Aquí va el cuento de hoy.¿ Saben cuál es? Aquí está. El salvaje. Ese es el cuento de hoy. Óiganlo, óiganlo. Precisamente, Willy. Ese relincho de caballo que estás oyendo es el caballo pinto de Don Prudencio Mendiola. Sinandegano 100% y hombre de buenos años ya, Willy Berto. Podría andar a... cuando me contaron esta historia por unos, digamos unos 70, 75 años. Y eso que la historia que les estoy contando sucedió hace mucho tiempo,
hace tiempo me la contaron. No sé decirte si Don Prudencio aún vive en Chinandeg, pero lo importante es que aquí está la historia de él y su caballo el salvaje. Debo decirte que Don Prudencio tenía gran afición por esos animales que tanto nos sirven a nosotros los campesinos, mi amigo Pero mejor oye el cuento. Oye, güey. Oye. Quieto, salvaje. Quieto. Quieto, quieto. Quietecito, quietecito salvaje.
Hombre, qué vaina. Ahora sí que le llegó la hora al pobre salvaje. Ya ni tomarse este purgante quiere. Qué vaina.
Pero hombre Prudencio, ese pobre animal tiene semanas de estarse muriendo.¿ Por qué no lo matas ya?¿ Por qué no le pegás un tiro y así le evitas tantos sufrimientos?¿ Te parece que fuera lo mejor? ¡Miralo! ¡Miralo!
Puede que tengas razón, Ciro. Puede que esa sea la solución a tanto sufrimiento que ha tenido el salvaje durante todos estos días. Un tiro dijiste,
¿verdad? Pues claro, Prudencio, claro. Así pues, el animal deja de sufrir con tanto purgante e inyecciones que le has puesto. Ese animal ya no se salva. Ya dio todo lo que tenía que dar. Cierto
A como nos
pasó a nosotros. Cierto, muy
cierto, Ciro. Muy cierto. Pero bueno, pues... Uno debe aprender a ser fiel con sus animales así como ellos son con uno. Ah, Prudencio,
y qué con eso? Si más bien le vas a hacer un favor al salvaje. Le vas a evitar el dolor de esa muerte lenta que tiene.
Ah, es que el salvaje no ha sido como cualquier otro animal, hombre, Ciro. No, no, no, no, estás equivocado, Ciro.¿ Vos sabés que yo he sido criador de caballos? Pero como salvaje nunca he tenido dos. No, no, no, no, no. Onde yo no puedo pegarle un tiro y matarlo así. No, no, hombre. A este animal, para que vos lo sepas, Ciro. A este animal le debemos la vida a Ciprianito y yo.¿ Cómo decís, Prudencio?
Me estás diciendo que Ciprianito, tu hijo... Y vos le deben la vida a
este caballo. Así es, Siru, así es como lo estás oyendo. Mi hijo y yo, oílo bien, le debemos la vida al salvaje. Hombre
Prudencio,¿ y cómo fue eso? Hombre, yo tengo años de conocerte y nunca me habías hablado nada de eso.¿ Cómo fue eso, platicame?
Eso fue hace muchos años, Ciro, hace muchos años, pero muchos años. El salvaje todavía era un potro de tres años. Un potranquito tierno casi. Pero él siempre ha sido inteligente. Ah, Prudencio, yo no sabía eso. Pues sabelo, Ciro, sabelo. El salvaje, mi caballo decía, ha sido lo más fiel con todos nosotros. Por eso, bueno, pues por eso, lo que le debemos la vida a nosotros, pues, es una cosa que... Yo no puedo quitársela de un tiro, hombre, habiéndome salvado la
vida a mí. Yo no le puedo quitar la vida a él, su vida. No, Ciro, no se puede. Hombre, pues tus
razones debes de tener. Pero me gustaría que me contaras cómo fue que el salvaje le salvó la vida a vos y a Ciprianito, tu hijo. Me gustaría que me lo contaras, Prudencio.
Ah, está bien, Ciro, está bien. Te voy a contar cómo pasó eso. Vení. Vení, siéntate. Sí, cómo no, cómo no. Mientras yo le acaricio la panza a Salvaje, te voy a contar cómo fue que pasó esa historia verídica, auténtica. Vení para acá.
Estoy listo, Prudencio, estoy listo a oírte. Debe ser interesante esa historia. Interesante.
Don Ciro, amigo de hace algunos años de Don Prudencio, amo del caballo moribundo llamado El Salvaje, Se sentó en un pato de gallinas que había por allí cerca. Se acomodó. Sacó un chilcadre de la bolsa de su camisa. Lo encendió. Pegó tres sorbos. Dio un gran escupitazo y paró las orejas mientras don Prudencio comenzaba a contarle aquella historia de cómo el caballo salvaje le había salvado la vida a él y a su hijo Ciprianito.
