Una advertencia antes de empezar, este episodio contiene escenas de violencia y lenguaje explícito, se recomienda discreción. Estos reambulantes, soy Daniel Alarcón. La historia de hoy empieza el domingo 21 de enero de 2007. Eran cerca de las 7 de la mañana y Osvaldo Gómez, de 26 años, volvió de cumpleaños de un amigo. Caminaba algo borracho y dormido por un barrio tranquilo de
Buenos Aires. La calle estaba completamente desierta. Solo vio algunos autos estacionados y un patrullero, pero no le dio importancia. Siguió caminando. O sea, lo había pasado el patrullero. Me dicen, flaco, flaco.
Cuando me doy vuelta, veo a un policía parado y me dice,¿ qué está haciendo por acá?
Osvaldo le explicó que iba a tomar el bus, que estaba a dos cuadras de la parada que lo llevaba a su casa. Había otro policía más en el lugar. Estamos buscando a alguien como vos. Primera roja y sin azul, me dice. Osvaldo llevaba puesta una camiseta roja y unas bermudas azules con dos franjas blancas a los costados. Eran de básquet, Nike.
Yo le palmié al hombre y le dije, papi, esto no es un Un jean, es una bermuda, le digo. Y es más blanca que azul. Me dice, no importa,¿ tenés el documento? Sí, tengo.¿ Tienes el documento? Me dice,¿ tuviste preso alguna vez? No, no, para nada. Y me dice, bueno, vamos a ver si no me mentí. Me dice, te voy a hacer una averiguación anteciente.
Uno de los policías le señaló el borde de la acera y le dijo que esperara ahí. Osvaldo se sentó de espaldas al patrullero, casi en la esquina de la cuadra. Enseguida la calle se empezó a llenar y unas 10 personas se acercaron a ver qué era lo que estaba pasando. Y tan solo unos minutos después, el policía regresó.
Y me dice,¿ estás seguro que nunca estuviste preso? No, le digo yo, ni mi familia, le digo. No, cero. Me dice, bueno, permíteme, me dice. Y me
muestra las esposas. El policía le dijo que lo iban a llevar a la comisaría y que si, como decía Osvaldo, nunca había estado detenido, se iría enseguida.
Con la confianza, pero de más mil, de que yo no había hecho nada, vamos donde quiera
llévame a donde sea. Osvaldo no se resistió, los policías lo esposaron y se lo llevaron en la patrulla. Y ahí empezó toda una historia de película de terror. Una película de terror que lo marcaría para siempre. Nuestra productora Aneris Casasuz nos cuenta la historia.
A Osvaldo lo trasladaron hasta una comisaría que quedaba unas 10 cuadras de donde lo habían detenido. Apenas entró le hicieron dejar todo lo que tenía con él. Una mochila negra, el celular, las llaves, la billetera. También le pidieron que le sacara los cordones a las zapatillas. Lo llevaron a una habitación muy pequeña con rejas, como un calabozo. Tenía una abertura mínima al exterior, por la que apenas podía entrar un poco de aire y distinguirse si era de
día o de noche. El lugar estaba vacío. Solo había un banco de piedra en el que Osvaldo se recostó y después de un rato se quedó dormido. Se volvió a despertar con el ruido de la reja. Sintió que se abría.
Digo, bueno, listo, me voy. Cuando estoy saliendo, entramos por un pasillito y me dejan en una especie de sala, donde había un escritorio y tres personas.
Lo hicieron sentarse frente a ellas. El hombre que estaba en el medio fue el primero en hablar.
Me dice, vamos a hacer la corta, mostrame las marcas. Le digo,¿ marcas de qué? Las marcas, mostrame los brazos, me dice. Sí, le digo, le muestro los brazos. Me dice, vos sabes por qué estás acá, no te hagas el pelotudo, me dice. Le digo, sí, por una averiguación de antecedentes. Si no tenía nada, me iba en un toque. Y este tipo mirando del ojo tal me dice, vos estás acá por violación,¿ qué averiguación de antecedentes?
Por violación,
ninguna averiguación de antecedentes. Le digo, no,¿ de qué me hablás? Ahí yo me saco, me pongo loco, entro como en una crisis. Le digo,¿ de qué me estás hablando? No,¿ de qué?¿ Qué brazo querés? Le digo, mirá. Le doy vuelta del otro lado. Le digo,¿ qué marca?¿ Qué querés? Le digo,¿ querés que me saque la remera? Sí, se mete la remera. Me saco la remera. Me sacaban fotos de frente, de espalda. A ver, abrí la boca. Sacaba la lengua para un lado, para el otro.
Osvaldo estaba en shock, pero hizo todo lo que le decían. Luego lo sacaron de esa sala y lo volvieron a llevar a los empujones hasta el calabozo. No entendía nada de lo que estaba pasando. Desesperado, antes de que el policía terminara de cerrar la reja, le pidió por favor que lo dejaran llamar a alguien de su familia.
Ahí me dijeron, cargándome, sí, yo llamo a tu familia, lo que pasa es que no quieren venir. Entonces yo digo, yo conozco a mi familia, en dos minutos está acá, dejame hacerme un llamado.
