Qué tal, Gulliverto?¿ Cómo estás, hombre?¿ Sabes cuál es el cuento? ¿Sabes? La posa del diablo, ese es el cuento de hoy. La posa del diablo, óiganlo, óiganlo. Gulliverto. Un amigo mío me palabrea este cuentito, ¿viste? Sucedió en Villanueva, departamento de Chinandega. Dicen que su abuelo se lo contaba a él y que sucedió hace muchísimo tiempo, hombre. Pero comencemos con el cuentito, comencemos, vamos, vamos. Una de las más hermosas regiones de Nicaragua, amigos, ustedes
lo saben perfectamente, es el departamento de Chinandega, ¿verdad? Un departamento lleno de historias y de tradiciones hermosas, amigo. ¿Sí? Región llena de campos verdes siempre olorosos, a tierra mojada, lleno de algodonales, de frutas, granos y alimentos para alimentar a toda Nicaragua. ¿Sí, mi amigo? Chinandega es tierra bendecida por Dios. El hombre chinandegano es muy trabajador y sabe aprovechar esa tierra, amigo. ¿Ven? En Villanueva, departamento de Chinandega,
los surcos corren paralelos, perdiéndose en el horizonte. El paisaje está pintado de verde y amarillo, amigo. Y en las tardecitas los cielos llenos de colores adornan las montañas. Aquí, aquí mismo vivía Siriacomenese, un hombre muy descreído según la gente.
Qué barbaridad! En este pueblo todo el mundo reza, menos Siriaco.
Eso es cierto, niña,
cierto. La Virgen visita todas las casas, menos la de Siriaco.
Cierto también, ciertísimo.
Ese condenado no debiera vivir aquí. De repente nos va a salar a todos, a toditos.
Palabra que sí. Yo no sé por qué Siriaco salió así. Su familia siempre fue cristiana.
Y él también era cristiano. Pero ve, de repente se volvió descreído. Si no, velo. Ahí está rejuntado con la Teresia y no se casa.
Bien dicen que cada cabeza es un mundo. Siriaco piensa a su antojo. Piensa bien distinto de nosotros.
Ah, pero hay que hacer algo. Hay que convencerlo de que si no vive cristianamente, el diablo se lo puede llevar.
Bueno, la verdad es que,¿ qué perdemos nosotros? Hay que se lo lleve el diablo, hombre. Esa es cuenta suya. Yo por mi parte, suficiente tengo con mis propios problemas. Bastante esclavos tengo.
Esa es la verdad. Ay, que viva Siria como él quiera. Esa es la pura verdad. La pura verdad.
Esto ocurre siempre, amigo. La gente comenta, habla, dice sin estar segura de nada. Siriaco era un hombre callado. Tendría unos 30 años más o menos. Era fuerte, trabajador y nunca iba a la ermita, amigo. Nunca iba a rezar porque Siriaco decía...
Qué voy a ir a hacer yo a la ermita? A que todas las viejas de ese pueblo me coman. No, hombre. Gracias. A la ermita solo van a criticar. Yo por eso mejor me quedo en mi casa. Eso es lo mejor.
En todos los hombres siempre hay algo de malo, amigo. Pero también hay algo de bueno. Nadie es completamente malo. Yo creo que Sir Iaco Meneses tenía también sus cositas buenas, amigo. Porque, aunque viviera solo rejuntado con la terencia, en su casa nunca se oyó un pleito, amigo. Ni se supo que Siriaco le hubiera pegado a su mujer, ni se le vio andar de bebedor de guaro, ni de parrandero. El defecto de Siriaco era que no hablaba con nadie en el pueblo, amigo. No se metía con nadie, ni andaba
en procesiones, ¿sí? Ni participaba en los rezos del ermita, amigo. Así era Siriaco. Bueno, el caso es que un día Siriaco se fue en su carreta a cargar un café.
Vete, herencia. Ajá. Me voy a tardar como una semana. No te aflijas si me tardo más tiempo. Acuérdate que ese camino es bien difícil. Hay que conocerlo bien.
Tené cuidado, Siriaco. Tené
mucho cuidado. No te preocupes, niña. Yo sé lo que hago. Por algo me buscan a mí para llevar esa carreta. Yo conozco bien a esos bueyes. Yo sé cómo hablarles a los bueyes. Mira, ahí te dejo suficiente comida para que no le supliqué favores a nadie, ¿viste? Y
nos vemos
Ahí nos vemos. Adiós,
Siriaco. Que te vaya bien. Adiós.
Isiriaco se fue para regresar unos días después, amigos. El invierno y los ríos en aquel tiempo se ponían furiosos en toda la región de Chinandega. Comenzó un temporal tremendo en esa ocasión, amigos. Llovió durante ocho días seguidos. Isiriaco regresó, amigos. Pero regresó en un tapezco. Dos hombres lo habían traído, amigos.
Muerto.
Estás seguro, niño? Sí. El río se lo llevó con todo y carreta. Lo encontraron ahogado en la poza del Chayotal. Santísima
Virgen. Pobrecito.
Sí. Pobrecito. Si no era tan malo. A mí nunca me hizo mal. Nunca.
