Qué tal, Javi?¿ Cómo estás, hombre? Lo que les voy a contar ahora no es cuento, amigo. Es una de esas cosas fáciles de comprender para los cristianos, pero muy difíciles para los que no creen en nada. Este relato se titula Don Macario el Santulón. ¿Sí? ¿Sí? Don Macario el Santulón. Ese es el cuento de ahora, amigo. Y aquí va, aquí va. Oiga, oiga. Esto ocurrió hace mucho tiempo, Agüi, mucho tiempo. En un pueblito segoviano, esos pueblitos perdidos en
las profundidades de tierra adentro. Pues hay, en ese pueblito vivía Don Macario Mejía y su mujer, la Leoncia. no tuvieron familia y vivían solitos, casados como Dios manda, y jamás hubo entre ellos el menor disgusto, ¿oyiste? Un matrimonio modelo,
como dicen. Ambos dos tenían una gran virtud, eran muy piadosos al extremo que don Macario enseñaba el santo rosario todas las noches en la ermita del pueblito que él cuidaba con esmero cuando llegaba algún padrecito allá cada seis meses pues don Macario era el ayudante y la león se pues se inspiraba en preparar para él esos bocaditos sencillos del campo pero sazonados con mucho afecto amigo buen hombre era don Macario Mejilla noble preparado a fuerza de
leer libros bondadoso sencillo y muy piadoso amigo Por eso la gente le encajó el apodo de El Santulón. Sí, El Santulón. Pues hombre, en contraste con este humilde matrimonio piadoso, yo diría santo, la mayoría de la gente que habitaba aquel pueblito, pues, Era totalmente descreita. Asistían al ermita cuando algún curita llegaba. Pero no por piedad, amigos, no por piedad ni por fervor religioso, sino porque la llegada de un padrecito rompía la rutina diaria del lugarcito aquel en
donde sí había mucho estanco y mucha corrupción. Ay
si yo pudiera hacer que los estancos no vendieran guaro siquiera el día en que va a estar el curita. Pero eso es de más pensarlo. Al contrario, más bien los dueños de estancos compran más guaro para venderle a la gente la montaña. En fin,¿ qué puedo hacer yo? que se haga la voluntad de Dios. El padrecito viene para su mañana y tengo que avisar a la gente de este pueblo y de los valles vecinos para que puedan bautizar a sus hipotes porque esperar que se confiesen
y comulguen tengo años de luchar para conseguirlo y es imposible. Bueno, se me hace tarde Y no hay tiempo que perder. ¡Ceferino! ¡Ceferino!
Diga usted, don Macario.
Mira, ensillate mi caballo y te vas ya a todos los valles cercanos. Y les decís que pasado mañana viene al pueblo el padrecito a bautizar. Que la misa será a las once de la mañana para que les dé tiempo de alistarse.
Voy volando, don Macario, voy volando. Ya
la tragamos Para mañana
es día 7 Pero carachilolo Que me mamo, me mamo¿ Puedes decir, Seferino? Nada, Macario No decía nada Ya mismo voy a enseñar
el caballo Apúrate pues Mira, no te olvides de pasar siempre Por donde mi compadre Emilio Y me lo
saludas
Que espero se mejore pronto Y me le das estos centavitos, Tomás Toma estos centavitos, me los llevas. Que en esta semana llego a verlo. Cuidado se te olvide, ¿oíste?
No, no, no hay problema.
Y decile a la Leoncia que te prepare un aliñito por si te agarra la tarde. Y procura venir pronto porque tenemos que ir a limpiar la ermita.
Pierda cuidado, Macario, pierda cuidado. Lo más tarde a las cinco estoy de vuelta,
¿yo? Bueno, pues, te estaré esperando. Leoncia, Leoncia.
Sí, Macario.¿ Qué querés? Ya te ha puesto el jarro de café. En cuanto esté, te aviso.
Quiero que cuando termines de alinearle el morralito a Zeferín, te vayas a dar una vuelta al pueblo y les avisas a las mujeres que pasado mañana viene el curita, que va a batizar y va a celebrar la Santa Misa. Yo me voy a ir por otro lado avisándole a los hombres. Decirles que la misa va a comenzar a las once de la mañana. Yo voy a repicar las campanas a las diez y media.¿ Estamos claros?
Sí, Macario. Solo voy a dejar lavados los trastos. Te sirvo un cafecito, pues, y me voy.
El cafecito me lo puedo servir yo, niña. Lava los trastos y te vas.