Pero no lo dejaron. Osvaldo estuvo un tiempo más en ese calabozo. No puede decir cuánto. Ya había perdido por completo la noción del tiempo. Hasta que se volvió a quedar dormido. En ese momento, Osvaldo tenía un nene de siete años, Tomás. Se había separado hacía poco de Carla, la mamá de su hijo, y había vuelto a la casa de su infancia en Villa Celina, que queda al
lado de la ciudad de Buenos Aires. Eran dos casas en un mismo terreno donde vivían su hermano mayor Roberto con su esposa y sus dos hijos, sus abuelos maternos, unos tíos y un primo. Su mamá había muerto cuando tenía 17 años y su papá había vuelto a formar pareja y se había mudado a otro barrio junto a sus dos hermanos menores. Ese día, ya pasado el mediodía, llegó la primera señal de alarma para la familia de Osvaldo. Este es Roberto, el hermano mayor.
Carla nos había llamado por teléfono para preguntarnos si sabíamos de Oba que no había ido a buscar a Tomás, al nene.
Era una cita a la que jamás faltaba. Por eso a Carla le llamó la atención que no llegara. Y más aún que ni siquiera le hubiera avisado que no iría. A Roberto también le pareció extraño. Llamó a algunos amigos de Osvaldo para ver si lo habían visto, pero nadie sabía nada.
Y a la tarde viene la policía a certificarse y ahí vivía Osvaldo Gómez. Obviamente le preguntamos por qué, no nos quisieron dar información y nos dijeron, no, nada, solamente es certificarse, acá vive esa persona.
Ya con la policía en su casa, Roberto confirmó que algo estaba pasando con Osvaldo. Se acercó a la comisaría de su barrio, conocía a uno de los policías que trabajaban ahí y le pidió que lo ayudara a encontrarlo. El policía llamó un centro de operaciones, donde se reportan accidentes y derivaciones de heridos a hospitales. Pero ahí no había ningún registro de Osvaldo. Era una buena noticia, pero había que encontrarlo. Así que el policía hizo otra llamada. Esta vez, a otra comisaría.
Y ahí es donde veo que le cambia la cara y él me comunica, mira, lo único que te puedo decir es que está ahí en la comisaría 40 de Parque Avellaneda, acercate y consultá a ver qué información te pueden dar.
Roberto no entendía qué pudo haber pasado, pero se tranquilizó un poco al saber dónde estaba. Antes de tomar un taxi hasta la comisaría, compró una Coca-Cola y unos sanguchitos para llevarle a Osvaldo. Era un viaje de unos 20 minutos aproximadamente. Cuando llegó, ya era cerca de la medianoche.
Después de tantas horas de tratar de ubicarlo, ahí es donde lo encuentro, en una celda. Cuando escucho el ruido de que se abre la reja, y lo veo a mi hermano, me levanto y le digo... por favor, sacame de acá, sacame de acá, ayudame. Robert, fíjate qué están haciendo conmigo porque yo estoy atado de pies y manos acá. Me trajeron por una averiguación antecedente y me salieron con violación. Vi su rostro de desesperación, de saber que era una injusticia tan grande que él no la podía entender. Lo
que menos imaginó Roberto cuando iba a caminar a la comisaría es que a su hermano lo estuvieran acusando de un delito así. A lo sumo, pensó, Se habría peleado con alguien, pero jamás esto. El encuentro duró solo cinco minutos. Se llegaron a dar un abrazo como si no se hubieran visto en años y enseguida un policía sacó a Roberto de la celda. Roberto le preguntó al oficial qué era lo que estaba pasando.
Eso calmó un poco a Roberto. No tenía ninguna duda sobre la inocencia de su hermano.
Seguramente todo se trataba de una confusión y enseguida lo liberarían.
Osvaldo
pasó toda esa noche del domingo en la comisaría y en la mañana del lunes lo subieron un camión, esposado otra vez. Frente suyo viajaba un policía que no le quitaba la mirada encima. En uno de los asientos alcanzó a ver una pila de carpetas. Parecían expedientes. Lo llevaron hasta el edificio de tribunales. en pleno centro de Buenos Aires.
Me bajan y me llevan a una cosa que le llaman buzones.
Buzones, unas celdas de un metro y medio de ancho por dos de largo, totalmente cerradas.
Me tiran ahí, cierran la puerta y es absolutamente un lugar oscuro, tétrico, frío.
La celda tenía una cama de cemento y una rejilla en la puerta, por donde cada tanto le pasaban algo de comida. Estuvo varias horas ahí, hasta que un guardia lo vino a buscar y lo llevó a una oficina a algunos pisos más arriba. Lo recibió la secretaria del juez y le dio la información de rigor, que si quería declarar, tenía derecho a tener un abogado. Y
yo me acuerdo que le dije, mira, yo me pongo al servicio de la justicia, pero no tengo absolutamente nada que ver con lo que me dicen.
De todas formas, le dijeron, le pondrían un defensor oficial. Desde ahí lo llevaron a otro sector de tribunales, las leoneras. Unas celdas grandes donde puede haber hasta unos 50 presos en cada una. Le pidieron Osvaldo algo que no se esperaba. Que caminara por un pasillo entre medio de esas celdas y que mirara detenidamente a los presos que estaban ahí. Y que de todos ellos, eligiera a los que creía que, físicamente, eran más parecidos a él.
