Mi cuñado, mi pecado - Relato erótico - podcast episode cover

Mi cuñado, mi pecado - Relato erótico

Nov 03, 202521 min
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"Lo prohibido sabe jodidamente mejor". Esas fueron las palabras de Andrés, el marido de mi hermana, la noche en que decidimos cruzar la línea. En este relato, Valeria nos confiesa cómo una atracción animal se convirtió en una aventura clandestina. Desde las miradas robadas en la oficina hasta el sexo ardiente en la parte trasera de un coche, su historia es un descenso al deseo más visceral. Pero el verdadero pecado no fue solo la traición, sino la consecuencia viviente que ahora los une a todos.

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Transcript

Speaker 2

Mi cuñado, mi pecado. Mi nombre es Valeria y guardo un secreto que me quema como una llama persistente entre los muslos. Mi sobrina no es solo la hija de mi hermana Sofía, también es media hermana de mi hijo. Yo tejí ese vínculo de sangre oculto, invisible a los ojos, pero que todos perciben al compararlos. Porque mi hijo y su hija son idénticos, no por simple herencia familiar, Por una paternidad compartida. Él es Andrés, el marido de mi hermana.

Mi cuñado, el hombre que me miró por primera vez como si ya me hubiera visto desnuda, como si conociera el gemido ronco que brotaría de mi garganta al alcanzar el clímax. Todo comenzó con una mirada. Un domingo en casa de mis padres. Llevaba leggings negros ajustados, los que luego se convertirían en nuestro código secreto, y una blusa color cereza que acentuaba mis pechos plenos. Siempre he tenido curvas generosas, y aunque soy baja, eso nunca me ha

restado poder. Al contrario, sé que atraigo miradas». Pero esa tarde, la de Andrés era diferente, no casual. Era un hambre cruda, lenta, descarada e insistente. Sus ojos se detuvieron en la curva de mis caderas, ascendieron por mi cintura, se clavaron en el escote y bajaron de nuevo trazando un mapa invisible

sobre mi piel. Sentí un hormigueo en la nuca. Lo noté, él no se dio cuenta, pero yo sí, y algo primal se encendió en mi interior, un calor que se extendía desde el vientre, humedeciendo mis bragas con una anticipación traicionera. Cuando Sofía explotó, gritándole que dejara de mirarme así, acusándome veladamente de provocadora, no sentí vergüenza, sentí un poder embriagador. Y él pareció avergonzado, sí, pero no arrepentido, solo frustrado, como si le hubieran arrebatado el bocado a un paso

de probarlo. Esa noche no dormí. Revivía sus ojos devorando mi trasero mientras caminaba hacia la cocina.¿ Cómo se detenían, regresaban, insistían? No era lujuria barata, era obsesión, y yo anhelaba saber que se sentía ser el centro de ese deseo voraz, imaginar sus manos ásperas separando mis nalgas, su aliento en mi nuca. Meses después supe que estaba desempleado. Yo trabajaba en una empresa que necesitaba personal temporal en recursos humanos.

Tenía excelentes referencias. Podía justificar su contratación sin sospechas. Lo propuse a mis jefes. Aceptaron. Nadie dudó. Ni siquiera yo me admitía por completo que lo hacía por él. Pero sí, era por él. Desde su primer día en la oficina, todo cambió. Ya no era solo mi cuñado. Era un hombre a 10 metros, que pasaba por mi escritorio por casualidad. Que me saludaba con una sonrisa que no llegaba a los ojos. Porque estos se desviaban inevitablemente. A mis tetas,

a mis piernas, a mi culo.¿ Y yo? Empecé a vestirme para él. Al principio no fue intencional, pero pronto lo fue. Los leggings negros volvieron, blusas ceñidas que marcaban mis pezones endurecidos bajo la tela fina. Faldas que ondeaban con cada paso, insinuando el roce de mis muslos. Quería que me viera, que sufriera. Y cuando lo hacía, cuando captaba ese leve temblor en su mandíbula, ese brillo febril en su mirada, una descarga bajaba desde mi ombligo hasta

mi clítoris, como si sus ojos me estuvieran tocando. Una presión invisible que me hacía apretar los muslos. Un día, salió del baño y se acercó por detrás. Me cubrió los ojos con manos grandes y cálidas, sus palmas callosas rozando mis sienes. Reconocí su aroma al instante. Colonia maderada. Un toque de sudor nervioso. Masculinidad pura que me invadió las fosas nasales.¿ Adivina quién es? Murmuró su aliento rozando mi cuello, su pecho pegado a mi espalda, el latido

acelerado de su corazón contra mis homóplatos. La piel se me erizó, no solo el vello, el alma entera. Un escalofrío me recorrió de espina dorsal, concentrándose en mi sexo, que se humedeció al instante. Estás jodidamente hermosa, susurró. Su voz ronca, vibrando contra mi oreja. Gimió bajito. O tal vez fui yo. Un jadeo suave que escapó de mis labios. Cuando me soltó y nos miramos, el aire se cargó de electricidad. Estábamos a un suspiro de besarnos, de devorarnos

allí mismo. Y entonces entró alguien. Nos separamos como extraños, pero ya no lo éramos. Las semanas siguientes fueron una tortura exquisita, miradas que chocaban como relámpagos, roce de vainos accidentales que duraban un segundo de más, dejando mi piel encendida. Sus dedos rozando los míos con una presión que me hacía imaginarlos dentro de mí. Comentarios ambiguos, cargados de dobles sentidos.

