Estos reambulantes soy Daniel Alarcón. En julio del 2025, una mujer joven de alrededor de 20 años, venezolana, se encontraba en la frontera entre Costa Rica y Panamá. Cambiamos su nombre a su petición.¿ Cómo
te querés llamar?
Mar. Mar. Mar,¿ cómo estás? Bien
Nuestro editor senior, Luis Fernando Vargas, la conoció en Paso Canoas. Es una ciudad pequeña de más de 11.000 habitantes permanentes, justo en la línea que divide a los dos países. Tiene casas y comercios a ambos lados. Estaba con su mamá y su hermana menor en el parque del lado costarricense, sentadas en una banca cerca de un árbol, cubriéndose del sol intenso y abrumador del mediodía. Ella y su familia habían salido de Venezuela cuatro meses antes para llegar a los Estados Unidos.
La meta de todos de ir allá era tener una buena economía, un buen futuro y después regresarse otra vez a su país porque tampoco es que nos queríamos quedar mucho tiempo allá, ¿verdad? Y lo mío era seguir estudiando allá. Trabajar, comprarme mis cosas en Venezuela y volver.
Cruzaron la selva del Darién, pero este año era muy diferente a los años anteriores, donde miles de personas pasaban por ahí a diario.
Cruzamos el Darién. Duramos cuatro días ahí en esa selva. Bien feo
Ya está hallando
mucha gente
o no?¿ Para allá
Ya no pasan.
Lo novedoso no es que Mar esté ahí. Total, en los últimos años Paso Canoas ha sido un lugar de tránsito constante para migrantes como ella, buscando una vida mejor. Son historias que hemos escuchado muchas veces. En realidad, lo que llama la atención de Mar es que no acababa de cruzar la frontera de Panamá a Costa Rica para seguir su ruta hacia el norte. No, eso lo había hecho hace meses. Llegó hasta México. Lo novedoso es que
ya estaba de vuelta. Lo que quería hacer ese día era cruzar de Costa Rica a Panamá, para seguir su camino hacia Venezuela. Mar se estaba devolviendo. A ver si nos dejan pasar, dice. Porque las autoridades migratorias panameñas le estaban negando el paso a cualquiera que no tuviera un pasaporte vigente, algo que muchísimos migrantes después de meses o años en el camino no tienen. Historias como la de
Mar abundan en Paso Canoas. Durante el último año, ahí han llegado miles de personas de diferentes nacionalidades que en algún punto buscaban oportunidades en Estados Unidos, que estuvieron dispuestas a atravesar miles de kilómetros en condiciones dificilísimas y con peligros. Todo por una esperanza, un sueño. Pero que con la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos y sus políticas antimigratorias,
Decidieron que era mejor regresar al país al que le habían dicho adiós.
Nuestro editor senior Luis Fernando Vargas visitó Paso Canoas para entender cómo se vive ese camino de regreso. Los dejo con él.
Mar, su hermana menor y su mamá empezaron su viaje desde Venezuela hacia los Estados Unidos en marzo del 2025, menos de dos meses después de que Trump hubiera entrado a la Casa Blanca por segunda vez. Querían pedir asilo, pero iban con cautela. No estaban muy al tanto, pero sí habían escuchado que el nuevo gobierno en Estados Unidos tenía una estricta política en contra de la migración. Y es que desde esos momentos ya estábamos inundados de noticias como estas
A menos de dos horas de iniciar la nueva administración, el gobierno de Estados Unidos canceló el programa de citas CBP One para migrantes en busca de asilo.
Donald Trump está cumpliendo con sus promesas de campaña y esta misma tarde desde el Pentágono se ordenó el despliegue de 1.500 soldados a la frontera sur. Lo han llamado una oleada gigante. Estamos hablando del mayor operativo conjunto de inmigración en la historia del estado de la Florida.
Pero decidieron intentarlo. De todas formas, querían hacer el trámite de asilo formal, entrar legalmente. Después de viajar por Colombia y cruzar el Darién y Panamá, se atascaron en Costa Rica. No en Pazucanoa, sino en otra frontera, con Nicaragua. No les alcanzaba la plata para seguir, así que ella y su mamá buscaron trabajo y al poco tiempo lo consiguieron. Mar lo hizo en una tiendita de víveres. Fue una de las etapas más difíciles del viaje. Vivíamos en una carpita
con una carpa. Y nos tocó dormir en las calles. En la carpa, pero en la calle.
Fue ahí que empezaron a notar eso que ya mencionamos antes. Muchos migrantes regresando rumbo al sur.
Sí, varia gente venía bajando otra vez a su país o se quedaban aquí en estos países porque en México es más o menos peligroso, sí.