Yo en el estrés que tenía y cómo estaba y con la gente que se venía a pegar al barrote, sacame, sacame, sacame, sacame. Estaba aturdido. Al punto que le dije, no, no, no, no sé, loco, yo no veo a nadie parecido a mí. Elegí los juegos, le dije
El guardia sacó algunos hombres de las leoneras y los llevó junto con Osvaldo a otra sala para participar de una rueda de reconocimiento. Cada uno se paró en un lugar con un número, como en las películas. Del otro lado de la sala, detrás de un vidrio, una víctima intentaba reconocer si alguno de esos hombres había sido su atacante. Ellos no podían verla, pero sí alcanzaban a escuchar toda la conversación que mantenía con la secretaria del juez.
La chica por ahí decía, la verdad que pasó mucho tiempo, yo no me acuerdo, estoy confundida, creo que ninguno.
Pero la secretaria del juez le insistía. Le decía que tuviera en cuenta que se podría haber cambiado el peinado, que se fijara más que nada en la contextura física. Entonces la chica decía que no estaba segura, pero que tal vez el 2. Y la secretaria del juez le decía...
Sacando el 2...¿ Cuál decís que puede ser? Yo estaba en el 5, no sé, y la piba decía, yo no sé, como el 4, como el 5. Y le decía,¿ y el 5 en qué grado de reconocimiento crees? Era todo como induciendo a que termine eligiendo a la que ella quería.
Ya había pasado el mediodía y Osvaldo, por supuesto, no había llegado a su casa. Así que Roberto regresó a la comisaría.
Me dicen, están en tribunales. Lo citó el juez y le va a tomar declaración. Dice, termina de tomarle declaración y lo van a liberar. Todo esto me parecía algo normal. Vuelvo a repetir, desde el desconocimiento total de lo que era una causa judicial o el proceso de detención de una persona.
Se volvió a su casa, a esperar. Pero lejos estaban de liberar a Osvaldo. Esa noche lo dejaron en los buzones de tribunales y a la mañana siguiente volvió a participar de más ruedas de reconocimiento. Fueron ocho en menos de dos días. Supo entonces que no lo acusaban solo de una violación, sino de muchas más. Eran 17 expedientes que estaban en esas carpetas que había visto en el camión
de traslado. Casos de los últimos tres años en los que chicas de entre 14 y 16 años Denunciaban haber sido abusadas en los barrios de Liniers, Matadero, Floresta, Flores, Parque Avellaneda, Versalles.
Todos esos barrios, que es un tercio de la capital, donde había casos de violación, donde había una denuncia de alguien y no se encontró el culpable, ese caso era un posible autor yo de esos hechos.
Lo acusaban, en otras palabras, de ser un violador serial. La noche del martes, casi tres días después de su detención, lo volvieron a dejar en buzones y en la madrugada escuchó que abría en la reja de su celda. Lo sacaron de tribunales y lo subieron a un camión, nuevamente esposado. Había otros siete u ocho presos más.
Yo no sabía dónde iba. Viajamos un montón y llegamos al complejo penitenciario en realidad número dos, Marcos Paz
Marcos Paz, un penal de máxima seguridad a unos 90 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires. donde cumplen condena a unos 2.000 presos. Allí suelen ser trasladados, por ejemplo, los narcos más peligrosos del país. Osvaldo estaba mudo. No había pronunciado ni una palabra en todo el viaje. Pero cuando estaban entrando, otro de los presos que viajaba con él le preguntó por qué lo habían detenido. Le dijo la verdad, que lo acusaban de violación, pero que él no tenía nada que ver.
Cállate, no digas eso. Decir que robaba, decir que…
Todo el mundo lo sabe. Los violadores no son bien recibidos en las cárceles. Ni por los guardias, ni por los otros internos. Al ingresarlos pusieron a todos contra una pared, de frente, con la nariz y el pecho pegados al muro. Los policías los iban llamando de a uno. Al primero lo tiraron al piso, le arrancaron la ropa y se lo llevaron a otra habitación. A los pocos segundos, Osvaldo escuchó gritos y quejidos. Le estaban dando una paliza. La misma situación se repitió con otro de los presos, y
luego con otro más. Hasta que llegó el turno del que estaba al lado suyo. Y ahí dije
bueno, esto va a ser para todos
Lo agarraron y le sacaron la ropa. Lo hicieron pasar por un pasillo donde había varios policías que le pegaban patadas y puñetazos. Así llegó a otra habitación, donde le hicieron una revisión médica. Cuando terminó, tuvo que volver a pasar por ese pasillo, recibiendo otra vez los golpes. Pero eso no fue lo que más le afectó, sino lo que uno de los guardias dijo inmediatamente después.
Me hicieron ponerlo con el oso tal, con Man, Peralta, González, tiene un apellido, que la vez pasada se violaba uno de estos. Yo digo, me quebró. Me quebró porque si tenía algún tipo de interés a... psicológica, ahí me quedo. Me veía perdido, como casi muerto, por así decirlo, porque me pasa algo que no quiero que me pase, yo me cuelgo. Yo lo tenía todo pensado, me rompía la
remera y me arcaba con la remera. Iba a ser una situación como súper traumática para mí que no la iba a poder soportar, ni en el momento que esté pasando, ni más adelante
Una pausa y volvemos. Estamos de vuelta en Radioambulante. Aneris Casasuz nos sigue contando.
