La actriz de Groenlandia y Donald Trump. - podcast episode cover

La actriz de Groenlandia y Donald Trump.

Jan 20, 20266 min
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La actriz de Groenlandia y Donald Trump.

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Micro Relatos Eroticos

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Speaker 2

La actriz de Groenlandia y Donald Trump Nadie en Washington sabía pronunciar correctamente su nombre. Ananak Ibalú, nacida en la costa occidental de Groenlandia, donde el mar no es agua, sino memoria, había llegado a Nueva York como llegan las grietas al hielo, sin anuncio, pero para quedarse. Actriz de teatro primero, teatro pobre, áspero, casi ritual, y luego rostro de un cine europeo que aún creía en la lentitud y en la mirada. Ananac no interpretaba personajes, los cargaba

como se carga un duelo. Donald Trump la vio por primera vez en una proyección privada, en una sala demasiado pequeña para su ego. La película no le interesaba, no había explosiones ni victoria clara, pero ella, sentada en un plano fijo de nueve minutos, mirando un horizonte blanco sin parpadear, lo inquietó. No era belleza lo que emanaba de Ananac, sino autoridad silenciosa. Trump, acostumbrado a ser el centro de todas las habitaciones, sintió algo parecido a una ofensa íntima.

Aquella mujer no necesitaba mirarlo para dominarlo. El hombre que quería poseer el mapa. Trump llevaba semanas obsesionado con Groenlandia. La idea no era nueva. Venía de memorandos, de estrategas, de mapas extendidos sobre mesas brillantes. Groenlandia era grande, fría y aparentemente vacía. En su mente eso la volvía comparable.« Todo tiene un precio», decía.« Todo». Pero esa noche, al volver a la Casa Blanca, no pensó en bases militares ni en minerales raros. Pensó en Ananac. En su silencio.

En la forma en que su mirada parecía decir« Tú no me perteneces». Y eso para él era inadmisible. Ananac aceptó la invitación a Washington no por ambición, sino por curiosidad moral. En su pueblo, los ancianos decían que había que mirar al lobo a los ojos para saber si tenía hambre o rabia. Trump la recibió con el exceso habitual, dorados, banderas, sonrisas entrenadas. Le habló de negocios, de oportunidades, de lo

subtitulizada que estaba su tierra. Ella escuchó en silencio. Cuando él terminó, Ananak dijo con un inglés lento y preciso.« Usted habla de mi país como si fuera una habitación vacía». pero está lleno de muertos. Trump rió, incómodo. Todos los países tienen muertos. Sí, respondió ella, pero no todos los países los ignoran. Ese fue el instante exacto en que Trump se enamoró, no de ella como mujer, sino como resistencia.

El amor como campo de batalla. Comenzaron a verse con frecuencia, cenas largas, Conversaciones que no avanzaban y, sin embargo, pesaban. Trump hablaba de grandeza. Ananac hablaba de permanencia. Él quería dejar su nombre grabado en la historia. Ella quería que la historia no fuera borrada. En las noches, cuando el ruido político se apagaba, Trump sentía algo parecido a la duda. No era culpa. Era una grieta.—¿ Por qué te importa tanto ese pedazo de hielo?— le preguntó una vez.— Nadie

vive allí de verdad. Ananak lo miró como se mira un niño que ha hecho algo irreversible. Vivimos allí, dijo, aunque usted no nos vea, y eso es lo que más miedo nos da. La petición La noticia estaba casi cerrada. Documentos, negociaciones, titulares preparados. Groenlandia flotaba ya en los discursos como una palabra en medio tragar. Esa noche Ananak no actuó. No fue actriz, fue hija, nieta, tierra. Donald, dijo usando su nombre por primera vez, no vengo a convencerte con argumentos,

vengo a pedirte algo que no se puede comprar. Él la miró, cansado, poderoso y vulnerable sin saberlo. No invadas mi país. Silencio. No lo compres, no lo reclames. No lo conviertas en una idea tuya. Déjalo ser lo que es, incluso si eso no te da nada a cambio. Trump pensó en mapas, en titulares, en hombres que ganan y hombres que ceden. Pensó en su nombre grabado en mármol y luego en la mirada fija de Ananac frente al hielo infinito. Por primera vez no supo qué elegir. El deshielo.

La historia oficial diría después que la operación nunca fue viable, que había obstáculos legales, diplomáticos y estratégicos. Mentira. La verdad fue más pequeña y más grande a la vez. Un hombre que siempre había tomado decidió no tomar. Trump no anunció nada. Simplemente dejó que la idea muriera. Como mueren los inviernos demasiado largos. Ananac regresó a Groenlandia. No hubo despedidas públicas, solo una frase dicha en voz baja. A veces,

no conquistar también es una forma de poder. El recuerdo Años después, cuando el hielo empezó a retirarse y los mapas volvieron a cambiar, Trump, ya viejo, recordaría a la actriz del norte como se recuerda a un sueño incómodo, algo que no se posee, pero que marca. Y Ananac caminó sobre una tierra que seguía sin pertenecer a nadie. Pensaría que el amor, como el hielo, no vence por fuerza, sino por resistencia silenciosa. Si quieres, puedo. Hacerlo todavía más

largo y denso. Acentuar más el estilo Dostoyevsky. Culpa, monólogos internos. O volverlo más político y oscuro, casi trágico. Dime cómo lo quieres y lo llevamos al extremo. Autor José Pardal. Narración Coral Bravo.

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