algo difícil de comprender y de explicar.

Si no podía decir que nací en la Antártida era mejor. Cuando me preguntaban de dónde era, yo decía que era de Buenos Aires porque yo vivía en Buenos Aires. Porque además Marisa recuerda que en la escuela primaria, cuando estudiaban geografía, la Antártida ni siquiera aparecía en algunos mapas. Y en los que sí aparecía... Era el mapa de la Argentina y en un... cuadradito chiquito ahí al costado estaba la Antártida como ahí agregadito. Algo que se sentía insignificante.

No sé si ustedes lo hicieron cuando eran pequeños, ver los mapas de sus ciudades o de sus países y ubicarse en ellos, constatar que el lugar en el que llaman su tierra de verdad existe. Los mapas nos guían, nos llevan de un lado a otro, pero también nos dicen nuestro lugar en el mundo. Y para Marisa ver su lugar de nacimiento tan apartado al mapa era una forma, silenciosa pero constante, de sentir que no pertenecía del todo. Es como que no importás, sos argentina pero...

Pero de segunda, padre, sí era, porque ni siquiera se estudiaba dónde naciste. Así que su relación con la Antártida era compleja. Juana se acuerda que Marisa muchas veces le preguntaba. Y mamá, ¿y quiénes somos los que nacimos en la Antártida? ¿Por qué somos Antárticos? ¿De dónde soy? Las ansias de volver fueron siempre muy intensas. Esas ganas de cualquier niño y luego también un adulto de querer saber de dónde uno viene, cuáles son sus raíces.

Marisa le rogaba a su mamá que por favor la llevara, pero Juana le explicaba una y otra vez que no se podía. Es que volver no era tan fácil. Por empezar, las únicas personas autorizadas a viajar a la Antártida son las que van a trabajar en las bases argentinas. El mismo padre de Marisa fue parte de otras comitivas después de su nacimiento, pero ella, que no era parte del ejército argentino, como civil no podía viajar.

Al menos él, que era mi papá, que era parte de la familia, estaba siempre en contacto. O sea, es como que el cordón umbilical nunca se cortó con el continente, con la Antártida. Y eso también era como un alivio, ¿no? Si bien yo no puedo volver, pero por lo menos mi papá sigue yendo. Una especie de premio consuelo. Eso creo que también sumó mucho al arraigo y compensó también demasiado esa falda. Pero su familia sabía que para Marisa era muy importante volver.

Por eso le pidieron al Comando Antártico del Ejército Argentino que la incluyeran, de manera excepcional, en alguna campaña. Lo hicieron una y otra vez, durante toda la niñez y la adolescencia de Marisa. Y luego ya más grande la propia Marisa también insistió varias veces con el pedido. Por casi 20 años estuvieron reclamando. Y aunque pensaban que nunca lo lograrían, un día, cuando Marisa ya era una estudiante universitaria, sonó el teléfono de su casa. Era el año 2000.

Y del otro lado de la línea estaban por comunicarle la noticia que había esperado toda su vida. Al fin, podría conocer el lugar en que nació. Una pausa y volvemos. Los latinos sabemos lo que significa resistir, superar límites, seguir adelante sin importar los retos. Ese mismo espíritu vive en la Nissan Rogue. Nissan pasó la Rogue por pruebas super extremas.

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Estamos de vuelta. Patricia sigue con la historia. La noticia la tomó por sorpresa. Después de tanto insistir, el comando antártico del ejército argentino al fin la invitaba a viajar a la Antártida. Sería la primera en volver de los ocho argentinos nacidos allí. Tenía que prepararse para partir en apenas tres días. No lo pensó dos veces y aceptó. Pasaría 27 días en el lugar donde había nacido.

