El cuento de hoy es muy bonito. Se llama Las dos ánimas. Esto sucedió en San Rafael del Norte, departamento de Ginoteca. Aquí les va. El pueblo de San Rafael del Norte era por aquel entonces un pueblito aislado y triste. Al lado de la plaza, la iglesita con su torre y su campana. Del badajo de la campana bajaba un mecate pa' que el guardia de turno viniera a dar
las horas. La quietud del pueblo solo era interrumpida por el canto de los gallos y por el ir y venir de los muleros acarreando café, plátanos y los productos que se cultivaban en la montaña. En el cuartel del pueblo solo habían como 10 guardias y uno de ellos hacía el turno toda la noche. Los soldados se turnaban, pero
una noche comenzaron a ocurrir cosas extrañas. El guardia que vigilaba en la esquina del cuartel estaba como siempre alerta cuando de pronto miró desprenderse de la acera de enfrente dos sombras blancas y llevaban cada una de ellas una candela en la mano.
Santo
Dios, en mi vida he visto cosas parecidas.¿ Qué será esto? Que era algún espanto. Dios mío. Y como... Como que vienen para acá. Sí, odio.
Vienen.¿ Qué carajo? Odio. Yo les vuelo bala
Las dos sombras cruzaron el parque y fueron directo al cuartel. El guardia las vio de cerquita. Eran sombras. No tenían pies y caminaban, como en el aire, ligerito, ligerito, con las candelas encendidas. Cuando vio que se acercaban mucho, empezó a disparar. Al oír los tiros, el sargento se despertó y también todos los guardias.
Soldado Gómez,¿ qué le pasa? Mi sargento, tuve que disparar.
Vi
de un espanto.¿ Dónde está el espanto? Eran dos sombras, sargento. Dos sombras blancas con una candela en la mano. Venían para donde mí. Tuve que dispararles. Pero, hombre Gómez, a los espantos no les entran las balas.¿ Para qué
disparó? Ya, ya, después que se ahuyentaron. Mire, Gómez, yo no quiero que este cuartel soldado es miedoso. No es miedo, hombre. Mañana mismo
lo vamos a transferir. Pero, señor, yo no doy miedo, hombre. Yo solo quise alejar los espantos y, pues, en realidad, pues, sí, como que los alejé
No hablemos más. Mañana pido su respuesta. De repente va a andar un civil por ahí y usted le va a disparar creyendo que es un espanto. Y el responsable voy a ser yo. Pero, vea, hombre. No, no, no, no. Mejor es que no siga aquí.
Razordoñe
Señor. Tome el puesto de Gómez.
Pero señor... Vigile
bien y no le tenga miedo a los espantos. Y búscale un pedazo de periódico a este chancho que ya se ensució.
Los
muertos no salen y si salen no hacen ningún daño. Está bien, mi sargento. Y póngale más parque al rifle. Y solo en caso de que haya verdadero motivo, dispare. De lo contrario, no. ¿Entendido? Entendido, mi sargento.
Era noche negra y no había luna. Aquel espanto era famoso en San Rafael del Norte. Los guardias no lo conocían porque eran nuevos. Pero la verdad es que todo el pueblo sabía de aquel espanto y hasta conocían la historia de aquellas dos ánimas que salían a medianoche. Pero bueno, el caso es que no había pasado ni una hora desde que relevaron al soldado Gómez cuando el nuevo sentinela dejaba ir otra chorrera de tiros.
¡Fulgencio! ¡Fulgencio, oíste! ¡Fulgencio!¿ Estás oyendo, eh? Sí, sí.
Oigo voces en el comando. Parece que están regañando a los guardias.¿ Qué
dispararon? Está feo esto.¿ Será que han de entrado los bandoleros, eh?
No, niña. No, aquí no vienen bandoleros. No, esto es algo otra cosa. Seguro que están saliendo las dos ánimas.
Santísima Virgen de los Condenados. Andarán de nuevo las dos ánimas benditas del purgatorio,
¿eh? De ánimas no lo dudo que son. Pero ánimas benditas... chiquito vos bien sabes... quienes eran esas dos... animas
cállate Fulgencio... a los muertos hay que respetarlos... cállate, cállate...
pero ven niña...
veme
la boca...
qué tenés, qué tenés, a ver...
yo creo que ya es tiempo... que esas
animas dejen de joder
es una eterna joder ya... diario salen las dos animas... esos deben ser los disparos... ¿Sí? Los guardias
creen que son otra cosa.¿ Será Julgencio, eh?
Y qué otra cosa va a ser, hija? ¿Espantos?¿ En este pueblo solo eso hay? ¿Espantos? y más espantos
Yo mejor me voy a poner a rezarle un rezarle al adjunto Sí. Tal vez así dejan de estar penando. ¿Oye Otro tiro, otro tiro
Ojalá que las balas les entraran a los espantos... para que de una vez por todas dejen de estar fregando. Ya es suficiente la jorrarria.
