El
cuento de hoy, güicho. Lo mismo de todos los días, hombre.¿ Por qué?¿ Por qué?¿ Que acaso no pagan, pues? No, hombre. Este cuento es bárbaro.¿ Sabes cómo se llama? Las brujas de Teutepe. Y es un cuento que sucedió hace mucho tiempo. No crean que es de ahorita, ¿no? Ahora ya no existen brujas ni nada de eso. Pero bien, oigan el cuento. Hace muchos años en la ciudad de Huaco, la gente
decía que salían... Salían espantos allí en el camino de Teptepe, que salían un montón de yeguas y caballos embarazotadas, que salían relinchando, pateando. Todo lo que encontraban, lo pateaban y atemorizaban a todos los vecinos. Llegaban a la mera plaza de Huaco, frente a la iglesia, y empezaban a patearse unas a otras, a morderse y a relinchar. Y naturalmente, la población cerraba sus puertas tempranito y nadie salía. Nadie. Todos tenían miedo. En la mañana amanecían los cuentos.
Oyeron anoche la yeguada? ¡Jodido! Esa yegua parece en el demorio.
Sí, Terencio.¡ Qué barbaridad! Yo recé todo el rosario y todavía estaban las yeguas en la plaza.
Timoteya, esta chochada ya me tiene con cólera. De modo pues que aquí en Bosco ya no puede uno salir ni siquiera a las siete de la noche.
No, si vienen las yeguas y te encuentran te parten y ya ni te matan.
Odio, pero debe de haber algún modo para ahuyentar este bosco de animales.
No te metas a enredos, Terencio. No, ya estás demasiado viejo para eso. Si los jóvenes ni se preocupan, pues menos los otros.
Ah, no, Timoteo. Los jóvenes tienen miedo porque son jóvenes
Qué bien!
Pero yo ya estoy crecidito.¡ Qué jodido! Una noche de estas me voy a enfrentar a esas yeguas.¡ Vas a ver!¡ Las tres divinas
personas! Pero, por favor, Terencio, no volvás a decir eso Qué barbaridad! Le
voy a probar a la gente de Boaco que yo soy arrecho y que esas yeguas son cosas de pura brujería. ¿Eh? Vas a ver si no descubro yo el tal truco de las yeguas. ¿Qué?¿ Cómo vas a hacer, eh? Ay, déjame a mí, mujer. Yo mismo voy a ir a hablar con el tatacura, déjame. Por ahí tengo guardado un saquito de granitos de mostaza. Es lo mejor contra toda brujería. Con la mostaza bendita y el crucifijo, hasta el diablo se corre.
Entonces,¿ estás dispuesto, eh
Mirá, Timotei. En la hacienda donde yo trabajaba hace... hace muchos años. Llegó un momento en que la gente no quería trabajar. Los mozos iban yendo toditos porque decían que en la noche asustaban. Que llegaba un duende, fíjate. En realidad, salí un espanto. Era una mona en el palo de Guásimo del Corral. Una noche la esperé. Le puse mostaza alrededor del palo. No se pudo bajar. En la mañana averiguamos que la mona era la cocinera de la hacienda vecina.
Una viejita que por brujería se convertía en mona para asustar a la gente.
Bueno, pero bueno,¿ no me vas a decir que todas esas yeguas y caballos son gente?
Yo no sé y no te voy a decir nada. Lo único que te digo es que yo voy a descubrir este asunto. Conozco a mucha gente sospechosa de Tewstepe. Y allí hay muchos brujos. Sobre todo en los alrededores de Tewstepe. Ah, y poneme el café pronto, Timoteya, porque no quiero perder tiempo.
Ya va, pues ya ve.
Ah, tengo que ir a hablar con el tatakura. ¡Apúrate, mujer, apúrate! Y así fue.
Aquel mismo día, don Terencio, don Terencio Sierra, que así se llamaba, fue a hablar con el tatacura. El cura ya conocía de aquel misterio, de aquella incursión de la yeguada en ciertas noches de luna en la plaza de Huaco. Pero no le daba mayor importancia al asunto.
