Hola ambulantes, estamos en medio de nuestra campaña de recaudación de fondos y hemos recibido muchas donaciones con mensajes llenos de cariño de nuestra comunidad. Muchas gracias de verdad a las personas que nos han apoyado. Hoy quiero especialmente hablarle a quienes nos escuchan cada semana y aún no se han animado a apoyarnos. Si sientes que lo que hacemos tiene valor, que te conecta con América Latina, te inspira o acompaña, este es un gran momento para que nos
des una mano. No lo pienses más. Además, esta semana logramos algo muy especial. Gracias al esfuerzo de un grupo de donantes, podremos triplicar cada aporte que nos hagas hasta completar $ 20, 000. Si, por ejemplo, nos donas $ 30, 000, recibiremos $ 90, 000. Entra a rambulante.org diagonal donar. Todo monto cuenta. Mil gracias. ¿Ok? Aquí el episodio. Antes de empezar, una advertencia. Este episodio contiene lenguaje explícito. Esto es Rambulante. Soy Daniel Alarcón.
Como que esta no es la historia del pobre niño gay que fue discriminado en el pueblo y tampoco triunfó en la ciudad. O sea, cero. Nunca fue por ese lado. Para mí tiene más que ver con otras cosas. Y
él, el protagonista de esta historia, es Imanol Subiala Salvo. Imanol nació en 1994 en Trelew, una ciudad cerca del mar al sur de Argentina. La suya era una típica familia de clase media. Papá empleado, mamá bioquímica y tres hijos. Ima, el menor. Un niño tranquilo, inteligente, algo tímido.
No era tanto de jugar a la pelota ni de jugar con otros chicos. Yo era más femenino, como más de mundo interior, digamos. Y después rápidamente me volví como muy lector y pasaba muchas horas leyendo.
Empezó con algunos clásicos de la literatura resumidos. Pierre Motel, Frankenstein, Moby Dick, libros que al principio le leía a su papá antes de dormir. Después vinieron Harry Potter, las Crónicas de Narnia, El Señor de los Anillos. Es que a Imanol le gustaba la fantasía y la soledad.
Leer era una actividad que a mí me permitía no hablar con la gente ininterrumpidamente. Jugar a la computadora, por ejemplo, también me hacía no hablar con la gente, pero estaba mal visto pasar mucho tiempo en la computadora. En cambio leer era como, ay, mira qué aplicado, mira cómo lee, qué lector que es Imanol.
Leer también era una forma de abstraerse de las cosas que pasaban en su familia. Es que para el 2002, cuando Imanol tenía 7 años, no solo la Argentina pasaba una de sus muchas turbulencias económicas. En su casa también había una gran crisis tomando forma. Una noche de febrero, sus papás se sentaron frente a Imanol y sus hermanos después de cenar.
La típica escena como de película de Canal 3 del domingo. Tenemos algo para decirles y ahí nos anuncian que se van a separar. Dramas. Drama, tipo, todos llorando. Y para mí fue terrible. Porque no lo entendía. Mi educación era Disney. Se supone que el amor era para toda la vida hasta que la muerte te separe, bla, bla, bla. Y yo no podía entender cómo era posible que mi papá se fuera de mi casa. Era como una cosa como de otro mundo. Y en ese momento es que me aparecieron las manchas.
Y con esas manchas empezó una suerte de malentendido familiar que es el centro de nuestra historia de hoy. Nuestra productora Emilia Arbeta nos cuenta la historia.
Conocí a Immanuel hace 10 años en un taller de crónica periodística. Él, claro, ya no era un nene, sino un chico de 20, gracioso y algo insolente, que recién llegaba a Buenos Aires y empezaba a dar sus primeros pasos como periodista. Fue en ese taller, rodeado de otros futuros cronistas, que escuché por primera vez la historia de unas manchas que le salieron en el pubis después del divorcio de sus papás. Tengo
el pito de dos colores, dijo riéndose. Y yo me pregunté quién era ese chico que podía contar algo así de íntimo delante de un grupo de desconocidos sin ponerse colorado. Después pasaron los años, nos hicimos amigos y no volvimos a hablar de sus manchas hasta hace unos meses, para este episodio.¿ Te acordás cómo son las manchas?
Sí, básicamente es como un pedazo de piel extendido blanco. Como una nube medio deforme, que las tengo en la cintura y un poco en el pito. Te puedo mostrar si querés. O sea, no el pito, pero la cintura.