Una tensión que crecía como fiebre, inflando el aire a nuestro alrededor, haciendo que cada respiración compartida oliera a deseo reprimido. Hasta aquella tarde... Sofía y yo habíamos discutido por unanimidad, pero la tensión flotaba. Mi marido, Diego, estaba en una reunión fuera de la ciudad. Yo tomaría un taxi para volver. Andrés me preguntó cómo regresaría. Se lo conté. Entonces se

ofreció a llevarme. Tengo clase en la universidad, dije fingiendo duda, aunque mi pulso ya se aceleraba.« Un día perdido no es nada», replicó.« Acepta antes de que me arrepienta». Sonrió. Y en esa sonrisa había tanto deseo crudo que me derritió por dentro. Un calor líquido entre las piernas que empapó mis bragas. Subimos al coche. Llamó a Sofía delante de mí.« Voy a la universidad». Amor, quizás no conteste, se me va a acabar la batería. Era nuestra primera

mentira compartida. Un pacto sellado en silencio, con el aroma a cuero del asiento y el zumbido del motor amplificando la adrenalina. El tráfico era infernal. Propuso tomar algo para desconectar. Yo sabía que no bebía habitualmente, pero esa noche sí. Pedimos cervezas. Dos, tres. El alcohol deshizo las máscaras, soltó las lenguas, calentando mi sangre y sonrojándome. Tu hermana tiene razón, confesé, mirándolo fijo. Ayer no podías dejar de mirarme. No puedo evitarlo,

admitió su voz grave. Eres hipnótica.¿ Y por qué a mí? Sofía es igual que yo. Porque tú eres prohibida, y lo prohibido sabe jodidamente mejor. Un latigazo de placer me cruzó el vientre. No respondí, solo sonreí, pícara, desafiante, invitándolo. Luego bailamos. En un rincón del bar, con la música retumbando, me pegué a él. Sentí su erección dura presionando entre mis nalgas, su polla latiendo contra mi carne a través

de la tela. No me aparté. Al contrario. Me moví, primero lento, ondulando las caderas en círculos sutiles que lo enloquecían, sintiendo cómo su miembro se endurecía más, rozando mi entrada ya húmeda, luego con más fuerza. frotándome contra su verga al ritmo de los graves, el sudor perlando mi frente, mis pezones rozando su pecho, gemí bajito al sentir su dureza, él me aferró un muslo, su mano subiendo por el legging, dedos apretando mi carne suave hasta rozar mi sexo húmedo

por encima de la tela, El roce me provocó un temblor. Ardía. Estaba a punto de correrme solo con eso, mi humedad empapando la tela, el aroma almiscado de mi excitación mezclándose con el suyo.—¡ Vámonos!— gruñó, su voz quebrada, sus caderas empujando una vez más contra mí. Huimos al coche. En el aparcamiento desierto me arrancó la blusa con urgencia febril el sonido de la tela al rascarse en el silencio nocturno.

Desabrochó el sujetador y se lanzó sobre mis pechas, lamidas embrientas, succiones profundas que me arquearon la espalda, el calor húmedo de su boca contrastando con el aire fresco que erizaba

mi piel. mordisqueó mis pezones hasta endurecerlos como guijarros alternando calor húmedo con ráfagas de aire fresco que me hacían jadear escalofríos recorriendo mis brazos yo desabroché su pantalón liberé su verga gruesa venosa erguida coronada de una gota perlada de presemen que brillaba bajo la luz tenue La envolví con la mano, bombeando despacio para torturarlo, sintiendo el calor ardiente en mi palma, las venas pulsando bajo mis dedos,

y luego la tragué entera. Mi lengua giró alrededor del glande, saboreando su salinidad almizclada, el gusto terroso y adictivo, mientras mi boca subía y bajaba en un ritmo voraz, la saliva resbalando por mi barbilla. Él se convulsionó, enredando los dedos en mi pelo, follándome la boca con embestidas contenidas,

sus gruñidos roncos vibrando en mi garganta. Se corrió con un rugido gutural, inundándome la garganta con chorros espesos de semen, el sabor salado y viscoso llenándome, deslizándose por mi lengua. Tragué todo. No fue sumisión. Fue mi victoria absoluta. El poder de sentir su clímax temblar en mi boca. Llegamos

al hotel como posesos. En la habitación me desnudó con una mezcla de reverencia y furia, sus manos temblando al deslizar mis leggings por mis caderas, inhalando el aroma de mi piel sudorosa, Me besó cada centímetro, labios hinchados por el deseo, cuello sensible donde su lengua dejó rastros húmedos, clavículas, el valle entre mis tetas donde su aliento caliente me hizo arquearme. Bajó por mi vientre, inhalando mi aroma almizclado, y sepultó la cara entre mis muslos. Su lengua fue

