Cómo estás, Gilberto? Bien. Bueno, pues vamos con el cuento de hoy.¿ Sabes cuál es? No sabes, ¿verdad? Noches leonesas, hombre. Ese es el cuento de hoy, oíste, Gilberto. Nos lo mandaron aquí. Es un cuento muy bonito que nos palabrearon, hombre. Aquí va el cuento, pues. Noches leonesas. Oiga, oiga. Gilberto. León es una enorme ciudad. Es la ciudad de los 30 campanarios. Tiene iglesias por todas partes y enormes barrios con calles empedradas. Sabía, ¿verdad?
Ahora ya casi toda la ciudad está pavimentada. Pero cuando sucedió este cuento, León todavía conservaba el encanto de sus calles empedradas y sus viejos balcones coloniales. Bueno pues, en este león de hace unos 50 años se desarrolla el cuento que ahora les voy a palabrear. Óiganme, óiganme. El Maximino era un viejito que vivía en el barrio San Felipe y su mujer se llamaba Leonora. Ambos dos eran solitos. Los hijos se habían ido a vivir a otros lugares
y no tenían nietos. Por eso cuando a Maximino le llegó aquella carta de su querido compadre don Luciano, que vivía en el pueblito de Achuapa, la leyó con todo entusiasmo.
Y por eso quiero pedirle un favor. Tengo un nieto que quisiera poder mandar a León a que estudie. Y le ayuden algo a usted. Si usted fuera tan amable, compadrito, le agradecería me diera tenerlo. Siquiera los primeros días para que el muchacho se encarrile. Él se llama Concepción y le decimos Concho en la casa.
Pues mandale a decir que sí, Maximino. El muchacho hasta los puede servir para hacer algunos mandados.
Déjame terminar la carta, Leonora. Déjame terminarla.
A ver, pues, seguí, seguí
Si usted me hace este favor, le suplico avisarme con la Luisa, mi cuñada, que pasará por su casa. Le mando un abrazo, su compadre Luciano. Bueno, pues
Yo creo que bien le podemos hacer el favor
Bueno... Mi compadre siempre ha sido muy bueno conmigo. Yo nunca le he hecho ningún favor al compadre. Ya
ves, pues.
Esta es la oportunidad para servirlo.
Eso es lo que digo. Claro
claro. Le voy a mandar a decir que sí.
Ay, ojalá que el muchacho sea llevadero.
Y si no, el mismo compadre me dice en la carta que lo castigue, que le jale las orejas, que le dé su nalgada, que le dé con el tirapié,¿ para qué, eh? Que me da permiso para castigarlo. Sí, sí, voy a mandarle razón al compadre que mande a su nieto, sí, sí. No puedo llegarle ese favor a mi compadre, no puedo llegarle ese favor.
Quince días después, estaba llegando a la casa aquel cipotón de unos 16 años, llamado Concho. Venía de Achuapa, con zapatones burros, con tona de manta, pantalones brincacharcos. Pero bueno, en poco tiempo aquel cipote sería distinto. Lo instalaron en la casa y empezó a estudiar. Iba bien el muchacho, nada más que era tímido y miedoso. Sobre todo le tenía miedo a aquellas noches lionesas negras, cuando decían que salía el caballo de arrechabala.
Concho, andá a comprarte una caja de fósforo a la venta. Este...
Es que... Es que me da miedo, Padrinito.
Cómo que te da miedo? Ahí
es.
Y eso, jodido. No vas a salir a la calle porque te da miedo.
Claro.
No me arruiné, muchacho. A ver,¿ a qué le tienes miedo?
Uy, ay, pide, pide,¿ a qué cosa se le va a tener miedo? Pues a la ciego, al cadejo, a la mocuana, al animal purgatorio, pero en lo principal a la chavala rechao.
¿Cómo?
O sea, al caballo la rechao, ¿eh? La indecuencia
Te estás haciendo el grasejo, pendejo, tenés miedo y después te haces el payaso. Joda, vos andás siempre por las trampas, oye, vos. Con que le tenés miedo al asiego, al cadejo, a la mucuana, al ánima del purgatorio y al caballo de arrechabala. Pues sí. Pues vas a ir a la venta a comprar los fósforos, carajo.