Osvaldo avanzaba con los otros presos y los guardias por un pasillo camino a su calabozo. Era un trayecto largo, como de unos 300 metros. No podía pensar en otra cosa más que en el oso, su supuesto compañero de celda. El camino parecía interminable.
Cuando abro la celda y estoy solo y me cierro la celda, me largué a llorar y Y en un punto también era la angustia de tener esa sensación de lo que me dijeron que iba a pasar, pero estar viviendo una realidad que no iba a pasar.
Porque las celdas, afortunadamente, eran individuales. Eso era un enorme alivio, pero tampoco podía descuidarse. El fantasma del oso, o de cualquier amenaza de ese tipo, lo seguía atormentando.
La primera noche me la pasé. En vez de acostarme, me quedé apoyado en la cuelga. La puerta era corrediza, entonces mi idea era, cuando quieran entrar, van a abrir la puerta y yo me voy a caer para afuera, porque estoy apoyado en la puerta.
Y así, ya fuera de su celda, podría defenderse mejor. Osvaldo sentía que en ese lugar no podía confiar en nadie.
De acá no voy a sacar ningún amigo. Lo único que quiero es que se arregle todo esto y irme a la mierda de acá. Venía alguien y me hablaba y con mi mejor cara de culo le contestaba seco y me iba y me sentaba en otro lado solo, abajo de una ventana del payó, mirando todo lo que pasaba
Observar la dinámica del lugar, quiénes eran los que mandaban, a quiénes había que pedirle permiso para hacer cualquier cosa, cómo actuaban los que recién ingresaban. Se respiraba un ambiente muy espeso.
La densidad del aire se percibe. Acá es una bomba de tiempo. En cualquier momento está todo bien o está todo mal
Rápidamente, Osvaldo aprendió la rutina dentro de la cárcel. La mayor parte del día los presos estaban encerrados en su celda. Tenían una cama, una mesa, un inodoro y un lavamanos. Ahí Osvaldo leía, le escribía cartas a su familia y hacía gimnasia. Únicamente podía salir en los momentos de las comidas y de la ducha. Y solo algunos días pasaban cosas excepcionales.
Si tenías suerte, entraban y te decían diez para jugar al fútbol, diez para ir al cine.
El cine, un espacio donde ponían unas butacas y proyectaban alguna película en un televisor. Pero el mejor momento era los fines de semana, cuando estaban permitidas las visitas y podían pasar todo el día fuera de la celda, en los espacios comunes. Roberto se había enterado de que Osvaldo lo habían trasladado a un penal de máxima seguridad cuando, cansado de esperar a que volviera, fue a preguntar por
él a tribunales. Simplemente le dijeron, tu hermano está acá, y le dieron un papelito con los datos de contacto de la cárcel. La noticia dejó sin aliento a toda la familia.
Cada uno lo fue llevando adelante como pudo. Bueno, mi viejo con mucho dolor, mucha tristeza, lloraba mucho. Mis abuelos lo mismo. Mis hermanos también, porque era la injusticia de ver a tu hermano detenido y no saber qué hacer.
Pero no se dejaron paralizar. Enseguida empezaron los trámites para ir a visitarlo. Tenían que presentar certificados de antecedentes penales y otros documentos. Cuando reunieron todo y les autorizaron la visita, Roberto y su papá salieron rumbo a la cárcel.
Llegamos a un mundo nuevo para nosotros, totalmente nuevo, porque no conocíamos nada de lo que era estar... Tenían una cárcel de máxima seguridad encima. Veíamos las rejas, los alambrados, no entendíamos nada. Era como una película para nosotros.
En esa primera visita le llevaron varias cosas para comer. Quesos, dulces, un budín que le había cocinado Roberto, hierba para el mate. Pero no tenían ni idea de cómo era una requisa. Y al momento de ingresarla revisaron todas las cosas, y muchas de ellas ni siquiera las pudieron pasar. Apenas vieron a Osvaldo en la sala de visitas, se dieron un abrazo fuerte los tres.
Y ahí medio como que ahí nos empezamos a enterar de cómo iba el tema de la causa de él.
Osvaldo les contó que lo estaban acusando no solo de una violación, sino de muchas más. Ya los días previos a la visita, Roberto había empezado a moverse. Necesitaba encontrar un abogado que le pudiera dedicar más tiempo al caso. Ya no podía seguir con el defensor oficial. Y había contado un compañero de trabajo que era abogado por lo que estaba pasando su hermano, para ver si podía ayudarlo o al menos darle algún consejo.
Me dice, yo no me ofrezco porque yo violadores no defiendo, me dice. Y eso fue también un golpazo porque imaginate que digan que tu hermano es un violador y sabiendo la inocencia de él desde el día uno y así fue con varios abogados que te decían literalmente prefiero defender a un tipo que haya matado a una persona que a un violador. Así que en
ese primer encuentro Osvaldo y su familia decidieron llamar a un abogado al que conocían por otro caso. Y es que Osvaldo y Roberto son sobrevivientes de la tragedia de Cromañón. Quizá les suene ese nombre porque en Radio Ambulante contamos la historia en el episodio Los Pibes. Pasó el 30 de diciembre del 2004, cuando la banda Callejeros daba un concierto y una bengala provocó un incendio en la discoteca, dejando 194 muertos y más de 1.400 heridos. fue una de las mayores catástrofes
en la historia de Argentina. Tan solo tres años después de aquello, cuando Osvaldo recién empezaba a superar el trauma, fue que la policía lo detuvo en la calle. El abogado enseguida aceptó defenderlo y ahí Osvaldo empezó a tener más detalles de las causas que tenía en su contra. En las denuncias, las víctimas habían declarado que un hombre que iba en moto las había atacado. Según la descripción aportada por las chicas, Era rubio, tenía piercings y tatuajes.