Pero Siriaco se murió en pecado. Con seguridad se condena. Con toda seguridad se condena. Si es que vivía mal. Nunca iba a la ermita. No se confesó nunca. Pobrecito Siriaco. Pobrecito. Debe estar en los infiernos. Debe estar en los infiernos. Ah, sí. En los infiernos
Al entierro de Siriaco solo fueron dos personas, amigo. su mujer la Terencia y don Esteban el Barbero del pueblo, que era un hombre caritativo y bueno. El ataúd lo llevaron dos mozos a quienes le pagaron por el trabajo, ¿sí? Y amigos, y costó que dieran permiso para enterrarlo. Decían que no era cristiano, que se había condenado y que era malo que lo enterraran en el panteón con los otros cristianos, ¿sí? Todo eso decían, pero... Al final lo enterraron, amigo,
y los días siguieron pasando en Villanueva. Pasó un mes y las murmuraciones de la gente pues seguían en el pueblo, amigo. Se rumoraba que Siriaco estaba en el infierno, ¿sí? Que el diablo lo tenía en la olla mayor, amigo. Que su mujer, la Terencia, también se iba a condenar. En fin, cuando Siriaco tenía un mes de muerto, un hecho fuera de lo común conmovió al pueblo, amigo. Hoy, hoy...
En
la quietud de la noche, todo el pueblo oía aquellas carcajadas, amigos. Sonaban en el río, precisamente en la fecha del ensayo tal, donde se había ahogado Siliaco, amigos. Ahí se oían...¡ Es él!¡ Es él!¡ Es Siriaco!¡ Está penando!¡ Penando en los infiernos!
Por eso asusta. Es él, es él. Sí
sí, es él. Es Siriano. Se ha condenado. Está en el infierno.
Pobrecito.
Se condenó. Pobrecito Siriano. Pobrecito.
Eso era todas las noches, amigo. Total, la gente estaba convencida de que Seriaco se había condenado, que estaba en el infierno, amigo. Bueno, por aquellos días llegó a Villanueva un padrecito misionero y le contaron lo que ocurría todas las noches en el río.
Pues sí, padrecito, mire, todas las noches se reía Siria con la poza. Está penando su alma, padrecito. Sí, está penando.
Bueno... Vamos a organizar una comisión. Vamos a ir esta noche a la posa.
Les parece?
Las mujeres y los hombres en fila portando candelas encendidas. Iremos a la posa y conjuraremos ese espanto.¿ Están dispuestos a ir? Entonces vamos
Y aquella noche, el cura misionero con todo el pueblo fue a la puza, amigo. Oían las carcajadas y se arrimaron, amigo. Al llegar a la puza, el padre vio a un hombre negro sentado en una piedra, una piedra enorme. Era noche de luna y el fulgor de las candelas también alumbraba algo, amigo El padrecito se fue acercando poco a poco. Y cuando estaba como unas 20 varas del hombre, le dijo... Es horrible.
Es horrible. ¡Ey! ¡Ey, usted! En nombre de Dios, lo conjuro.¿ Quién eres? Nada
amigo. El hombre... No contestaba nada. Los ojos le brillaban como dos brasas y estaba sentado en la piedra sin moverse. Solo se reía de vez en cuando. El padre le volvió a preguntar.
En nombre de Dios, te conjuro,¿ quién eres? Nada,
amigo. El hombre no contestó Entonces, el padrecito le gritó más fuerte.¡ En
nombre de Dios! ¡Dilo!¿ Quién eres?¿ Quién eres? Soy yo.
sois el diablo
el hombre de repente se parió en la piedra mi hijo ahora lo vieron perfectamente echaba chispos por los ojos por pies tenía casco como caballo una gran cola pegada al trasero y su cuerpo era negro negro pero cubierto de plumas y de pelos también calesito y lo del pueblo estaban asustados amigos el hombre entonces dijo soy el diablo ¿Cómo?
El dueño de todo el pueblo, dijo.¿ Y
eso por
qué?¿ Qué va a decir? Dueño de este pueblo. Así dijo.¿ Pero cómo dice?
Sí. Este pueblo...
Tiene un mes de estar diciendo que Siriaco se condenó. Y eso es mentira. Siriaco es alma de Dios. Pero ahora... ha levantado esa calumnia.
Y por
tanto... este pueblo... este pueblo... vive en pecado.¡ Es mío! ¡Mío! ¡Mío! ¡Mío!
Dios mío, no puedes permitir eso. Dios mío danos otra oportunidad. Dadle otra oportunidad a este pobre pueblo. Dásela, Dios mío.
Este pueblo
es
mío. Oigan bien, este pueblo es mío. ¡Mira!¡ Este pueblo es mío!
Hijos míos, aquí está el remedio. Con esto no nos puede fallar.¡ Este pueblo es mío! Diablo, en nombre de Dios te conjuro a que te vayas. Este pueblo es cristiano. ¡Mira! Esto es un crucifijo. La cruz ¡Mira!
¡No!
¡No
¡No!¡ Mirá eso! ¡No!¡ Mirá eso! ¡No
Cuando el padrecito le enseñó el crucifijo El diablo desapareció Se oyó un gran trueno Y los lamentos del diablo se perdieron en el río Todos quedaron conmovidos con aquella escena, amigo. Luego, el padrecito les dijo.
Hijos. Vamos, hijos. Volvamos al pueblo. Que les sirva de lección. Nadie sabe de los santos juicios de Dios. Es malo juzgar al prójimo. Es malo.
Gilberto, yo no sé si lo crees o no, hombre. Te digo, yo no lo creo, hombre. Porque la gente de Villanueva, pues, siempre ha sido buena, hombre.¿ Qué decir vos? Este cuento es una gran locución, sí, para la gente murmuradora, hombre, ya ven. Y el diablo tenía ganada toda la población de sí. Todo por andar inventando cuentos, metiéndose en la vida de los demás. Aprendamos a ser cristianos, Humberto. Aguas de repente te sale el diablo, vas a ver.¡ Ahí nos vemos, Humberto!