mi delirio. Lamió mi clítoris en círculos lentos, succionándolo hasta que mis caderas se alzaron solas, rocando. Introdujo dos dedos, curvándolos contra mi punto G, bombeando con precisión mientras su boca no cejaba. El sonido húmedo de sus lamidas mezclándose con mis gemidos, mis jugos cubriendo su barbilla. Grité su nombre, mis paredes contrayéndose en espasmos que me dejaron temblando, empapándolo todo con mi humedad, un orgasmo que me desarmó, dejando

mis piernas flojas y mi visión borrosa. Me puso en cuatro sobre la cama, las sábanas revueltas oliendo a sexo y a nuestro sudor mezclado. Me penetró por detrás con una embestida profunda, su polla estirando mis pliegues, rozando cada nervio, su miembro llenándome hasta el fondo, un estiramiento delicioso que me hizo gemir. Embestía lento al principio, dejando que sintiera

cada vena, cada pulso latiendo dentro de mí. Luego aceleró, sus caderas chocando contra mis nalgas con palmadas sonoras que resonaban en la habitación, el sudor resbalando por su pecho y goteando sobre mi espalda, una mano en mi cadera, la otra enredada en mi pelo, tirando para arquearme más, exponiendo mi cuello a sus besos mordientes. Me folló con una urgencia animal, pero había una ternura oculta en sus gruñidos.

Eres mía, Valeria, solo mía. Me corrí dos veces, una tras otra, mis gritos ahogados en la almohada, las contracciones de mi coño apretando su verga, ondas de placer que me dejaban temblando, mientras él se derramaba dentro de mí con un bramido, su esperma inundándome, chorros pulsantes que sentía golpear mis paredes, el calor extendiéndose por mi vientre. Después nos quedamos abrazados, sudorosos, jadeantes, el aroma sexo impregnando el aire,

nuestros cuerpos pegajosos y satisfechos. Hablamos en susurros y entonces confesó lo impensable.¿ Con mamá? Pregunté, incrédula, aunque un nuevo calor se encendió en mi sexo. Sí, desde hace meses. No me enfadé. Me excitó aún más. Era el tabú definitivo. El caos que nos unía. Éramos una familia fracturada. Y él, el eje ardiente que la sostenía con hilos de deseo prohibido.

Los meses siguientes fueron un torvillino de locura. Nos veíamos en la oficina, en el baño, contra la pared fría de azulejos, su verga en mi boca mientras el agua corría para ahogar gemidos, mis rodillas doloridas en el suelo, su mano guiando mi cabeza con embestidas rápidas, el sabor de su piel mezclado con el jabón, hasta que eyaculaba en chorros espesos que tragaba con avidez. en hoteles discretos, donde me ataba las muñecas con su corbata de seda.

El roce suave contra mi piel, contrastando con la aspereza de sus dedos. y me lamí hasta el borde del abismo, su lengua danzando en mi clítoris hinchado, negándome el orgasmo, hasta que suplicaba con voz rota, mis caderas retorciéndose, el sudor perlando mi frente, antes de penetrarme con fuerza, su polla deslizándose en mi humedad hasta hacerme explotar en un clímax que me dejaba convulsionando. A veces, después de follarme, iba directo con mi madre, Lo supe por pistas. Su

perfume floral en la camisa. Una llamada entrecortada. Una broma susurrada. Tu madre también me mira como si quisiera devorarme. Quedé embarazada. Las fechas encajaban. Diego había estado ausente casi todo el mes. Las probabilidades eran aplastantes. Al confirmar el embarazo, temblé. No por el hijo, sino por la verdad. Le escribí. No era suyo. No quería destruirlo todo. No me creyó. Vino. Me miró a los ojos. Es mío, ¿verdad? Bajé la vista. Lágrimas. Sí.

No me culpó. Me abrazó. Es hermoso. Es nuestro. Cuando nació mi hijo, todos comentaron... Se parece tanto a tu sobrina. Mentira. Eran idénticos. Mismos ojos almendrados. Misma nariz recta. El hoyuelo en la barbilla. Hasta el lunar diminuto tras la oreja izquierda. Imposible achacarlo a genes familiares. Dos años después nos encontramos en un café, a solas. Trajo a su hija, yo a mi hijo. Jugaron, corrieron, reían como gemelos. Él me miró. Algún día lo sabrán. Asentí. Quizás, pero por ahora, esto

es nuestro. Seguimos viéndonos, cada vez que Diego viaja, cuando él escapa. No es amor romántico, es complicidad visceral, deseo eterno un reconocimiento que trasciende. Somos cómplices de un pecado que nos rescató de la mediocridad. Y ahora al ver a mi hijo jugar con su media hermana, corriendo, riendo, idénticos... Siento paz y un temor dulce, porque la verdad late ahí,

lista para emerger. Pero por ahora la guardo como guardé su semen aquella primera noche, dentro de mí, vivo, ardiente, irreemplazable. Porque él no solo me hizo mujer, me hizo pecado. Y nunca he estado más viva.

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