Viajaría junto a una comitiva de militares que harían el recambio anual del personal y conocería al fin ese mundo blanco que tanto había imaginado. El viaje fue similar al que hizo su familia en 1978. Viajaron en avión militar desde Buenos Aires hasta Ushuaia y allí esperaron el momento exacto para emprender el viaje en barco. Marisa, ya adulta, lo pasó mucho mejor en el barco que su mamá embarazada muchos años atrás.

Después volaron en helicóptero hasta la base Esperanza, su lugar de nacimiento. Me acuerdo que cuando llegamos había mucho viento, parecía que estaba... Estaba en la Luna, estaba esta gente con unos trajes, parecían espaciales porque eran plateados. Me quedé dura en la puerta del helicóptero, no podía bajar, no podía hacer el paso hacia la Tierra. Y cuando bajé me temblaban las piernas. Estaba por segunda vez en su vida en su lugar de nacimiento, pero esta vez sí lo recordaría.

Así que durante esos días Marisa se dedicó a caminar, a observar, a hablar con todas las personas que podía. No quería perderse nada. Una de las cosas que más le impresionaron fue el sonido de ese continente tan lejano. Es silencio. A la noche es silencio. Durante el día se puede escuchar un poco de viento, tal vez algún que otro pájaro, el ruido de las olas.

No hay luz, se ven todas las estrellas, todas las constelaciones y pareciera que cada estrellita o cada lucecita como que tuviera un sonido. Lo que más quería era tratar de comprender cómo había sido la vida de su familia allí. ¿Qué cosas habían cambiado y cuáles seguían siendo iguales? Le entristeció saber que la casa número 3, su casa, ya no existía. Ahora las casas eran más modernas, con mayores comodidades, y los habitantes eran poco más de 60. Pero por lo demás, casi todo seguía igual.

como la costumbre de juntarse todos en la casa central a comer pizza los viernes a la noche. Y bueno, era tal cual las fotografías de mi papá. O sea, todo blanco, las casitas, naranjas. Todo tan monótono, pero a la vez tan lindo, tan sublime, tan simple. Y cuánta belleza. Y cuando llegué ahí... Y vi, y lo viví, y estuve, y lo toqué, y lo respiré. Es como que, guau, casi me siento como en casa. Esto soy yo, esto es verdad, esto es parte de mí. No es un cuento.

No es una fotografía. Si la fotografía ya no existe, yo ya tengo mi propio recuerdo. Finalmente estaba experimentando ese relato sobre su origen. y ahora sí sentía que podía, de alguna forma, completar esa identidad por la que había sido conocida y nombrada desde su nacimiento. Marisa de las Nieves volvió a Buenos Aires cambiada por la experiencia antártica.

Y como suele suceder después de lograr algo que buscamos tanto, siguió con su vida. Se recibió de abogada, se enamoró, decidió casarse y mudarse a Nueva York, tuvo hijos. Bueno, la vida siguió lejos de la Antártida. Hasta que unos años atrás regresó su mente la curiosidad de saber qué era de la vida de los otros pocos que son como ella. Porque llega un momento al no tener voz con quién compartir, con quién reflejarte.

Al no tener un otro que venga de tu mismo lugar, o sea, con el que puedas identificarte 100%. Llega un momento como que empezás a dudar o decís, bueno, sí, ya sé, nací en la Antártida, pero ¿con quién lo comparto? ¿Con quién hablo de esto? Así que Marisa empezó a rastrear a los otros antárticos por las redes sociales.

Al primero que encontró fue a José Manuel Valladares Solís, el sexto de los ocho argentinos nacidos en la Antártida. Se habían visto solo dos veces en toda su vida. Este es José. Yo tenía ocho, nueve años. Nos juntaron a los ocho nativos antárticos argentinos en el Comando Antártico en Buenos Aires y nos sacaron una foto. Creo que es la única foto que tenemos juntos. En esa oportunidad conozco a Marisa por primera vez.