Oye, y ahora están agullando los perros. Y dicen que los perros agullan cuando ven a
los muertos. Seguro que son las ánimas. Seguro. Pobrecitas.
Voy a
rezar por ellas. Voy a rezar. Señor mío, Jesucristo.
Dios y hombre verdadero
Creador y rey del dormido. Carajo, hombre. Más disparos, sí. Más disparos. No dejan dormir estos carajos. Ya fregaron, hombre.
Voy a ver qué pasa.¡
Soldado Ordoñez!¿ Qué pasa?
Aún
es de una vez que parece ametralladora.¿ Qué
pasó? El... el espanto. ¿Qué? El espanto. La... La ánima del purgatorio.
Ah, del purgatorio. La ánima del purgatorio, ni qué chochada. Vaya a tomar agua para que se le pase el susto. Yo creí que tenía gente valiente, pero veo que todos son unos... Mejor no digo las palabras porque... Voy a hacer el turno yo personalmente. Les voy a probar que los espantos no existen.
Todo aquello pasó en una sola noche. El sargento, que era el que mandaba, estaba dispuesto a todo. Era hombre de verdad. No le tenía miedo a Maiden. Lo único que temía era que llegaran bandoleros. Sí, a los vivos les tenía miedo, pero a los muertos no. Así pues, cogió el rifle y se sentó en una pategallina a esperar que llegaran las tales ánimas del Pungató. No había pasado ni media hora cuando de pronto las dos sombras se desprendieron del parque en dirección al cuartel. El sargento
las miró, se puso de pie y esperó. Allí estuvo esperando.
Hombre jodido es verdad la cosa, es verdad. Son dos sombras blancas y traen una candela cada una. Pues es verdad que hay espanto. Y se acercan y vienen para acá. Ah, pero yo les hablo.
¡Ey! ¡Ustedes!¿ Son de esta
vida o de la otra? Naiden contestó. Las sombras se acercaron más y llegaron a una vara de distancia del sargento. Ahí le hicieron señas.
Me dicen que... que la siga, que... que quieren ir en dirección a la iglesia.¿ Qué querrán? Esto deben ser ánimas que están penando en el purgatorio. Bueno, las voy a seguir. Las voy a seguir.¡ Qué jodido!
Aquel hombre tenía una sangre fría especial, no sintió miedo. Siguió a las dos sombras hasta la iglesia. Las dos sombras entraron a la iglesia, empujaron la puerta mayor y la puerta se abrió y por ahí entraron. El sargento entró también y vio que se situaron al pie del confesionario donde el cura confiesa. El sargento se dijo,
Estas dos ánimas quieren confesarse. Con seguridad murieron sin confesión. Voy a despertar al cura para que venga a confesarla. ¡Padrecito! ¡Padrecito!¡ Despiértese que es urgente! ¡Padrecito! ¡Padrecito!
Las
ánimas lo necesitan!¿ Qué fue, hijo?¿ Qué fue?
Bueno, pues que dos ánimas del purgatorio están en la iglesia arrodilladas ante el confesionario.¿ Quieren confesarse?¿ Dos ánimas?¿ Y cómo
es eso, hijo?¿ Usted tiene miedo, padrecito?¿ Le tiene miedo a los muertos?¿ Yo tenerle miedo a los muertos, hijo? No... Voy a ir al confesionario a confesarlas si es cierto que están allí.¿ Las confieso? Sí, las confieso.
El cura se levantó, fue al confesionario. Las ánimas estuvieron ahí como un cuarto de hora. Primero se confesó una, después la otra. El sargento miró desde la puerta mayor y vio que después se desaparecieron ahí mismo dentro de la iglesia. Lo más asombroso de este cuento es la sangre fría de aquellos dos hombres, el sargento y el cura. ¡Para, hombre! Vieron a las ánimas y no tuvieron miedo. El sargento se volvió a su puesto y el cura se volvió
a acostar. ¡Acténtico! ¡Acténtico! Desde aquella noche se acabó el espanto de las dos ánimas. Se acabó para siempre. Naiden nunca más volvió a ver a las dos sombras vagando por la plaza de San Rafael. Una viejita de San Rafael me contó por qué era que salían aquellas ánimas.
Sí, Pancho.
Ajá.
Esas son las ánimas de la Concha Flete y la Teresa Espinosa.
¿Cómo? Sí. ¿Serán?
Las dos se pelearon por un hombre. Y
las dos
se mataron.
¿Serán? Y
fue hace mucho tiempo. Pero murieron en pecado mortal. Sin confesión.
¿Serán
Sí.
Mmm...
Ay, menos mal que ya el curita las confesió.
Cómo que las confesió?
Digo que las confesó, pues. Dios las haya perdonado
Y debe haberlas perdonado porque no volvieron a salir más nunca. ¿Sí? Por esta que es auténtico. ¿Sí? Por esta que es auténtico. Cuídense todos los de San Rafael, ay. Es auténtico, ¿yeron? Auténtico
Ahí nos vemos, mi libertad!