Nunca manejé moto, no tengo registro de moto, no sé conducir moto. Nunca. Yo no soy rubio y nunca me tenía el pelo. O sea, podría haber hecho cualquier análisis químico, a ver si alguna vez, no sé. Nunca me toqué el pelo. Yo no tenía tatuajes. Piercings no tuve nunca. O sea, hubo un montón de situaciones que te decían, no es.
Solo en unas tres causas se contaba con registro de ADN del atacante. pero hasta el momento a Osvaldo no le habían hecho una prueba para acotejarlo. Con el correr de los días, lo fueron llamando para otras ruedas de reconocimiento. Lo sacaban del penal en un camión esposado y lo trasladaban a tribunales, donde participaba del mismo procedimiento que había tenido al comienzo. Pararse en un número frente al vidrio espejado.
Pero ahora sí, ya con su abogado presente. Durante todas esas ruedas de reconocimiento, 17 en total, Cinco de las víctimas habían creído reconocer, en mayor o menor medida, a Osvaldo como su posible agresor. Y por eso debía seguir con prisión preventiva. La familia, mientras tanto, sufría por no saber cómo más ayudarlo. Y un día, cuando ya había pasado casi un mes de la detención, tocaron el timbre en la casa de Osvaldo.
Sale mi abuela. Sí,¿ en qué lo puedo ayudar? Ábrame la puerta, si no, se la tiro abajo. Mi abuela se dio vuelta, me mira y me dice,¿ qué pasa?
Roberto se acercó a la puerta y vio varios policías. Les dijo que no hacía falta la violencia, que por supuesto los dejarían pasar. Uno de ellos le entregó una orden de allanamiento.
Y entonces empiezo a leer la orden de allanamiento y decía pollera, tableada, escolar, color azul, celular con sticker Kitty, tarjeta con el número tal a nombre de tal persona.
Una lista de cosas que el abusador les había quitado a sus víctimas. Los policías revolvieron las dos casas donde vivía la familia y no encontraron absolutamente nada de lo que habían ido a buscar. Pero antes de irse, uno de los policías le dijo a Roberto algo que lo inquietó todavía más de lo que ya estaba.
Algo raro. Porque a pesar de todas las inconsistencias en el expediente, la causa judicial no avanzaba demasiado.
y Osvaldo seguía detenido. Así que sí, tenía que moverse. Hasta el momento no le habían contado a muchas personas por lo que estaban pasando, solo al círculo íntimo, familiares y amigos cercanos. Roberto decidió entonces que era hora de empezar a hacer ruido. Junto a los vecinos se organizaron una marcha por el barrio. También salieron a pegar afiches que decían ni un violador suelto ni un inocente preso. Lograron la atención y el apoyo del vecindario. pero la
movilización no trascendió más allá de Villa Celina. Y mientras tanto, seguía pasando el tiempo con Osvaldo encerrado. Dos meses, tres meses, un día igual al otro dentro del penal. Salir de la celda para comer y bañarse. Con suerte ir a jugar al fútbol o al cine. Los fines de semana, las visitas. Su papá no faltaba jamás. También lo visitaba Roberto, a veces su tía y Carla, su ex. A Tomás,
su hijo. Y habían dicho que su papá se había ido de viaje por un tiempo, que por eso no lo estaba yendo a buscar
Un día me dijo la madre en esa visita, no sé si hice bien o hice mal, pero no podía. Era muy pesado todo y no podía guardármelo. Y él te extraña y entonces nada, acá está, lo traje. Odiame, tachame de todas las listas de tu vida, pero necesitaba que te vea que estás bien.
Fue la única vez que Tomás, con siete años, lo fue a ver al penal. Y fue como si por un instante Osvaldo recuperara su libertad. Eso
fue como una de las sensaciones más... que me permitió salir de ahí un segundo
Roberto, mientras tanto, seguía pensando qué más podía hacer para lograr la libertad de su hermano. El reclamo tenía que hacerse oír más allá del barrio. Así que se le ocurrió organizar un festival de música en la zona donde habían ocurrido los ataques que le atribuían Osvaldo. La consigna sería la misma y ahora también estaría pintada en una bandera.
Ni un violador suelto, ni un inocente preso. Consiguió que varias bandas amigas tocaran en el festival y se empezó a correr la voz de que un sobreviviente de Cromañón estaba preso por violación. Ahí los medios nacionales empezaron a interesarse por el caso. Casi cuatro meses después de la detención, Roberto empezó a dar entrevistas en la radio y la televisión.
A mí los medios me decían,¿ y por qué tu hermano no pudo haber actuado así?¿ O por qué? A pesar de que es tu hermano,¿ por qué lo defendés tanto?