No eran caravanas, sino grupos pequeños, pero eran constantes. Y es que Estados Unidos, en el primer día del gobierno de Trump, no solo había cancelado las citas de migración en la frontera con México, sino que literalmente había cerrado la frontera. México era un país complicado para quedarse esperando a que algo cambiara. Hay las historias de secuestros, extorsiones, asesinatos, trabajos forzados y violencia que enfrentan los migrantes son comunes.
Muchas rutas de tránsito, especialmente las de los viajeros indocumentados, son controladas por el crimen organizado. Además, existen redes de tráfico de personas para cruzar la frontera con Estados Unidos. Todo esto ha hecho que la ONU considere el paso por México la ruta migratoria terrestre más peligrosa del mundo.
Con ese peligro y sin garantías de que iban a poder cruzar a Estados Unidos y establecerse allá sin ser deportados o detenidos, muchos con miedo o ya cansados de tanto tiempo viajando, sentían que no valía la pena entrar a ese país. Pero Mari y su familia no estaban listas para renunciar a la posibilidad de entrar a Estados Unidos. Para ese momento llevaban dos meses de viaje y después de buses y caminatas llegaron hasta México.
Teníamos el miedo porque decían que se agarraba más adelante un cartel para secuestrarte y pedirte plata. Pero asumimos el riesgo y nos fuimos de noche caminando, duramos como dos días caminando hasta Tapachula.
Como ya dijimos, su plan cuando salieron de Venezuela era poder pedir una cita a través de la aplicación del Servicio de Migraciones de Estados Unidos para ingresar como solicitantes de asilo. Y a pesar de que la administración había eliminado ese proceso desde enero, querían seguir, a ver qué pasaba, a ver cuándo se reanudaba. Tal vez no lograrían conseguir la cita por la aplicación, pero de pronto habría otra manera. Se tuvieron que quedar en Tuxtla, Chiapas, casi a 2.000 kilómetros
de la frontera con Estados Unidos. Ahí de nuevo fue necesario trabajar, ahorrar un poco de dinero antes de seguir. Mar consiguió otro empleo en una obra de construcción de un puente.
El primer día me dieron para limpiar y el segundo día nos llevaron a donde estaban haciendo la ciclovía, pero como no había mucho personal, me dieron de bodeguera. Tenía que entregar los materiales y las cosas, que si el pico, la pala, a los trabajadores y anotar y así.
Y mientras juntaban dinero, esperaban a ver si la situación en Estados Unidos cambiaba. Pero las citas seguían sin abrirse, las ruedas y las deportaciones seguían pasando y el gobierno estadounidense seguía luchando con las cortes para eliminar el estatus de protección temporal para los venezolanos. Las cosas se veían cada día menos optimistas. Durante dos meses vivieron y trabajaron en condiciones difíciles, como lo habían hecho en Costa Rica.
Ya estaban cansadas y teniendo en mente todo lo que habían oído en el camino sobre la situación en Estados Unidos, dijeron ya no más. Cuatro meses en la ruta y su meta se veía casi imposible. Su plan de trabajar allá un tiempo y volver a su país ya no parecía factible, práctico ni atractivo. Y así empezó el camino de vuelta. Mar y su familia regresaron con un grupo.
No era grande, apenas unas 11 personas. Venían en buses y volvieron rápido, en unos pocos días, y en varios lados Mar escuchaba lo mismo.
O sea, todos comentan, no, sí, nos vamos a Venezuela porque es mejor estar en nuestro país que estar en un país ajeno y así.
Y fue así que llegó a Paso Canoas ese día de julio que la conocí. Varias personas de su grupo se habían quedado en San José, la capital costarricense, buscando alguna forma de hacer algo de dinero para continuar el trayecto por Panamá y Colombia. Había un sentimiento amargo que se notaba en Mara. No era enojo, pero sí decepción sumada al desgaste.
Cansado del viaje, pero ya no quiero seguir ya en otros países, prefiero estar en mi país. Allá uno tiene su casita y ya pues, la situación en Venezuela no está muy buena, pero es mejor estar en paz.
Aunque ya llevaba gran parte del camino recorrido y ya no vivía el miedo por la situación en México, ese trayecto que le faltaba a Mar, que es en realidad poquito comparado al resto, se había vuelto cada vez más complicado. Si ese día en que hablé con ella lograban cruzar la frontera con Panamá, Mar iniciaría su viaje a una región cercana al Darién para coger una lancha hasta el Caribe colombiano. El viaje era en lancha porque el gobierno panameño había empezado el cierre de la ruta del Darién
hacía un año. Esta noticia es de esos primeros días
Miedo y zozobra reinan entre cientos de migrantes que se encuentran en Necoclí, paso obligatorio en territorio colombiano para cruzar la selva del Darién, luego de que las autoridades panameñas instalaran cercas con alambres de púas para impedir el cruce en la frontera en cuatro diferentes puntos.
