El amor de la molinera y el sacerdote En un pequeño pueblo del norte, donde el río cantaba entre piedras redondas y el molino marcaba el ritmo de las estaciones, vivía Inés, la molinera. Tenía las manos blancas de harina y los ojos del color del trigo maduro. Desde que enviudó joven se hizo fuerte como las vigas de roble que sostenían el molino. Cada amanecer abría las compuertas y
el agua comenzaba su danza. El sonido de la rueda girando era su única compañía, hasta que llegó el nuevo sacerdote. Se llamaba Gabriel. No era viejo ni severo como las anteriores. Tenía una mirada serena pero inquieta, como quien busca algo que no sabe nombrar. Su voz en misa era suave, y cuando hablaba del amor, parecía que lo hiciera desde un lugar muy profundo. Un día, el saco de harina que llevaba a la rectoría se rompió en la puerta
de la iglesia. Gabriel salió apresurado a ayudarla. Sus manos se rozaron al recoger el trigo derramado. Fue un instante apenas, pero suficiente para que el aire cambiara. Desde entonces, cualquier excusa era buena.— El molino necesita bendición, padre.— La parroquia necesita pan para los pobres, Inés. Y así, entre sacos de harina y libros sagrados, nació un afecto silencioso. pero el amor entre una molinera viuda y un sacerdote no era asunto sencillo. En el pueblo, las miradas pesan más
que las piedras del río. Los rumores comenzaron a girar más rápido que la rueda del molino. Gabriel luchaba en silencio. Su vocación era firme, pero su corazón se había despertado. Inés, más pragmática, sabía que amar a un hombre consagrado era caminar sobre agua sin saber nadar. Una tarde de tormenta, Cuando el río creció con furia, el molino estuvo a punto de romperse. Gabriel acudió al oír los gritos. Juntos
sujetaron las compuertas bajo la lluvia. El agua golpeaba, el viento aullaba y en medio del caos él la abrazó para protegerla. No fue un abrazo prohibido, fue un abrazo humano, necesario. Bajo el estruendo del cielo, Gabriel susurró. Hay amores que nos prueban más que cualquier sermón. Inés apoyó la frente en su pecho empapado. Y hay decisiones que nos parten el alma, padre. Cuando la tormenta pasó, también pasó algo entre ellos. Comprendieron que su amor no debía destruir lo
que cada uno era. No todos los amores están destinados a poseerse. Algunos existen para enseñarlos la profundidad del corazón. Gabriel pidió traslado meses después. El día que se fue, Inés dejó una bolsa de harina en la puerta de la iglesia. Dentro, escondida, una pequeña nota. El molino seguirá girando y yo también. Dicen que Gabriel nunca volvió al pueblo. Dicen que Inés nunca volvió a amar. Pero cada vez que el río canta fuerte en primavera, algunos aseguran que
suena como una promesa que no se rompió. Solo se transformó. Autor José Pardal. Narración Coral Bravo.