Pues ve, Chiron. Hombre, contame Esto sucedió hace muchos años. Por eso vos no lo sabés porque todavía no eras mi amigo. Y no me gusta andar contando a nadie las cosas de la familia. Todo comenzó la noche en que la Terencia iba a tener a Ciprianito. La partera estaba atendiendo el parto, pero...
¡Ay, ay, ay! ¡Ay, ay, ay! ¡Ay, ay, ay! ¡Ay, ay, ay! ¡Hombre,
está fregado esto! Voy a llamar a la partera a ver qué dice.
¡Ay, ay, ay!
Diga, este...¿ Y cómo ve la cosa, ñajestru?¿ Cree que vaya a nacer hoy la criatura?¿ Cómo mira la terencia usted?
Hay problemas, Prudencio. Está difícil sacar ese cipote. Hay
problemas. ¿Problemas, dice?
Sí.
Pero problemas de qué, doña Gertrudis? Hasta en la partera y usted puede sacar el cipote de la prudencia. Ya está de punto.
Sí, Prudencio. La perencia ya está de punto. La he sobado, la he frotado con hierba y ya le zampé una sustancia de pato y todo, pero bueno
la verdad que...¿ Pero qué, doña Gertrudis?¿ Pero qué es?
Pero es que ese cipote no quiere salir. No quiere. Parece que está mal colocado. Muy mal colocado. Bueno, está como cruzado. La verdad que no me gusta eso.
Pero,¿ y entonces, pues?¿ Qué podemos hacer, pues?
Pues nada, Prudencio, nada. Solo un doctor puede atender ese parto. Y ya no hay tiempo para ir a traer un doctor... Dentro de media hora, la Terencia y el cipote pueden morirse.
Cómo dice, hombre?¿ Morirse mi cipote y mi mujer, dice?
Sí, Prudencio. A menos que venga un doctor. Pero como ya te dije, el doctor más cercano está en Chinandega. Y ya no hay tiempo, Prudencio. Lo siento.
Y ve, Girón. Yo sentía que el mundo daba vueltas sobre mi cabeza. Era horrible todo aquello que me estaba pasando. Horroroso. Tenía que hacer algo. Yo tenía que hacer algo. No podía quedarme con los brazos cruzados esperando que la muerte llegara por mi familia. No, hombre. De manera que si un doctor lo salvaba yo tenía que buscar a ese doctor. También el tiempo estaba en contra mía. La terencia pegaba unos gritos horribles que invadían toda la casa. El salvaje
ya era un potro en ese entonces. Pobre, fuerte, vigoroso, brioso. Con todas sus energías y sobre todo veloz. Era rapidísimo. Entonces en él me fui a Chinantega que estaba como a cinco leguas a buscar al doctor. ¡Vamos, salvaje! ¡Arriba! ¡Vamos! ¡Más! ¡Más! ¡Más Era posible que yo llegara a tiempo a Chinateca, hablara con el doctor y la Teresa y Ciprianito se salvaran. El salvaje, este caballo que ahora ves aquí moribundo... Aquella
noche era una flecha. Cruzaba barrancos, cruzaba guindos, matorrales. Se aventaba por los espinales, por los charcos. Todo, Ciro. Nada lo detenía. Absolutamente nada. ¡Vamos, salvaje!¡ Vamos más! ¡Vamos, salvaje! ¡Corra! ¡Corra!¡ Corra más! Aquí iba yo, Ciro, dispuesto a traer al doctor de cualquier manera. No pensaba en nadie más que en mi mujer y en mi cipote que estaba por nacer o por morir. Todo dependía de la velocidad de mi caballo, el salvaje. Por eso me pasó lo que
te voy a decir. Y por eso es que yo le estoy muy agradecido a este caballo que hoy me pierdo y moribundo. Estábamos por llegar a Chinandega. Ya se miraban las luces a lo lejos cuando de pronto el salvaje voló por los aires queriendo cruzar un guindo. Había un palo. No me dio tiempo de agacharme y recibí un gran golpe en la cabeza que me dejó inconsciente.
¡Ah! ¡Ay!
Y ahí quedé, Ciro. Inconsciente. Desmayado. Tirado en el suelo. Estar desmayado es como morirse. Uno no siente nada, ni piensa nada, ni nada de nada. Desmayarse es como morirse por un rato.
Bueno, pero...¿ Y de ahí? Te golpeaste en la cabeza con un palo cuando el salvaje saltó el guindo. Pero¿ y de ahí?¿ Y la terencia, tu mujer? Estaba viva cuando yo te conocí. Y tu cipote, pues, cipialito también, ¿no?