En las imágenes en redes sociales y noticieros se ven los caminos que durante años miles y miles de caminantes habían trazado en la selva del Darién, siendo bloqueados por metros y metros de alambre de púas. Con esa táctica, el gobierno panameño pretende que la selva del Darién vuelva a ser de nuevo un tapón. Así que para julio del 2025, la única opción para muchas personas era tomar la lancha. Un camino también peligroso. Hay muchos testimonios de lanchas hundiéndose
o siendo vencidas por el oleaje. Además, estaba el tema del costo.
Están bien caras. Son casi 300 dólares por persona. Hay muchas personas que como saben que uno es migrante y piensan que uno trae mucha plata, así que somos súper ricos y toda la cosa. Entonces nos ven como cara de cheque y por todo te cobran. Por todo.
Pero esa preocupación por el dinero sería para otro día. Antes tenía otro reto. lograr cruzar la frontera de Costa Rica a Panamá en Paso Canoas. Me despedí de Mar deseándole buena suerte en ese trayecto del viaje, preguntándome por qué Paso Canoas había vuelto una traba para muchos migrantes en su retorno al sur y qué significaba eso para un pueblo que por años ha vivido de la migración.
Una pausa y ya volvemos. Estamos de vuelta. Luis Fernando Vargas nos sigue contando.
Ya lo dijimos. Pazucanoa se ha vuelto una traba para muchos migrantes en su retorno al sur. La ciudad se ubica justamente en la línea fronteriza. Los puestos migratorios y de aduanas están regados por la carretera interamericana que está en el centro del pueblo. Pero el límite entre ambos países ahí no lo marca un río o una cordillera. Es en realidad una línea de tiendas y almacenes comerciales. Son de tipo duty free. libre de impuestos, como las
de los aeropuertos. Además, hay una zona de tolerancia de libre tránsito. Tienes completa libertad de caminar y comprar o vender cosas a 100 metros de cualquier lado de la línea fronteriza. Muchos centros comerciales tienen entradas en ambos países. Hay pasillos con tiendas donde entras y no tienes muy claro de qué lado de la frontera estás. Antes, era un lugar de compra para los costarricenses. Era barato, más barato que la capital u otras ciudades, y tenías el atractivo de
que podías cruzar al país vecino. Luego, cuando la migración masiva empezó desde el sur hacia el norte, fue la ciudad más impactada de Costa Rica por la crisis humanitaria. En el momento más crítico, unas 2,600 personas pasaban por ahí a diario. Todas habían salido del Darien hacia poco. Muchas no tenían dinero para continuar o incluso para quedarse ahí. Una persona que brinda ayuda humanitaria en la zona me
dijo que repartían comida en las calles y campamentos. Muchas veces 900 platos se quedaban cortos para todas las familias y personas que necesitaban comer. Hoy la cantidad de gente que está regresando al sur es mucho menor. El gobierno costarricense dejó de dar cifras oficiales, pero las organizaciones humanitarias que trabajan en la zona calculan que son unas 200, máximo 300 personas que pasan por ahí diariamente. y están en una situación muy vulnerable.
Nosotros en este momento decimos que en el flujo migratorio hay dos castas.
Él es Rafael Lara, coordinador nacional de la Red Clamora en Panamá, una organización religiosa que durante muchos años ha brindado ayuda humanitaria a migrantes. Con el Darío encerrado, en los últimos meses han concentrado su operación en Paso Canoas.
Está la casta de los migrantes que tienen pasaporte vigente. y la casta de los migrantes que solamente tienen cédula o un registro de nacimiento.
Los que tienen pasaporte vigente pueden cruzar a Panamá y seguir su camino, o apoyarse en los pocos funcionarios de la Organización Internacional para las Migraciones que quedan por la zona para entrar a un programa de retorno voluntario asistido. Ellos te ayudan con los trámites necesarios para regresar en avión a tu país de origen. Luego están nosotros, los más vulnerables, los que son la mayoría.
Los migrantes con cédula nada más, o sin cédula, o solamente registro de nacimiento, pues tienen que jugársela.
Aquí explico. Porque si no tienes un pasaporte vigente, en Panamá necesitas un permiso consular, algo que hasta hace unos meses era imposible por el quiebre de las relaciones diplomáticas entre Venezuela y Panamá. Y si no tienes lo que necesitas para pedir el permiso, la opción es cruzar de manera irregular, evitando a los oficiales de Servicio Nacional de Fronteras.
Entonces el gobierno de Panamá a estos los llega a encontrar en los puestos de control, capaz que los devuelven a Costa Rica, no sin antes ponerle una sanción significativa, una multa que ellos nunca van a pagar.