Roberto les decía que conocía a su hermano, que sabía que era incapaz de hacer algo así. Pero además les mencionaba todas las inconsistencias de la causa. La moto, el pelo, los tatuajes y los piercings que Osvaldo no tenía. Las cosas que la policía había ido a buscar a su casa y no habían encontrado. El abogado le decía a Roberto que estaba presionando para que le hicieran la prueba de ADN y con esos resultados, desligarlo al menos de las denuncias que contaban con ese registro.
Que obviamente esos resultados iban a ser negativos y que bueno, con esa prueba, las inconsistencias de la detención y todo, él iba a tratar de pedir la libertad de Boba para que él pase el proceso en libertad.
Pero el tiempo pasaba y Osvaldo seguía en la cárcel. No se había hecho amigos, pero sí tenía algunos presos a los que consideraba más cercanos. Y de a poco, el miedo a sufrir un ataque dentro de la prisión se había ido disipando. No era un lugar para descuidarse. Siempre había que estar alerta. Pero digamos que ya no era el mismo terror de los primeros días. O tal vez, simplemente,
se había acostumbrado a convivir con él. En junio de 2007, cinco meses después de haber sido detenido, Osvaldo estaba, como siempre, en su celda. La puerta tenía una pequeña mirilla con una tapita de acrílico que si la levantaba podía ver lo que estaba pasando en el pabellón.
Abro la mirilla y veo en el televisor del penal que atraparon un violador serial.
La información la estaban dando en un canal de noticias.
Veo un mapa de la capital como se va poniendo en rojo las zonas donde supuestamente eran casos NL, que eran todos los casos que me vincularon a mí, 17 expedientes del principio.
Desde su celda, Osvaldo trataba de escuchar los detalles de la noticia. Esa era la persona por la que él y todas sus víctimas estaban viviendo un verdadero infierno. No llegó a escuchar el nombre del detenido, pero sí lo que había pasado. Un hombre estaba atacando a una chica en el hall de un edificio y cuando llegó una vecina, el atacante escapó en su moto. La vecina logró ver el número de placa y llamó enseguida a la policía. La policía buscó la moto y encontró a su dueño.
Era rubio, tenía piercings y tatuajes. Cuando llenaron su casa encontraron varios objetos de distintas víctimas, los mismos que habían ido a buscar a la casa de Osvaldo y no habían encontrado. El detenido ya tenía otra condena a siete años de prisión por violación, pero contaba con el beneficio de la prisión domiciliaria, porque el fallo no estaba firme. El violador actuaba siempre de la misma forma. Se bajaba de su moto, empujaba a las víctimas al hall de
entrada de algún edificio y abusaba de ellas. Como trofeo, les robaba algún objeto. Elegía, en general, chicas jóvenes, estudiantes de secundaria. Osvaldo empezó a atar cabos. El violador seguramente había atacado minutos antes de que algo detuvieran aquella mañana de enero. Y algún vecino habría ayudado a la víctima.
De ahí llama la policía, de ahí viene el patrullero, de ahí estaba el otro policía adentro hablando con damnificada y gente que estaba en el edificio. El otro policía estaba adentro del patrullero, yo paso caminando y ahí es donde me detienen.
Y luego los vecinos se reunieron en la calle para ver si la policía había logrado capturar al agresor. No paraba de hacer suposiciones.
Toda la historia se va armando como para adelante cuando yo digo, ah, por esto esto, por esto aquello, por esto lo otro. Por eso me pidieron las marcas.
Las marcas que el policía le pedía que le mostrara serían las marcas que la chica le había dejado al agresor en los brazos mientras intentaba defenderse. Todo cerraba, pero de momento era tan solo una hipótesis de Osvaldo. O más que una hipótesis, una esperanza. Porque además, muchos de los otros presos habían visto la noticia en la televisión.
Como que a ellos empiezan a creer todo lo que yo venía diciendo. Eso es lo que vos decías, ¿viste?¿ Qué sé yo? Bueno. Y al otro día, el grupo de internos más cercanos mío viene corriendo y me dice, che, guacho, te vas, te vas.
Si le decían que iban a dejarlo libre, era porque se habían enterado de algo más. Un nuevo preso estaba llegando al penal. Se llamaba Maximiliano Di Consoli.
Y esa persona, según lo que me dicen los chicos que estaban más cerca del televisor, era el autor de los hechos de las violaciones.
Osvaldo no lo podía creer.
Un caso de violaciones... que tenés preso a uno, que nada que ver, que enganchaste al de verdad y entre todas las cárceles, penales, qué sé yo, lo vas a poner en el mismo penal y pabellón.¿ Cuántas veces puede pasar
en una misma vida? Y Osvaldo estaría cara a cara con él. Una pausa y volvemos. Estamos de vuelta. Aneris sigue con la historia.
Cuando los otros presos le dijeron a Osvaldo que el verdadero autor de las violaciones estaba entrando al mismo penal, pensó que le estaban mintiendo. Era demasiado inverosímil para ser real. No podía ser cierto. Pero los otros presos le decían que sí, que era él, el Maxi.
