Bueno, así es que les decía que el cuento se llamaba ¿Cómo? Ah, Deuda Saldada. Aquí les va, oíganlo. Esto fue hace muchísimo tiempo. Mucho tiempo. tal vez hace más de 70 años, cuando en aquellos tiempos se embarcaba la gente en el puerto de Corinto para poder viajar a Centroamérica. Época de salidas. También se hacía comercio por medio de barcos. Y fue en este tiempo cuando sucedió esta historia ejemplar
por su fondo que quiero que oigan. Doña Socorro Montenegro de Vasconcelos era una señora millonaria, aristocrática, elegante y de muy buenos modales. Trabajadora insignia. Tenía en su casa muchos empleados, criados y criadas como les decían antes. Era dueña de muchas tierras y entre sus negocios estaba el cultivo del cacao, el cual exportaba hacia El Salvador en los barcos que llegaban a Corinto. Bueno, pues esta señora era tan rica que tenía guardados en saquitos las enormes monedas de oro
de ese tiempo. Cada saquito tenía más de 200 monedotas de oro. Su empleada de confianza se llamaba Rosario y le decían Chayo. Y la señora mucho la quería.
¡Chayito! Señora, el embarque de Cacao El Salvador tiene que irse mañana. Mientras yo guardo las monedas, vos te encargas de revisar los sacos de cacao. Sí, señora. Ya lo estamos haciendo. Ah, perfecto. Mañana mediodía tiene que estar en el muelle de Corinto. Pierda cuidado, señora. Todo va a estar listo mañana. Ahorita anda el ropero y me guardás estas dos bolsas de monedas. Sí, señora.
Doña Socorro tenía tanta confianza en la Chayito... Que le daba las llaves de su ropero... Donde guardaba aquellos saquitos llenos de monedas de oro... Era su empleada de confianza... Confiaba ciegamente en ella... Pero eso sí... Ella era un crisol de honradez... Y eso que... Con Doña Socorro había que tener cuidado... Porque era sumamente delicada... Bueno, pues aquel embarque de cacao... Creo que eran cincuenta sacos. Se fue al puerto de Corinto rumbo a El Salvador. Todo normalmente.
Era trabajo rutinario. Pero como a los ocho días, Doña Socorro notó que en su ropero le hacía falta algo. Uno, dos, tres, cuatro, cinco...
Seis, siete, ocho, nueve, diez, once.
Falta una bolsa de monedas de oro. Eran doce. Sí, estoy completamente segura que eran doce. Chayito. Señora. Chayito. Chayito. Aquí hace falta una bolsa de monedas Eran doce Y solo hay once¿ Me podés decir dónde está la otra bolsa?
La pobre muchacha no hallaba qué hacer No había tomado la bolsa, no Ella era una mujer honrada Pero la mirada de Doña Socorro era una mirada acusadora Sospechosa Casi hiriente La muchacha solo atimaba al
bucear. Señora, yo... Yo no sé. No sé realmente qué se hizo la otra bolsa que usted dice. Yo puse ahí todas las bolsas
que usted me dijo que pusiera. Mira, Chayito. Únicamente vos y yo tenemos llave de este ropero. De modo que, al perderse una bolsa de monedas, o la tengo yo, o la tenés vos. Pero, señor... Señora, yo no he tocado nada. Vení, Chayito, vení. Vamos a platicar. Vení para acá. Vamos a arreglar esto de una vez por todas.
se sentaron a platicar la señora en un sillón y la empleada en un tagrete frente a ella hablaron largamente pero por más que la chayito trataba de explicar doña socorro insistía en lo mismo
mira chayito Es cierto que durante años has estado aquí. Y es verdad que hasta hoy has sido muy honrada. Pero uno deja de ser honrado cuando toma lo ajeno. Pero, doña Socorro
yo le juro que no he tomado esa bolsa. Se lo juro por mis hijos
Mira, Chayito, no te voy a denunciar porque no quiero hacerte más daño. Pero yo no admito gente ladrona en mi casa. Pero señora... Yo no soy ladrona. No se lo juro. Entonces,¿ quién cogió la bolsa de monedas? Yo no fui. Y si yo no fui... Forzosamente tenés que haberla tomado vos. Te vas, Chayito. Hasta hoy estás en esta casa. Y que te sirva de lección... Yo
no
he
sido,
señora. Yo no he sido, no he sido, lo juro, no he sido. Está decidido. Te vas.