Multas de entre mil y cinco mil dólares. Y si esa multa no se paga, las autoridades panameñas no los dejan seguir su camino. Esta política hizo que en febrero del 2025, cuando empezó a notarse el retorno de migrantes desde el norte, se formara un grupo importante de personas varadas en Paso Canoas. Las autoridades migratorias de Panamá no las dejaban pasar sin pasaporte.
Llegaron a ser cerca de 300, la mayoría venezolanas. Era una escena que Paso Canoas ya había vivido varias veces durante años, cuando las personas iban hacia el norte, con migrantes cubanos, africanos, haitianos, venezolanos. El 11 de febrero del 2025 hubo una reunión entre el ministro de seguridad de Panamá y el de Costa Rica para discutir las condiciones del paso de estos migrantes a Panamá.
Si Panamá iba a dejarlo seguir su camino, creían que el ingreso al país fuera controlado, con supervisión de documentos y de antecedentes penales en territorio costarricense. Acordaron llevar a las personas a un albergue para hacer el trámite. Pero a los minutos las cosas estallaron. Una caravana de decenas
de venezolanos decidió cruzar la frontera sin permiso. Las autoridades costarricenses en Paso Canoas no los detuvieron, pero a unos 5 o 6 kilómetros llegó el CENAFRON, el Servicio Nacional de Fronteras de Panamá.
Ahora ha llegado una cantidad considerable del Servicio Nacional de Fronteras y también de la Policía del Tránsito y han tratado de atajar esta caravana de migrantes que van caminando ya aproximadamente hace hora y media desde que salieron del detector de Paso Canoas y no están permitiendo en estos momentos que los migrantes crucen.
Era tenso. Había discusiones, gritos. No pasó agresiones físicas, pero las autoridades panameñas regresaron a la caravana de vuelta a Costa Rica, donde la policía los llevó a un albergue en Paso Canoas. Pasaron varios días ahí, sin poder continuar su camino. Yo estaba en San José, donde vivo, siguiendo esta noticia, y la imagen que recuerdo es cruel, brutal. En casi todos los reportajes la vi. Una madre gritándole a los policías que le han cerrado el camino. Y
también a la cámara que está grabando la escena. Con un brazo cubre a su hija pequeña, de unos 6 u 8 años. La niña llora, asustada, desconsolada. Es una escena que se te queda en la mente. Esa caravana marcó un antes y después en Paso Canoas. A los días de estar en el albergue, las personas que fueron detenidas en la caravana se fueron yendo poco a poco de la ciudad. A unos se los llevaron los buses del gobierno panameño después de la revisión de sus antecedentes penales y sus papeles.
Pero no había campo para todos. Los que quedaban buscaron la forma de seguir su camino. Tal vez, me dijeron, usaron coyotes. Y es que desde ese día, por el miedo a no poder pasar, la trata de personas que ya era un problema en la zona se ha incrementado.
Esa medida provocó un incremento también en todos estos abordajes por parte de Reds, de Trata, una situación compleja en la zona. Pero bueno, se ven obligados también a coordinar con estas personas debido a la limitación, ¿verdad?, de que no se les permite continuar.
Él es José Chavarría, trabajador social que colabora en Paso Canoas con el Servicio Jesuita para Migrantes, una de las organizaciones que desde hace años brindan ayuda y monitorean la zona. Las organizaciones humanitarias han visto una nueva manera en que los migrantes están cruzando a Panamá. Los que vienen de vuelta desde el norte necesariamente tienen que pasar por San José, la capital costarricense. Ahí toman el último bus a la frontera de Paso Canoas, que llega cerca de la medianoche.
Siempre en los últimos buses llegan la mayor cantidad de personas en este flujo. Los que tienen la posibilidad seguirán su rumbo y aquellas personas que... no tienen esta posibilidad de continuar de manera inmediata, son los que vemos diariamente durante el día en esta frontera,
que en realidad suelen ser mucho menos de los 200 o 300 que calculan que pasan diariamente. También hablé con Adriana Calzada, es mexicana y pertenece a la Congregación de las Hermanas de la Caridad del Verbo Encarnado. También es una de las coordinadoras de un comedor solidario que maneja un grupo de diferentes congregaciones religiosas en la Iglesia Católica de Pazucanoas. Es el lugar de atención humanitaria más importante en la ciudad actualmente.
Nosotras atendemos en un comedor humanitario y nosotras más o menos un por medio, si te puedo decir, sí sería como 50. Hemos tenido veces que hemos atendido a 90 personas en el comedor y hay veces que hemos atendido a 10 personas en el comedor.
Es decir que aunque pasen migrantes diariamente por Paso Canoas, ya no se ven con tanta facilidad. Es una situación drásticamente distinta a la que la ciudad ha vivido en los últimos 10 años. También es una situación diferente en otro aspecto, el emocional. Adriana ha notado que los migrantes que están llegando a la comunidad ahora se ven muy afectados.