Está bueno, pues. Voy a aprovechar esta salida para pasar viendo a la comadre Josefa que está enferma.
Sí.
Le voy a llevar unos granitos de café... Y un pancito, aunque sea.¿ Te parece?
Me extraña que me preguntes eso, Leoncia.
No, pero... Como ya tenemos poquito café, pues...
Yo te lo aseguro, Leoncia. Que no has tostado el último puchito... Cuando ya tendremos más café en la casa. Dios da para todo. ¿Qué? Amigo, así era aquella humilde pareja por naturaleza. Bueno, pues.
la leoncia por un lado y don Macario por otro, salieron a recorrer las callecitas polvorientas del pueblito, para avisar que el curita iba a llegar, siempre hacía lo mismo don Macario, ya sabía el resultado pero, nunca se desanimaba amigo, aunque se burlaran de él, aunque algunos borrachines lo llamaron por su apoyo el santulón en su propia cara, Él no se daba por entendido y no dejaba de proclamar la necesidad de que todo el pueblo se confesara y recibiera la Santa Eucaristía.
Ya me venís otra vez con ese cuento de que hay que confesarse y comulgar.
Sí, ya vuelvo para decirte que todavía es tiempo que recibas al Señor tu Creador. por quien respirás, por quien vivís todavía ya rimando a los ochenta. No seas duro de corazón, hombre. No seas soberbio. Confesarse con un sacerdote es descargar el peso de nuestros pecados. Y ya limpio, pues. Recibir con humildad el cuerpo de nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía, hombre.¿ Me estás
creyendo vos con esas cosas? Yo no me arrodillo ante ningún hombre igual a yo.¿ Vos me conoces?
Tienes razón en eso. Vos no te arrodillas ante un hombre que en ese momento está representando al mismo Jesucristo. Pero en cambio yo sí te he visto arrodillarte y con mucha reverencia. ¿Cómo? A ver
a ver, decime,¿ ante quién me has visto arrodillarme a mí? Jodas vos, Macario. Yo nunca me he arrodillado ante nadie. Ni pienso hacerlo tampoco ahora ya, viejo. Pues
cómo no. Yo te he visto arrodillado. Y te seguirás arrodillando con mucha reverencia.
Pero decime, pues,¿ ante quién me has visto vos arrodillado? Yo
te he visto arrodillado ante algo que eso sí, te debería dar vergüenza, hombre. Yo te he visto arrodillado para saciar tu vicio infame
que te
llevó al borde de la miseria que ya no te acordás.
Ya jodiste vos. Yo no me acuerdo haberme arrodillado ante nadie, ni bolo, mucho menos bueno y sano.
Pues cómo no. Bueno y sano, en tus cinco sentidos, en el potrero de Chon Centeno. Yo te di no una, sino muchas veces, arrodillarte muy reverentemente ante un palo de coyol caído, con un carrizo en la trompa, Chupando la chicha fermentada del coyol. Ya no te
acordás. Bueno, esa es otra cosa. Claro. Mira, Macario. Yo te voy a decir la verdad. A mí me da pena.¿ Para qué? Yo te lo confieso a vos. Me da pena que la gente me vea confesándome arrodillado ante el cura. Y después comulgar también arrodillado me da pena, hombre. Bueno, pues,
esa es cosa tuya. Esa es cosa tuya. Yo cumplo como amigo que soy tuyo en decírtelo. Que dejes afuera esa soberbia. Que seas más humilde y menos tonto. Y que te prepares para confesarte y comulgar ahora que viene el padrecito.
No jodas vos, Macario. Anda, cómense a otro santulón del demonio. ¡Anda!¡ Qué chasco el que te vas a llevar cuando veas que no hay cielo!
¡Anda,
santulón!
Chasco va a ser el tuyo cuando veas que hay infierno. Y ahí saludame a la comadre, Aloyte.
Es que mirá, leonciano,¿ de qué sirve que yo me confiese y que comulgue? Si Pánfilo no hay día que no venga a volo insultando y pegándole a los cipotes.
Pues por eso mismo. Necesitas frecuentar más la ermita. Ir a los rosarios que enseña Macario todas las noches. Y ahora que viene el padrecito, pues, pues nada te cuesta confesarte y comulgar
y con el bolo jodiendo. No, no se puede así. Lo vieras vos, los bochinches que armas. Ahí viene, pues, que uno se arrecha y... Por lo mismo
Tal vez viendo, Pánfilo, que vos haces una vida más piadosa, que visitás la iglesia y que recibís la sagrada Eucaristía después de confesarte, tal vez, digo yo, Puede componerse y hasta dejar el vicio del guaro. Acordate que para Dios no hay imposible.