Todos en la casa se van a dar cuenta que me está corriendo por ladrona
Ya todos lo saben. Eso le pasa a uno por coger lo ajeno. No es culpa mía. Te vas de esta casa hoy mismo. No quiero empleadas ladronas. Esa es mi última palabra.
Y aquella empleada se fue de la casa. Se fue echada por ladrona. Así lo comentaron los demás empleados. Y lo comentó todo el barrio chinandegán donde ella vivía. ¡Carajo!¡ Qué vergüenza! Ella que siempre había sido tan honrada, salió de la casa con aquella mancha porque Doña Socorro así lo decía. Y según ella tenía la razón. Durante días, semanas y meses, la pobre Chayito, madre de dos pequeños hijos, no pudo dar la cara por vergüenza. En el barrio
todas las miradas la acusaban. La acusaban porque Doña Socorro la echó por ladrona. Solo ella sabía que era inocente. Siguió haciendo su vida de pobre, echando tortillitas, planchando ropa ajena, lavando y criando a sus hijos. Así pasaron varios meses. Tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho y al fin un año. Pasó un año. Y en aquel barrio la gente nunca terminaba de comentar que
la Chayito había sido sacada del trabajo por ladrona. Bueno, pues un año más tarde, en un barco que llegó a Corinto, venía una caja consignada a doña Socorro Montenegro de Vasconcelos. Era una caja pequeña que, transportada desde Corinto, era llevada hasta Chinandega. Patrona. Aquí le trajeron esta caja que le vino por barco.
Una caja?
Sí, mírenla.
Abrila, Vicente. Abrila a ver qué trae.
El empleado abrió la caja que era de madera. Dentro de ella venía una bolsa. Bolsa pequeña y una carta. La carta la firmaba la casa que le compraba Cacau a Doña Socorro. La señora abrió la carta y empezó a leer.
Señora Doña Socorro Montenegro de Vasconcelos, estimada señora, en el último embarque que nos mandó y que traía 50 sacos de cacao, encontramos dentro de uno de los sacos esa bolsa
muy pesada. Suponemos que contiene monedas. Se la devolvemos tal como vino. Seguramente
hubo algún error. Sin más, nos suscribimos atentos seguros servidores. ¡Ay, Santísima Virgen del Hato!
Qué golpe sintió en el corazón la pobre Doña Socorro? Varios empleados se encargaban de meter el cacao en los sacos. Alguno de ellos, por error, había metido la bolsa de monedas dentro de uno de los sacos de cacao. Entonces... Entonces la Chayito no tenía ninguna culpa. Era inocente. Doña Socorro, mortificada y adolorida, se quedó como pensativa.
Ay, Virgen de Lato, ayúdame. Ayúdame a recoger la honra de esta pobre mujer. Ayúdame. Yo la eché por ladrona Y es inocente, inocente. Ay, qué hacer, Dios mío, qué hacer. ¿Qué?
Mientras tanto en un pobre barrio de Chinandega viviendo pobre pero decentemente nada más que con el remoquete de ladrona seguía su vida la pobre Chayito convertida en una mujer ajada avergonzada destrozada mortificada vapuleada por los rumores mordaces de la gente vivía en una casita pobre y sus chigüines andaban remendaditos pero siempre limpios y ella mujer muy activa día y noche se pasaba cosiendo en la máquina de coser día y noche para mantener la casa porque el
hombre siempre andaba bebiendo salitas cuando la rompía no la paraba Y encima, pues, le reprochaba todavía que la hubieran corrido por ladrona. Pensando en todo esto, Doña Socorro, aquella elegante mujer de la mejor sociedad, Popov, no soportaba el remordimiento. Ay,
Dios mío,¿ qué hacer?¿ Qué hacer para recoger la honra de la chayita? Todo el pueblo la conoce por ladrona y todo por culpa mía. Es mi obligación hacer algo por ella. Es mi obligación, aunque tenga que humillarme. No puedo consentir que la sigan juzgando mal. Ayúdame, virgencita de Lato. Ayúdame. Decime qué puedo hacer.¿ Qué puedo hacer?