Vienen con desilusión, cansancio, frustración, como ya hartos
o sea, hartos de veras. Ella llegó a Pazucanoas en el 2024 para trabajar dando ayuda a los migrantes. Es una iniciativa de congregaciones de diferentes países que vieron que se necesitaba ayuda humanitaria en Paso Canoas, un punto importante en la ruta migratoria. Adriana, que siempre ha andado de un lugar a otro, se ofreció como voluntaria. Antes de eso, trabajaba en un albergue en Palenque, Chiapas, zona sur de México, con personas que todavía se dirigían hacia los Estados Unidos.
Y claro, vio trauma, vio cansancio físico, vio muchas cosas.
Era cuánto nos robaron, cuánta gente vimos que mataron al Darien o vimos que se cayó el niño. O sea, todas las historias que ya estamos de terror.
Pero también vio la camaradería de una experiencia compartida. Lo vivimos juntos y eso nos une, aunque apenas nos conozcamos.
Mucha solidaridad entre ellos, entre los grupos. Las personas contaban, ¿no? También, o sea, dentro de todas estas cosas tremendas, cómo se apoyaban en la selva, pues nos ayudamos. No, pues yo, esta persona me cargó a mi niño, yo me encontré una familia y los ayudé.
Ahora,¿ el sentimiento es más cercano a la desesperanza?
Sí, una sensación de un sueño. Yo no quiero decir un sueño frustrado, porque digamos un sueño transformado, ¿no? La gente sigue con esperanzas. Pero sí, muchísima gente vendió todo para llegar allá. El camino hacia arriba fue tremendo y ahora venir hacia abajo, pues sí es triste, ¿no?
Más allá de que sea cierta o no, la idea del sueño americano, esa de que Estados Unidos es un lugar donde puedes llegar sin nada y ascender socialmente, fue parte del movimiento migratorio que vivimos por más de una década en diferentes países de Latinoamérica. Era un motor, una promesa para muchas personas que decidieron emprender el viaje, a
pesar de los riesgos. Otra de las personas que brinda ayuda humanitaria me dijo que ha oído muchas veces la frase, yo no sé qué fui a hacer, refiriéndose a tratar de llegar a Estados Unidos. Muchos se sienten engañados. Me lo confirma directamente en mi conversación con José, un hombre venezolano de voz suave que conocí afuera del Comodoro Solidario cuando estuve en Paso Canoas. Tiene unos 30 años, es alto, con tatuajes. Llevaba más de un año en el camino.
Con amigos y
con
mi pareja y mi gato.
Poco a poco subió hasta llegar a los Estados Unidos y logró entrar a Texas.
Yo entré el 18 de enero, ya los 20 días. Ya fui deportado porque ya no tenía protección posible.
No tuvo tiempo ni de asentarse. Fue deportado a México. Su pareja también. Tuvo que hacer muchos malabares para que le enviaran a su mascota, pero lo logró. Ahí decidieron que no querían volver a intentar cruzar a los Estados Unidos. Ya les quedó clara la posición de Trump.
Ya como es tema político y también, ya, él también tiene como una ideología de que somos el patio trasero. Ya, no es tan atractivo de ver allá. Ya, a lo mejor en otro mandato con otro presidente más considerado, así que con él, no.
Hablemos un momento de algo que dijo José. Eso de que Trump tiene una ideología de que somos el patio trasero. Es que es importante entenderlo. Para los que han diseñado las nuevas políticas migratorias de Trump, que José diga eso es un triunfo. Que los migrantes se sientan desanimados en el camino es precisamente lo que buscaban, lo que querían. La ruta siempre ha sido peligrosa, larga y cruel. Y sin embargo, la gente seguía intentándola. Entonces, hagámosla imposible, inútil.
Que entiendan que ya no hay manera de que entren. Si te suena cruel, lo es. Pero algo es cierto. Lograron su objetivo.¿ Planeas ir pronto
para Panamá? Quisiera intentarlo este mismo día. Panamá, a ver cómo nos reciben. A ver si nos dejan seguir avanzando.