No, Leoncia, es de más. No me vas a convencer. Yo te agradezco, cómo no. Pero lo que es confesarme y comulgar, no. Voy a ir a misa y a bautizar a Panfilito, pero nada más. No había manera, amigo. No había modo.
Aquel pueblito, como les dije al principio, era irredento. Así anduvieron de casa en casa Don Macario y su mujer, la Leoncia, invitando para la llegada del curita y para
que se confesaran y comulgaran aquel día. Todos ponían su pretexto y todos prometían ir a misa, pero de lo que era confesarse y comulgar, unas caradas conchas, amigos unas caradas conchas algunos por respeto a aquella humilde pero noble pareja y por quitárselos de encima, como dicen les decían que sí que iban a confesarse y a comulgar pero después de que desaparecían se mofaban de ellos y hablaban de el santulón a su gusto y llantojo porque frente
a él, amigos frente a don Macario Nadie se atrevía a llamarlo por su apodo. Solo aquellos que tenían mucha confianza y amistad.
Digo, y hombre,¿ qué jodido ganará ese hombre, el santulón ese, con andar conquistando gente para que se confiese y comulgue?¿ No será que le dan por ahí sus chambitos y las limonas que recogen?
Pues, hombre, a lo mejor eso ha de ser, hombre.¿ Por qué jodido perder el tiempo volando lengua y planeando calle? Eso quiere Mecate. Yo creo que no deja de tener razón, Bojon.
Yo le dije que me iba a confesar. Si hubieras visto la cara de alegría que puso. Llegó todo huevado el santulón ese. Pero en cuanto le dije que me iba a confesar, hombre, vieras que aquel viejo cambió inmediatamente. Y en realidad me dio ciertas cositas, no sé. Tenía la cara como iluminada, parecía más bien... No, no te puedo explicar, es una cosa rara. Pero después me quedé pensando yo.¿ No será que al santulón ese le pagan comisión por cada gente que conquistan?
Jodido hombre, vos te vas a asalar. Ni tanto que queme al santo, ni tampoco que no lo alumbre. Yo soy descreído, es verdad, como la mayoría de la gente de este pueblo, pero no llego a tanto como vos, hombre. El santulón es un santulón, claro que sí. Pero yo lo conozco como muy honrado y caritativo además.
Me dijo Chente Pérez que de varias casas lo habían corrido y que a su mujer la León se le habían cerrado las puertas en la casa del ricachón ese de don Porfirio.
La verdad, hombre, es que aquí nadie cree en confesiones ni en comuniones. Y a los hipotes los bautizan por pura costumbre y miedo a las supersticiones. Hombre, decime,¿ vas a ir vos a la misa?
Claro que voy a ir. Allá nos vemos y después cuando salgamos, ya le avisé a Picueliendra, el dueño del estanco, el sapo chingo, que nos tenga preparadas unas boquitas.
Ah, pues entonces quedamos, pues. Cuidado me dejas con la rana picada. No, hombre,¿ cómo te voy a dejar?
Y como este diálogo entre aprendices a niños bonitos, que siempre existen en los pueblos pequeños, también los borrachines y gente de todas las clases, pues, hacían sus comentarios cargados de veneno, amigos, mofándose de don Macario el santulón. Mientras tanto él, don Macario, arrodillado ante la imagen de un crucificado en la propia ermita, elevaba su oración pidiendo perdón a Dios por la actitud de la comunidad
mi Señor Jesucristo vos que todo lo ves vos que conoces lo más profundo de nuestros pensamientos dame valor Señor Dadme valor para soportar que delante de mí te ofendan. Perdónalo, Señor, porque nada más cierto que lo que dijiste agonizando en tu cruz. No saben lo que hacen. Y por fin llegó la hora, mi hijo. Los pinares que rodeaban el pueblito fueron quitándose su vestidura blanca de la neblina que los cubría.
Los rayos de un sol hermoso fueron barriendo las gotas de rosillo y aquel pueblito lució brillante, amigo. Hombres, mujeres y niños, engalanados con lo mejorcito que tenían, apuraban el paso para llegar a la ermita. Se veía la gente a lo lejos que bajaba de las montañas, hombres arriendo bestias cargadas, y mujeres con sus canastos en la cabeza y con un cipote enganchado en la cadera. La misa dio comienzo, amigos, pero antes de dar la comunión, el sacerdote habló así a aquel pueblo.