Le infla la cabeza, le dice, le dice, y yo con toda la bronca del mundo voy, lo encargo a este pie. Le digo yo,¿ qué haces?¿ Cómo andás?¿ Vos sos Maxi? Sí.¿ Por qué estás? No, por un robo automotor. Le dice, no, le digo, no hay nada que ver. Le digo, Osvaldo
le creyó tal vez los otros presos solo querían provocar una pelea dio media vuelta y se fue dos días después de madrugada los guardias llamaron a Osvaldo y los hubieron esposado un camión le dijeron que debía presentarse una vez más en tribunales es algo que había pasado varias veces durante los meses en prisión Al llegar, lo dejaron en buzones, le pasaron algo de comer por la rejilla y al rato lo vinieron a buscar y lo llevaron
con la secretaria del juez. La mujer le entregó un documento de dos hojas escritas de ambos lados para que leyera.
Donde me decía que los cotejos de registro de ADN le habían dado 100% compatible a Maximiliano de Consolida. Ahí como se me empieza a transformar todo el cuerpo, la cara, como haciendo un fuego como bronca por dentro.
Pero a pesar de que ese documento lo absolvía, este era solo uno de los hechos que le atribuían. Por eso lo sacaron de tribunales y lo llevaron nuevamente al penal. Tenía que seguir en la cárcel. En el trayecto fue juntando cada vez más bronca. Ahora sí era claro que Maximiliano era el autor de al menos uno de los casos por los que él estaba ahí, y probablemente de los otros que también le adjudicaban. Ya estaba entrada la
noche cuando llegó de regreso al penal. El guardia que le abrió la reja lo acompañó camino a su celda, pero en un momento se adelantó unos pasos. Osvaldo aprovechó el descuido, se acercó hacia el teléfono que estaba en el pasillo y rápidamente, con una tarjeta que tenía para llamar, marcó el número de su casa.
Suena el teléfono de línea a mi casa, me atiende mi hermano y me dice, al flaco ese lo han traído, hice y lo tengo en la celda al lado. Le digo, saludo a usted acá por este hijo de mi puta mañana, me levanto y lo mato.
Del otro lado del teléfono, Roberto trataba de contenerlo. Le decía que no, que el preso que estaba al lado de su celda no era quien él creía.
Le decíamos que no, que no, que no, que no era, para que él no actuara, no se dejara llevar por el impulso de la injusticia de lo que pasó.
La llamada fue corta, porque enseguida el guardia vino a buscar a Osvaldo y se lo llevó a la celda. Era un manojo de ira incontenible. Pero pasado el rato, logró quedarse dormido.
Y la próxima cena es que me abre la reja y yo me levanto, ya sacado, me levanto, Y iba a salir a cagarme a piña mínimo, a cagarme a piña con el chabón. Entonces, nada, cuando estoy saliendo, vinieron como tres, cuatro personas de los que, con mi rancho, como se dice ahí, la gente con la que más hablas y qué sé yo. Y como que no me dejaron salir, me dije, pará, pará, pará, al Maxi se lo llevaron.
En la mañana bien temprano habían trasladado a Maximiliano a otro pabellón. Probablemente los carceleros escucharon Osvaldo cuando hablaba con su hermano y quisieron ahorrarse un problema. Con el resultado de esa prueba de ADN, el abogado había pedido su excarcelación. Pero la justicia, que había actuado tan rápidamente para su detención, ahora no parecía ser tan veloz. Pasaron algunas semanas más y el siguiente recuerdo que tiene Osvaldo es un nuevo traslado a tribunales.
Cuando me llevan ese día, fui con cero expectativas porque me había ido un montón de veces y había vuelto todas esas veces
No se quería ilusionar. Cuando llegó, lo dejaron una vez más en buzones. Esperó ahí unas tres o cuatro horas hasta que lo fueron a buscar y lo llevaron a una oficina. Lo recibió un hombre detrás de un escritorio. Le dijo que quedaba desvinculado de otras tres causas que aún tenía en su contra. En las que se contaba con ADN, la muestra había descartado cualquier compatibilidad con Osvaldo. Y en las otras, nuevas declaraciones de las víctimas habían
sido determinantes para confirmar su inocencia. Al ver la foto de Di Consoli en la televisión, Una de las chicas que en las ruedas de reconocimiento había confirmado que Osvaldo era su agresor volvió a tribunales para retractarse. Le dijo al juez que no había podido dormir desde el momento en que vio aquella imagen en los medios. Ese había sido su atacante, no Osvaldo. Ahora sí, no tenía ninguna duda. Pero Osvaldo todavía no estaba del todo libre de problemas.
Aún quedaba pegado al hecho denunciado el mismo día de su detención. Estaba imputado de tentativa de abuso sexual. Por eso no se imaginaba lo que le dijeron justo después. Pero
me dice, bueno, abríle que se va, no sé qué.¿ Cómo que me voy, te digo?
Le dijeron que por ese caso podría esperar el juicio oral en libertad.
Él me abrió una puerta y estaba en la calle, ahí en el tribunal. Comencé esa puerta y como nada, no entendía absolutamente nada. Me había perdido como se subía, como se pedía un colectivo, como si fuera... Como si me llevaran a China y me dejaras ahí. Lugar que nunca fui, que no sé para dónde ir, que la gente me... Todo me aturde
Así, completamente aturdido en pleno centro de la ciudad de Buenos Aires, fue hasta un teléfono público. Antes de irse de tribunales le habían dado un par de monedas para que pudiera hacer una llamada. Marcó el número de su casa. Lo atendió Roberto.