Luego se vieron una vez más en otro evento como a los 20 años y después perdieron contacto. Hasta que a fines de 2022 Marisa lo llamó por teléfono. Y bueno, lo primero que me dijo fue, yo también te quería llamar. entonces ahí, eso fue el click empezamos a charlar empezamos a darnos cuenta de que que lo que nos pasa es cierto, es real, no es inventado, no es fabricado, le pasaba a él también, empezamos a tener esta conexión de verte reflejado en el otro. Fue un alivio.

Como ella, José también siempre tuvo curiosidad sobre su nacimiento antártico, que sentía lo diferenciaba del resto. Desde chiquito me identifique como antártico. crecí escuchando las anécdotas de mi papá fue coronel del ejército argentino y dedicó gran parte de su vida a la Antártida y yo crecí escuchando historias de película que eran verdaderamente

¿Difíciles de creer? Historias que como Marisa él no podía recordar y que parecían de otro planeta, como cazar focas para alimentar a los perros. Pero la historia de su nacimiento es bien distinta a la de Marisa. A comienzos de 1980, cuando Marisa ya estaba en Buenos Aires a punto de cumplir dos años, el papá de José fue de emergencia a la Antártida, luego de que la base Esperanza sufriera un incendio.

Iban a una visita oficial para llevar materiales para la reconstrucción y ver cómo estaban las familias que estaban viviendo ahí. Mi madre, que tenía seis meses, no llegaba al séptimo mes de embarazo, insistió que quería viajar. Mi papá en un comienzo se negó, conocía muchísimo la Antártida y conocía los riesgos que había. Pero la mamá insistió, así que se hizo una junta médica y resolvieron que podía viajar.

Los médicos aseguraron que no había posibilidad de que el parto se adelantara, pero sí se adelantó y José terminó naciendo por accidente en la Antártida. De hecho, lo más cómico es eso, que mi padre cuestionaba los nacimientos en la Antártida. porque sabía de la falta de infraestructura y conocía en primera persona las inclemencias del tiempo y los riesgos que podían haber. Entonces él un poco tenía una dialéctica.

hacer lo que el ejército le pedía como militar, como patriota, como argentino, o hacer lo que él consideraba correcto como padre, con poco sentido común. Y la realidad es que él nunca imaginó que yo iba a nacer ahí. A diferencia de Marisa, desde niño José contaba con orgullo su nacimiento antártico. Aunque a veces su identidad también le trajo algunos problemas. Hay muchas cosas en el medio que pasaron, cosas no lindas, cosas feas.

Y también entiendo, porque hay cierto enojo, hay cierto resentimiento por cómo nos trataron y cómo se fueron dando las cosas. Por ejemplo, las partidas de nacimiento. A José le tomó años poder obtener una copia de la suya cuando la necesitó presentar en el extranjero. Haber nacido en la Antártida, territorio que se considera argentino, pero en la práctica legal no lo es, fue un dolor de cabeza para los trámites. Eso te da bronca, te da rabia, porque por otro lado sabes que...

utiliza en Argentina nuestros nacimientos para incrementar un reclamo de soberanía. Entonces, para una cosa somos antárticos y servimos, pero para la otra ni siquiera me pueden dar una parte de nacimiento. Marisa y otros nativos antárticos también han tenido problemas para conseguir ese documento. Esa falta de reconocimiento la sienten también en no tener la posibilidad de volver libremente al lugar donde nacieron.

Si no sos científico o militar, por más que hayas nacido allí, no tenés posibilidad de volver o de visitar, a no ser de que tengas mucho dinero y puedas ir como turista, que es algo más reciente, ¿no? Hasta ahora José no ha podido volver. Es una cuenta pendiente que tiene. A mí me encantaría poder juntarnos todos y juntarnos en la Antártida, sería un sueño. Un sueño que Marisa entiende muy bien.

Y es muy importante, es muy importante no solo para terminar de conformar la identidad de uno, sino yo creo que pasa también por ser un derecho, ¿no es cierto?, de tener la posibilidad de visitar el lugar que te vio nacer. En esa primera llamada, Marisa y José hablaron sobre todo esto y también se preguntaron sobre qué les pasaría a los demás nacidos en la Antártida.