Sabía que eso me ibas a decir, Siru. Lo sabía.
Pues sí, hombre. Me estabas contando de cómo el caballo, el salvaje, les había salvado la vida a vos y a Ciprianito. Pero, y de ahí, la historia me la dejaste, donde decís que quedaste tendido en el suelo desmayado. Así es, Hirun
Es que todavía no he terminado. Pero decime...¿ Qué te imaginas vos que pudo haber pasado después?
Bueno pues... Que la partera al fin pudo atender el parto. Porque vos no pudiste llegar donde el doctor. El caballo no pudo haber ido a hablar con el doctor hasta Chinandega. Pues ve, Ciro.
Te voy a terminar de contar la historia.¿ Cómo no? Y después de eso... te voy a dar la escopeta a vos para ver si sos capaz y tenés valor de pegarle un tiro a este caballo, al salvaje, que es un animal tan noble y tan fiel. Pues ve, oí el fin de la historia, oí. Al día siguiente estaba recuperándome de aquel golpe, pero lo raro pues es que No estaba en el suelo. No, estaba en mi casa, con la cabeza vendada, acostado en mi propia cama. Aquello fue una sorpresa para mí. Y más sorpresa fue ver
que el doctor me atendía. También oía llantos de cipote tierno.
Un momento, don Prudencio. No se levante así de golpe. Repose. No se vaya a levantar ahora.
Cómo pasó esto, doctor? Me duele la cabeza. Yo
ayer iba a buscarlo
a usted
Sí. Y se dio un golpe en un árbol cuando su caballo saltó hundiendo. Ya le vi el golpe. Ya le vi el golpe. Todo está bien. Pero...
Pero, doctor, es que... Mi mujer y mi cipote,¿ qué pasó? La herencia estaba grave y el cipote no quería nacer. Oigo llantos de cipote tierno
Así es, don Prudencio. Usted es padre de un varoncito. Y muy fuerte, por cierto. Remate las puestas. De manera pues que... Sí, sí, don Prudencio. Su mujer y su cipote se salvaron. Están en otra pieza. Y todos necesitan descansar. Bendito
sea Dios, doctor. Bendito sea Dios, doctorcito. Pero dígame una cosa. ¿Sí?¿ Cómo se dio cuenta usted de que... De que
yo lo iba a buscar. Dígame cómo se dio cuenta. Ya le digo cómo, don Prudencio. Ya se lo digo. Espéreme. Ya se lo digo.
Mira, Shiro, desde mi cama donde yo estaba reposando aquella vez, podía ver la puerta abierta de la casa. Y allá en el patio, como rascando el suelo, como saludándome, estaba el salvaje, el salvaje, relinchando, como diciéndome hola, Prudencio. Estaba abrioso, otro inteligente. El doctor me contó
todo. Todo me lo contó. Mire, don Prudencio. Ahí, mire. Ahí tiene al que lo salvó a usted y a su mujer y también a su cipote. Ese caballo me llegó a sacar de mi casa. Eso fue ayer en la noche. Me hizo pasar por donde usted estaba atendido. Desmayado. Y me trajo hasta aquí. El salvaje, dice. Sí, don Prudencio. Así es. Ese animal es inteligente.
El salvaje.
Sí. No hubo manera que me lo despegara. Fíjese que me empujaba con la cabeza para que viniera. Me pateó la puerta hasta que me levanté. Me dejó montarme en él.¿ Y sabe qué? Me condujo hasta aquí, después de pasar por usted, donde estaba tendido en el suelo. Ese animal vale, don Prudencio. Vale muchísimo. Vale su peso en oro. Cuídelo, ¿yo? Le debe la vida, su vida y la de toda su familia.¿ Y ahora,
Shiro?¿ Ahora que has oído esta historia? Le oí. Aquí está la escopeta, ve.¿ Querés pegarle ese tiro que decís?¿ Querés pegarle
ese tiro? No, no, no.¿ Te atreves a matar un animal tan noble? No, no, no. Ahí está la escopeta. Tíralo. Y
no, Wilberto.¿ Qué va a hacer, hombre? No se atrevió a pegarle el tiro, hombre. Ahí estaba el salvaje moribundo. No pudo Don Ciro pegarle el tiro. No se atrevió Willy Berto. Qué va, hombre. Animales nobles, Willy. Son pocos los que se miran. Sí, hombre. Animal inteligente. Ese era el salvaje Willy Berto. El caballo de este cuento.¿ Qué te pareció la historia? Increíble, ¿verdad? Bueno, pues auténtica, Willy. Auténtica, ¿ves? Auténtico, hombre.¡ Ahí nos vemos, Gulliverto!
