EL CAMINO DE REGRESO Cuando Joan volvió a la aldea, la lluvia no caía, se quedaba suspendida como si el cielo dudara. Noviembre había cerrado los montes y el aire olía a carvallo mojado y a leña antigua. El coche avanzó despacio por la pista estrecha, esa que de niño parecía interminable y que ahora cabía entera en la memoria. Habían pasado veinte años. La casa seguía en pie, la misma piedra gris, el mismo corredor de madera. la parra desnuda aferrada al muro como una mano vieja. Joan apagó
el motor. Escuchó, no el silencio, sino el pulso del lugar. Un gallo lejano, el río, el viento rozando las hojas secas. Su madre había muerto. No lo dijo en voz alta. Cada paso hacia la puerta lo confirmaba. Dentro, el velatorio estaba dispuesto con sobriedad. Vecinas sentadas en fila, voces bajas, ese tono gallego que no rompe el aire. Pan sobre la mesa, café fuerte, el reloj marcando las horas con una paciencia casi cruel.— Has llegado, hijo— dijo una mujer,
a la que tardó en reconocer. Joan asintió. No lloró, aún no. El cuerpo de su madre reposaba en la habitación de siempre, vestida con el traje oscuro que había guardado durante años, por si algún día hacía falta. Las manos cruzadas, el rostro tranquilo. como si al fin hubiese terminado de esperar. Porque había esperado toda la vida. Esperó a su marido muerto joven en el mar. Esperó a su hijo marchado a la ciudad. Esperó cartas, llamadas, promesas. Joan se sentó a su lado. Le habló sin voz.
Le contó cosas pequeñas. El trabajo, el piso, los días iguales. No le habló del cansancio ni de la soledad. No hacía falta. Las madres saben. Al amanecer, cuando el velatorio se disolvía, alguien dijo. Hay que llevarla por el camino, viejo. En el sendero de tierra que bajaba desde la casa hasta la iglesia, bordeando el río, cruzando el prado, entrando en el bosque. Más largo, más difícil, casi olvidado.
Es su camino, añadió tía Rosa. Por ahí bajaba cada domingo, por ahí volvió siempre.
Nadie discutió. Joan tomó uno de los varales del ataúd. Pesaba, no solo por el cuerpo, pesaba el tiempo. Avanzaron despacio, el barro se pegaba a los zapatos. Nadie se quejaba. Mientras caminaban, los recuerdos llegaron sin orden. Su madre bajando por ese mismo sendero con un pañuelo en la cabeza. Su madre esperando la curva cuando él volvía del colegio. Su madre quedándose quieta, mirando el horizonte, el día en que él se marchó sin mirar atrás. El bosque se
cerró sobre ellos. Los robles parecían inclinarse. El río murmuraba algo antiguo, algo que no pedía palabras. En un punto del camino, Joan se detuvo.—¡ Aquí! Todos pararon. Una piedra plana, nada más. Pero allí había ocurrido todo. La paciencia, la espera, el amor sin ruido. Joan apoyó la mano en el ataúd.—¡ Perdón!— dijo. No fue un llanto. Fue una grieta, algo que cedió despacio, como la madera vieja cuando por fin se rompe. Al llegar a la iglesia, la lluvia se retiró, no salió
el sol, pero ya no hacía falta. Después del entierro, Joan no volvió a la ciudad. Se quedó, arregló la casa, limpió el corredor, podó la parra, bajó al río, caminó el sendero una y otra vez. Y una tarde, sin darse cuenta, esperó. No a nadie en concreto. Esperó como había esperado su madre, sin urgencia, sin ruido, con la certeza de que algunas cosas solo llegan si uno sabe quedarse. La aldea seguía allí, y por primera vez en muchos años, él también. Autor José Pardal. Narración Coral Bravo.
