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El hombre que robaba suspiros.

Mar 07, 20266 min
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El hombre que robaba suspiros.

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Micro Relatos Eroticos

Transcript

Speaker 2

el hombre que robaba suspiros. Decían que los bancos eran lugares fríos, luces blancas, números rojos, silencios tensos, gente que espera, gente que calcula, gente que teme perder. Manuel entraba como si nada de eso le afectara. Traje oscuro perfectamente entallado, zapatos lustrados, reloj sobrio, no ostentoso pero imposible de ignorar. Caminaba despacio, con la calma de quien no necesita demostrar nada. Nunca llevaba prisa. El primer banco fue casualidad, o eso

quiso creer. La primera empleada fue Laura. Cabello castaño cayendo sobre un hombro, labios naturales, mirada práctica, de esas mujeres que han aprendido a no distraerse.— Buenos días— dijo él, apoyando los dedos en el mármol del mostrador. Laura levantó la vista y algo imperceptible para cualquiera menos para él

cambió en su expresión. Manuel sabía leer microgestos, la ligera dilatación de pupilas, la respiración que se vuelve apenas más profunda, el silencio que dura medio segundo más de lo normal.¿ En qué puedo ayudarle? preguntó ella profesional. Eso espero descubrirlo. No fue una frase grosera, fue dicha con una sonrisa suave como si ambos compartieran un secreto que todavía no existía. Durante semanas volvió. Nunca repetía la misma colonia dos días seguidos.

Nunca usaba el mismo tono de voz con dos mujeres distintas. Observaba, estudiaba, entendía. Con Laura descubrió que le gustaban los hombres que sabían escuchar, así que escuchó. Con Marta, en otra sucursal, supo que apreciaba la seguridad, así que se mostró firme. Con Clara fue diferente. Clara no caía fácilmente. Tenía una serenidad casi desafiante. Lo miraba como si intentara descifrarlo y eso le fascinó.— Bien, es demasiado— le dijo un miércoles mientras imprimía unos documentos.—¿

Te molesta?— Me intriga. Esa palabra lo desarmó más que cualquier otra cosa. Empezaron a coincidir fuera del banco. Nada improvisado. Él sabía esperar el momento exacto para sugerirlo. Una cafetería con luces bajas. Una mesa junto a la ventana. Conversaciones que no parecían preparadas, pero lo estaban. Clara se quitó las gafas una noche y lo miró directo.— No pareces un hombre que necesite venir a un banco tantas veces.—

No lo necesito.— Entonces,¿ por qué vienes? Manuel sostuvo su mirada, sin prisa, sin parpadear.— Porque me gusta cómo me miras cuando finges que no te intereso. El silencio entre ambos fue denso. el tipo de silencio que late. Nunca la tocó sin permiso, nunca invadió espacio, pero cada gesto suyo parecía cargar electricidad. Un roce de dedos al entregar una taza, una mano en la parte baja de su espalda al

cruzar la calle, una cercanía que no era casual. Clara empezó a esperarlo y eso era lo que Manuel realmente robaba, la anticipación. No era dinero y no eran joyas, no eran cajas fuertes, era el momento previo. la respiración contenida, la piel que se eriza cuando alguien se acerca demasiado. Con el tiempo algunas se enamoraban o creían hacerlo. Él nunca prometía nada, no hablaba de futuro, sólo construía un

presente intenso, casi adictivo. Y luego, cuando la llama estaba en su punto exacto, ni demasiado alta ni apagándose, desaparecía, sin despedidas dramáticas, sin explicaciones, sólo ausencia. Pero Clara no era como las otras, Una noche, mientras caminaban bajo la luz tibia de una farela, ella se detuvo.—¿ Te irás?— dijo sin reproche. Manuel no respondió de inmediato.—¿ Te molestaría?— Me dolería, pero no me sorprendería. Él la observó como

si nunca había observado a nadie. Ya no era un juego de estrategia, era algo que empezaba a salirse de su control. Clara se acercó lo suficiente como para que su respiración rozara la suya. No robas dinero, susurró. Robas la sensación de ser elegida. Esa noche fue la primera vez que Manuel no tuvo una respuesta preparada. La besó despacio, sin urgencia, como si el tiempo pudiera estirarse indefinidamente. No hubo promesas, no hubo juramentos, solo un beso que dejó

claro que ambos sabían exactamente lo que estaba ocurriendo. A la mañana siguiente él no apareció en el banco. Clara sonrió cuando vio la ventanilla vacía. porque esta vez no se sintió víctima de un ladrón, se sintió cómplice. Manuel continuó visitando bancos en otras ciudades, siempre elegante, siempre correcto, siempre dejando detrás miradas que tardaban meses en apagarse. Pero cada tanto, cuando entraba en una nueva sucursal y alguien le sonreía con interés, pensaba en Clara, y en la

única vez que casi se quedó. Porque hay hombres que roban por necesidad y otros que roban por deseo. Y luego están los que descubren demasiado tarde que lo más peligroso no es enamorar, es quedarse. Autor José Pardal. Narración Coral Bravo.

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