Hay una palabra aquí que me llama la atención. Avanzar. A ver si nos dejan seguir avanzando, dice. No retroceder. Como si, aunque frustrados y desilusionados, se negaran a rendirse por completo. Como me dijo Adriana, los migrantes se devuelven, pero su meta de tener una vida mejor sigue. Paso Canoa se enfrenta a muchos retos actualmente. El crimen organizado, incluyendo la trata de personas y el tráfico de drogas, es un tema muy delicado. Me recomendaron no salir a
recorrer las calles en la noche. Me dijeron que tuviera cuidado en el hotel en que me hospedé porque pasaban cosas sospechosas. Como es una comunidad pequeña, hay idea de quiénes están involucrados en el coyotaje. Las organizaciones que brindan ayuda tienen cuidado. Me dijeron muchas cosas off the record. Y es que hay que entender que Pazoconoas está ubicado en un área del país llena de rezagos. La pobreza es la norma, la falta de infraestructura pública también, y
el empleo escasea. El turismo, que es gran parte del sustento de las zonas fuera del Valle Central de Costa Rica, que es el área más urbana, nunca ha sido fuerte. La ruta migratoria por tierra que ha existido por prácticamente una década ha transformado varias veces a Pazoconoas. Como ya dijimos antes de la llegada de los primeros migrantes, se conocía como un centro de compras por sus tiendas libres de impuestos. Era común que la gente de diferentes partes
de Costa Rica fuera a comprar los regalos navideños ahí. Luego, con la aparición de los migrantes, esos compradores llegaron menos. Y a medida que aumentaba la crisis humanitaria en Paso Canoas y con la llegada del COVID, los compradores dejaron de sostener la economía de la ciudad. Paso Canoas tuvo que adaptarse. Este es Rafael Lara, el coordinador de la
red Clamor que escuchamos hace un rato. Me dijo que durante años, cuando la gente iba hacia el norte, nunca faltaron las quejas y la xenofobia.
Había personas por todos lados. regados por todo Pasotanoas y durmiendo en carpitas. Entonces las personas que vivían ahí y los comerciantes comenzaron a quejarse de cómo es posible que le están ensuciando el frente de su negocio o el frente de su casa. Pero toda esta gente que estaba en la calle también consumía.
O sea, a pesar de las quejas por años, su sustento fueron estos miles de migrantes que cruzaban mensualmente.
El migrante llega a comprar Una botella de agua porque tiene sed y verdadera sed. Ese es el sacrificio que hacen. Sin embargo, el que se queda con ese dinero es el comerciante local.
Y ahora que la cantidad de personas que llega a Paso Canoas es una fracción de lo que llegaba antes, y que la mayoría de estos se bajan del bus en la madrugada y cruzan directo a Panamá, Paso Canoas se enfrenta a un reto, porque sin migrantes, el pueblo sufre. Hay evidencia de esto. A finales del 2023, cuando miles y miles de personas buscaban llegar al norte, Panamá y Costa
Rica implementaron un flujo controlado de migrantes. Las personas eran llevadas directamente desde la selva del Darién a un alberga a varios kilómetros del centro de Paso Canoas. Los migrantes se dejaron de ver en la ciudad y la gente local protestó.
Comenzaron entonces los comerciantes a quejarse de que habían
bajado las ventas. Repasé noticias de esa época, cuando se controló el flujo de migrantes, Me encontré con una nota de una mujer que decía que su hotel, que años antes lo había construido para compradores que llegaban a la frontera, estaba vacío. Y lo dijo claro.
La situación actual, con pocos migrantes parando en el pueblo antes de continuar su camino, hace pensar en esa época.
Ahora Paso Canoas tiene el reto de descifrar cómo sobrevivir económicamente. Se nota la necesidad. Vi a unos migrantes salir de un taller mecánico. Ese taller era su lugar de hospedaje. En Paso Canoas hay hoteles en cada esquina, pero a veces las personas que llegan en peor situación económica ni los pueden pagar. Entonces han surgido estos hospedajes informales, casas
y negocios de personas que también están sufriendo económicamente. En un restaurante pequeño en que comía un día, se invitaba a los clientes, con un cartel escrito con marcador, a que preguntaran por su hospedaje económico. Comparado con el paso canoa del que había escuchado estos últimos años, parecía un pueblo fantasma.
Una pausa y volvemos.
Estamos de vuelta, los dejo con Luis Fernando. El camino es distinto para los migrantes que, después de meses o años, vuelven al sur. Cuando se dirigían hacia el norte, el trayecto era difícil, pero mucho menos solitario a nivel de ayuda humanitaria. Debido a problemas financieros, muchos a causa de recortes de fondos provenientes de Estados Unidos, varias organizaciones que daban ayuda humanitaria han reducido sus operaciones en diferentes partes
de América, incluyendo Costa Rica, incluyendo las Okonoas. Ahora, las condiciones del retorno son de extrema vulnerabilidad. Antes, por lo menos, dice Joseph Chavarria, del Servicio Jesuita para Refugiados, había un acompañamiento.
Bueno o malo, pero había un acompañamiento donde las personas tenían en su ruta la capacidad de poder, en los distintos países, acceder a la respuesta humanitaria que se estaba gestionando por parte de los distintos países. Y que en esta nueva lógica del retorno no se podía acceder.