Me dice,¿ qué te pasó?¿ Dónde estás?¿ Dónde me estás llamando?
Un rato después, Roberto, el papá y un tío de Osvaldo llegaron a buscarlo. Por fin estaba en libertad. No lo podían creer. Era 24 de agosto de 2007. Había pasado siete meses en la cárcel. Fueron a un bar y pidieron unas pizzas para festejar. Luego volvieron para su casa en Villa Celina. Allí lo estaba esperando el resto de la familia y varios amigos del barrio que ya se habían enterado de la noticia. Apenas entró, Osvaldo fue corriendo a abrazar a su abuela. Ella era todo para él.
Y yo me acuerdo de abrazarla y ella lloraba y juro, le escuchaba el corazón como le lastía. Y yo siempre digo, esa situación a mí me hubiera aflojado las piernas. Y ese día creo que fue el primer aviso de que me bajaron todas las térmicas, como digo yo, de sensibilidad.
No se reconoció en esa reacción. Antes se hubiera quebrado, pero ahora sabía que el paso por la cárcel lo había cambiado por completo. Volver a su vida de antes no fue nada fácil. Había perdido los trabajos que tenía antes de quedar preso y ni siquiera quería salir de su casa. Pasó casi todo un año encerrado y cuando salía, guardaba con cuidado los boletos de colectivo para eventualmente poder comprobar dónde y cuándo había ido a cada lugar. Yo
esos papeles me acuerdo tener hasta que se borraron. Los tenía hasta que la tinta desapareció y tenía solo papeles blancos.
El miedo a que lo apresaran de la nada, como ya había pasado, lo atormentaba. Pero con el apoyo de su familia, de a poco se fue recuperando. Volvió a trabajar y decidió terminar el año de secundaria que le quedaba pendiente en una escuela para adultos. Fue retomando la rutina mientras esperaba que llegara el juicio por el único caso en el que aún estaba imputado. Para Roberto, era como si Osvaldo viviera una libertad a medias.
seguían entrando encerrados. Estando en libertad, su cabeza y todo su ser era conseguir la libertad completa, que era quedar limpio de todas estas falsas acusaciones.
En mayo de 2009, cuando habían pasado casi dos años desde su liberación, al fin fijaron fecha para el juicio oral. Durante las audiencias, la víctima declaró ante los jueces que no era capaz de identificar a su agresor. porque lo tuvo siempre de espaldas mientras le pegaba, le tapaba la boca y le intentaba bajar los pantalones. Ante la falta de pruebas, el tribunal terminó absolviendo a Osvaldo.
Creo que también era el final de la historia, que él saliera como entró, totalmente limpio, ni la menor duda de que él no había sido.
Mientras tanto, en el proceso en su contra, Maximiliano Di Consoli se reconoció autor de ocho violaciones y la justicia lo condenó a 30 años de prisión. Osvaldo jamás lo volvió a ver. La pesadilla, al fin, terminaba. Durante mucho tiempo, Osvaldo estuvo enojado con el verdadero violador. Incluso, por momentos, hasta con las víctimas, que en medio de un estrés postraumático habían creído reconocer en él a su agresor. Pero luego comprendió que, en realidad, era víctima del sistema.
Y que ni siquiera nadie, en nombre del Estado, haya sido capaz de pedirle perdón. O decirte, qué sé yo, mirá, sí, boludo, la pasaste recontra como el culo, pero acá
tenés que ser resuelto del fútbol
Le quitaron tiempo de compartir con mi familia, con mis abuelos, con mi viejo. Hoy en día esas personas no están y ese tiempo no se lo devuelve nadie.
Pero lo que más le duele a Osvaldo es que hoy, 19 años después, esa sensación de frialdad que sintió cuando abrazó a su abuela al salir sigue estando ahí, intacta. Cuando lo entrevisté en julio de 2025, hacía muy poco que había muerto su padre. Y me dijo que todavía no lo había podido llorar, que no se había permitido hacer el duelo.
Lo más feo es todo lo que me dejó después, todo esto que te digo de apagarme, desconocerme un poco. Casi con la gran pregunta infinita de¿ lo podré dar vuelta?
Eso es lo que todos los días intenta hacer.
Aneris Casasuz es productora de Radio Ambulante y vive en Buenos Aires. Esta historia fue editada por Camila Segura y por mí. Bruno Selsa hizo la verificación de datos. El diseño sonido es de Andrés Aspiri, con música de Ana Tuirán, Remy Lozano y Andrés. El resto del equipo de Radio Ambulante incluye a Paula Leán, Adriana Bernal, Diego Corzo, Emilia Herbeta.
Camilo Jiménez, Santo Fimio, Germán Montoya, Sara Selva Ortiz, Samantha Proaño, Natalia Ramírez, Lina Rincón, Juan Pablo Santos, David Trujillo, Elsa Liliana Ulloa, Luis Fernando Vargas y Mariana Zúñiga. Carolina Guerrero es la CEO. Radioambulante es un podcast de Radioambulante Studios. Se produce y se mezcla en el programa Hindenburg Pro.¿ Tienes un amigo que esté aprendiendo español? Cuéntale de JiveWorld, nuestra aplicación para practicar español con las historias de Radioambulante.
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