No, padrinito, por favor. Ay, yo se lo suplico. No. Como quien dice, pues si es algo, fíjate que me come el caballo de arrechabala. No, no me mandes, no me mandes.
Ay, niña.
Ay, déjalo, niño. Ay, déjalo. Pobrecito. Yo voy a ir a la venta mejor. Yo voy. Poco a poco se le va a ir quitando el miedo. Ay, déjalo. Ay, déjalo. Pobrecito. No llore, mijo. No llore. Pobrecito.
Y así fueron pasando los días. Durante el día aquel muchacho pues era útil, estudiaba, hacía mandados y todo. Pero en la noche era imposible, amigo. Le tenía miedo al famoso espanto del caballo de Arrechabana.
¡Mamá! ¡Mamá! Yo no soy tu mamá, Concho. Mamá. Mamá Grinita. Ese es el caballo de Arrechaballa, mamá. No,
mi hijo. Ese es un caballo cualesquiera. Un caballo que va jalando un coche, niño.¿ Estás segura
mamá Grinita? Sí, sí, sí, sí. Gracias a Dios.
Hombre, conchón,¿ y vos cuál es el miedo que le tenés al tal caballo de Arrechabala? Vamos a ver,¿ cuál es el miedo?
Pues que le tengo miedo. Dicen que sale por todas estas calles y que viene con unas riendas y, bueno, y que apalea a todo mundo.
Cómo yo jamás he visto al tal Arrechabala, hombre? Aquí nací, aquí me crié en León y ya soy viejo. Yo lo cuento y babosada es esta gente. Todo eso es mentira. Y si acaso sale el espanto no hace nada. Los espantos no le hacen nada a nadie.
Bueno, pues es que como se dice, pues no le hacen nada a nadie. Pero es que yo te le tengo miedo, ¿ya? Oiga, oiga,
Padrinito, es el caballo de Rechabal.
No, hombre, es un caballo cochero, un caballo cochero.
Tengo miedo, tengo miedo, Padrinito, no
sé, pero
tengo miedo.
Ahora tienes miedo.
Hágame un poquito para acá,
por favor. No, yo estoy bien aquí. Ayer no tuviste miedo, ¿verdad? Ayer te fuiste desde las tres de la tarde al hipódromo a ver jugar béisbol.¿ A qué se
otra
Veniste casi a las ocho. A las ocho de la noche. Cuando andás vagando no tenés miedo, ¿verdad?
Oye, fíjese que...¿ Cómo no, parinito? Sí también tuve miedo, pero es que me las aguanto.
Vos sos de los que le tenés miedo a los terneros de día y te llevas los toros de noche, o digo... Pues yo te voy a quitar ese miedo, viste... Cuando volvás a tu pueblo, vas a llegar hecho un hombre. Yo te voy a quitar ese miedo. Te juro que te quito el miedo, vas a ver.
Y es verdad, parimiento, que el caballo de rechabala ha entrado ya al patio de esta casa.
No, anda más por el hipódromo, odio.
Bueno, dicen que un día entró por el jaguán hasta aquí al patio.
Es
verdad.
Que sí
es verdad? Sí, es verdad. Voy. Padrinito.
¿Qué?
Me disculpa usted, su excelencia, pero es que voy a acostarme hoy. Voy a acostarme. Buenas noches.
Buenas noches. Leonora. Hoy no he visto muchacho más miedoso que este. No he visto. Cuando le mencionan el espanto de arrochabal hasta que se pone limpo, cenizo el jodido y empieza a temblar. Sí, Maximino.
Ya lo he notado yo. Pues
niña, yo voy a curar del miedo a este muchacho. Dicen que un clavo saca otro clavo.
Pero...
No, yo voy a curarlo del miedo. La próxima vez que se vaya a vagar lo voy a castigar encerrándolo en ese cuarto. Y a medianoche lo voy a venir a visitar. Pero transformado en el espanto de Arrechabala.¿ Pensás asustarlo
Maximiliano
Sí, el día que vea un espanto y se dé cuenta que todo es mentira. Entonces se va a curar del miedo. Yo quiero entregárselo a mi compadre hecho un hombre, todo un hombre. Vas a ver que le quito el miedo, vas a ver. Ya se fueron pasando los días.