Pero bueno, pero vos sos blanco.
No, no, pero es 100% blanco. O sea, te voy a mostrar, no el pito, como... Me muestra. Y lo que veo
es como su piel, que yo siempre hubiera definido como blanca, es más bien de un color marrón muy clarito. Y comienza a desteñirse por debajo del ombligo. Primero hacia un rosa suave y después hacia otro tipo de blancura. Un blanco más brillante y definitivo. Y
después tengo algunas en la pierna derecha y tengo otra como donde termina la raya del culo.
Ima no se acuerda cómo aparecieron esas manchas ni quién las vio primero. Tenía ocho años, así que es posible que haya sido su mamá cuando lo ayudaba a cambiarse o lo secaba después de la ducha.
Mi mamá es bioquímica, entonces tiene como un conocimiento general del universo médico. Y yo creo que debía haber visto o debía haber sabido que eso era vitíligo y se olvidó el tema. Lo
que la mamá de Ima sabía era que el vitíligo no es una enfermedad clínicamente grave. No es contagiosa, no afecta a otros órganos, no causa dolor. Es una enfermedad autoinmune, crónica, que no tiene cura y que no se sabe exactamente qué la provoca. Consiste simplemente en la muerte de las células que producen la melanina, o sea, el pigmento que
da color a la piel. Por eso las manchas blancas que, en algunas personas, pueden ocupar varias partes del cuerpo, como la cara, los codos o las rodillas, y en otras, como imanol, solo aparecen en un área focalizada. El mayor impacto del vitíligo suele ser emocional. Por eso, muchas veces, el tratamiento más urgente no es médico, sino psicológico. Porque algunas personas necesitan terapia para sobrellevar los cambios en su piel. Pero ese no era el caso de Ima. Tal vez
porque aún era chico o por algo más simple. Todas sus manchas estaban en una zona que queda cubierta por la ropa. Pero su papá, Jorge, no lo tomó tan tranquilo como su mamá
Mi papá lo vio y fue como...¿ Qué es eso que tiene mi hijo? O sea,¿ por qué mi hijo tiene el pito manchado?
Jorge consultó con algunos dermatólogos de la ciudad, pero no encontró ninguno que tratara el vitíligo. Así que, por casi dos años, no pudo hacer mucho con esa preocupación. Recién en 2004, alguien le habló de una dermatóloga de La Plata, una ciudad a casi 16 horas de Trelew, que viajaba hasta allá una vez por mes para atender pacientes. Y Manol no tenía ganas de ir. Las manchas le daban igual, al
fin y al cabo nadie las veía. Ni siquiera se notaban con el traje de baño, pero era obvio que a su papá sí le importaban, así que fue sin
quejarse. Yo creo que inconscientemente debería haber algo de satisfacer a mi padre, digamos, ¿no? Con quien yo me sentía bastante en falta, siendo honesto. Un poco porque no le da tanta bola que siempre con ese dilema que se le aparece al hijo de padres separados, como de con quién pasa más o menos tiempo, qué tanto vas a la casa de uno o a la casa del otro...
La dermatóloga atendía en una casa antigua remodelada, con paredes pintadas de amarillo claro y celeste. Un lugar más parecido a un centro de estética que a un consultorio.
Llegamos al lugar, era muy amable, muy amorosa, muy coqueta también, como pelo lacio, con esa obsesión argentina de querer ser rubia, y una cara como chiquita, redondita. Bueno, entonces mi viejo le dice que yo tenía este problema, me mira, me dice, bueno... que sí que era vitíligo, que generalmente el vitíligo se expandía, se expandía, se expandía y en un momento paraba y que se puede revertir.
No les prometió una cura, pero sí les dijo que algunos tratamientos podrían ayudar a repigmentar la zona blanca, al menos parcialmente. Empezarían con una crema llamada Bennovate, que Immanuel tendría que aplicarse todos los días en la zona de las manchas. Pero había un problema.
Yo lo había dado con mi mamá. No vivía con mi papá. Entonces, el adulto responsable del tratamiento iba a ser mi madre. Porque obviamente vos no le podés pedir a un chico de 7 u 8 años que se haga cargo de acordarse, ponerse todos los días una crema, bla.
Y su mamá no estaba del todo de acuerdo con que él hiciera un tratamiento para el vitíligo. No es que estuviera en contra, sino que le parecía innecesario. Tanto que cuando Ima volvió con la crema a su casa...