Si ese nacimiento en el continente más inhóspito del planeta, también los había marcado como a ellos. Así que se pusieron a buscarlos. Se habían cruzado de niños en eventos, pero jamás se habían reunido por iniciativa propia. y mucho menos para charlar sobre qué significaba ser antárticos. Después de unas semanas, Marisa y José lograron reunir a seis de los ocho argentinos en una videollamada. Eso fue otra experiencia como haber llegado a la Antártida.

Nos dimos cuenta de que todos pensábamos lo mismo y sentíamos lo mismo. Todos decíamos lo mismo. Siempre me sentí sacada a otro pozo porque nadie me podía entender. Ese sentimiento de incomprensión o quizá el reconocimiento de la rareza como grupo lo llevó a hablar más sobre la historia de sus nacimientos. Que no es una historia particular.

de nosotros y nada más. Es parte de la historia de la humanidad. A veces uno siente que tiene dudas o preguntas que nadie más puede entender. Hace que te sientas raro o loco. En el caso de Marisa y de los otros antárticos, de hecho solo otras 10 personas en los miles de millones que hay en el mundo pueden tenerlas. Y las tenían. Y por fin. Para ellos, la Antártida dejó de sentirse como ese lugar solitario, ese lugar en la esquina del mapa.

Solo 5 de los 8 argentinos nacidos en la Antártida pudieron volver a visitar su lugar de nacimiento. En septiembre de 2023, Marisa, José Manuel y otros nativos antárticos crearon la fundación Native Antarcticans para dar a conocer sus historias.

Patricia Serrano es periodista argentina y vive en Asheville, Carolina del Norte. Coprodujo esta historia con Aneris Casasuz. Aneris es productora de Radio Ambulante y vive en Buenos Aires. Un agradecimiento a Eugenio Fachin, a quien también entrevistamos para este episodio. Y a Hugo Lapiana por prestarnos su voz para recrear el comunicado radial.

Esta historia fue editada por Camila Segura, Luis Fernando Vargas y por mí. Bruno Celso hizo la verificación de datos y diseños unidos de Andrés Aspiri con música original de Remy Lozano, Ana Tuirán y Andrés. El resto del equipo de Rambulante incluye a Paola Leán, Adriana Bernal, Diego Corzo, Emilia Herbeta, Camilo Jiménez Santofimio, Melissa Rabanales, Natalia Ramírez, David Trujillo y Elsa Liliana Ulloa. Carolina Guerrero es la CEO.

Ramulante es un podcast de Ramulante Studios, se produce y se mezcla en el programa Hindenburg Pro. Si te gustó este episodio y quieres que sigamos haciendo periodismo independiente sobre América Latina, apóyanos a través de Deambulantes, nuestro programa de membresías. Visita reambulante.org y ayúdanos a seguir narrando la región. Rambla te cuenta las historias de América Latina. Soy Daniel Alarcón. Gracias por escuchar.

Los latinos sabemos lo que significa resistir. Ese mismo espíritu vive en la Nissan Rogue. Nissan, la marca número uno en calidad de nuevos vehículos entre las marcas comerciales generales según J.D. Power 2025. Pasó la ROG por pruebas super extremas, 300 horas de calor, 13,920 portazos, 15 años de corrosión en solo 5 meses.

Para información del U.S. Initial Quality Study de los premios JD Power, visita JD Power Diagonal Awards, premios basados en modelos 2025. Pueden mostrarse modelos más nuevos. Hey, I'm Freddy Prince Jr. On my podcast, Wrestling With Freddy, we talk about what happens when things take a turn in and outside of the ring. Like when the heel wrestlers back you up into a corner and your tag team partner jumps in to have your back. ¡Suscríbete al canal!

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