Amados hermanos míos, mis manos pecadoras e indignas por virtud del Espíritu Santo han convertido estas hostias en la carne
y la sangre de nuestro Señor Jesucristo. Tomad y comed, les dijo, repartiendo el pan a sus discípulos porque este es mi cuerpo, y luego tomando el vino les dijo, tomad y bebed, porque esta es mi sangre, haced esto en conmemoración mía, bien hermanos míos, si Jesucristo nuestro Señor dijo estas palabras, en realidad de verdad, en estas hostias consagradas, está vivo con su carne y con su sangre para que nosotros podamos recibir el alimento espiritual que tanto necesitamos
para llevar una vida verdaderamente cristiana. Repitan conmigo. Señor, Señor, Yo no soy digno que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme. Los que van a comulgar, que vayan pasando uno a uno a formar una fila aquí, frente al comulgatorio. Se contaban con los dedos de la mano,
los que se levantaron a comulgar amigos... don Macario y la alianza... don Virgilio Corrales... doña Josefa Sosa... Luisito el nieto de la Mercedes Guandique... y dos o tres personas más... el resto sólo se miraban unos a otros... como mofándose... de lo que estaba sucediendo amigos... cuando el curito observó aquellos... volvió a tomar la palabra para decir...¡
Qué tristeza, hermanos míos!¿ Que no comprenden acaso... que Jesús mismo está aquí... en estas hostias consagradas? No. No lo comprenden. Señor... Te suplico que con tu infinita misericordia hablan de sus corazones y llenos de humildad se postren de rodillas ante tu divina presencia. Te lo pido porque tú eres el Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, Rey de reyes por los siglos de los siglos. Amén.
Algo extraño estaba pasando en aquel momento, amigo. De pronto el sacerdote cayó de rodillas... con los brazos extendidos... y su mirada fija en el cáliz con las hostias consagradas.
Misteriosamente
aquellas hostias consagradas... desaparecieron del cáliz, amigo... y como blancas mariposas jugueteando en el aire... se esparcieron por todo lo largo y ancho de la ermita... un silencio profundo cundió el ambiente... mientras las hostias iban cayendo... una a una y lentamente en el piso... no era miedo amigo... ni pánico... era una sensación extraña jamás sentida por aquella gente... era el Espíritu de Dios que llegaba... y llenaba todo amigo...
que lo envolvía todo... lentamente el sacerdote... en santa contemplación... se fue incorporando... y con voz serena les habló...
hermanos míos... Jesús sacramentado está presente... ya no en el cáliz... Está en el suelo junto a ustedes. El que quiera entender, que entienda. No. No intenten tocar con sus manos esas santas hostias. Solo un sacerdote puede hacerlo. Señor mío. Yo sé que tú quieres llegar a sus corazones y en nombre tuyo impartiré la absolución general. Hermanos míos, les suplico su sincero arrepentimiento ante el prodigio que acaban de presenciar.
Arrepiéntanse de corazón Y sin necesidad de que vengan a mí a confesar sus pecados, abran su alma directamente a Él. Pónganse de rodillas los que sientan este arrepentimiento. Está en el suelo Jesús sacramentado. Tomen con su lengua la sagrada hostia.
Todo, absolutamente todo, amigo. Hombres, mujeres, ancianos y niños doblaron sus rodillas piadosamente y bajando la cabeza hasta pegar a su frente con el ladrillo de barro de la ermita tomaron con su lengua la sagrada hostia.
Yo los absuelvo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Qué misterio, ¿verdad, amigo? Qué misterio. Pero así mismo fue, ¿oyeron? Y desde aquel día, aquel pueblito perdido en lo profundo de las montañas segovianas, se volvió alegre, amigo. pero alegre en santidad, oyeron... y don Macario... decía que desde aquel día...
sus mañanas revientan de luz... los pájaros cantan con extraños y primerosos gorjeos... y sus campos se visten de florecitas silvestres... como dando la impresión de algo eternamente presente... pareciera que el mismo Jesucristo se quiere manifestar diciendo...
Aquí estoy yo. El que coma mi carne y beba mi sangre vivirá eternamente. Lindo cuento.
Felicitamos a Heriberto. Y claro que vamos a ir palabreando cuentitos de los de él. Muy bonito. Felicitamos. Es auténtico, hiero. Auténtico.
Ahí nos vemos, Heriberto!