Mi madre me ve, me dice,¿ qué hacés con esa mierda? Y yo no entendía por qué era algo malo eso que yo tenía ahí. Y mi vieja me dice,¿ no te das cuenta que eso tiene corticoide? Imagínate, yo tenía ocho años,¿ qué sabía lo que era un corticoide? No sé hoy lo que es un corticoide. Ok, Ima
googleemos. Los corticoides son medicamentos antiinflamatorios que suelen usarse para tratar enfermedades autoinmunes, como el vitíligo. pero también para enfermedades respiratorias como el asma o la neumonía grave, por ejemplo. Los corticoides son efectivos, pero suelen recetarse en dosis bajas y por períodos cortos, porque aumentan el riesgo de infecciones, interfieren con el funcionamiento hormonal y pueden provocar debilidad en los huesos, cambios en el estado anímico, insomnio y aumento
de peso, entre otras cosas. En una búsqueda rápida por internet sobre el avendobate, encontré que es una crema cuyo principal activo es la beta-metasona, un corticoide que los médicos recetan para todo tipo de alteraciones de la piel. Eczema, picaduras, dermatitis, psoriasis y sí, también vitíligo. Las mismas publicaciones advertían que no debe usarse sobre zonas sensibles como la cara o los genitales, salvo instrucción médica.
Y fuera bastante irregular en el uso de esta crema. Porque bueno, no sé, era chico, ni idea, me olvidaba
de ponerme el aire. Así que hizo el tratamiento con la crema como lo haría cualquier nene de 10 años sin supervisión. Más mal que bien. Usaba la crema cuando se acordaba, se la aplicaba como podía y los meses pasaban sin ver resultados. Cada vez que Isma y su papá iban a la doctora, la gran mancha blanca seguía ahí, imperturbable. La doctora entonces propuso que probaran con un tratamiento más potente. No era otra cosa que la misma crema, pero con
un ingrediente más. Se llamaba Benovate N, porque además de la betametasona tenía un antibiótico llamado neomicina, que se utiliza para infecciones bacterianas en la piel. Aunque Imanol no fue mucho más aplicado con esta crema, esta vez sí hubo algunos resultados. Muy de a poco aparecieron sobre la mancha blanca unos circulitos de pigmento más oscuros.
Pintitas, decía mi papá, a las manchitas de color. Y era muy gracioso porque mientras él estaba obsesionado con el color, mi vieja me miraba y me decía, qué pesado tu papá, qué denso.
El papá le controlaba las pintitas. Revisaba si habían cambiado de tamaño o si habían aparecido algunas nuevas. Y cada vez que iba a la doctora se las mostraba entusiasmado. Y esa especie de obsesión lo volvía impaciente. Por eso empezó a probar con algunos métodos, digamos, menos ortodoxos.
En los veranos se daba una cosa muy bizarra que era que me hacía como bajarme un poco la malla. Y me ponía como cremas autobronceantes para estimular aún más que mi piel tomara pigmento. Que de vuelta, me parecía a mí ridículo.
Y además no iba a funcionar porque la piel afectada por el vitíligo no se broncea. De hecho, es más sensible a sufrir quemaduras solares. Pero Ima era muy chiquito para pensar en quemaduras. Simplemente sentía que su papá estaba exagerando un poco. Igual... No se quejaba, no lloraba, no hacía berrinche, ni siquiera le decía a su papá que no quería ir más a la doctora o que le
daba pereza ponerse las cremas. Y a medida que el tiempo pasaba y las visitas a la doctora se repetían, Ima se sentía como atrapado en una suerte de malentendido.
Yo no entendía por qué lo estábamos haciendo. Al día de hoy no sé por qué mi papá estaba tan obsesionado con eso.
No lo sabe, pero tiene una teoría. Más bien, una hipótesis.
Yo era muy maricón cuando era chiquito, era como muy afeminado y como que mi viejo de haber flasheado algo así como... Ah, como me salió trolo se le manchó la pija.
O sea, Ima lleva muchos años suponiendo que la obsesión de su papá con sus manchas tenía que ver con su masculinidad.
Por supuesto es inchequiable y si yo le pregunto ahora, él me diría no, nada que ver, pero capaz había algo de esa fantasía ahí, de que esas manchas tenían que ver con mi manera... sensible y amanerada de andar por el mundo, sumado a que yo me crié entre mujeres y no tenía amigos varones.