Ajá, hijo. Así es que quieres enfrentarte con las yeguas. Mmm. Para mi hijo, qué mejor debieras dejar las cosas como están. Al fin y al cabo, con acostarse temprano todo está arreglado. Las yeguas no le hacen mal a nadie.
Pero no, tatakura.¿ Cómo va a vivir uno toda la vida atemorizado? Además, muchas veces uno quiere salir de noche y viene noche de la finca y es una vaina. Esas yeguas son el demonio.
Ay, bueno, pues, hijo. A ver, decime en qué puedo ayudarte.
En mucho, padrecito, en mucho. Usted como sacerdote debe saber cómo hacer para que esas condenadas yeguas dejen ya de molestar. Digo yo que... Vale, tal vez usted encuentre en las oraciones de la iglesia algún especial contra este tipo de cosas
No, no, no, hijo. En los cánones católicos no encuentro nada contra espantos como estos.
Le quiero decir una cosa, padrecito
Sí.
Yo puedo acabar con ella.
Con las yeguas?
Pero estoy seguro que le voy a hacer daño a mucha gente. Cuando yo descubra quiénes son las yeguas, entonces se va a dar cuenta de que son gente mala, que se convierte en yegua.
Estás seguro, hijo?
Yo he oído muchos cuentos, padrecito. Y desde chiquito mi abuelo hablaba de todo esto.
Hijo, si tú tienes la forma de descubrir el misterio, hay que descubrirlo aunque sufra quien sufra.
¿Entonces?
Te me das su permiso? Te lo doy, hijo. Te lo doy. Hay que tomar en cuenta que es por el bien de todos. Y si tú consideras que las yeguas causan daño, pues es mejor acabar con ese encantamiento
Muy bien, padrecito. Tengo entonces su permiso.
Sí, hijo, tienes mi permiso.
Entonces, padrecito, solo quiero pedirle un favor. Un último favor. A ver, a ver. Yo tengo guardado un saquito con granos de mostaza Mi tata lo usaba siempre como contra para las ceguas y el cadejo.
Hijo, yo he oído decir eso, pero bueno, francamente, poco creo,¿ me entiendes? La mostaza tiene sus poderes, pero bueno, no llega a tanto.¿ La mostaza?
Es la contra para todo, padrecito. Yo quiero pedirle un favor, un solo favor.¿ Me lo hace, padrecito? Sí,
hijo, te lo hago.
Muy bien, muy bien. Échenmele la bendición este saquito de mostaza, entonces. Aquí lo traigo. Este saquito está lleno de granos de mostaza. Échemele la bendición, padrecito
Cómo no, hijo?¿ Cómo no?¿ Cómo no? A ver, a ver. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. Ya está bendita la mostaza, hijo.
Correcto. Eso es todo. Con esto tengo. Con esta mostaza bendita y mi crucifijo, yo estoy seguro de descubrir el misterio de la yegua. Por esta, padrecito. Por esta.
Hijo, no jures. Por Dios, no jures
Bueno, bueno. Lo prometo, padrecito. Lo prometo. Que acabo con las yeguas o dejo de llamarme Terencio Sierra. Lo prometo.
Aquel día Terencio salió de la iglesia ya con la mostaza bendecida. Sí, y fue para su casa. Ahí tenía un crucifijo y esas eran sus armas principales, la mostaza y el crucifijo. Terencio era viejo y conocía mucho de la vida.
Bueno, Timoteo, ya. Preparame un café negro suficiente para estar tomando todo el día.
Bueno.
Esta noche quiero estar despierto, no quiero dormirme. Hoy es luna tierna y con seguridad las yeguas van a venir otra vez.
Transcurrió todo aquel día. Después llegó la tarde... Con las seis, la gente empezó a cerrar sus puertas, así como lo oyen, a las seis. Total, que para las siete de la noche no había un alma en las calles del pueblo. Pero, lo que se dice, ni un alma. Así como lo oyen, ningún cristiano se atrevía a salir, solo don Terencio. Ese sí, ahí estaba en su casa, despierto y con la puerta abierta.