Ese ha sido el reto en Paso Canoas, levantar de nuevo una estructura que permita apoyar a los migrantes.
Poder acompañar de la manera más integral a esta población debido a que efectivamente hay un desgaste, hay un dolor. Personas desgastadas emocionalmente con sus sueños venidos al suelo, quebrantados, con la esperanza de poder llegar, construir una nueva condición de vida para ellos y para sus familias. Y que ya esa ilusión que los movía ya no estaba.
Hoy, como se habrán dado cuenta, las organizaciones que apoyan a los migrantes que pasan por Paso Canoa son casi todas religiosas. El Servicio Jesuita, por ejemplo, maneja la Casa Rupe. Está a menos de 10 minutos caminando desde la iglesia, donde está el comedor solidario para migrantes.
Como puedes ver, según nuestra capacidad organizacional, podemos contar con una serie de artículos de higiene, Es
una casa pequeña, como muchas alrededor. Hay una cocina donde los migrantes que llegan pueden preparar su propia comida. Un cuarto con una cama donde pueden descansar un rato, aunque no quedarse a dormir. Un baño para tomar una ducha. Una pequeña sala donde sentarse. También tienen cositas para los niños.
quedó un juguito, una galleta. Y esas condiciones donde son situaciones de extrema necesidad, de extrema vulnerabilidad, pues generan un alivio efectivamente y reviven esa fuerza.
Además está el trabajo de la red humanitaria local de la frontera sur. Vecinos de Paso Canoas que desde hace varios años, cuando el flujo migratorio que iba del sur al norte era crítico, se unieron para brindar ayuda. Hoy reparten kits de higiene y comida en diferentes puntos de Paso Canoas, entre otras acciones. Pero es una lucha constante en un panorama que se puede sentir desolador. Aún así,
vi una cantidad enorme de empatía y de solidaridad. Antes de tomar el bus de vuelta a San José, fui a ver cómo funcionaba el comedor solidario en la iglesia. Eran las 11 de la mañana. El calor, 35 grados con extrema humedad, era abrumador. La iglesia se ubica al frente del único parque de Paso Canoas, ese donde conocí a Mark. El parque se construyó tan solo hace unos años y es pequeño. Tiene una cancha para deportes, una fuente, unas bancas de
piedra y unos juegos para niños. Ahí, un grupo de unas 15 personas se esperaban frente a la iglesia, en unas bancas y un pedazo de césped, protegidos por la sombra de un árbol. Todos eran migrantes en tránsito. Uno, colombiano, quería quedarse en Costa Rica, probar suerte acá. pero la mayoría eran venezolanos y se dirigían a sus países. Esperaban el almuerzo entre conversaciones casuales, navegar en redes sociales y
hacer llamadas con seres queridos. Hablaban de varias cosas, de un tatuaje que una chica se quería hacer con el nombre de su novio, de alguien que no entendía por qué en Costa Rica a un cuarto de hotel se le dice cabina. Con el paso de los minutos llegaba más gente, poco a poco, una, dos, máximo tres personas. Un flujo tan pequeño como constante. De pronto, la esquina del parque se llenó de vida. Llegaron a ser cerca de 50 personas. Un día regular en el comedor. Cuando hablamos
de migración, siempre resaltamos el movimiento. Pero migrar también es esperar. Esperar por trámites, por buses, a que haga mejor clima, a que anochezca o a que vuelva a amanecer. Ese día se esperaba el almuerzo. Y luego, la tarde. Donde muchos intentarían cruzar la frontera con Panamá. Gran parte de la vida de estos migrantes pasa en esos momentos de espera. Se conversa, se forman vínculos, surgen las risas, se dan abrazos y los niños juegan. Pasado el mediodía, la espera
por el almuerzo terminó. El portón de la iglesia se abrió y la gente se empezó a acercar. Un pasillo corto divide la iglesia del salón parroquial. Ahí se formaron dos filas de personas. una para hombres y otra para mujeres y niños. Adriana, la coordinadora del comedor, llegó a hablarle a los comensales. Dio instrucciones, y para el tema del manejo de la basura, dio un pequeño regaño.
Entonces, uno, no tiramos la basura, porque no se tira porque ya hay un obstáculo, y dos, por favor, respetemos...
Pero hacía calor y no los detuvo más. La fila empezó a
moverse.
Antes de entrar se anotaban en una lista, para llevar control de si son nuevos o han ido varios días a comer, solo para llevar una estadística y entender mejor cómo se está moviendo el flujo de personas. Luego recogieron su plato en un mostrador donde habían unos tres voluntarios repartiendo y se sentaron. Comieron entre conversaciones que se perdían en el eco del salón. Era un espacio de alivio, de esos que no abundan en el trayecto. Así lo
han diseñado. Me pidieron mantenerme alejado en una esquina para no interrumpir ese momento de cierta normalidad. Disfrute. Era una pequeña victoria. Al igual que las risas de esas 50 personas en el parque. Al igual que los chistes. Y la gente que está en la primera línea atendiendo la crisis lo celebra. Esta es Adriana otra vez.