Pero no es tan inchequeable. Solo que Ima nunca se lo preguntó y tampoco quiso que lo hiciéramos juntos para este episodio
No sé si yo tengo esa conversación con él. No sé si quiero hablar con él en esos términos. Porque de alguna manera lo que estás diciendo es ah, vos sos un homofóbico o eras un homofóbico. Y esa teoría, en el momento que yo me la inventé, escondía un tufillo de acusación, como de, ah, vos no soportás esto.
No quería, no quiere que su papá se sienta acusado o incómodo. Igual le pedí que lo llamáramos juntos, pero para hablar del tratamiento, sin prejuicios. A ver si de esa conversación podíamos sacar alguna pista de por qué su obsesión con las manchas. Después de algunos problemas técnicos, nos conectamos los tres por Zoom una tarde de junio.
Hola, pa.¿ Cómo andás?¿ Cómo andás? Bien. Nosotros dos en
Buenos Aires, Jorge
Entreleu.
Una cosa que yo no me acordaba, pa, era, o sea, ¿cómo, o si vos te acordás cuándo aparecieron las manchas?
Las manchas vitíligo empezaron a aparecer cuando tu mamá y yo nos separamos. No tenías renacimiento.
Jorge nos contó que al principio no se le ocurrió que esas dos cosas, la separación y las manchas, podían estar relacionadas. Hasta que en la primera consulta la doctora le dijo que el vitíligo tiene causas fisiológicas, pero que en algunos casos puede desencadenarse por un hecho traumático. Y ahí, claro, enseguida hizo la conexión.
que esto pudo haberle afectado a Ima, que realmente los tres, cuando nosotros nos separamos, yo sentía que era el que más lo sentía, porque aparte eran más chicos, ¿viste? Entonces cuando te dicen así, vos te querés matar, vos decís, soy un hijo de perra, ¿viste? Pero uno trata de aminorar la culpa diciendo, che, no lo voy a dejar en banda, vamos a ver qué podemos hacer como para que esto no se extienda más, que no siga teniendo más manchas,
Lo que más miedo le daba era que las manchas se extendieran a otras partes del cuerpo, más visibles.
A ver, convengamos también de que los chicos a cierta edad son bastante crueles. Entonces, si lo veía un compañero que tenía una mancha ahí, le pegaba una gastada, ¿viste? Y yo quería evitarle eso.
Pero la verdad es que pensó que todo iba a ser un poco más rápido.
Pensé que le íbamos a poner la crema y que listo, ya en dos meses ya estaba, ¿viste? Y como en las primeras sesiones hubo algún indicio así de regeneración, de pigmentación, y yo me había puesto contento. Pero después no avanzó mucho más. Chepa,¿ pensaste alguna vez, bueno, ya fue como no darle bola? No, ahí no. Por eso insistía en seguir con el tratamiento. Yo sé que te inflaron las pelotas.
Y en esa insistencia pasaron más de dos años así, con muy pocos resultados. Solo esas pocas pintitas. Aima le daba igual, pero recuerda la sensación de frustración de su papá. Era como una desesperación. Necesitaba que fuera un poco más rápido. Y
ahí sí, posta, apareció un tónico milagroso
Una especie de jarabe que le preparaban especialmente en la farmacia con los ingredientes indicados por la doctora. Y Manol no recuerda qué tenía exactamente, es posible que nunca lo haya sabido, pero de lo que nunca se pudo olvidar fue del sabor.
Era muy feo, muy muy muy feo y me daba arcadas y yo lo vomitaba. Tenía gusto a, no sé, a la cosa más desagradable que te imagines. Y yo ahí sí me empecé a sentir mal porque yo sentía que era como una especie, era una tortura eso.
Y Jorge insistía e insistía en que lo tomara.
Y yo me recontra calentaba, ¿viste? Porque yo quería que lo tome para que se cure. Y él no lo quería tomar. Digo, no puede ser que no puedas tomar un... Porque aparte era una medida, ¿viste? Era ínfima. Digo, mirá cómo lo tomo yo. Y yo lo tomé y era horrible, ¿viste? Y él lloraba, ¿viste? Digo, bueno, listo, no quiere tomar. Ya está, no lo toma. En la visita siguiente le anunciaron a la doctora que ya no seguirían con
el jarabe. Y Manol pensó que ese era el final. No más consultas, no más cremas, no más control de pintitas. Pero la doctora les propuso un tratamiento más. Una terapia experimental que podía traer muy buenos resultados.