Vos acostate, Timoteya. Y si querés, cierra la puerta, ¿eh? Sí
sí.
Yo me voy a ir a estar en el atrio de la iglesia. Ahí voy a pasar la noche.¿ Y no te da
miedo, Terencio, eh
Jesús, niña.¿ Cuándo Terencio Sierra ha tenido miedo? Bueno
pero es que...
Me has conocido a mí por miedoso acaso?
No, pero
es que... Vení y cierra la puerta que ya me voy
A ver, pues.
Era ya de noche, como las ocho de la noche. Todo estaba oscuro, apenitas iluminado por la luna tierna. La plaza frente al parque quedaba a la vista de Terencio, que se había colocado propiamente en el atrio de la iglesia. Sí, ahí estaba esperando que llegaran los espantos.
Jodida yegua, son capaces de no venir hoy. Me voy a esconder aquí detrás de la cruz para que no me vean. Tal vez presienten que hay alguien esperándola. Me voy a esconder aquí. Me parece que ahí vienen. Suenan como cascos. Y vienen del camino de Triostepe. Sí, sí. Sí, son ellas. Son las yeguas. No voy a dejar que entren a la plaza.
Al ratito, amigos, estaba aquella yeguada llegando a la plaza. Don Terencio sintió un poquito de miedo.¿ Para qué? Le tembló un poquito el cuerpo. Bueno, y se espeluzcó todito. Le agarraron algo así como carros polones. Pero ahí se estuvo escondido, detrás de la Cruz del Perdón, hasta que todas las yeguas entraron a la plaza. Cuando todas estuvieron adentro, salió Terencio y empuñando el crucifijo en una mano y regando con la otra la mostaza, gritaba...
Santo Dios, santo fuerte, santo inmortal!¡ Qué fuerte venís, más fuerte es mi Dios!¡ La Santísima Trinidad me libre de vos!
Bueno amigos, y en aquel momento sucedió algo increíble. Sí, aquella manada de 15 yeguas... Se quedó parada. Parada y... ¡zas! Todas se convirtieron en gente. ¡Sí! Toda la gente se arrodilló a recoger los granos de mostaza. Don Terencio se dijo...
¡Ay, jodido! Ahora toda la noche van a estar recogiendo la mostaza. Y en la mañana todo el pueblo va a ver quiénes son. Ni en cuatro noches recogerían tanto grano de mostaza. Voy a despertar al tatacura para que vea y para que predique sobre esto en la mañana. ¡Sí,
claro!
A las cinco de la mañana, las campanas estaban llamando a la misa y la gente empezaba a reunirse en el atrio de la iglesia y todos miraron aquella fila de quince mujeres, ancianas, recogiendo granitos de mostaza. Y la gente decía... ¡Miren Ahí
está el señor Cleto!¡
El que se
llama Ecastejentio Tepe!
Y la tiburza
Hernández!¡ La que fue sirviente en la casa!
Y la Goyacano y el compadre Chico!¡ El mandador de la hacienda, el maizal!¡ No te dije, Timoteya!¡ No te lo dije!¡ Todos ellos se convierten en caballos y yeguas!¡ No te lo dije! ¡Míralo, maldito! ¡Ah!
Aquel día el padrecito dijo un buen sermón y los viejitos hechiceros se fueron a sus casas avergonzados. Allí en cuenta iba don Miguelito, Gustavo Telles, Pedro Pablo Peña, Luis Manuel, Marenquito que aunque es evangélico pero cree en cosas de brujería, la Marlene. En fin, iban un desfile de brujas y brujos avergonzados todos. Y amigos, el espanto de las yeguas se acabó desde aquel día. La gente recuerda el espanto con el nombre de las brujas de Teustepe. Acténtico, acténtico, huicho.
Ya me ves aquí que casi ni miro ya porque los años pesan, huicho. Pero puedo ver la mala cara que me haces cuando te cobro.
¡Ay, no, venga! ¡No, no, no! CC por Antarctica Films Argentina