Y otra cosa que acabo de descubrir también es que también a veces hay que tener cuidado de que no todas nuestras conversaciones tienen que ser de eso, ¿no?
De eso. O sea, de las dificultades, del trauma, de los planes y esperanzas que nunca fueron. No todo es negativo.
Hay muchísimas historias también tan bonitas. Hay muchas alegrías. Era diferente cuando iban hacia el norte, definitivamente. Pero pues con todo lo que te digo, las frustraciones y todo esto, al final la gente, pues la gente es resiliente, ¿no?
Como Graciela. Es un nombre falso. Es venezolana. Habla bajito y se le nota cansada. También estaba en el parque ese día. No quiso que la entrevistara, pero no le molestó que grabara sonido ambiente alrededor suyo y de su hijo jugando con el celular. Esto es de Teta Oro con mi
explicación.
Pero para buscar cosas. Como oro. Ay, qué
lindo. El niño nos mostró el juego a una documentalista que estaba en el parque y a mí. Al rato de conversar, Graciela nos dijo que va de vuelta a su país. Y nos preguntó.
Cuánto puede construir una cabita aquí? Una cabita. Una cavita.¿ Usted sabe qué es cavita?
Qué es cavita? Es
como una caja. Sí, esa es donde, por ejemplo, si uno vende arepas, se mantengan calientes.
Una cavita. Aquí le decimos hielera. Quería vender arepas en el camino de vuelta a su país y quería comprar una para mantenerlas calientes y ganarse algo. Le dijimos algunos precios de los que ninguno de los dos estábamos completamente seguros. No sé cuánto cuesta eso. Estaba pensativa, pero al rato le llegó una noticia. En la casa Rupe hay una lavadora. No había nadie en esos momentos, pero al día siguiente podría lavar la ropa sin costo. La pequeña victoria del día. Algo a que aferrarse.
Según las organizaciones trabajando en Paso Canoas, en los primeros meses del 2026, el flujo de personas en la ruta norte-sur se mantiene similar a cuando Luis Fernando visitó la zona a mediados del año pasado. La intervención militar en Venezuela por parte de los Estados Unidos no parece haber cambiado mucho las cosas. A unos 12 kilómetros del centro de Paso Canoas se ubica el Centro de Atención Temporal a Migrantes,
o CATEM. Surgió como una instalación para albergar a los migrantes y aliviar la crisis humanitaria en las calles de Paso Canoas, Menos de dos años después de su inauguración, el gobierno costarricense usó ese lugar para detener durante meses a cerca de 200 migrantes enviados por el gobierno de Donald Trump. Varias organizaciones de derechos humanos denunciaron las condiciones en que
se trataron a estas personas. Luis Fernando Vargas es editor senior de Raúl Ambulante y vive en San José, Costa Rica. Esta historia fue editada por Camila Segura y por mí. Bruno Selsa hizo la verificación de datos. El diseño sonido es de Andrés Aspiri, con música de Anato Irán, Rémi Lozano y Andrés. Muchas gracias a Christopher Pérez y Adam
Álvarez del Servicio Jesuita para Migrantes por su guía. Agradecemos también a Rebeca Sánchez y Susana Duarte de la Red Humanitaria Local de la Frontera Sur y a todas las personas que nos brindaron su testimonio. El resto del equipo de Raúl Ambulante incluye a Paula Aleán, Adriana Bernal, Anelis Casasuz, Diego Corzo, Emilia Herbeta, Camilo Jiménez Santofimio, Germán Montoya, Sara Selva Ortiz, Samantha Proaño, Natalia Ramírez, Lina Rincón, Juan Pablo Santos,
David Trujillo, Elsa Liliana Ulloa y Mariana Zúñiga. Carolina Guerrero es la CEO. Radioambulante es un podcast de Radioambulante Studios. Se produce y se mezcla en el programa Hindenburg Pro.¿ Tienes un amigo que esté aprendiendo español? Cuéntale de Jive World, nuestra aplicación para practicar español con las historias de Radioambulante. Voces reales, acentos reales, historias reales. El español que se habla en Latinoamérica. Entra a jw.app y pásale el dato.
Si te gustó este episodio y quieres que sigamos haciendo periodismo independiente sobre América Latina, apóyanos a través de Deambulantes, nuestro programa de membresías. Visita radioambulante.org y ayúdenos a seguir narrando la región. Radioambulante cuenta las historias de América Latina. Soy Daniel Alarcón. Gracias por escuchar.