Pero bueno, yo creí que había conocido el infierno, pero el infierno vino después. Eso era una bendición al lado del otro.
Eso otro después de la pausa. Ya volvemos. Estamos de vuelta en Reambulante. Emilia nos sigue contando.
A Immanuel la idea de un tratamiento experimental no le gustó demasiado. Ya habían probado con las cremas, con el jarabe. A veces se sentía como un hámster en un laboratorio.
Y yo pienso, qué horror, no me quiero poner nada experimental. O sea, dame ciencia clásica, hermana. No somos algo que ya esté testeado.
La técnica se llamaba mesoterapia. Y no era experimental en sí. Lo inusual era utilizarla para tratar el vitíligo, porque es un procedimiento que en general se usa en la medicina estética para tratar la celulitis, la pérdida de pelo o las arrugas. O
sea, yo posta, realmente, 25 años después, digo, esa señora era una sádica. Porque,¿ cómo ella se prestó a hacer eso? Eso sería los siguientes dos puntos. Ponía en un frasquito, de esos como de las vacunas, una microaguja. Cargaba el frasco con la microaguja en una pistola de plástico y me cagaba a tiros toda la cintura y el pito.
Así funciona la mesoterapia, aplicando microinyecciones, en este caso de corticoides, sobre la zona afectada. La cintura, el pubis, los muslos...
Todavía me acuerdo patente cómo ella cargaba la pistola con el frasquito y la aguja.
Acostado en la camilla, con la mirada fija en el techo, Ima la veía avanzar como una pistolera y no entendía qué había hecho para estar así, en esa situación.
¿Entendés? Porque no es que yo tenía un cáncer de piel avanzado y ese era el único remedio. No. Era un problema de la pigmentación, era una cosa estética.
Y después de cada sesión de mesoterapia, tardaba varios días en volver a sentirse bien.
A mí me quedaba doliendo mucho y la piel me quedaba como lastimada. Como cuando estás mucho en el mar y las manos se te ponen como tipo...¿ Pasas de uva? Bueno, sí, pero en el pubis y la cintura. O sea, imagínate, un asco básicamente. Y ni siquiera es que te di una recompensa, no es que me regalaran un chupetín o un juguete después de eso, ¿entendés? O sea, era un padecimiento gratuito.
Pero Jorge no se daba cuenta. Charlando con él tuvimos la sensación de que no tenía ningún registro de lo mal que le había pasado Ima con esa parte del tratamiento. En su recuerdo, la mesoterapia era algo menor, casi inofensivo.
Eran unos pinchacitos, eran apenitas, porque era...¿ Viste las pistolas de agua?¿ Viste que vos gatillás y sale un chorro? Entonces, cuando gatillaba,¿ qué hacía? La agujita pegaba en la piel y salía... el pedacito de dosis ante ese gatillo.
Recuerdo contra recuerdo. Un día, después de una de esas sesiones, parado frente al espejo, Ima descubrió que tenía toda la cintura y el pubis lleno de pequeños hematomas. Una marca púrpura en cada punto donde había recibido una inyección. Y
me dio un poco de impresión. Como que ahí entendí que era medio border lo que estábamos haciendo. O que eso que habíamos hecho me había lastimado. Y después de eso le dije a mi papá, che, yo no quiero
hacer más esto. No solo las inyecciones, tampoco las cremas, el jarabe, las visitas a la doctora. Estaba harto. Ya no era un nene. A los 13 años había dejado los libros de Harry Potter para escuchar rock nacional en su habitación. Y además le daba mucho pudor sacarse los pantalones delante de la doctora.
Viste ese momento de transición donde el cuerpo es una cosa espantosa? Porque es como, sos enano pero tenés brazos largos, te está saliendo un bigote y es horrible, te ves como un bozo espantoso. Como que el cuerpo es un desastre.
Antes de decidir si interrumpían o no el tratamiento, Jorge lo consultó con la doctora. Yo
le pregunté a la doctora, mira, él no lo quiere hacer más, pero¿ hay posibilidad de avanzar, de mejorar o ya? Y no, excepto que salga algo nuevo, hoy no hay más nada para hacer. Bueno, entonces listo, no hagamos más.¿ Para qué lo voy a hacer sufrir si ya sé que tengo más posibilidades de que se le cierren las manchas que tenía?