Aquel carajo muchacho tenía miedo de los espantos. Pero al mismo tiempo era vago, amigo. Un día pidió permiso para ir a bañarse a una famosa poza que había en León. Se fue como a las dos de la tarde, y dieron las cuatro, las cinco, las seis, las siete de la noche y el muchacho no volvía todavía.
Te fijás, Leonora, te fijás Para vagar no tiene miedo el jodido muchacho, para eso no tiene miedo.
Ah
pero ahora que venga le aplico el castigo.
Lo vas a encerrar en el cuarto?
Sí, lo voy a encerrar y en la noche, como a las ocho, voy a entrar por el saguán montando mi caballo. Para que Concho crea que es el caballo de Arrechabala. Para ver si no curó ese carajo miedoso.
Pero,¿ cree vos que se vaya a jurar, ah?
se vaya aquí
que se cubre
para se va a curar del miedo y de la vagancia para ver va a haber
una tarde marinita santito mi dios para los dos
buenas tardes no jodido buenas noches serán es de hora de venir a
ella pues qué bella parimiento yo y
yo nada de explicarme nada está castigado Vas a dormir encerrado en ese cuarto, solito y sin luz. Y hasta es posible que esta noche venga aquí...¿ Sabes quién?
¿Quién, papá
Yo no soy tu papá.
¿Quién, papá gringo?
El espanto de Arrechabala. El espanto de Arrechabala... Sí, así como sos de vago y andás a medianoche en las calles, así tenés que ser hombre y poder ver un espanto. Pasa, pasa al cuarto pronto, estás castigado.
Es que, padrinito, yo...
¡Nada! Mi compadre Luciano me ordenó que te educara y te castigara. ¡Adentro, judío, adentro!¡ Por Dios!
Y el pobre concho fue encerrado en aquel enorme cuarto, amigo. Apenitas se colaba la luz de la luna por un agujero de las tejas. Temblaba el pobre concho de miedo, amigo. Al rato todo quedó en silencio. Aparentemente don Maximiliano y doña Leonora se fueron a dormir. La noche estaba tétrica, tétrica, mejor. Negra, negra. Y a lo lejos se oyeron las ocho campanadas que dio la iglesia de San Felipe. Eran las ocho, amigo.
La hora de las ánimas del purgatorio. Y fue precisamente aquella hora cuando el muchacho oyó el relinche y los cascos del supuesto caballo de arrechaval entrando al patio de la casa. Se oían clarito los cascos del caballo de Arrechabal, amigo. Sonaban clarito en las baldosas empedradas del sarguán. Y luego en el patio. Después en el corredor. En dirección al cuarto donde Concho estaba encerrado. El pobre Concho ni podía hablar, amigo. El corazón le latía rápidamente. Y lo que hizo fue
empezar a dar gritos. Gritos y más gritos de terror. Claro, él no sabía que aquel caballo era el caballo de su padrino don Maximino. Él creía que era realmente el espanto de Arrechabal, amigo. Antes que el caballo llegara al cuarto, los gritos se callaron y don Maximino dijo...
Bueno, ya dejó de gritar. Se cansó de gritar, ya no tiene miedo. Ahora voy a abrir para que termine el castigo. ¡Ah! ¡Ah!
Caminó por el corredor, haciendo sonar las espuelas. Empujó la puerta y alumbró con
un foco y... Vamos, Concho. Concho, no hay tal espanto de arrechabala. Soy yo. El espanto soy yo, Concho. Este está tendido en el suelo. como desmadejado, como... como muerto.
¡Leonora ¡Leonora, vení, corre!¡ Este muchacho está como muerto!¡ Llamá al doctor! ¡Pronto! ¡Pronto!
Qué decís, Wilberto? Sí, hombre, pasó en el viejo León. Al día siguiente, con enorme pena, Don Maximiliano le entregó a su compadre Luciano el cadáver de Concho. Supe que fue enterrado en Achoapa. Auténtico, amigo. Se murió de miedo, ¿sí? Por un castigo estúpido, amigo. Auténtico. Sí, hombre. Hay que tener cuidado al castigar a los hipotes. Es mejor el cuero en las canillas que un susto que los pueda matar. Ahí nos vemos, Gulliverto. Adiós.