Al día siguiente, Doña Socorro se levantó con una determinación tomada. No mandó llamar a su vieja empleada, la Chayito. No. Se levantó, se vistió con la elegancia que le era propia y le ordenó a un empleado.
Prepare el coche y los caballos. Vamos a hacer un mandado al barrio San José.
Al barrio San José, dijo? Sí.¿ Y su bucía, si su bucía me permite su merced? A ver... Se levantó muy elegante ahora, patroncita. Como siempre. Dijo que iba a qué barrio, dijo. Al barrio San José no me oyó? Si Lucía me perdona, ¿verdad? Usted va a ir al barrio San José.
Sí, Gerardo, yo. Yo voy al barrio San José. Hay
unos lodazales que ni quiera
Dios. No importa, prepare el
coche. Salió del centro de la ciudad y llegó al barrio pobre. Y detuvo el coche exactamente enfrente de la casa de la Chayito, su vieja empleada. Llevaba en sus manos aquella bolsa de monedas de oro, las mismas que le habían sido devueltas del Salvador. La gente del barrio se arremolinó alrededor del coche. Los vecinos y familiares de la Chayito salieron a ver lo que pasaba. La señora se bajó. Y la Chayito salió a saludarla.
Señora. Señora Doña Socorro.
Usted aquí? Sí, Chayito. Yo, yo aquí. Y quiero que llames a todos tus vecinos. A todos tus parientes y a toda la gente de este barrio. Quiero que todos vean lo que voy a hacer. Pero, patroncita,¿ qué es lo que quiere? Aquí... En media calle. Y delante de todos, quiero hacer lo que voy a hacer. Llama a toda la gente del barrio, Chayito.
¡Pronto,
pronto!
Toda la gente del barrio se vino en carrera para ver aquello. Hombres, mujeres, niños, ancianos, vendedores de fruta, todos, todos para ver lo que iba a pasar. Y en medio de la calle, frente a aquella humilde mujer llamada Chayito, Doña Socorro se arrodilló, sí, se arrodilló mientras lo decía.
Chayito, aquí delante de todos... Delante de todos los que han creído que sos ladrona...
No se arrodille, patrón.
Cállate. Yo te pido perdón. Quiero que me perdones. Hubo un error. La bolsa de monedas se fue en un saco de cacao al salvador. Ayer me la enviaron de vuelta. Levántese, doña Socorro. Patrona. No puede usted arrodillarse así frente a mí.
Tiene el
odio hasta la argolla, patrona. No, levántese. Así, así de rodillas. Te pido perdón, Chayito. Y que todo el barrio sepa que fui yo la culpable. Yo te acusé injustamente. Yo me arrodillo. Te pido perdón y te obsequio la bolsa de monedas.
Perdóname,
Chayito Perdóname, por favor.
La escena fue conmovedora. Doña Socorro y la Chayito se abrazaron con enorme cariño. Todo el barrio vio aquello. Era increíble que una dama encopetada como aquella pidiera perdón en público a una pobre mujer. La escena todavía la recuerdan algunas personas de Chinandega. La deuda estaba saldada. Doña Socorro era también una gran mujer, porque solo siendo grande puede uno pedir perdón.¡ Qué elección, huicho!¡ Qué elección! Bueno, y le quedó la bolsita de monedas de oro. Con eso
pasó bebiendo salita el resto de sus días. Bebiendo guaro, así,¿ quién no? El marido de la Chayito, sí.
Ahí nos vemos!