Cuando terminamos de hablar con su papá, le pregunté a Ima qué opinaba de lo que nos había dicho. No podía dejar de pensar cómo la relación con nuestros padres siempre tiene algo de malentendido.
Mi papá y yo pensamos muchas cosas desde perspectivas muy diferentes y en términos muy diferentes. Entonces, eso que para mí era obvio, que tenía que ver con lo gay y con lo identitario, para mi hijo nada que ver, o sea, era otra cosa.
Así funciona el malentendido. Hay muchas cosas que ellos no dicen y nosotros, los hijos, no preguntamos.
Es un poco esto de los mitos que uno se inventa sobre sí mismo. Porque para mi papá nunca fue un tema quién era yo. Después inventé eso, supongo yo, para darle un poco de sentido a algo que me sigue pareciendo medio ridículo.
Y ahora, después de haber hablado con su papá, Ima lo entiende de otra forma. Y
sí, en lo que sí puedo llegar a coincidir es que era una manera de estar conmigo o ocupándose de mí después de haberse ido de mi casa. También me podría haber llevado a pasear y a comprar ropa, ni idea, pero bueno, encontró esa manera de pasear.
Fueron cuatro años y después de eso no volvieron a hablar del tema. Terminados los tratamientos, el vitíligo entró en el olvido durante un buen tiempo, hasta que...
Yo nunca tuve duda de que me gustaban los chicos, digamos. Dicho de una manera más simple, nunca me gustaron las mujeres, punto. El despertar sexual adolescente fue 100% gay, la primera vez que besé a alguien fue un varón, la primera vez que tuve sexo con alguien fue un varón.
Y fue ahí cuando empezó a desnudarse delante de los chicos que le gustaban que las manchas sí se convirtieron en un problema para Imanol.
Como que me da un poco de vergüenza el tema de las manchas porque siempre venía como acompañado de una serie de preguntas como de qué tenés, es contagioso, cómo te hiciste eso, te quemaste.
Eran preguntas que no quería escuchar en ese momento, en esa situación. Como antes, las manchas en sí no le molestaban. En esos años no habían cambiado de tamaño, no le dolían, tampoco le parecían feas. Pero nadie quiere que la previa al sexo sea una clase de dermatología, menos a los 17 años.
Creo que es bastante anticlimático y poco amable entrar a explicar una historia clínica en el momento que la energía está puesta en otra cosa, ¿no?
Toda la situación lo ponía tenso. Ya desde antes empezaba a pensar qué iba a decir, cómo lo iba a explicar. No quería mencionar la palabra enfermedad dos minutos antes de irse a la cama con alguien.
Entonces, por ejemplo, una cosa que yo hacía muy tonta era tratar de que el momento de la intimidad suceda en una habitación completamente oscura, porque si el otro no te ve, no hay manchas que explicar.
Pero siempre, en algún momento, tenía que prender la luz. Y cuando las manchas quedaban finalmente a la vista, las preguntas nunca eran tan terribles como él esperaba.
Generalmente las preguntas que me hacían venían más del lado de la curiosidad. El que tenía miedo y paranoia sobre todo era yo.
No era solo por las manchas. Todo lo que tenía que ver con el sexo lo vivía así, con cierta sensación de peligro. No podía evitarlo, aunque sabía que era un miedo más bien heredado, que no nacía de su propia experiencia, sino de una historia anterior a él.
Ser gay... Es como crecer familiarizado con ese mundo que tiene que ver con la infección de transmisión sexual. Entonces vos creces con la idea de que te pueden transmitir algo en el momento de tener relaciones sexuales.
No era una idea que salía de la nada. Al contrario, tiene que ver con toda una herencia cultural gay que está atravesada por la crisis del SIDA y el VIH en los 80 y 90.
Como que el vitíligo, digamos, era como... mezclaba todo de alguna manera. No tenía nada que ver con el HIV, pero implicaba una conversación médica.
Y esa conversación médica lo ponía en un estado de vulnerabilidad con el que no sabía bien cómo lidiar.
Viste esa vergüencita que vos tenés y que te la escondés. Una sensación muy así.
Se la escondía incluso a sí mismo. No podía permitírsela. Es que hacía tiempo que Ima ya había dejado de ser el nene tímido y solitario que no se animaba a enfrentar a su papá. En esos años había conocido libros y discos nuevos y, sobre todo, había hecho propia la ferocidad con la que salía al mundo su máximo ídolo, un inesperado personaje secundario de esta historia.
Charlie
García Una pausa
y volvemos. Estamos de vuelta en Reambulante, los dejo con Emilia.
Antes de la pausa, dije que Charly García era el ídolo máximo de Ima. Me corrijo. Para Imanol, Charly es más bien una especie de héroe personal.
Lo amo tanto, se juro. Es una pasión. Es la Argentina, no sé cómo explicarlo.
Casi todo lo que contamos antes, el divorcio de sus papás, los tratamientos por el vitíligo y más tarde sus primeras experiencias sexuales, podría llevar de fondo la música de Charly García. Lo escuchó por primera vez en 2002. Sus papás acababan de divorciarse y él miraba MTV mientras almorzaba después de la escuela. Tenía ocho años y en la tele Charlie se instalaba en el ranking con su canción Influencia. En
el video de Influencia aparece Charlie vestido con ropa de mujer y se pinta los labios y se pinta las uñas como con una cosa muy andrógina y yo me acuerdo que yo tenía ocho años, nueve, ¿eh? Y yo no podía creer lo que estaba viendo. Yo no podía creer que existiera un tipo vestido de mujer y maquillándose en la tele y que esté siendo reconocido por eso.
El Charlie de esa época era muy flaco, con el cuerpo quebrado por el consumo. Venía de una década de cocaína y descontrol, de tirarse una pileta por un noveno piso y abandonar recitales después de un par de temas. Pero Limanol Niño no sabía todavía nada de eso. Solo cayó bajo el hechizo de ese hombre de bigote bicolor y de dos largos que lo miraba desde el televisor.
Y había algo de esa actitud de Charlie que además ya era un tipo grande haciendo eso en la tele. Como esa valentía que a mí me cambió la vida.
Volvió a escucharlo algunos veranos después, paseando por Buenos Aires con sus tíos, que eran fanáticos del rock nacional argentino y tenían un compilado en MP3 de las distintas bandas de las que Charlie fue parte entre los 70 y los 80. Sui generis, La máquina de hacer pájaros, Seru Girán.
Me cautivó mucho y me empiezo a obsesionar con el personaje.
Si un CD no se conseguía entre el EU, le pedía a alguien que viajara que se lo trajera. Un noviecito, por ejemplo, le trajo el de la Amplac de MTV de regalo de unas vacaciones. Vamos
a hacer ahora algo de cirugirán. Un compactito. Por favor, lloren.
¡Ja! Pero no era solo la música. Además de pasar horas escuchando sus discos, Ima también se sumergía tardes y noches enteras en YouTube buscando alguna entrevista a Charlie que todavía no hubiera visto.¿ Vos sos romántico?¿ Sos romántico? Sí, mucho. Mi amor, en serio,¿ te gusta, por ejemplo, una comida con velas a la luz de la luna con alguien?
Soy romántico, no boludo. Encerrado en su habitación, hipnotizado frente a la pantalla de la computadora, Ima estudiaba los gestos de Charlie y memorizaba cada una de sus respuestas frente a los periodistas y los conductores de televisión. El material en internet era muchísimo. Charlie enojado a la salida de un show, Charlie nadando en la pileta a la que se arrojó, Charlie deambulando furioso por una avenida mientras insulta a un periodista. Y
yo hice una cosa muy tonta que fue un poco forjar mi personalidad basándome en mi ídolo. y yo trataba de parecerme a él a como dé lugar. Entonces todo el tiempo trataba como de tener respuestas rápidas, latiguillos, comentarios irónicos, ser como verborrágico, y sobre todo entrenar esto de la respuesta rápida, que para mí es como alguna cosa muy de Charlie.¿ Sabes lo que dice el arte? No, ¿vos? Sí, que el arte es frío. No, no es solo eso.
Hay un modelo que dice que es frío. Para mí Charlie era como una especie de manual de supervivencia y había algo de su personalidad rabiosa y frenética y elocuente y ácida que yo todo el tiempo trataba de copiar porque no quería ser en el colegio la mariquita débil a la que le podían hacer bullying. Yo en todo caso era la mariquita aguerrida, rockera que escuchaba Charlie García. Era mal llevado. Y yo era mal llevado porque quería ser como él.
A los 18 años, cuando terminó el colegio, Ima se mudó a Buenos Aires para estudiar periodismo. Era el 2013 y Charlie estaba pasando un momento más tranquilo. Después de una década entrando y saliendo de clínicas de rehabilitación, preparaba un concierto en el Teatro Colón, el más importante de Argentina, un lugar dedicado al ballet y la música clásica. Ima intentó
ir a ese concierto. Hizo durante horas la fila en la puerta del teatro y cuando llegó a la boletería solo quedaban los tickets más caros, a unos 370 dólares de la época. No podía pagar eso. Pero aunque no pudo estar ahí, sí aprovechó para leer, mirar, escuchar, absorber todo el material periodístico que se generó a partir del show. Entrevistas a Charlie en la tele, en los diarios, en
la radio. Sabía todo de él. O eso creía, porque por esa misma época, en una biografía que le regaló un amigo, encontró una anécdota sobre su infancia que no conocía.
Cuando Charlie era muy chiquito, sus papás se van de viaje a Europa como si te dijera un mes, dos meses. El niño queda abandonado, o él interpreta que queda abandonado a los siete años. Entonces,¿ qué le pasa? Le agarra vitíligo en la cara. Entonces, el bigote... bicolor de Charlie, no es que Charlie se puso tintura durante 50 años,
sino que tiene desde abajo de la nariz hacia el cachete una gran mancha blanca. Esa coincidencia entre ellos, aunque fuera minúscula, lo volvió loco.
Yo ahí como que flasheé porque de repente Charlie había tenido, en el mismo momento que a mí, le salieron manchas por un trauma similar, que es creer que tus padres te abandonan, Y él durante mucho tiempo le dio mucha vergüenza a esa mancha que tenía hasta que lo termina usando como a su favor, ¿no? Y de alguna manera convierte el bigote bicolor como una suerte de ícono, como de marca identitaria. Y hace esta canción, que está en Clix Modernos, mancate ese defecto, ¿no?
Ese dato, el de la canción, Ima lo leyó en una entrevista que le hicieron a Charlie en el diario Clarín. Ahí, cuando el periodista Alfredo Rosso le preguntó en qué se había inspirado para componerla, Charlie dijo Y mirá, yo tengo un defecto, vitíligo. Cuando era chico tenía la mitad de la cara casi blanca. Ahora me quedó el bigote. No me animaba a usarlo hasta que un día me miré al espejo y dije Loco, bancate ese defecto. Hay que usar el defecto a favor de uno.
Una coincidencia mega tonta, pero me sentí como altamente representado y muy identificado por lo que decía.
Sin esperarlo, Charlie llegaba a rescatarlo una vez más. Y dije
che, todo este pudor que a mí me dio, tendría que usarlo como una cosa exótica. Es como, estás a punto de acostarte conmigo, que no solo soy genial, sino que tengo el pito de dos colores.
Después de un tiempo, para Ima, las manchas se convirtieron en una especie de tatuaje viejo. Algo que está ahí, que alguna vez le importó y que hoy, la mayor parte del tiempo, ni recuerda que existen.
Es como que ya me las olvidé. No sé cómo explicarlo. Creo que me encontré a mí mismo, entonces tampoco quiero copiar a Charlie. Como que ya soy yo ahora
Intentamos contactar a Charlie García para esta historia, pero no tuvimos respuesta. Emilia Herbetas, productora de Raambulante y vive en Buenos Aires. Esta historia fue editada por Camila Segura. Gabriel Narváez hizo la verificación de datos. El diseño sonido es de Andrés Aspiri, con música original de Rémi Lozano, Ana
Tuirán y Andrés. El resto del equipo de Raambulante incluye a Paola Aleán, Adriana Bernal, Andrés Casasuz, Diego Corzo, Samantha Proaño, Camilo Jiménez Santofimio, Natalia Ramírez, Lina Rincón, Bruno Selsa, David Trujillo, Elsa Liriana Ulloa y Luis Fernando Vargas. Carolina Guerrero es la CEO. Ramblant es un podcast de Ramblant Studios. Se
produce y se mezcla en el programa Hindenburg Pro. Si te gustó este episodio y quieres que sigamos haciendo periodismo independiente sobre América Latina, apóyanos a través de Deambulantes, nuestro programa de membresías. Visita ramblante.org y ayúdanos a seguir narrando la región. Ramblante cuenta las historias de América Latina. Soy Daniel Alarcón. Gracias por escuchar.
